TRAS LAS HUELLAS DEL HOMBRE PRIMITIVO

TRAS LAS HUELLAS DEL HOMBRE PRIMITIVO

EL hombre primitivo tenía su taller en las alturas de Tebas, diez mil o quizás incluso cíen mil años antes de que los faraones fuesen llevados con toda solemnidad a sus tumbas erigidas en aquel horno ardiente enclavado en un paisaje árido y petrificado. En los albores de la vida de la humanidad, su sombra erraba por estos lugares y sus píes tropezaban con los guijarros de esta cadena de colinas hoy desiertas. Aquí se acurrucaba para acariciar y pulir con mano diestra, si era necesario, el tosco pedernal que fue la primera arma y la primera herramienta de la horda prehistórica, del primer artesano.

¿Qué aspecto tendría? ¿Cuál era su morada, o mejor dicho su guarida? ¿Enterraba ya a sus muertos y dónde? ¿Cuántos siglos transcurrieron desde aquellos tiempos hasta los inicios de la civilización egipcia propiamente dicha? Como la historia no puede sacarnos de dudas, forzosamente tenemos que recurrir al geólogo.

De todo cuanto produjo y realizó el hombre del paleolítico a orillas del vasto lago que en aquellos tiempos remotos debió de ocupar todo el desierto de Tebaida, solamente las herramientas de piedra nos hablan de sus habilidades, pero lo hacen, eso sí, con gran elocuencia.

Jamás olvidaré la emoción que me embargó cuando por primera vez di con algunas de ellas en el curso de mis correrías. El mes de enero del Alto Egipcio inundaba el rudo paisaje con el reflejo de aquel incomparable frescor paradisíaco, cuyo recuerdo nostálgico queda prendido toda la vida en la mente de quien lo haya experimentado alguna vez.

Habíamos abandonado Kurna al rayar el alba y estábamos trepando, sin grandes dificultades, por las laderas pedregosas que dominan la cúspide de “el Qorn”, imponente pirámide natural que señala el límite del cementerio real. A semejanza de los colores de una deslumbrante bandera desplegada al viento, el amarillo rojizo de las alturas alternaba con el verde de los sembrados de la llanura fértil y con el azul profundo del cielo.

No ignoraba que el gran arqueólogo Georg Schweinfurth había logrado reunir una rica colección de objetos de la industria paleolítica en el curso de sus investigaciones en las llamadas “terrazas diluviales” y que, luego de cuidadosa clasificación, los había distribuido generosa¬mente entre numerosos museos.

Los conservadores de los museos no siempre sabían qué cara poner ni qué hacer con tales regalos, ni cómo catalogar aquellos hallazgos toscos y deformes, pues era en verdad difícil imaginar que algún día pudieran haber estado en contacto directo con el hombre o que hubieran tenido algo en común con él. Sobre todo los “eolitos” groseros, que tenían toda la apariencia de pedruscos desintegrados en un proceso natural a través de los siglos, parecían suscitar el escepticismo de los profanos.

Más tarde, empero, fueron encontrándose objetos semejantes en otras regiones de Egipto y la ciencia acabó por dar la razón al precursor, hasta el punto que en la actualidad las excavaciones de la Tebaida se consideran como clásicas en su género, y ya nadie cree que se trate de meros caprichos de la Naturaleza.

De modo que consciente de la importancia histórica del terreno que hollaba, iba atentamente de un lado para otro siguiendo aquellas laderas arrugadas, en las que las erosiones y el tiempo han dejado su impronta salvaje, y que como garras peladas de esfinges gigantescas avanzan por entre los sembrados de la llanura, cuando de repente, como herido por el rayo, quedé viendo visiones al contemplar ante mí el primer testimonio irrecusable de la existencia de la vida humana prehistórica.

¡Se trataba de una verdadera hacha de mano! Consistía únicamente en una piedra del tamaño de la mano, muy oscura como todas las demás que la rodeaban, y sobre las que pasaron indiferentes, milenio tras milenio, el calor tórrido y el frío glacial, la sequía mortal y el rocío de gotas pesadas y oleosas; los días y las noches que son como las agujas continuamente en movimiento del fantástico reloj del mundo.

No era más que una simple piedra y sin embargo se trataba nada menos que del monumento más venerable de la inteligencia humana.

Pues, contrariamente a los guijarros y pedruscos que cubrían el suelo por doquier, a esta piedra se le había dado una forma determinada. La voluntad que en tiempos remotos había desbastado la piedra y la había transformado en herramienta se reflejaba todavía en ella. Su aspecto no podía parecer más insólito y más semejante al de su forma anónima primitiva pero, sin embargo, era evidente que se había intentado convertir aquel bloque corriente en un instrumento de posible utilización para golpear, hender, perforar y cortar. La parte redondeada en contacto con la palma de la mano no había sido trabajada y conservaba todavía la basta superficie original. Se advertía, mejor dicho se adivinaba, que las aristas de este tosco sílex en forma de almendra habían sido sometidas por ambos lados a una serie de golpes duros y metódicos a fin de darles la forma apropiada, afilando el tajo destinado al ataque hasta transformarlo hábilmente en un gran diente ofensivo, macizo y temible.

Podemos fácilmente imaginarnos el orgullo y la satisfacción de aquel ser primitivo de forma humana, cuyo origen sigue siéndonos un enigma, cuando aquel semi-salvaje de las hordas errantes consiguió, gracias a su inteligencia todavía en ciernes, completar de este modo la acción de sus colmillos y de sus garras. Ahora su cerebro obtuso ya podía continuar desarrollándose dentro del cráneo ya que sus mandíbulas tenían que trabajar menos, desde el momento en que empuñó un arma, multiplicando su capacidad de defensa y de ataque contra los animales de rapiña y salvajes y asimismo contra los enemigos de su propia especie.

Recuerdo que me senté junto a mi hallazgo, como para tomar bien posesión del mismo, y miré pensativo en torno mío.

En lo alto, aves de rapiña manchaban en su vuelo el azul del cielo, oteando el paisaje a mi alrededor, anhelosas de descubrir alguna presa terrestre con que llenar el buche, y mucho más por encima de aquellos pajarracos, el sol divino de los faraones desplegaba en abanico sus rayos deslumbrantes a través del espacio infinito.

Sus ardores tostaban literalmente cuanto estaba a su alcance, pero sin abrasarlo, pues una ligera brisa suave y refrescante soplaba sin cesar sobre las alturas desiertas cortadas por los surcos desnudos de los senderos.

Y, a lo lejos, entre los cultivos, se vislumbraba la imponente pareja que forman los colosos de Memnón, señoreando majestuosamente hacia oriente. El templo funerario del gran Ramsés, con el pílono, la hipóstila y el santuario marcaba el límite entre los campos fecundos y habitados y las dunas movedizas, acribilladas de tumbas, del desierto inerte.

Parecía oírse de vez en cuando el chirrido de los malacates en acción, esparcidos por los campos, o tal vez no era sino el eco lejano de los cantos de los zagales que tenían por misión excitar a los bueyes al trabajo.

El gran río extendía sus meandros rutilantes por la inmensidad de la Tebaida, por esa llanura feliz y bendita que para los iniciados constituye la verdadera cuna de la especie humana.

En la extremidad del Valle de los Reyes empezaron a moverse los primeros puntos de color. A pie, en autocares y otros medios de locomoción, en asnos y a caballo, avanzaban como todos los días, ávidas de emoción, las caravanas de turistas que los taimados dragomanes conducían hacia los laberintos subterráneos.

¡Cuánto más precioso y más lleno de misterio que todas aquellas visiones de oscuras galerías me parecía mi insignificante hallazgo! A partir de entonces empezó la prospección metódica de aquellos lugares. A mi primer hallazgo se añadieron bien pronto muchos más, entre ellos un rascador redondeado, con señales evidentes de haber sido retocado en los bordes; un granzón con huellas de golpes en toda su longitud; una raedera basta de forma triangular y, además, toda una serie de fragmentos de pedernales cuya condición de productos de la industria humana era más bien hipotética. Por primera vez me di cuenta de las enormes dificultades con que tropieza el arqueólogo para la clasificación adecuada de sus hallazgos, y de la responsabilidad que le incumbe en su certera interpretación, puesto que es ésta muchas veces lo que les da valor, y de ello depende que luego pasen o no a los demás investigadores para su ulterior estudio definitivo.

Ante mí tenía utensilios y herramientas de forma y de fabricación totalmente distintas, es decir, que en opinión de los entendidos, debieron de pertenecer a capas y niveles completamente diferentes de la civilización humana e incluso a razas heterogéneas.

El granzón, bastamente labrado en forma de hacha de mano, lindaba con un canto fluvial provisto de una prominencia de percusión bien visible, un núcleo prismático del que se habían desprendido metódicamente toda una serie de lascas en forma de cuchillas. Y yo me pregunté: Todos estos objetos que yacían en la superficie ¿habrían sido enterrados antiguamente en capas cuya sucesión ofrecía un sentido cronológico? ¿Debía clasificarse a tenor de un orden de sucesión lo que se presentaba como una mezcla desordenada y confusa a mi vista? Cabía la posibilidad de que las lluvias y la erosión desde tiempo inmemorial hubiesen hermanado todos aquellos objetos, los cuales, por otra parte, podían muy bien proceder también de las alturas y haberse luego acumulado al pie de las colinas como consecuencia lógica de algún desprendimiento del terreno. Tanto en un caso como en otro, quedaría por explicar satisfactoriamente la gran abundancia de tales hallazgos en un espacio relativamente reducido. Acaso el hombre prehistórico no tuviera aquí solamente su taller, sino que en este terreno que yo pisaba se habían establecido verdaderas aglomeraciones humanas. Pero en este caso yo me preguntaba: ¿Por qué habían emigrado? De que habían abandonado el país no puede caber la menor duda, puesto que en estas terrazas diluviales no aparece indicio alguno de trabajo manual desde el paleolítico superior, pasando por el corto mesolítico y todo el verdadero neolítico. O sea que hay un hiatus, un vacío grandioso hasta el amanecer de la civilización histórica en este paisaje.

Presa de un gran entusiasmo proseguí febrilmente mis investigaciones, y ante el santo temor de pasar por alto algún objeto interesante, no dejé sin examinar cuidadosamente ni un sólo cascajo cuya apariencia pudiera alentar mis esperanzas.

Una especie de delirio se había apoderado de mí, y después de muchas horas de tensión nerviosa tuve por fin que abandonar la empresa literalmente agotado. Mi visión ya no era certera como antes y en todas partes creía ver huellas de la industria humana, cuando las más de las veces no era sino el resultado lógico del roce de unas piedras con otras o de la quebradura de los guijarros por el calor. Cuando intentaba conciliar el sueño veía desfilar ante mis ojos todos los detalles de un terreno pródigo en falaces apariencias.

Aquel mismo día, ya muy tarde, cuando con mi preciosa carga bajaba con el crepúsculo hacia el Valle de las Reinas, el azar me jugó una de sus tretas. A la luz incierta del día moribundo distinguí claramente a escasa distancia ante mí al dios Anubis con cuerpo de hombre y cabeza de chacal, que según la mitología egipcia era el guardián de las tumbas y de los embalsamamientos, el mentor de la momias faraónicas. Es la única vez que le vi en carne y hueso en el lugar donde antiguamente ejerciera sus actividades. Con el largo hocico tendido hacia delante al acecho, las orejas levantadas, las piernas esbeltas y flaco el cuerpo se parecía extraordinariamente al signo jeroglífico con que en los grabados arcaicos se designa al juez. Imposible imaginar un mejor epílogo faraónico a mis investigaciones prehistóricas y todo hacía creer que tenía ante mí la inesperada visión de ese mundo misterioso y subterráneo cuya máxima expresión habían sido las “moradas eternas” de aquella montaña funeraria.

Cuando el ágil guardián del averno me divisó escurrióse rápidamente como una sombra talud abajo, desapareciendo detrás de un montón de escombros, como si lo hubiese tragado la tierra. No logré darle alcance ni descubrir su escondite. Como un espectro se habría reintegrado al averno cuyos secretos él mejor que nadie conocía.

Cuando por los alrededores de aquellos montes sepulcrales corrió la voz que los nuevos huéspedes del campamento de investigaciones arqueológicas se volvían locos por la adquisición de objetos prehistóricos, sucedió algo extraordinario. Fuimos literalmente anegados en una cantidad ingente de material, como ni en sueños hubiéramos podido imaginar que existiera. La procesión — que no parecía otra cosa — empezó por la mañana temprano. Cuando consecuentes de nuestra alta misión, siempre codiciosos de nuevos descubrimientos que imaginába¬mos a la vuelta del camino, llevando todavía en nosotros el aroma de la bebida con que habíamos refrescado los labios, aparecimos en el um¬bral de la puerta de nuestra vivienda, bajo un sol radiante que ya deslumbraba pese a la hora mañanera, se abalanzó sobre nosotros un grupo pintoresco y abigarrado de indígenas bronceados, excitados como si les hubiera picado un escorpión. En medio de una nube de polvo que olía a ajo y exhalaba otras fragancias menos fáciles de reconocer, se tendían hacia nosotros manos mugrientas y apergaminadas para ofrecernos pañuelos, fardos y cestos llenos de trozos de sílex y otros objetos de piedra de todas formas y de todos los colores. En un principio nos consideramos como muy afortunados ante aquella espontánea colaboración tan eficaz y decidida en pro de nuestros intereses, pero pronto nos dimos cuenta de cuán exagerado era pagar sobre el terreno a los batidores aficionados media libra esterlina o egipcia por una cabeza de martillo o por una simple raedera, o un hacha de mano tallada en forma amigdaloide.

Entre los objetos ofrecidos los había algunos en verdad muy bellos y mucho más interesantes y característicos que los que nosotros habíamos descubierto. Escogimos los más perfectos y los pagamos bien, pero no sin regatear un poco — siguiendo la tradición del país — sólo para no dar la sensación de que nos dejábamos tomar el pelo, y con mucho gusto hubiéramos regresado a casita para examinar a placer los detalles del tajo y del labrado de las piedras adquiridas. Tal como se presentaba entonces la situación, ya no valía la pena que si¬guiéramos perdiendo nosotros un tiempo precioso excavando a la intemperie, y nuestra colección fue aumentando rápidamente en la misma proporción que los fondos disminuían. ¡Y vaya si disminuyeron rápidamente! Lo cierto es que la calidad de las ofertas era una tentación imposible de resistir. Ninguno de nosotros había podido soñar, ni por asomo, ver juntos tal cantidad de objetos y de tan diferentes tipos. ¿Nos estaba permitido renunciar, por imperativos financieros, a cierta clase de piezas que todavía no estaban representadas en nuestra colección, y precisamente las más sensacionales? ¿Y ello a causa del desdeñoso Mammón?

Las ofertas no cesaban de afluir hasta la saturación y los visitantes llegaron a convertirse en sitiadores permanentes del campamento. Daba pena ver como algunas piezas rarísimas eran echadas a perder de un modo insensato y absurdo por los mismos que aspiraban a valorarlas, pues al intentar convencernos de su excelencia, los indígenas zarandeaban, gesticulando, los envoltorios y deterioraban el contenido. Ante nuestra puerta se daban cita todos los lugareños duchos en esta clase de negocios, procedentes de todas las aldeas tebanas, de Cheik Abd-el-Kurna, de Dira Abu’n-Naga, de Asasif y de Kurnet Murai, y más de una vez los competidores estuvieron a punto de llegar a las manos entre ellos. Casi no nos atrevíamos a salir de casa porque temíamos tener que optar entre contagiarnos la peste o regresar cargados de bichos, que de todo había en la viña del Señor. Si alguno de nosotros conseguía romper el cerco, no por ello quedaba a salvo de las asechanzas de aquellos improvisados arqueólogos ambulantes. Como por arte de encantamiento, de los lugares más insospechados surgían de repente, al extremo de unos brazos descarnados, unos puños que más parecían amenazarnos que ofrecernos los nuevos hallazgos. Aparecían detrás de cualquier montón de escombros o de objetos inverosímiles, en el umbral de alguna tumba olvidada, apoyados en los restos de alguna pared de adobe o por las canteras corroídas por el tiempo.

Ancianos momificados, cubiertos de andrajos asquerosos, que de cuclillas al borde del camino parecían sumidos en la más profunda meditación y formar parte de aquel paisaje pétreo, al aproximarse nuestro asno volvían de repente a la realidad acuciados por su afán endemoniado de lucro.

Verdaderos enjambres de chiquillos nos ensordecían con su griterío al intentar vendernos también la mercancía de su propia cosecha. ¡Aquella montaña terrible parecía querer aplastarnos con todo su cargamento de reliquias prehistóricas!

Finalmente, cuando ya no había manera de deshacernos de aquella jauría desbocada, tratábamos de ponernos a su misma altura y discutíamos las transacciones encarnizadamente. Los juramentos árabes — y los hay sublimes — no causaban el menor efecto en nuestros labios, seguramente porque no acertábamos todavía a dar con la entonación apropiada que debía acompañar su gesticulación inimitable. Pero algo habíamos aprendido y ya sabíamos ofrecer con desgana aparente unas pocas piastras a cambio de objetos de gran valor. A menudo se nos desgarraba secretamente el corazón cuando, con fingido desinterés, rehusábamos la adquisición de algún objeto de tipo ofensivo y en el fondo deseábamos que volviera a presentársenos pronto la ocasión para poder hacernos, sin perder la cara, con alguna de aquellas maravillosas armas de piedra primitivas.

La experiencia nos había demostrado que para llegar a nuestros fines, en los mercados orientales bastaba casi siempre echar mano de un gesto despectivo y ofrecer con indiferencia un precio irrisorio. Con ello logramos, con gran satisfacción nuestra y consiguiente alivio de nuestra mermada bolsa, que poco a poco cediera en virulencia aquella fie¬bre mercantil, hasta el punto que un buen día pudimos declarar categóricamente que en lo sucesivo ya no estábamos interesados en comprar más piedras históricas; “imschi jalla!”… no queríamos ninguna más, ¡ni regalada! Aquello era el desastre para ellos, pero las ofertas cesaron y renació la calma en el campamento; calma a penas turbada de vez en cuando por algún indígena desorientado que aún agitaba tímidamente algún objeto a distancia respetable. Volvió a dominar el paisaje la monótona letanía de la muchachada suelta por los caminos que convergían a las grandes atracciones monumentales.

Por fin, con las primeras horas de la tarde, cuando da gusto tirar las cortinas y tumbarse a descansar un rato, y por las noches, cuando se extinguen todos los rumores de la tierra, pudimos dedicarnos al estudio de nuestros tesoros.

Nos dió mucho qué pensar desde buen principio el color tan raro de nuestros objetos, que en nada se parecía al del sílex. Estaban repre¬sentados en ellos todos los matices del pardo, desde el oro ocre pálido hasta el flameante tierra de siena; del magnífico chocolate subi¬do al negro bituminoso. Una ligerísima capa, la pátina del desierto, llamaba inmediatamente la atención por su brillantez comparable a la de una castaña recién salida del erizo, y que sólo dejaba lugar a ciertas manchas claras en donde había subsistido el revestimiento natural de la piedra. Le cuadra a esta pátina el nombre con que se le conoce de barniz del desierto, pues únicamente aparece en yacimientos situados en terrenos extremadamente sequerosos y carentes de vegetación, y ex¬clusivamente sobre los objetos que hayan estado expuestos durante muchísimo tiempo a las influencias atmosféricas.

Probablemente su gestación es muy lenta y no se forma solamente en sílex sino también en otros tipos de piedras duras. Así, por ejemplo, las fantásticas escarpaduras graníticas de Asuán tienen el mismo tono chocolate subido. ¿Puede atribuirse este fenómeno, como se ha apuntado, a la posibilidad de una acción especial y permanente del rocío siempre tan abundante en esta región? Es muy posible que intervenga alguna reacción química entre el calcáreo y el ácido silícico. En todo caso se trata de influencias insignificantes que han precisado de siglos y milenios para llegar a producir una transformación apreciable. Los especialistas no han podido sacar hasta ahora ninguna conclusión capaz de orientar a los profanos, pues, mientras ciertas clases de piedras parecen perder color con el tiempo, con la mayoría sucede todo lo contrario. Los enseres que fueron desenterrados en las llanuras de aluvión de Kurna, o sea que no habían quedado expuestos a las inclemencias del tiempo, tienen un aspecto más claro que los distingue de los encontrados a flor de tierra en las alturas circundantes.

Esta hermosa gama de pardos brillantes, del trigueño al musco, que habrían causado la admiración de cualquier pintor, no nos permitía poner en tela de juicio la autenticidad de tantas piezas ofrecidas a gra¬nel por la población indígena.

Cierto que durante algún tiempo no pudimos alejar de nosotros la sospecha de si aquellos objetos que se nos imponían con tanta elocuencia como desenfado, no provenían en realidad de algún lugar inconfesable en donde, con toda suerte de procedimientos artísticos, se amañaban a nuestra intención. Recordábamos la historia de las falsificaciones célebres, incluso de ciertas “antigüedades” introducidas fraudulentamente en campamentos arqueológicos europeos, y con las cuales habíase sorprendido la buena fe de los investigadores. ¿Sería posible — nos preguntábamos — que en esta tierra clásica del labrado de la piedra hubiera persistido aquella tradición secular?
Pero en estas piedras teníamos la maravillosa pátina como prueba manifiesta, como garantía irrefutable y suficiente de su autenticidad. Los lugares deteriorados por quebraduras, antiguas o recientes, se distinguían por su color más claro, debido precisamente a la ausencia de la pátina. Estábamos convencidos de que si nuestros proveedores hubieran conocido el secreto para imitar el “barniz del desierto”, habrían tratado por todos los medios de corregir las imperfecciones de la piedra para unificar su aspecto, en la creencia de que así aumentaría su valor ante nuestros ojos. No debe de resultar nada fácil reproducir esta pátina artificialmente y era de creer que debido a la escasa salida de los objetos, nadie se aventuraría a enfrascarse en semejante trabajo tan complicado y tan poco remunerador, incluso para un fellah de nivel de vida bajísimo.

Es curioso que los tipos de enseres paleolíticos egipcios más característicos coincidan de una manera asombrosa con los europeos. Sólo a partir del paleolítico inferior aparecen especialidades propias en el Norte de África. Ello hace suponer que la civilización prehistórica debió de extenderse simultáneamente y de una manera homogénea por espacios inmensos. Su distintivo, la pieza clásica que caracteriza este nivel de civilización, es el hacha de mano, útil extraordinariamente interesante y por demás enigmático. Le precedió el eolito, que fue objeto de discusiones durante tanto tiempo y que conserva traza del esfuerzo manual de los albores de los homínidos. A pesar de sus aristas cortantes, apenas se distingue de los bordes irregulares de los pedazos de sílex bruto, pero en realidad estas aristas en forma de tajos constituyen a no dudar el primer invento técnico de la humanidad aplicado al manejo de la piedra. De los hallazgos realizados en el interior de África por Leakey y Reck parece desprenderse que de esta arista ofensiva en forma curva, que la inteligencia de los primeros hombres aplicó a los cantos rodados del río, procede el doble filo del hacha de mano clásica. Salido rudo y basto de las orillas del Oldoway, cortado aproximadamente en lava o cuarcita, evolucionó luego en todas partes hacia la forma estable que se basta para caracterizar todo un capítulo de la historia humana. En el tipo chelense — que toma su nombre del yacimiento clásico de la ciudad Chelles situada al este de París — precedido de un prechelense todavía anterior, el hacha de mano es un sílex en forma de almendra, groseramente roto por percusión sobre sus dos caras, terminado en punta en una de sus extremidades, redondeada la otra y ligeramente abombado en su parte media. Los retoques dan a las aristas un acabado sinuoso e irregular, mientras que en el cuerpo de la pieza, el extremo más ancho y redondeado que se adaptaba a la palma de la mano, casi no hay indicio de desbaste alguno, hasta el punto que muchas veces se ha dejado intacto lo que podríamos llamar corteza natural y primitiva de la piedra.

Este tipo estaba representado por ejemplares muy típicos en nuestra colección. En cambio, era mucho más rara en Tebas la variante posterior, o sea la achelense originaria del yacimiento francés de Saint-Acheul, arrabal de Amiens, en el Valle del Somme, la cual se caracteriza por su mejor acabado, con aristas rectas y cortantes, y retocado uniforme en toda la superficie hasta dejarlo en su forma oval armoniosa y definitiva. Nuestros ejemplares, de labrado monofacial, procedían del período de transición y en ellos se echaba de menos la perfección de los achelenses franceses, concebidos de tal manera que fuesen al mismo tiempo aptos para cortar y golpear.

No debe de extrañar que las hachas de mano fuesen objeto de nuestra particular atención. Con su aspecto sencillo y majestuoso a la vez se diferenciaban y aislaban, como aristócratas de rancio abolengo, de las lascas superficiales musterienses, que ya casi denotan una cierta fase de industrialización.

Y, por encima de todo, el hacha de mano, a pesar de hallarse tan abundantemente representada en todas las colecciones, incluso en las más modestas, constituye un enigma que supera con mucho el misterio de las esfinges y de las pirámides.

Los pedernales trabajados en forma de cuña o hacha de mano de tipo exactamente igual y de tamaño y labrado análogos, se han encontrado en todo el Asia, África y en la mayor parte de Europa. Las tumbas centroafricanas parecen estar literalmente empedradas con ellas, tal es su extraordinaria abundancia, y emergen idénticas de las faldas de los montes chinos; aparecen a flor de tierra en las cavernas prehistóricas de Palestina y en los yacimientos antediluvianos de Mesopotamia meridional, así como en diversos lugares de Francia y Bélgica.

¡Qué problemas tan arduos plantean a los arqueólogos y a los prehistoriadores esta extensión extraordinaria, esta concordancia, estas coincidencias tan remotas! Con razón se pregunta Hans Reck, descubridor del hombre de Oldoway, si “el despertar de la inteligencia humana tomó aproximadamente la misma forma de expresión durante el mismo período de la historia del mundo, o bien debemos admitir que el comercio y las migraciones antediluvianas fueron la causa de la propagación, de un continente a otro, de este invento tecnológico”. Todavía no ha podido hacerse la luz sobre los enigmas relativos a las culturas antiguas. Todo lo más que ha podido hacer la ciencia hasta ahora ha sido formularse la pregunta.

En relación con la aparición esporádica e incomprensiblemente abundante de yacimientos de hachas de mano y utensilios análogos, Reck ofrece, como fruto de su larga experiencia, la ingeniosa explicación siguiente:

Nos habíamos preguntado repetidas veces qué es lo que pudo inducir a los hombres del paleolítico a constituir en las alturas de los cerros de Tebaida verdaderos depósitos de utensilios a prueba de siglos, pues, aun admitiendo que en aquellos lugares ricos en agua y en caza hubieran sentado sus reales durante muchas generaciones tribus enteras de densidad tal vez notable de población, una tan gran cantidad de utensilios nos parece sencillamente anormal. En efecto, el hacha de mano era un instrumento sólido que podía servir durante muchísimo tiempo sin necesidad de recambio. Con esta pregunta en el aire, Leakey y Reck, que ya andaban sobre aviso desde que descubrieran una serie de utensilios de cuarcita en el curso de sus excavaciones en el Oldoway, tropezaron con otros yacimientos muy notables situados a proximidad de un taller y de un poblado paleolítico. Allí yacían cuchillas de bordes finos y simétricos al lado de huesos descomunales de hipopótamo adulto fosilizado, mezclado con una docena de hachas de mano, todo lo cual era prueba evidente de que allí se había celebrado un banquete diluviano. A buen seguro la horda se había saciado durante días y más días con la carne del paquidermo. Al arqueólogo, siempre a la busca de explicaciones, se le ocurrió que tal vez la horda habría tallado rápida y hábilmente sus “cubiertos” aprovechando los abundantes trozos de cuarcita y luego, una vez terminado el festín, los abandonaron junto a los restos de la víctima. Era lógico suponer, en efecto, que el hombre prehistórico, sin bolsillos, no lo olvidemos, no iba a desplazarse cargado continuamente con unos utensilios por demás pesados, cuando le era mucho más sencillo fabricar otros a medida de sus necesidades en cualquier lado que se encontrase. Solamente esta fabricación en serie de utensilios explica su extraordinaria abundancia en la mayoría de los lugares excavados, abundancia verdaderamente asombrosa las más de las veces.

Para el hombre prehistórico es muy posible que la talla de herramientas de piedra constituyera un pasatiempo general, necesario y por ende natural, y que fuera el origen de todas las artes que con el tiempo llenarían sus ratos de ocio. Porque entonces no tenía más ocupación que la caza y el amor. Las necesidades primordiales e inmediatas se satisfacen pronto y los días son largos. En la época actual de periódicos, de correos, de empleos que nos ocupan la mayor parte del día, de lectura, de radio y de cine, estamos bien lejos de poder imaginarnos cuán largas y aburridas debían de ser las jornadas de aquellos hombres.

El que sienta curiosidad por saber hasta qué punto el neolítico egipcio perfeccionó el arte de labrar el sílex, no tiene más que observar la serie de puntas de flecha y de lanza, de perforadores y de escalplos descubiertos al borde del oasis de Fayum, o alguno de los célebres cuchillos planos de Abusir-el-Melek. Quedaría aún más convencido si le fuese dado poder trasladarse a la costa norte de la antigua cuenca marítima que ocupaba casi en su totalidad la depresión de Fayum hace milenios, cuyos vestigios, conocidos con el nombre de Birket Karun, invitan todavía hoy a los placeres de la caza y de los deportes náuticos.

Aquí puede seguirse la pista, que se había desvanecido en Tebas, de un hombre primitivo que nos parece muy cerca de nosotros en el tiempo, aun cuando desconociera el uso de los metales. Habitaba la región donde más tarde se levantaría la ciudad de Dime, cuyos templos en ruinas hablan de un esplendor nada común todavía en tiempos de los Ptolomeos, y allí se extendían sus poblados y sus terrenos de caza. Podemos imaginárnoslo disfrutando de una cultura material relativamente rica, pues los tarros hallados, sencillos, con algunos adornos y las hachas de piedra con el corte afilado, son buena prueba de un nivel de vida en franca evolución. La caza y la pesca continuaron ejerciendo durante muchísimo tiempo una gran influencia sobre él, pero el hecho que se dedicara a la cría de bueyes, ovejas y cabras, así como al cultivo de la tierra, según se desprende de la presencia de hoces de madera provistas de dientes de pedernal, denota una manera de vivir que tendía al sedentarismo. Seton-Karr y la señorita Caton Thompson han hecho mucha luz en sus escritos sobre la manera de vivir de aquella gente.

Aquí y allá se descubrieron en talleres líticos piezas acabadas y desechos de sílex en tan grande abundancia, que no parecía sino que el artesano acababa de ausentarse y que no tardaría en regresar.

En muchos lugares de la corteza desértica aparecen puntas de flechas de hechura admirable, algunas bastante sencillas y enmangadas, otras más complicadas en forma de garfio firmemente sujetas en la hendidura de un palo.

Solamente quien hubiere intentado alguna vez convertir trozos de pedernal en pequeñas herramientas aprovechables, podrá hacer justicia a una habilidad que debía de ser cosa corriente en aquellas edades lejanas. ¿Cómo se las compondría el hombre civilizado del siglo XX para transformar guijarros en utillaje útil? Seguramente no sabríamos por dónde empezar, y al hombre moderno no podrían servirle de mucho las explicaciones del Dr. Leakey, sabio arqueólogo originario de Kenya, quien, basándose en sus propias experiencias, llegó a la conclusión de que ni la piedra ni la madera seca, y sí únicamente una rama de árbol recién cortada, flexible y resistente a la vez, es susceptible de poder ser utilizada para tallar adecuadamente la piedra. Esos mismos habitantes de Fayum hicieron gala de una destreza prodigiosa al tallar en pedernal figuras de animales de un parecido sorprendente.

Hemos olvidado el arte de la piedra, y ya no comprendemos su lenguaje, este lenguaje que al antiguo egipcio le fue familiar hasta el ocaso de su gran cultura, pues sólo dejó de comprenderlo cuando perdió la fe en sus dioses.

Vi claro por primera vez en la inmensidad del arte lítico egipcio el día que un anticuario de aspecto raro y ya entrado en años, establecido en la capital provincial de Medinet-el-Fayum puso ante mis ojos atónitos una caja llena de pequeños objetos de piedra, dechados de labrado y de color. Deslumbrado esparcí el contenido por el suelo y me apresuré a seleccionar las piezas más preciosas. Más de una vez he lamentado luego aquella impaciencia mía y mi absurdo atolondramiento. El anticuario no le daba la más mínima importancia a su tesoro y, sin embargo, aquella colección era sin duda el fruto de innumerables expediciones largas y repetidas, como solamente son capaces de emprenderlas y llevarlas a buen término los indígenas para los que el tiempo no cuenta: sin prisas, pero de una manera intensa y minuciosa.

En cambio, el anticuario cifraba todo su orgullo en unas estatuas pseudo-faraónicas de madera que algún trujamán griego había logrado encajarle y de cuya autenticidad no parecía tener la menor duda.

Los cementerios más antiguos descubiertos en el Valle del Nilo, dejando aparte algunas sepulturas caseras de poblados neolíticos, pertenecen al período pre-dinástico, cuando además de la piedra ya se trabajaba también el cobre. En varias tumbas de aquella época se han encontrado diversos objetos de este metal rojo y blando.

Otro de los enigmas de esas culturas radica en el hecho que no se haya encontrado en parte alguna, que yo sepa, tumbas de los habitantes paleolíticos de la Tebaida ni de Fayum, o sea de estos mismos habitantes que a juzgar por los vestigios encontrados, tal profusión de flechas lanzaron contra los animales salvajes de las riberas.

Para el arqueólogo moderno, la noción de la cultura del hacha de mano se relaciona íntimamente con la existencia del hombre del Neanderthal, homo primogenius. Probablemente los cráneos de Java y de Pekín pertenecen a los antepasados asiáticos del hombre del Neanderthal.

No puede descartarse la suposición que la raza humana sea originaria de Asia, desde donde puede que pasara al África, cuyo suelo tan rico es en vestigios primitivos, y luego, al elevarse con el tiempo la temperatura, se extendiera por Europa simultáneamente con la fauna contemporánea.

Como representante calificado y artífice de utensilios relativamente muy perfeccionados de percusión y de corte, que junto al pedernal en vías de desaparición utilizaba ya ciertamente otros materiales, debemos considerar al hombre de Aurignac como al primer homo sapiens. Pertenecía a una raza esencialmente distinta y su capacidad es muy superior a la del hombre del Neanderthal (cuyas huellas desaparecen a partir del último período glaciar) y tiene un gran parecido físico con el europeo actual, del que puede pasar por antepasado.

¿Nos es permitido aventurar la suposición que estas dos razas de habilidades tan distintas son anteriores a los utensilios líticos egipcios?

En el curso de unas excavaciones prehistóricas en las cercanías de El Cairo se pusieron al descubierto, al lado de edificaciones indígenas, trazas de construcciones rectangulares nórdicas del tipo de casa de Megara.

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A los habitantes de Libia, que según parece ejercieron una influencia decisiva en el desarrollo de la cultura egipcia propiamente dicha, se les representa de ojos azules, y una princesa egipcia en el retrato de una tumba de la IV dinastía, tiene zarcos los ojos y el pelo rubio.

Mucha luz podrían hacer sobre esta cuestión los esqueletos del paleolítico al neolítico superior, pero en suelo egipcio no se ha encontrado ninguno.

Podemos hablar de dos civilizaciones egipcias pre-dinásticas que destacan por la abundancia y la originalidad de los vestigios que poseemos de sus poblados y de sus cementerios; la estratigrafía de uno de los yacimientos, por lo menos, parece situarlas inmediatamente después de una civilización más antigua, la llamada de Badari. Se las conoce con el nombre de primera y segunda civilización de Negada por los yacimientos tan notables que las pusieron de manifiesto. La primera de ellas, que se sitúa principalmente al sur del Alto Egipto y en Nubia, se caracteriza por vasijas de grandes dimensiones, de basalto algo áspero, y por su cacharrería pulimentada, roja, a veces ennegrecida directamente al fuego en su totalidad, o solamente en los bordes, todo ello combinado con motivos geométricos o figurativos pintados en blanco o con piezas añadidas, de materiales diversos.

Su parentesco africano salta a la vista. Su arma preferida, la maza plana, en forma de plato, se transformó en una verdadera especialidad de eficacia tremebunda. Consistía en un disco de granito, perforado en el centro para encajar el mango, y gracias a su peso y a su borde afilado, con muy poco esfuerzo era posible con él machacar cráneos, romper huesos y, en una palabra, aniquilar cuanto se le pusiera por delante.

Los colmillos de elefante y de hipopótamo constituyeron en todo tiempo una excelente materia para una gran variedad de esculturas.

La segunda civilización negadiense tenía núcleos en Egipto Central, pero se extendía además de una manera bastante uniforme por todo el país, y sus utensilios-tipo llegan a confundirse con los de los períodos pre-dinásticos. La pieza fundamental y característica de este período es el vaso de arcilla ocre, adornada las más de las veces con líneas rojo-oscuras en zig-zag, espirales aislados, figuras geométricas tales como triángulos y cuadriláteros, cuando no con escenas enteras. En los vasos mejor decorados dibujó el artista anónimo barcos con la proa y la popa levantadas, sin omitir los aparejos y detalle del velamen, amén de otros adornos, todo ello dominado por sendos estandartes que debían de simbolizar a la tribu. Además, libremente repartidos por toda la superficie, aparecen figuras estilizadas de mujeres
con los brazos torcidos, alzados en actitud de plegaria, y también animales, antílopes y zancudos, de un realismo sorprendente.

Las hachas-martillo perforadas y las cabezas de porra piriformes evidencian una cierta especialización. La micro-escultura parece haber entrado en franca regresión, mientras que la alfarería se halla en su apogeo.

Estas civilizaciones nos son más familiares porque también nos han legado sus muertos.

Parece increíble que el terreno arenoso, seco y salado de sus cementerios haya conservado tan bien estos cadáveres de la más remota antigüedad, enterrados entre los años 5000 y 3000 a. J. C.

Perfectamente conocibles, con la piel apergaminada, pero sin el aspecto repugnante peculiar de los cadáveres desenterrados, han podido ser trasladados intactos, junto con sus objetos personales, a los museos de todo el mundo. En el caso presente no puede hablarse aún de momias, porque los egipcios no conocieron hasta mucho más tarde el arte de sacar las vísceras de sus muertos, de embalsamarlos para la eternidad. Son más bien cadáveres deshidratados.

Por ellos se advierte que se trata de hombres de estatura mediana, de aspecto distinguido y de pelo escaso y liso. En un principio les cubrían el cuerpo con pieles o esteras, pero más tarde aparecen ya envueltos en lienzos de lino. Se les enterraba con las rodillas levantadas, las manos en la barba, recostados casi siempre sobre el lado izquierdo, con la cabeza hacia el Sur y la cara orientada a poniente. La tumba de la primera civilización de Negada consiste simplemente en un foso redondo, sin relieve alguno, y no es raro encontrar varios cadáveres de personas y de perros en una misma sepultura.

Una característica de la segunda civilización negadiense es la tumba más alargada que ya se empieza a cubrir de ladrillos crudos. La utilización de estos ladrillos secos y resistentes, de forma cuadrada, fabricados con el fango que arrastraba el Nilo, es un progreso trascendental. Muy a menudo el interior de la tumba aparece dividido en dos compartimentos, uno de los cuales se destina a la conservación de los donativos funerarios, y el interior se protege de los corrimientos de tierras por medio de esteras extendidas sobre una especie de emparrillados de madera.

Se ha fantaseado mucho sobre la posición acurrucada de aquellos cadáveres.

Una cosa parece cierta, y es que nada tiene que ver con la posición del embrión, y por ende, con la creencia de la resurrección en el más allá, a partir de la misma posición de antes de llegar al mundo.

Antes bien parece ser la posición normal e ideal para el durmiente en la noche egipcia, bastante fresca. Así agachado y con las rodillas dobladas, se siente menos calor, o menos frío, y esta posición tiene, además, la ventaja que la tumba, excavada penosamente en terreno pedregoso, puede ser de dimensiones reducidas.

La mano derecha sostiene, generalmente, una especie de paleta para cosméticos y afeites, y a su lado no faltan los botes de perfumes y de bálsamo, con sus correspondientes cucharitas, todo a punto para que el difunto, al despertar, pueda proceder sin demora a sus prácticas de aseo habituales.

Como, por otra parte, no era tampoco cuestión de olvidar los apetitos terrestres, los vasos de barro contenían comida y bebida en abundancia.

Lo que más sorprende entre los diversos objetos encontrados en las tumbas egipcias para uso del difunto en su nueva vida, es la cacharrería y los maravillosos cuchillos de piedra, de perfección jamás igualada más tarde. Las largas hojas de sílex, de afilado tajo, cuidadosamente bruñidas, tienen a partir del puño o núcleo principal una sinuosidad tan refinada, y tan bien estudiada, que se adapta, encaja, como hecha a medida, entre el pulgar y la palma de la mano derecha, formando así un escalplo ideal para trabajar la piel o quitar las escamas a los pescados. Todavía es más inexplicable la existencia de los grandes cuchillos planos formados por láminas de sílex importadas del norte. Salta a la vista que para su cometido corriente estas hojas eran demasiado delgadas, lo que nos induce a creer que su única finalidad consistía en adornar la estancia y realzar el prestigio del difunto en el otro mundo. Toda la superficie del cuchillo presenta las delicadas huellas de martillazos, en oleadas de escamas regulares de gran efecto decorativo.

La belleza sobria de los vasos de piedra remata dignamente la suntuosidad de los demás objetos.

En estas tumbas se encuentran reunidos en sus formas más antiguas, ejemplares perfectamente conservados de jarras, escudillas, tazas, platos, copas, jícaras, tarros, etc., en los que la insuperable nobleza y elegancia de la forma corría parejas con la riqueza y colorido excepcional de la piedra; conjunto de una rara perfección muy pocas veces alcanzada posteriormente.

La piedra era traída a duras penas desde las serranías del desierto oriental próximo al Mar Rojo. Con pocas excepciones estas vasijas de forma redondeada no ostentan adorno alguno, como no sea unas asas diminutas o la imitación en alto relieve de bramante enroscado. Bastaría para maravillarnos la belleza insinuante de la línea, que se yergue en forma de panza que a menudo acaba al borde de unos pies afilados de aspecto metálico.

Adornan el borde superior y la base franjas de varios colores, incrustaciones de alabastro rodean la vasija y a veces, a los lados, verdaderas guirnaldas purpúreas. A la vista de tales objetos de una época tan remota ¿quién no se convence de que se halla en presencia de verdaderas obras de arte?

¿Pero, cuál sería el instrumento utilizado, capaz de labrar la piedra a menudo de una dureza inusitada? ¿Cómo se las compondrían para horadar esas tinajas panzudas, cuya superficie interior presenta estrías concéntricas sucesivas? Conocemos perfectamente el instrumento que sirvió al ahuecamiento de los recipientes de piedra, el cual no era más que un vástago de madera cuya extremidad superior se recargaba con una piedra, y a cuya parte inferior, ahorquillada, se sujetaba un taladro cónico que forzosamente tenía que ser de materia mineral. Podemos descartar el cobre, demasiado blando para hacer mella en el granito, en la diorita y en los esquistos metamórficos puros, pero, por otra parte, ningún otro metal conocido puede ser tomado en consideración. De modo que sólo queda, como hipótesis plausible, que la arena, húmeda usada como esmeril desempeñara un papel primordial en este trabajo lento y penoso.

Un tipo de vasija de basalto de la primera civilización negadiense presenta un pie de hechura diminuta y escasa estabilidad. En todo caso, la base de este recipiente supone la existencia de tableros, o cosa por el estilo, absolutamente horizontales. Ahora bien, ¿cómo imaginarnos algo parecido a mesas planas en las cabañas ligeras de aquellos hombres transhumantes y semi-civilizados acostumbrados a correr continuamente detrás del hipopótamo, que cazaban con arpón, y del león contra el que disparaban sus flechas? Se han observado ciertas huellas de desgaste alrededor de esas pesadas tinajas de piedra, lo cual induce a suponer que se transportaban pendientes de cuerdas y que eran utilizadas durante varias generaciones. ¿Se balanceaban, tal vez, del flanco de bestias de carga como en nuestros días los vulgares serones del vendedor ambulante de botijos? Lo que no se comprende es cómo iban cargados con recipientes de tanto peso y de tan poca capacidad útil, cuando disponían y podían haberse servido de sus hermosos cacharros de barro cocido, mucho más ligeros.

Sea lo que fuere, no puede negarse que si se expusieran en una vitrina, nadie encontraría que esos recipientes pre y protohistóricos desmerecen en nuestros hogares modernos.

El arqueólogo británico Walter Emery halló en una tumba de la II dinastía, en Sakara, dispuesta en platos y fuentes apropiados, de un arte muy refinado, toda la comida para uso del difunto en el otro mundo compuesta de codornices, pichones, pescado, chuletas, legumbres, tortas y panecillos triangulares.

Este hallazgo desconcertante, realizado en 1938, nos conduce ya a la época protohistórica y a las necrópolis de Menfis, capital del Norte, donde iban a erigirse luego las pirámides de los reyes.