ROSTROS DE FARAONES
TRANSCURRIDOS unos 50 años después de haber sido rescatados por los egiptólogos, los faraones de la hegemonía mundial fueron instalados en el Museo de Antigüedades de El Cairo, en donde desde entonces tienen su corte.
Los hábiles ladrones de tumbas de Tebas, familiarizados desde el siglo XIII antes de J. C. con su macabra profesión y fieles de generación en generación a una según ellos respetable tradición, habían descubierto las momias reales en sus escondrijos rocosos seis años antes, y periódicamente, a medida de sus necesidades, ponían en circulación alguna pieza del tesoro cuyo secreto guardaban celosamente, hasta que los arqueólogos se alarmaron y el Servicio de Antigüedades logró poner coto a sus fructuosas actividades.
Sin la sagacidad de los profanadores profesionales de tumbas es muy posible que los nobles difuntos expuestos actualmente a la admiración de nuestros contemporáneos, reposarían todavía olvidados en las entrañas del Valle famoso.
La historia de los hallazgos maravillosos que asombraron al mundo entero es demasiado conocida para que sea necesario relatarla de nuevo en estas páginas. Howard Carter le ha consagrado todo el primer volumen de su libro “Tutankamon”, que se lee de un tirón como la más intrigante de las novelas policíacas. En una tumba de fortuna, perdida en plena montaña, excavada en las abruptas rocas de Der-el-Bahri, fuera del alcance de los ladrones de tumbas de la antigüedad, allí donde seguramente fueron trasladados a toda prisa al amparo de la oscuridad de la noche por un grupo de sacerdotes fieles y de funcionarios incorruptibles, yacían hacinados en sus féretros, como una traílla de perros, los más poderosos monarcas del imperio del Nilo. “Reyes cuyos nombres todo el mundo conocía, pero cuyos rostros ni en los más fantásticos sueños nadie esperó jamás poder contemplar.”
Algunos habían cambiado de féretro, otros yacían juntos, a veces hasta tres en sarcófagos que reproducían la forma de Osiris. Por lo regular no se trataba de los sarcófagos originales, los cuales seguramente fueron destruidos y vendidos por los profanadores de sepulcros, sino de cajas más modestas, cuya construcción se remontaba a la época de la última operación de salvamento de las momias, pero que presentaban, no obstante, las insignias sagradas y las armas reales. Para el traslado a esta morada algunas momias habían sido envueltas en nuevas vendas y provistas de inscripciones claras en caracteres hieráticos que describían minuciosamente las etapas sucesivas recorridas por el cadáver hasta alcanzar asilo definitivo en el desierto de piedra de Der-el-Bahri.
Cuando la embarcación del museo, después de 48 horas de febriles preparativos, empezó a deslizarse lentamente Nilo abajo con su preciosa carga de cadáveres reales, se desarrolló el espectáculo más inesperado y emocionante que imaginarse pueda. Los habitantes de las aldeas ribereñas disparaban sus armas de fuego en honor de los faraones, como hacen todavía en los entierros modernos, mientras las mujeres, vestidas de negro, hacían acto de presencia en ambas orillas, cubiertas de polvo, la cabellera desgreñada, y lanzando estridentes lamentos fúnebres que se oían de muy lejos y eran seguramente heredados del tiempo de los faraones que desfilaban ante ellas. La grandeza imponente e insospechada del acontecimiento que presenciaban había despertado en aquella humilde gente la conciencia de su prestigioso pasado.
Fue realmente un espectáculo memorable y fantástico para los que eran sensibles a la llamada de la historia, el poder contemplar en el primer piso del inmenso Museo de Antigüedades de la capital egipcia, yaciendo en sus sarcófagos abiertos, los rostros descubiertos de los antiguos faraones.
Las momias reales descansan ahora en un mausoleo construido ex profeso para ellas. Debemos estar agradecidos a la piedad de los que supieron sustraerlas a la vulgaridad de los turistas para los cuales no tenían más interés que los animales disecados del Museo de Historia Natural. Es cierto que un simple museo tampoco era un lugar adecuado ni muy a propósito para su reposo eterno. Sin embargo, los verdaderos amigos de la antigua cultura egipcia añoran aquellos plácidos primeros momentos cuando les era dable poder contemplar a sus anchas aquellos rostros venerables e interrogarles sobre los misterios del pasado que habían contribuido a forjar y del que habían sido actores destacados.
Aunque sólo fuese porque se ofrecía la oportunidad única de poder ver juntos los restos embalsamados de los faraones al lado de las estatuas que han perpetuado durante siglos el recuerdo de sus modelos coronados.
Se comprende que la muerte, el embalsamamiento, la desecación de los tejidos y los ultrajes del tiempo poca cosa hayan dejado de la antigua lozanía de aquellos rostros un día famosos. La mayoría de los cadáveres presentaban un aspecto tan lamentable que tuvo que renunciarse a exponerlos en el museo, e incluso cuando se trataba de momias reales relativamente bien conservadas, no era siempre empresa fácil imaginar que la vida existió un día detrás del horror que ahora inspiraban algunas de aquellas envaradas máscaras de ultratumba.
Pero también podía darse el caso, y ello a menudo sucedía, que a copia de imaginación, como se consigue identificar poco a poco la imagen conocida de una vieja estampa descolorida, se lograra hacer resurgir ante nosotros la recia personalidad viva del antiguo soberano. Y es entonces cuando nos apercibimos de que estas figuras de piedra, estas estatuas sagradas y estilizadas en extremo, sujetas a un hieratismo riguroso, son, por lo común, mucho más fieles al original de lo que pudiera suponerse en principio.
El rostro más antiguo de rey visible en el silencio imponente de las grandes salas en las que se han extremado las medidas contra posibles incendios, está todavía bañada por la magia misteriosa de la era de las pirámides. Es el del rey Mernerá, hijo de Pepi I (Phiops) cuya momia, a pesar de todas las bandas de saqueadores y profanadores de tumbas fue hallada intacta en su pirámide en ruinas. Fue Mernerá un faraón de la VI dinastía, cuando el esplendor del Imperio Antiguo empezaba a declinar, para acabar luego eclipsándose brusca y trágicamente. No es para descrita la sorpresa que se llevó el sabio delegado del Servicio de Antigüedades cuando, al abrir la tumba, encontró la momia en el mismo lugar donde había sido colocada a la muerte del faraón, pues lo cierto es que, después de las numerosas decepciones sufridas a raíz de los descubrimientos de Sakara y de Gizeh, no era de esperar que pudiera encontrarse cara a cara, en la tumba original, no hollada, con uno de los reyes-dioses de aquella antigua época prestigiosa y constructiva.
Durante el traslado de la momia al museo de Gizeh — traslado que tuvo lugar en un coche de punto el año 1881 y del cual nos ha dejado Georg Ebers una reseña humorística digna de leerse — quiso la mala suerte que el cadáver de su majestad se quebrara en varios trozos, precisamente cuando pasaban por sobre el gran puente del Nilo. A la cara del soberano, prematuramente fallecido sin descendencia, le falta la mandíbula inferior. El resto, excepto la ternilla de la nariz algo aplastada, está bastante bien conservado: se distingue claramente aún el aspecto doliente de su delicada y alargada faz, delgada a pesar de los pómulos salientes, la frente alta y los párpados cansados sobre unos ojos apenas hundidos.
La serie de momias reales del Imperio Nuevo halladas en el refugio de Der-el-Bahri y en la tumba de Amenofis II pertenecen a una época memorable de la historia egipcia que es imposible evocar sin emoción y simpatía.
He aquí en primer lugar la momia del valiente Sekenen-Ra-Tao, reyezuelo de Tebas en las postrimerías de la dominación hicsa. Se echa de ver claramente que el esforzado príncipe sucumbió víctima de alevoso crimen o luchando en batalla campal, contra los opresores o quien sabe si contra sus propios compatriotas a sueldo del extranjero.
Por lo que de él sabemos, debió de ser un personaje de una fortaleza de ánimo y de un espíritu de independencia poco corrientes. Pero ¡ay! en qué lamentable estado le dejaron las armas de los contrarios. El drama de su muerte se lee todavía en la cabeza de este indómito guerrero que apenas alcanzó los 40 años. Presenta tres heridas graves, cualquiera de las cuales hubiera bastado para ponerlo fuera de combate para siempre. Un hacha o tal vez una maza le deshizo la mitad izquierda de la mandíbula inferior, y todo lleva a creer que fue éste el primer golpe que le asestaron, y con la violencia se mordió la lengua de parte a parte. Las otras dos heridas, también mortales de necesidad, debieron de seguir inmediatamente. Un golpe le partió el hueso frontal encima del ojo derecho y otro le hundió el cráneo tan violentamente, que le saltaron los sesos por la tremenda herida.
Así cayó en el campo de batalla el iniciador de la revuelta liberadora y allí debió de quedar abandonado de sus propias huestes hasta que las hienas y los chacales dieron comienzo a su repugnante labor. Cuando, por fin, se puso el cadáver en lugar seguro, había empezado ya la descomposición y como no era posible embalsamarlo, lo envolvieron apresuradamente en tiras de lienzo y lo colocaron en un féretro de madera dorada. Según parece, una simple pirámide de ladrillos indicaba la situación de su tumba al pie de la colina de Dirá Abu’n-Naga. El gran féretro que contiene sus restos es de aspecto macizo y austero y, siguiendo la tradición, la parte superior está esculpida en forma de cabeza, tocada con un gorro muy alto y ancho.
Sekenen-Ra-Tao era grande y esbelto, y todavía se nota que su nariz era recta y bastante ancha de base. Los pómulos salientes, la boca pequeña, los labios estrechos y ligeramente abultados, los cabellos muy finos, y negros. Lleva afeitada la barba y el bigote, lo cual significa que en la misma mañana del día de su muerte violenta se había puesto en manos del barbero de palacio.
El final trágico del rebelde que encarnaba a los ojos de su pueblo el disconformismo de los oprimidos, no se echó en olvido en el Antiguo Egipto, según atestiguan multitud de documentos. Su nombre pasó a ser el estandarte de la guerra de liberación, enarbolado por un pueblo sedentario y meticuloso hasta la pedantería, compuesto de campesinos y de funcionarios, pero que, como por arte de magia, se convirtió bajo su influencia directa en un ejército de fanáticos soldados que lucharon denodadamente hasta que casi todo el mundo entonces conocido pasara bajo el dominio de los reyes de Tebas.
El más poderoso de estos reyes, y también el más hábil, Tutmosis III, fue hombre de talla mediana, pero vigoroso, y cuenta entre los personajes más importantes del Antiguo Oriente.
En vano trataríamos de dar aquí una idea de su obra colosal de consolidación del imperio egipcio a lo largo de los 32 años de reinado autoritario, veinte de los cuales estuvo ocupado en nada menos que en 17 expediciones guerreras. Su sagacidad era tan penetrante como su criterio, y su espíritu ofensivo tan irresistible como su talento de organizador. Se le ha comparado a Napoleón, pero, en mí opinión, es con César con quien tiene más en común. Una única referencia a sus actividades nos ahorrará largas enumeraciones. En los muros del templo de Karnak mandó cincelar la narración de sus campañas, y este texto, único en la historia mundial y muy bien conservado, está redactado en estilo sobrio, desprovisto de patetismo de toda clase, sin las exageraciones entonces tan corrientes, y es de una concisión que recuerda la de los partes de guerra modernos.
Desgraciadamente, su momia no tuvo la misma suerte, y ha llegado a nosotros en un estado lamentable, y todo lo que de ella queda es un informe paquete de telas, reventado en el lugar del corazón, despojado de sus ornamentos, roto en tres trozos y toda ella entablillada desde muy antiguo por los sacerdotes que la pusieron a buen recaudo, para que el cadáver tuviera por lo menos la apariencia de un cuerpo entero.
El poderoso faraón, cuyo solo nombre hacía temblar a los demás soberanos del Próximo Oriente, y cuyo título de entronización, Menkheperre, siguió grabándose durante muchos años, como conjuro, en los amuletos y en los escarabeos sagrados, tenía el aspecto de un auténtico fellah, en el mejor sentido de la palabra.
La región occipital del cráneo es muy alargada. La frente baja se abomba sobre unos ojos hundidos y penetrantes, tiene los pómulos salientes y la boca ancha. La barbilla denota una energía poco común. La nariz grande y aquilina, como las que se ven en los magníficos retratos de la época, y como también lo era la de la reina Hatsepsut, no ha podido resistir en su parte inferior la presión de las vendas y los ultrajes del tiempo. La cabeza lisa, con el pelo cortado al rape… Es la impresionante ruina mutilada de un personaje íntegro que la historia admira… Resumiendo: una cara cuya expresión no han podido borrar las profanaciones ni los siglos.
Ningún otro rostro real — y eso que los envoltorios contenían momias de faraones muy famosos — puede compararse al suyo. Pero este rostro revela algo inquietante por la ausencia total de ilusiones sobre su grandeza. Vemos que era una grandeza que no precisaba de ostentación de ninguna clase.
Todavía hoy su presencia abruma al visitante. Parece pedir que le rindan cuentas; está al acecho, lo ve y lo escudriña todo, incluso con los ojos cerrados, en su celosa exigencia de la verdad. Su boca fina, en la que todavía queda algún diente, parece condenar inexorablemente con un rictus sarcástico.
Por más que las estatuas tiendan a ofrecernos un Tutmosis III algo regordete y de cuello corto hundido en los hombros, lo cierto es que no debió de estar desprovisto de una cierta elegancia y de flexibilidad en sus años mozos y en la edad viril. La famosa estatua de esquisto de Karnak, de tamaño natural, con la imponente corona del Imperio del Sur, nos muestra a un príncipe hermoso y distinguido que camina con paso seguro y decidido como de quien sabe dónde va y para qué. Precisamente esta obra maestra de la escultura egipcia es de un realismo sorprendente que no deja lugar a dudas sobre su fidelidad a los rasgos más característicos del original. La nariz exageradamente curva, la barba autoritaria, exactamente como la de su momia, la nuca corta y vigorosa, y la oreja bien formada, es de un naturalismo al que la tradición hierática egipcia no nos tiene acostumbrados. A pesar de que los ojos son tratados de modo más convencional, demasiado alargados hacia las sienes, siguiendo el rastro de colorete del modelo, reflejan sin embargo una facultad de observación y una lucidez poco comunes. Una sonrisa complaciente anima unos labios que se adivinan rojos y tiernos. Su paso tiene algo de la ligereza de quien se dirige a una fiesta o a un baile. En todo caso en modo alguno da la sensación de hollar el símbolo de los pueblos uncidos a su carro triunfal después de una de sus innumerables y sangrientas batallas. Un ademán de ingeniosa vivacidad aparece en el semblante de otra estatua suya, existente en el museo de El Cairo, muy poco reproducida por
cierto, rota a la altura de las rodillas y con la cabeza tocada con la cofia trapezoidal rayada. Si su nombre famoso no estuviera grabado en la parte anterior de la cintura y no nos fuera ya tan conocido su rostro, imposible de confundir, creeríamos tener ante nosotros a un príncipe pacífico que consagró su vida al culto de las artes y de las letras.
El perfil de Tutmosis IV, uno de los nietos del gran conquistador, es de una finura única, y este rostro es para nosotros una reliquia más preciosa cuanto que no se conoce ningún retrato completamente satisfactorio del original. Murió muy joven, antes de cumplir los treinta años, y su apariencia es la de un hombre inteligente y cultivado, de linaje regio, que incluso muerto alza la barba con gesto aristocrático y altanero. Tanto el cráneo como la nuca están completamente recubiertos de pelo, acentuando y completando la impresión general de refinamiento. A pesar de ser hijo del robusto y deportista Amenofis II, nuestro hombre tiene el aspecto de haber sido antes bien un personaje delicado y lábil, lo cual no fue óbice para que, desde muy joven, a raíz de la desaparición inesperada y prematura de su padre, tuviera que apechugar, como hombre de estado y como soldado, con las agotadoras obligaciones inherentes a la realeza de entonces. Tiene los párpados cerrados y es su expresión apacible, reposada y distinguida, como si durmiera, y se contempla sin repugnancia. Los arqueólogos deberían elegirlo por patrón, pues con su iniciativa de despejar la gran esfinge de Gizeh sentó un precedente y dio al mundo un ejemplo — aunque tal no fuera su intención — que no ha cesado de tener imitadores.
Es una delicia establecer el paralelo entre el perfil de la momia y el de los bajorrelieves que tanto abundan en los muros del templo del santuario de Abidos, en los bloques de Kurna y en los murallones de su gigantesca tumba que penetra hasta el corazón de las cumbres rocosas de Tebas. La coincidencia es sorprendente y en ningún otro caso se demuestra de un modo tan visible la fidelidad al original de los retratos de la antigüedad egipcia.
Además, por su admirable estado de conservación, el rostro del real difunto raya en lo maravilloso.
Los embalsamadores han logrado, en efecto, respetando escrupulosamente sus rasgos característicos, elevar su efigie a la categoría de obra de arte, una obra maestra que incluso nos hace olvidar que nos hallamos ante un cadáver adobado y desecado que ha sufrido la dura prueba del tiempo.
El espíritu ha vencido a la misma muerte y la sublimidad del principio real y divino — objeto de especulación del que por última vez echó mano una sociedad refinada hasta la exageración, pero que ya se acercaba lentamente a su decadencia — convirtió la faz del soberano en un símbolo escultural.
Nos parece verle todavía hierático a la par que cortés y distinguido en actitud de ungir, dar colorete, vestir y tocar con la corona tradicional, alta y doble, la estatua del dios, como en los inolvidables muros blancos de Abidos. Vemos al hijo de Ra en ademán de presentar manjares y ofrendas a los que con toda su divinidad son sus iguales en la jerarquía celestial, a los inmortales que le abrazan fraternalmente, como también él los abraza al poner por obra tan sublime misión. Atum y Ptah, Harakhti y Nut, Osiris y Horus, Isis y Hathor, aguardan que sus ojos vuelvan a la luz. No hace falta ver en su frente, y en las sienes denegridas por los ungüentos, las señales dejadas por las insignias reales para saber que esta cabeza ha llevado por derecho propio la diadema y la corona, alrededor de la cual se enroscaba, amenazadora, vomitando fuego y aniquilación a la faz de los súbditos perjuros, el áspid protector, emblema del dios solar.
Tanto el sublime cometido como su consumación ritual están inscritos en la grandeza de sus facciones.
La nariz — con el ligero defecto tan familiar al escultor como un signo jeroglífico — se ha conservado casi íntegramente. Es elocuente el silencio de una boca cuyos labios avanzan dominadores, y una energía indomable se lee en su frente abultada. Únicamente los párpados, casi enteramente cerrados, parecen saber del agotamiento que sólo conocen los fuertes después de incesante lucha.
No hay la menor duda de que también fue un luchador fuerte y aguerrido ante los dioses y ante los hombres Setos Menmaatre, el valiente y legendario padre de un tétrico anciano, el gran Ramsés, que reposaba a su lado. Desde tiempos inmemoriales jamás había ocupado el trono de Horus faraón alguno más poderoso. Pacificó Khabiru y después de reconquistar Canaán, en una embestida irresistible logró tomar las ciudades de la llanura siempre en litigio de Jesreel, atravesó el valle del Jordán y avanzó victorioso hasta los confines del lejano Haurán. Los príncipes de las vertientes meridionales del Líbano se apresuraron a ponerse de su parte y todo hace suponer que dirigiéndose hacia el Norte, llegó hasta Simyra y sometió al príncipe de Chipre, igual que ya habían hecho anteriormente los poderosos reyes guerreros de la dinastía XVIII. El mismo año de su ascensión al trono inició la primera campaña militar desde la plaza fuerte fronteriza de Zaru y logró reconquistar las provincias perdidas para la corona egipcia por el indolente Ecnaton, el desdichado rey hereje.
Tiene también a su haber el florecimiento tardío, pero sublime, a pesar de su innegable academismo y amaneramiento, que durante su reinado conocieron las artes del Imperio Nuevo.
Aunque no tuviera otros méritos ante la historia, éste sólo le haría acreedor y digno de que una obra de arte perpetuara su recuerdo en la posteridad.
En la muerte se convirtió en su propio monumento, tan inmortal como la fama de su dinastía que tuvo que habérselas con la presión cada vez mayor e insostenible de los pueblos nómadas del Norte, y que ya vio declinar el sol de la hegemonía mundial egipcia.
Cuando de su féretro pasamos al de su hijo, no es nada fácil acostumbrarse a la idea que este anciano decrépito, el nonagenario Ramsés Miamun, sea hijo de aquel gallardo monarca que falleció en la flor de su vida.
¡Ramsés Miamun, Ramsés II, el gran Ramsés!
Ramsés el Grande, creador de un mundo de piedra, padre de todo un pueblo de soberanos y de sacerdotes, tuvo que arrostrar la dura prueba de la batalla de Kadés, firmó con el imperio hitita un tratado — el documento más antiguo que se conoce de este género — gracias al cual durante muchísimos años reinó la paz en las zonas de influencia de ambos países en el Oriente próximo y turbulento.
Puede que en ingenio y en carácter le vaya a la zaga al gran Tutmosis. Era, a su manera, presumido y ambicioso, vano y de una exigencia política tan inflexible, que casi hubiera acabado con las fuerzas de un pueblo todavía genial y creador. Cual azote implacable su voluntad se impuso en el mundo del Nilo. Su avidez por los monumentos de piedra era insaciable. No contento con arrasar montañas enteras para convertir sus entrañas en colosos, obeliscos, arquitrabes y columnas de dimensiones extraordinarias, se apropió además los monumentos y las estatuas gigantescas de sus antepasados, en las que hizo grabar profundamente su propio nombre. No, su grandeza no se distinguió por la inteligente llaneza de su glorioso padre, quien recomendaba a su visir que al administrar justicia no tuviera ninguna clase de miramientos con los favoritos del faraón.
Pero a pesar de su presunción, su personalidad ha dejado asombrosa impronta en la historia, y aunque ya ninguna prueba hubiese quedado, nos bastaría contemplar este rostro para convencernos de ello.
El sello de su personalidad quedó totalmente grabado en el subconsciente de su pueblo, al que durante más de ciento cincuenta años después de su muerte pareció inconcebible que un faraón no fuese al propio tiempo un Ramsés.
Pero con toda su grandeza ¡cuan extraño y trágico fue su destino!
Este hombre, que de sus innumerables matrimonios tuvo nada menos que 79 hijos y 59 hijas, estuvo condenado a una existencia tan larga, que no solamente sobrevivió a casi toda su descendencia — pues antes que él murieron los hijos mayores en los que se cifraba la esperanza de la dinastía — sino que finalmente se sobrevivió a sí mismo, en interminable agonía, perdido el uso del intelecto, el cuerpo convertido en un verdadero andrajo.
Sin embargo, su rostro demacrado por la extenuación, con la frente calva y retraída, la nariz arqueada en forma de pico de ave de rapiña, y la boca dominadora, denotan todavía irresistible autoridad. Tiene el ojo derecho cerrado, el izquierdo entreabierto y el visitante no puede sustraerse a esta mirada sin vida, pues en los rasgos atormentados de este vejestorio queda algo todavía del noble atractivo y de la magia mística que emana de los mejores retratos que de él conocemos, los cuales se caracterizan por el donaire majestuoso y la sonrisa olímpica como la que se digna dispensar un príncipe de la iglesia ante un pacífico grupo de devotos.
No es de extrañar que la momia de una personalidad tan extraordinaria conociera a través de los siglos aventuras más raras y variadas que las de los demás faraones que han llegado hasta nosotros.
Cuando los saqueos en el Valle de los Reyes se generalizaron de tal modo y los ladrones se volvieron tan audaces que ya no quedó ninguna tumba segura, como primera providencia la momia fue trasladada a la sepultura de Setos I, más fácil de vigilar. Así, padre e hijo se reunieron en la morada ultraterrena.
Pero muy pronto también la tumba de Setos fue violada a su vez, y resultó evidente que no había ya autoridad alguna capaz de impedir tales profanaciones. Entonces se ocultó al gran Ramsés en la tumba de la reina Inihapu; no se sabe por cuanto tiempo.
Los sacerdotes y los soldados a cuyo cargo corrieron estos traslados nos han dejado de ellos una relación circunstanciada escrita en las vendas de las momias respectivas.
El último viaje de Ramsés el Grande tuvo lugar bajo Herihor, rey-sacerdote, el cual, en representación de la casta de los servidores de Amón, se adueñó del poder después de haber expulsado del trono de Egipto al último, aunque no inepto, representante de la dinastía. Ignoramos las razones que motivaron el traslado, que debía ser definitivo, pero todo hace suponer que se debió a la manifiesta impotencia de las autoridades ante la osadía de los saqueadores de tumbas.
En un lugar apartado, no lejos del imponente circo rocoso donde el rey Mentuhotep y la genial reina Hatsepsut hicieron construir sus templos funerarios, se cavó en la roca blanda y de escasa calidad, el escondrijo varias veces mencionado ya: un pozo de 12 metros de profundidad que comunica con un corredor de 6o metros de largo, y éste a su vez con una cámara mortuoria lisa y tosca de unos 8 metros de lado. Allí fueron reunidas las tan traídas y llevadas momias que, a pesar de tanta humillación y envilecimiento, constituían la auténtica representación de lo que podríamos llamar el “antiguo régimen” del Imperio Nuevo. Y allí permanecieron hasta que el año 1875 su buen ganado reposo fue de nuevo y definitivamente turbado.
Como es natural, el descubrimiento de la momia de Ramsés fue un acontecimiento de considerable importancia.
Tuvo lugar, como es costumbre en nuestros días, ante un areópago de arqueólogos, de sabios, de historiadores y de políticos, y cuando apareció aquella faz apergaminada y corroída por el tiempo, pero todavía con la impronta intacta de su personalidad sobrehumana, ante la cual se había tal vez postrado Moisés, fue tan grande la emoción de todos los presentes, que por poco se les cae la momia al suelo.
Las peripecias o desventuras del gran Ramsés no habían terminado aún. Más tarde, ya en el museo, hizo presa de su cabellera una extraña fauna que en los vivos produce desagradable comezón, y con toda su majestad tuvo que someterse a un baño de mercurio.
Y luego sucedió algo macabro e inesperado, que hizo poner los pelos de punta a los vigilantes del museo. En efecto, ante la estupefacción de los presentes, que salieron de estampía, la momia milenaria de Ramsés el Grande levantó bruscamente el antebrazo.
La acción prolongada de los rayos solares en un determinado lugar del codo del rey fue seguramente causa de que se soltara una articulación y que la contracción repentina del tejido seco provocara aquel gesto insólito.
¿Qué aspecto tiene hoy día el rostro del Ramsés Miamun? ¿Cómo le ha sentado el solemne traslado, bajo las estrellas, en la noche silenciosa de las calles de El Cairo? ¿Le pone su flamante mausoleo a cubierto de nuevas profanaciones? ¿Quién sabe si sus ya menguados restos mortales acabarán de consumirse lentamente y pronto ya no quedará del gran Ramsés más que una pobre sombra de lo que fue una auténtica majestad!
He aquí el testimonio de la Biblia: “Después entraron Moisés y Aaron a ver al faraón y le dijeron:
Jehová, el Dios de Israel, dice así: Deja ir a mi pueblo a celebrarme fiesta en el desierto.
“Y el faraón respondió: ¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco a Jehová, ni tampoco dejaré a Israel.
“Dijo también el faraón: Ese pueblo es ya más numeroso que el de la región y vosotros les hacéis cesar en sus cargos .
“Agrávase la servidumbre sobre ellos, para que se ocupen en ella y no atiendan a palabras de mentira.
“Entonces el pueblo se derramó por toda la tierra de Egipto a coger rastrojo en lugar de paja.
“Y los cuadrilleros los apremiaban diciendo: Acabad vuestra obra la tarea del día en su día, como cuando se os daba paja.
“Así habló el faraón: Estaos ociosos, sí, ociosos, y por eso decís: Vamos y sacrifiquemos a Jehová.”
Así habla la Biblia.
Ya ningún dragomán tabalea sobre la tapa de vidrio que antaño cubría su rostro, para atraer hacia esta máxima atracción el rebaño disperso de los turistas.
El gran faraón duerme, por fin, en paz.
Y, sin embargo, ¡cómo desearíamos ver otra vez, poco antes del cierre del museo, en la sala ahora vacía, aquella cara soberana que contemplaron Moisés y Aarón!
Existe un reducido número de inolvidables rostros faraónicos esculpidos en piedra, que jamás podremos comparar con las máscaras momificadas de sus correspondientes modelos, por más que el azadón de los excavadores no se dé punto de reposo. Las depredaciones efectuadas por los ladrones de tumbas, el azar y también el odio se combinaron para impedir que los originales lograran salvar el escollo de los siglos. Solamente los conocemos por sus estatuas, pero aún así ¡cómo nos sobrecoge su mensaje!
No hace mucho hizo su aparición en la sala que alberga los monumentos del Imperio Antiguo una estatua sedente, de tamaño natural, en caliza coloreada, cuya expresión de potencia enigmática y fantástica supera la de todas las demás estatuas de soberanos egipcios. Diríase que de ella emana auténtica magia, algo que nos hace creer en visiones, pues al contemplarla creemos que la escultura se ha hecho voz, que resuenan en nuestros oídos las antiquísimas plegarias inscritas en el corazón de las pirámides, y nos sentimos transportados de repente en el seno de un universo espiritual en el que nuestras pobres realidades materiales no tienen curso.
Nos referimos a la estatua del rey Djoser, durante cuyo reinado se edificaron los primeros grandes monumentos de cantería egipcios, estatua que fue encontrada en una cripta calcárea al noroeste de su gigantesca tumba de gradas.
Mediante dos agujeros abiertos en la espesa muralla delantera comunicaba el faraón de piedra con el mundo exterior, y a través de ellos podía vigilar sin cesar, con los ojos de cuarzo de los que pronto iban a despojarle los profanadores de tumbas, el recinto del templo consagrado a su memoria y el conjunto monumental pétreo de su capital que tanto en el cielo como en la tierra eterniza el recuerdo perenne de su glorioso reinado.
La toca real y la peluca tienen una forma rara que ya no ha de aparecer en ningún otro retrato faraónico posterior, y la falsa barba de ceremonia, de longitud inusitada, acrece la impresión de grandeza hierática y arcaica del rostro. Los miembros apenas se separan de la masa del cuerpo.
En este rostro de piedra poseemos un verdadero retrato tallado en los albores de la III dinastía, y a pesar de que está bastante mutilado, todo en él, los ojos hundidos, vacíos pero aún así fascinadores, los pómulos salientes y los labios abultados, nos habla de un personaje de fuerza concentrada poco común. A este soberano legendario le cabe la gloria de haber tenido como primer ministro, o funcionario principal de la nación, al gran Imhotep, arquitecto, médico, juez y administrador todo de una pieza, y puede que a sus muchos méritos tengamos que añadir el de haber inventado el calendario en el que se basa el nuestro. Después de su muerte los escribas lo tomaron por patrón y los egipcios de la época de los Ptolomeos hicieron de él un dios.
Comparada a la aspereza inaccesible de la fisionomía de Djoser, la de Kefrén es casi la de un rostro sencillo y afable, pero ello no significa que el que contempla, en la colección de monumentos del museo de El Cairo, su estatua de diorita no tenga la oportunidad de establecer contacto inolvidable con una de los personajes más importantes del Antiguo Egipto. Algo mayor que de tamaño natural, imponente por su bella factura que realza la magnífica y durísima materia prima empleada en su construcción, la ennoblece la imagen, única en su género, del dios halcón protector que desde el respaldo del sitial extiende las alas cubriendo la nuca del soberano.
La tremenda impresión que en nosotros producen las pirámides y los templos parecía excluir la posibilidad de que esculturas de esta categoría completaran un día en la lejanía de los tiempos la fabulosa tríada egipcia. Estas esculturas demuestran inmediatamente que la noción de la belleza clásica no se limitó a los períodos griego y greco-romano.
¿Qué puede haber de más auténtico y universal que esta representación plástica de la majestad? En vano buscaríamos otra época y otra cultura cuya estatuaria pueda rivalizar en fuerza de persuasión con la grandiosa simplicidad de los sentimientos expresados.
Sin mucho aparato tenemos ante nosotros a un hombre bien desarrollado, de tronco algo corto tal vez, sentado en un bloque cúbico discretamente adornado de derecha a izquierda por dos largos pies de león. Está envuelto únicamente en una especie de delantal y lleva en la cabeza la toca cuya hechura será tradicional a partir de entonces, la cual parece convertir en parientes de la esfinge a todos los rostros que encuadra.
Pero en esta estatua no se trata, como en el caso de la esfinge, de una prodigiosa manifestación de temas zoológicos, teológicos y arquitecturales.
Es una estatua que nos habla de cordura, de equilibrio y de salud, y eso lo hace con toda la elocuencia de que es capaz una faz humana, con la mirada alerta y serena fija en el infinito. Es el rostro de un hermano de los hombres, consciente de su misión, arrogante y despótico cual correspondía a un monarca de entonces, pero hermano en fin. Algunas características individuales se mezclan a la serenidad clásica de la fisionomía: el arco ligeramente acentuado del lomo de la nariz, una insinuada depresión en la mejilla carnosa a la altura del labio superior, bastan para conferir una pincelada personal al ritmo clásico de la imagen. Y nada más. Todo arcaísmo ha desaparecido. Sin retraimiento, sin violencias, perdura el rey en toda su majestad, en el equilibrio sereno de la estatua que ha fijado sus rasgos para la posteridad.
Luego nos encontramos ante los retratos de Sesostrís III y de su hijo Amenemhet III que nos deparan la oportunidad de trabar conocimiento con otros personajes antiguos de clase muy distinta, pero que no por esto dejan en nosotros un recuerdo menos profundo.
Por el estudio de sus vidas y hechos nos compenetramos con el destino impersonal de una nueva concepción del estado determinada por la historia, pero que debemos de considerar como inseparable del esfuerzo y de la competencia de estas dos figuras magnas de la historia de Egipto, a pesar de que en su grandiosa empresa de consolidación del nuevo estado únicamente pudieron contar con los recursos de su genio solitario.
La bizarría de almas sin ilusiones se refleja en estos rostros sin engaño y sin mentira; rostros inflexibles, a la par que conscientes, pero también apagados porque ya nada esperan, y sólo parecen atender al eco lejano de un pasado quimérico. ¿En qué parte del mundo se han modelado jamás facciones más patéticas? Conocemos a estos hombres, así como su inmensa tarea fruto de la más exigente abnegación, y los documentos demuestran que nuestra intuición no nos engaña cuando en nuestra interpretación de su historia nos emocionamos al contemplar esas imágenes. Sesostris III, guerrero y organizador excepcional, como su sucesor Tutmosis III que lo proclamó dios nacional de Nubia, porfió con tesón para reforzar las fronteras meridionales y conseguir quebrantar el excesivo poderío de los príncipes autóctonos que hacían alarde de antiguos privilegios — incompatibles con el nuevo estado — logrados a lo largo de los siglos gracias a sus íntimas relaciones con las familias de los faraones que se habían sucedido en el trono. Posiblemente se viera a menudo precisado, por razones de estado, a luchar contra sus propios sentimientos y esto puede que explique esa expresión de pesadumbre, compañera inseparable de la serenidad castrense que caracterizan todas sus estatuas de granito, grandes y pequeñas. Por lo visto cuando Amenemhet III tomó las riendas del gobierno, la situación era mucho más clara, pues el régimen había superado ya la profunda crisis que pusiera en peligro su existencia. Y con todo, este soberano prudente, humano y amante de la paz, tampoco tiene motivos para mostrarse satisfecho de su obra. A pesar de la sublime serenidad que baña su rostro, sus retratos translucen una renunciación solemne y resignada, sin pizca de ilusiones. Tal vez porque no ignoraba que pertenecía a una dinastía que ya no podía dar más de sí, y que ya declinaban las estrellas que habían presidido la fabulosa ascensión y las gloriosas gestas de sus predecesores que arrancaron del caos al Imperio Medio.
El último rostro que verdaderamente nos impresiona y nos turba incluso en esta larga galería de retratos, es el de Ecnatón, en el que se adivina al revolucionario de un universo espiritual, al herético que para poder adorar tuvo que crearse su propio dios.
Monstruosa por el fanatismo de su misión religiosa, reliquia y ornamento grotesco de la autarquía real y sacerdotal que intentó hacer prevalecer, la cabeza del “rey hereje” remata el cuello delgado e inmenso de las columnas del santuario solar de Karnak.
Cierto que escarneció la tradición y las costumbres, y esto a los ojos de la casta sacerdotal era un crimen, pero ha dejado el ejemplo de un hombre tenaz, dispuesto a todo y fiel a sí mismo hasta el fin, indiferente a cuantos peligros acechan a los innovadores de su temple.
Como adoraba sólo a su propio dios, así sólo obedecía sus propias leyes.
Con buena provisión de argumentos históricos, repetidas veces han venido intentando los egiptólogos quitar importancia al experimento de Ecnatón. No puede en modo alguno ponerse en tela de juicio su fracaso ante los problemas que planteaba la realidad política de su reinado, pero, por otra parte, debemos reconocer, y en ello tampoco nos faltan razones de peso, que la sensibilidad occidental del siglo XX se identifica más con él que con cualquier otro faraón.
Su paso por el trono de Egipto marcó el fin de una época. El traslado de la corte significó el ocaso de la hegemonía de Tebas, y aún cuando la capital del Sur, la ciudad de las cien puertas, conoció aún días de esplendor bajo Tutankamon, Eje y Haremheb y muchos otros faraones que les sucedieron, la verdad es que de entonces en adelante el destino del Valle del Nilo se decidió ya cada vez más en Menfis y en las residencias que, bajo la presión de las circunstancias, los soberanos egipcios erigieron en el Delta, cerca del Mediterráneo.











