MARAVILLAS TÉCNICAS DEL ANTIGUO EGIPTO
EL término técnico solamente puede emplearse con ciertas precauciones cuando se trata de las obras de los pueblos de la antigüedad.
La sensibilidad de los hombres primitivos, sus realizaciones, su manera de pensar no puede compararse a las nuestras sin más ni más. Su nivel cultural no es el nuestro, el ideal que se propusieron inmortalizar en sus gigantescos monumentos nos es difícilmente asequible, y si en el fondo no parece que el hombre se haya transformado esencialmente en el transcurso de los pocos milenios que abarcan nuestros conocimientos de la historia, no por eso el movimiento de constante evolución que su propio genio imprimió al universo que le rodea dejó de ejercer profunda influencia sobre todas sus categorías mentales.
Este fenómeno no es exclusivo de los pueblos del Antiguo Oriente, sino que es también válido en el caso de los griegos, cuya civilización, no lo olvidemos, constituye el fundamento de nuestra existencia espiritual. Basta releer textos de Heródoto o de Aristóteles para cerciorarnos de la distancia que de ello nos separa, a pesar de las efusivas afinidades que a su pasado nos unen, pues ellos perciben, argumentan y formulan basándose en normas que son las nuestras pero que por otra parte ya no lo son. Al lado de rasgos que nos son familiares, que adoptamos porque representan valores humanos eternos, nos encontramos a cada paso con lo extraño, insólito, inconcebible…
El hombre primitivo era intuitivo y perpetuaba su personalidad sobre todo en obras plásticas. En muchos aspectos sus sentidos eran más despiertos que los nuestros, y más que nosotros sentía el impulso de ocuparse de cosas tangibles y concretas. Para nosotros la imagen y la escultura son productos derivados de nuestro pensamiento, de los que podernos prescindir perfectamente. Para el griego, en cambio, la reproducción era más importante que su efímero modelo.
El itinerario del hombre moderno, deslumbrado por el centelleo de incesantes reflexiones, conduce a la abstracción. La vida de los antiguos— según certera expresión de Jacob Burckhardt — puede resumirse en una palabra: ser, mientras que para la nuestra debemos echar mano de otra más prosaica: hacer, y esto en el mejor de los casos, pues no excluye que a menudo nuestra actividad se reduzca a un simple experimento sin la menor probabilidad de éxito.
El hombre antiguo era ante todo un artesano en el mejor sentido de la palabra, y ahí radica el secreto de su valor y de su felicidad. Con los siglos su llamémosla actividad orgánica ha ido cediendo paso a otro tipo de actividad: la mecánica. La máquina antihumana ha reemplazado a la mano y no es otro el origen de la crisis de la cultura moderna y de la gran neurosis colectiva que hace estragos en todo el mundo.
También la Antigüedad poseía sus máquinas, aun cuando tal vez fuera más adecuado hablar de herramientas combinadas, las cuales no estaban desprovistas de ingenio y eficacia. El hombre paleolítico disponía ya de una serie de instrumentos para ahorrarse tiempo y esfuerzo en su trabajo, pero todos se basaban en la simple aplicación de leyes naturales evidentes. La palanca, el torno y la garrucha se ofrecen en cierto modo a la experiencia alerta. El hecho innegable que todos los inventos antiguos fueran fruto del azar y del empirismo y que fuesen aprovechados empíricamente, no rebaja un ápice su mérito. Al fin y al cabo no tienen otro origen la mayoría de las grandes realizaciones que son el orgullo de nuestra época.
Pero entre el barreno del carpintero prehistórico y la perforadora mecánica del obrero moderno media un abismo, y este abismo deja sentir su influencia en las relaciones entre el hombre y la máquina. Sería no sólo vano sino también harto injusto el querer comparar los inventos de una y otra época para hacer resaltar la gran superioridad de los nuestros. Existe entre todos un misterioso equilibrio que no debemos hacer objeto de nuestras críticas, sino que, como Goethe, debemos venerarlo como una de las evidentes revelaciones del ideal más elevado.
Las vasijas de tierra cocida del Egipto arcaico son perfectas, como también lo eran los arcos de los antiguos pueblos del Asia, la cacharrería y las lacas del Extremo Oriente, las gemas y camafeos de Grecia, los acueductos y las carreteras de Roma. Ahora seríamos en todos los aspectos más exigentes, pero esto nada tiene que ver, pues en sus respectivas épocas todas esas realizaciones pudieron ser consideradas como obras maestras, y lo fueron merecidamente.
Ahora no nos detenemos a considerar que el logro de un metal a partir de una materia sin la menor apariencia metálica, sobre todo de la malaquita, que es el mineral del cobre, es uno de los acontecimientos más trascendentales del genio inventivo del hombre primitivo, pues prácticamente puso un término a la edad de piedra. La principal reserva de cobre la poseían los antiguos egipcios en la región del Sinaí, y el relieve rupestre más antiguo que menciona las expediciones egipcias a dicha montaña para extraer tan importante materia prima, fue erigido a la memoria del rey Semempses, penúltimo soberano de la I dinastía. Las necrópolis prehistóricas del Alto Egipto no nos permiten dudar de que el habitante del Valle del Nilo utilizaba ya objetos de cobre en la época de la primera civilización de Negada, o sea unos 5.000 años antes de J. C. Si se tiene en cuenta que el mineral de cobre no se funde hasta los 1.083 grados, el que se atreva a producir semejante temperatura utilizando para ello un simple fuelle de herrero se descubrirá seguramente ante este resultado que abrió una nueva era en la historia de la humanidad: la calcolítica.
Ningún escultor moderno será capaz de sacar provecho de todas las cualidades latentes en la piedra como lo hacía un simple obrero lítico nacido en el Delta del Nilo muchos siglos antes de J. C. Lo cierto es que un larguísimo contacto con la materia prima, la piedra, había familiarizado al hombre primitivo con ella hasta un punto difícilmente imaginable para nosotros. Llegó a conocer la piedra mejor de lo que ningún cirujano moderno conoce la anatomía y la fisiología del cuerpo humano. ¿Cuántos habrá, entre los escultores modernos, que escojan directamente el material en la propia cantera y acometan, mazo y cincel en mano el basalto, la diorita, la obsidiana o el esquisto metamórfico duro como el hierro? ¿Quién logra actualmente dar a los diminutos objetos de cerámica la capa de barniz inalterable de los egipcios, cuya perfección continúa siendo un enigma para nuestros especialistas? Éstos no han podido todavía ponerse de acuerdo sobre la composición de la pasta de los pequeños utensilios de loza de los egipcios. Y difícilmente encontraríamos un orfebre, en este siglo XX, capaz de competir en habilidad con los del siglo XX antes de J. C. que labraron las magníficas alhajas para las princesas de la XXII dinastía.
La construcción de las dos formidables pirámides de Keops y de Kefrén, cerca de Gizeh, y la colocación de los millones de bloques de piedra de sillería enteramente lisos, de más de un metro de lado, que las recubren, no lo consideramos ya como una de las más destacadas maravillas de la técnica egipcia.
El intrincado proyecto de disponer a través de las grandiosas moles toda clase de pozos, cámaras y galerías destinadas a facilitar las evoluciones del alma del dios-rey alrededor de las estrellas circumpolares, todavía ocasionaría muchos quebraderos de cabeza a los arquitectos modernos, pero basándonos en las descripciones de observadores contemporáneos de dichas obras y en el resultado de investigaciones recientes, podemos en cierto modo hacernos una idea de cómo pudieron realizarse.
El enigma de la gran esfinge tampoco radica en el inmenso esfuerzo que supone la construcción de su imponente figura. Su tallado del bloque gigantesco de una cantera calcárea constituye una obra colectiva imponente, pero nada más. En todos los casos los constructores de aquellos tiempos tenían a su disposición cantidades ilimitadas, fabulosas, de brazos humanos, de braceros animados a no dudar de místico entusiasmo. Por otra parte es evidente que el clima egipcio no es muy favorable a los trabajos físicos duros y esta circunstancia realza nuestro respeto por la capacidad y la habilidad de los antiguos peones egipcios, aun cuando entre en lo posible que el Antiguo Egipto disfrutara realmente de mejores condiciones climáticas que el actual. Tenemos demasiada tendencia a imaginarnos a los orientales con el narguilé y la caña de azúcar, dominados por la abulia más absoluta. No olvidemos, sin ir más lejos, las gigantescas construcciones de los canales de Mohammed Ali y de Suez y el enorme esfuerzo físico que supone para el fellah el cultivo de sus parcelas regadas artificialmente, cuya cosecha sólo en parte le pertenece.
Los problemas que plantean las maravillas de la técnica egipcia son otros.
Hacia las postrimerías del neolítico se disponía en el Valle del Nilo, donde se conocía ya el cobre, de una serie de procedimientos y de tradiciones artesanas que sobrepasan, y con mucho, las de los países nórdicos europeos de la misma época. Así por ejemplo, son únicos en el mundo los cuchillos planos de sílex de la necrópolis del Egipto Medio de Abusir el-Melek.
Podemos admitir sin mengua de su mérito, que sus procedimientos de fabricación eran ya más industriales que artesanos, pero tanto si los dispositivos por ellos ideados eran de madera, de piedra, de cobre o de hueso, como formados por un tendón, todos eran de una eficacia que hoy todavía nos causa asombro. De todos modos, como actualmente en la vida práctica bien raramente debemos enfrentarnos con la piedra, tenemos tendencia a exagerar las dificultades inherentes a su manipulación y a su trabajo. Algo que a primera vista nos parece poco menos que imposible, la perforación de un pedernal, no era entonces ningún problema insoluble para el obrero lítico. Los métodos de tallado, retocado y pulimentado eran muy perfeccionados para la época remota que nos ocupa. Ya he mencionado que el cazador primitivo de las estepas era muy hábil en la reproducción en sílex de siluetas de hombres y de animales. Pero todavía era capaz de algo más sorprendente, según demuestran los hallazgos que se guardan en la colección egipcia de los museos de Berlín; su obra maestra eran unos pequeños brazaletes de sílex tan bien bruñidos que parecen de metal.
No podemos sino descubrirnos ante estas reliquias enigmáticas de un arte desaparecido.
Ensayos realizados recientemente han puesto de manifiesto que para los trabajos líticos podía sacarse un gran partido de perforadoras rudimentarias de materia orgánica. Un buen ejemplo lo tenemos en el uso que de ellas hacen las tribus primitivas, sobre todo en Australia y en las Islas del Pacífico. El museo Antiguo de Berlín posee un modelo de perforadora prehistórica, cuya punta de ataque consiste en un bastón hueco de madera al que una cuerda de arco imprimía un movimiento de rotación. Con el esmeril que producía dicha rotación, se conseguía taladrar una placa de piedra dura situada debajo y luego se retiraba fácilmente de dentro de la herramienta el cilindro de piedra que constituía el centro del orificio. La perforadora de uso corriente en el Antiguo Egipto, que encontramos representada en muchos relieves y en el signo jeroglífico hm, es una vara con manilla, cargada con bloques de piedra y que en su parte interior termina en forma de dos dientes que con seguridad debían de encajar en una barrena de piedra cónica o semiesférica. Al borde de muchas de las barrenas que se han encontrado suelen existir dos entalles para sujetarlas. Como medio de ataque adicional se utilizaban polvo húmedo de cuarzo y otros abrasivos. Las imágenes de la época nos permiten hacernos una idea de cuál era su funcionamiento: la piedra mantenía el aparato en continuo movimiento giratorio y taladraba un canal, cuya curvatura al final debía corresponder al hueco del abombamiento del taladro. En algunos vasos tratados simplemente puede observarse este procedimiento, pero ya es mucho más difícil imaginarse cómo se las componían para producir el vaciado panzudo en vasos de piedra dura y de gollete angosto. Algunas de las vasijas de basalto más antiguas que se han encontrado presentan en el interior trazas de anillos concéntricos desproporcionados. Si en un principio las estrías eran algo toscas y estaban trazadas a distancias irregulares, en las vasijas de la segunda civilización negadiense se regularizan las proporciones y el acabado interior es perfecto. ¿Cómo lograban que la fresa se ensanchara para dar al interior la forma exterior redondeada? ¿Se introducía la fresa verticalmente y poseía un juego suficiente para permitir que el obrero dirigiese el ataque a la piedra en cualquier dirección deseada? En un gran jarrón inacabado de granito, tal vez prehistórico, que se conserva en Berlín, y en el fragmento de otro de una colección privada cairota, existen una serie de perforaciones transversales en la superficie interna. Las partes intermedias se eliminaban cortándolas con el cincel y luego se pulimentaba la superficie interior. Los numerosos orificios que se practicaban en muchos objetos, tales como en las paletas de afeites de pizarra en forma de animales, particularmente para introducir un cordón o un ojal de hueso, demuestran el gran dominio que del taladro poseían los artesanos de la civilización egipcia prehistórica.
Todas estas manifestaciones de la industria humana representan un trabajo inmenso, quien lo duda, y también mucho tiempo.
Pero, a mi entender, todo ello entra en lo posible y puede repetirse. En cambio, debo confesar que aquellas maravillosas copas grandes de diorita, de los albores del Antiguo Imperio, escapan a mi comprensión, pues no acierto a explicarme el procedimiento empleado en su elaboración.
En diversos museos de Europa y América se guardan ejemplares de estas piezas magníficas. Yo mismo exhumé una serie de fragmentos importantes bajo las arenas y entre los escombros de la necrópolis arcaica cerca de la tumba de Djoser en Sakara, y cuanto más los examino tanto más crece mí admiración hacia sus creadores.
Esta materia noble y traslúcida es de una dureza extraordinaria y gozaba de especial predilección precisamente en aquella época memorable para la que ningún proyecto resultaba bastante audaz ni demasiado grandioso, y que acumuló un patrimonio artístico de formas arquitectónicas, alhajas y símbolos de los que vivieron tres milenios de tradición figurativa. Es de color verde pálido, unas veces blancuzca y otras oscura, casi negra, y más o menos salpicada de manchas de negro azabache. Su pasta es muy homogénea, densa, lisa y vítrea.
Es en este magnífico material que está esculpido el rey Kefrén, el constructor de la segunda pirámide de Gizeh, sentado en el trono, al amparo del halcón de Horus. Esta joya, conservada actualmente en el Museo de Antigüedades de El Cairo, es la representación más majestuosa que poseemos de un monarca egipcio.
Por otra parte, esta piedra, que tiene una dureza metálica y es de un valor artístico excepcional, procedía de muy lejos.
¿Quién podría explicarnos cómo se fabricaban con ella aquellos platos, copas y bandejas que se llevan la palma entre los más bellos utensilios de piedra de todas las épocas?
Infinidad de surcos microscópicos y concéntricos cubren la superficie interior con la precisión de un torno ultra moderno. Son tan regular y exactamente rayados, y la distancia entre uno y otro es tan ínfima, que solamente pueden reconocerse con lupa y aún con una iluminación apropiada y si pueden distinguirse es porque el bruñido de la cara interna no ha sido realizado con la misma intensidad que en la exterior, la cual no presenta la menor huella de filigrana artesanal. Todo hace suponer que se trataba de un torno… Sí, pero ¿con qué se atacaba la diorita, que a pesar de tener la dureza del hierro, en este caso parece haberse manipulado con la misma facilidad que si tuviera la blandura del jabón? Para ello, los egipcios de entonces disponían únicamente de piedra, cobre y arena abrasiva. El bronce apareció mucho más tarde y el hierro era todavía una rareza exótica quince siglos más tarde.
En cuanto al torno con el que podían fabricarse potes redondos de arcilla, todavía no se conocía o bien acababa de inventarse, y por consiguiente es poco menos que imposible que este entonces novísimo procedimiento fuera ya utilizado en la fabricación de estas copas de piedra que son las más artísticamente perfectas, duras y frágiles que se conocen en el mundo.
Ni tan siquiera los escultores de la Época Tardía saíta, cuya habilidad está fuera de duda, y que no retrocedían ante ninguna dificultad, se atrevieron jamás a trabajar la diorita.
Para el adorno de los templos de las grandes ciudades del Antiguo Egipto existían dos clases de monumentos clásicos, ambos tallados en un bloque monolítico: los obeliscos y las estatuas de los reyes.
El obelisco era considerado como el trono del dios-sol que atravesaba diariamente el cielo. Es un gigantesco pilar cuadrangular cuyo volumen va reduciéndose ligeramente hacia la parte superior y acaba en punta piramidal. Antiguamente su extremidad se cubría generalmente con un casquete resplandeciente de metal bruñido, como plata dorada, cobre o una aleación cúprica. Por una base de 3 a 4 metros, los obeliscos suelen tener una altura de 30 a 40 metros, o sea que su altura es unas 10 veces superior a la anchura de la base. Solíase pulimentar toda la superficie, la cual se cubría luego de inscripciones en honor del soberano que lo había mandado erigir y del dios de la ciudad.
El nombre que damos a este trono del sol es una palabra griega de origen muy curioso, pues obeliskos significa ni más ni menos que asadorcillo”. El dinero helénico primitivo, antes de la introducción de las monedas, circulaba a menudo en forma de barras, segures, hoces y lanzas, y mucho tiempo más tarde existía todavía una pequeña moneda redonda de cierto valor, el óbolos, que proviene de obelos, o sea “asador”. El gramático Orion (hacia el año 360 después de Jesucristo) cuenta que el tirano Faidón, que reinó en Argos en el siglo VII antes de J. C, después de haber implantado el uso de la moneda redonda, hizo depositar, como recuerdo, en el templo de Hera en Argólida las monedas lanciformes que habían sido retiradas de la circulación, y, efectivamente, cuando se realizaron siglos más tarde excavaciones en el santuario del templo, aparecieron unas cuantas lanzas de 1,20 metros de longitud. Son tan delgadas que pueden asirse seis con una sola mano, y esto nos recuerda otra leyenda de la época clásica, según la cual la moneda helénica dracma, cuyo nombre significa “lo que llena la mano”, se llama así porque en una mano cabían seis óbolos, que era el valor de la dracma. Los egipcios designaban el obelisco con mnw y la pirámide pequeña en que remataban un obelisco con la palabra benben, que recuerda la antiquísima piedra erecta sagrada del templo del sol de Heliópolis, sobre la que el sol apareció por primera vez en el mundo.
Estos gigantescos monolitos proceden casi todos de las canteras de granito rosado de Asuán, de las que también se han extraído los bloques para construir los grandes diques modernos que regularizan el curso del Nilo. Allí quedó uno abandonado, sin terminar, unido todavía a la montaña, y el lugar se ve muy concurrido por los turistas, pues a pesar de yacer en el suelo, este gigante, ya casi acabado, invita a la reflexión. Un foso de 75 cm de ancho por cada lado lo aísla del resto del terreno.
Sabemos como se las agenciaban para separar enteramente de la cantera estos bloques inmensos. A cortos intervalos se introducían grandes estacas que al mojarse se hinchaban y los quebraban. En muchos grandes monumentos de piedra pueden observarse hileras de orificios semejantes en los que se introducían las estacas. Son cavidades profundas abiertas por pueblos enemigos o extranjeros, sin tradición artística alguna, que intentaban así aprovecharse del material labrado para utilizar los fragmentos en sus propios monumentos. De este modo se destruyeron templos y edificaciones grandiosas, pero los bárbaros que los derribaron se cansaron a veces mucho más que los maestros que los habían levantado.
Pero, ¿cómo lograban levantar de su profundo lecho esta ingente mole indivisible cuyo peso se calcula que alcanza las 1.200 toneladas? El problema se planteó y tuvo que ser resuelto satisfactoriamente innumerables veces, pues por no hablar más que de Ramsés II, este faraón hizo levantar, durante su largo reinado, bosques enteros de obeliscos. ¿Cómo conseguían trasladar hasta el Nilo estas enormes vigas de granito, a través de un paisaje escabroso e intransitable? Había que proteger a toda costa la punta y las aristas, pues todo hace suponer que para no transportar ni un quintal de peso superfluo, la piedra se trabajaba enteramente en la misma cantera.
Pero luego ¿cómo se alzaba y se depositaba en las barcazas especiales sin que éstas perdieran el equilibrio y se fuera todo a pique?
El Nilo discurre por un cauce extremadamente llano y sujeto a frecuentes cambios, con profusión de bajíos y bancos de arena, en los que a menudo encallan los barcos modernos a pesar de haber sido construidos para este recorrido. Estas gigantescas agujas de piedra eran transportadas centenares de kilómetros hacia el Norte, corriente abajo, por un río que en parte alguna acusa un calado considerable.
En un bajorrelieve del templo de la reina Hatsepsut, que ha fijado para la posteridad el procedimiento de tales transportes, vemos dos obeliscos uno al lado de otro en el puente de un mismo gran bajel. O sea que se embarcaban dos a la vez.
Las dificultades empezaban de nuevo con la descarga y la conducción a su destino definitivo.
Y ahora cabe preguntar: ¿Cómo lograban plantar, porque esta es la palabra, la aguja solar exactamente en el lugar del templo al cual estaba destinada, sin deteriorar para nada la fachada del torreón que de ordinario se alzaba inmediatamente detrás, sobre todo si se tiene en cuenta que los obeliscos se erigían por parejas, a intervalos rigurosamente regulares, pues los egipcios eran muy exigentes en cuestiones de armonías matemáticas?
Incluso admitiendo que se construían al efecto grandes rampas de ladrillos y que se elevara el obelisco por la parte baja hasta que su base, al llegar al final de la rampa, se hiciera tambalear para enderezarlo, ¿cómo les era posible situarlos en el sitio exacto previsto?
La erección de un obelisco debió de constituir cada vez un acontecimiento que ponía seguramente a prueba el temple y los nervios del o de los responsables. Como para burlarse de la posteridad, en un relieve del templo de Karnak se nos presenta la operación como un simple juego de niños. Vemos, en efecto, cómo el faraón Ramsés II consagra al dios solar Amón-Ra un par de obeliscos que iza su misma majestad sirviéndose de una simple cuerda sujetada a media altura.
La mayoría de la capitales adquirieron obeliscos egipcios mientras el tráfico estuvo permitido. Únicamente Berlín dejó escapar tan buena oportunidad. La antigua Roma poseía 13, uno de los cuales tomo más tarde camino de Constantinopla. En los tiempos modernos, París, Londres y Nueva York ostentan con orgullo sus propios obeliscos. El de la plaza de la Concordia y el de Victoria Embankment, algo menoscabados por el humo y las heladas, contemplan a sus pies una época que les es extraña. El transporte y la erección de estos monumentos, tanto en la antigüedad clásica como recientemente, ha exigido esfuerzos considerables. Sólo los gastos del traslado del obelisco de Londres se calcula que se elevaron a unos dos millones de pesetas.
Las estatuas monumentales de los monarcas egipcios se erigían asimismo por parejas, e incluso en hileras ante los templos principales, a los dos lados del propileo. Otras se levantaban ante los mismos muros o entre las columnas del patio interior del templo.
Se sabe de muchas que tienen, o tenían, entre diez y veinte metros de altura, y ciertos fragmentos que de ellas se han encontrado, nos permiten creer en la existencia de estatuas de faraones todavía mucho mayores. En el patio del Rameseum — el inmenso templo divino y funerario del gran Ramsés, situado en la necrópolis de la orilla oeste de Tebas — existen la parte superior del cuerpo y restos de la cabeza. de una estatua colosal de este soberano, cuyas dimensiones apenas podemos imaginar. Debió de constituir un admirable bloque de granito graneado, de casi 18 metros de altura, con la anchura correspondiente, y probablemente estaba situada ante el segundo pilono del santuario. Los trozos que conocemos — el pecho, los brazos, un pie y otros vestigios — prueban una vez más con qué esmero había sido tallado y pulimentado este monumento a pesar de su gran tamaño. Véase sino las dimensiones de ciertas partes de su cuerpo:
Altura de la oreja
Anchura de la cara
Anchura del pecho de hombro a hombro Circunferencia del brazo a la altura del codo
Diámetro del brazo entre el codo y el hombro Longitud del dedo índice
Longitud de la uña
Anchura del pie entre los dos dedos extremos 1,05 metros
2,08
7,11
5,33
1,46
1
0,19
1,40
Se calcula que este monolito debió de pesar, por lo menos, unas mil toneladas, y tal vez nos quedemos cortos.
Y no se crea que este coloso fuera único en su clase. Solamente en Tanis, la antigua ciudad del Delta, cuyo nombre era Avaris cuando en ella residían los Hicsos, y que más tarde se convirtió en la ciudad de Ramsés, existía toda una serie de estatuas monumentales, una de las cuales debió de alcanzar la altura record de 27 metros. En Menfis, pero sobre todo en Karnak y en Tebas, existían verdaderos bosques de tales gigantes, todos construidos en piedra escogida, cada uno de ellos cuidadosamente esculpido hasta el último detalle, y pulimentado hasta sacarles brillo metálico. El acabado era tan perfecto que el ojo no percibía huella alguna del contacto de la mano creadora, y como si fuese un producto de la naturaleza, su misma perfección parece desmentir su origen humano. Hay que haberlo visto con los propios ojos para creerlo, pues nada en él recuerda ya el esfuerzo inmenso realizado para desprender el enorme bloque de la cantera y para transportarlo: el sudor, la fatiga, las lágrimas sin duda, y el rechinar de dientes, hasta colocarlo en el sitio elegido, amén de la interminable labor de cincelado y bruñido. Diríase que esas estatuas salieron así, ya terminadas, del dedo del creador, con el desierto, el cielo y las estrellas. Los egipcios tenían en mucho un acabado absoluto y perfecto.
En el palmar de Mít-Rahina, cerca de Sakara, sorprenden al viajero que visita la necrópolis de Menfis, y le producen una impresión inolvidable, dos estatuas caídas del gran Ramsés. Una de ellas, de granito, yace al aire libre y parece contemplar eternamente el cielo azul turquí a través del enrejado móvil que forman las ramas de las palmeras extendidas en abanico. Fue descubierto en 1888 y tiene ocho metros de largo, sin contar la corona que tiene dos; ésta se desprendió de la cabeza y se dejó algo apartada. Como de costumbre, los nombres y los títulos del soberano están grabados en los hombros, el pecho, el cinto y el brazalete; en el flanco izquierdo de la estatua un bajorrelieve presenta a la noble y altiva princesa Bint-Anat. El otro coloso, descubierto por Caviglia y Sloane, está bajo cubierto y para verlo se sube por una escalera de madera hasta una galería circular. Está esculpido en un magnífico bloque calcáreo de grano fino y de gran dureza. Antes de que desaparecieran sus piernas, su altura debía exceder los 13 metros. El rostro sonriente, suavemente modelado con su característica nariz larga y ligeramente torcida, había contemplado a sus pies a Heródoto, si hemos de creer la descripción que de su visita nos ha legado el “padre de la historia”. En el amplio cinto que rodea el desnudo cuerpo, está hundido un puñal adornado con dos cabezas.
Es muy posible que se refiera a la extracción de la hermosa piedra y a la fabricación de la estatua un texto de la época que ha llegado hasta nosotros.
Todos estos imponentes monumentos encarnan la potencia divina personificada por el soberano. A quien los ha contemplado una vez le es imposible olvidar a los famosos colosos de Memnón en el Alto Egipto, cuyas siluetas solitarias y mutiladas se recortan en la fértil campiña tebana sobre el fondo de la montaña de los muertos. Se trata de sendas estatuas de Amenofis III, faraón de la XVII dinastía padre del piadoso Ecnaton. Miden dieciséis metros de altura y debieron de estar adosadas frente a una puerta de su templo funerario, hoy completamente destruido, el cual, por lo que ha llegado hasta nosotros, debió de ser una de las construcciones más maravillosas del Imperio Nuevo.
Una de estas dos estatuas sedentes, la del lado Norte, se hizo famosa entre los griegos y los romanos porque cantaba al salir el sol, o sea que producía un sonido especial, ya debido a la corriente de aire que penetraba por una hendedura que tenía la estatua, o al enrarecimiento de aquél con el calor rápido de las mañanas. Según la leyenda griega, era la imagen de Memnón, hijo de Eos y de Titón, muerto por Aquiles en la guerra de Troya, y saludaba con un gemido sonoro la aparición de su madre, la luz. Muchas inscripciones de la época clásica confirman este singular fenómeno, que cesó cuando, después del desmoronamiento de la estatua, el emperador Septimio Severo la hizo objeto de una restauración parcial y basta, que consistió en apuntalar el busto con cinco series de bloques de arenisca. El emperador Adriano, romántico y enamorado de la antigüedad, visitó al coloso, con gran pompa y acompañamiento de numeroso séquito, en ocasión de su viaje a Egipto, y si hemos de dar crédito a un extenso texto contemporáneo suyo, el coloso saludó al emperador con repetidos gritos estridentes, a los que el cesar correspondió respetuosamente. Los augures vieron en el prodigio un signo excepcionalmente favorable para el entonces dueño del mundo.
Si se tienen en cuenta las coronas que han desaparecido con el tiempo, estos monumentos debían de tener unos 21 metros de altura. Son de arenisca durísima procedente de una cantera situada a unos cien kilómetros más al Sur, en la región de Edfú.
Estos gigantes — sus pies miden 3,20 m de longitud y el dedo mayor 1,40 m —, igual que los obeliscos, también tuvieron que ser acarreados desde la cantera al Nilo, cargados en una embarcación y transportados río abajo hacia Tebas, descargados en la orilla occidental y arrastrados luego, por una pista preparada de antemano, hasta su actual emplazamiento.
Entonces eran desconocidas las calzadas modernas con sus revestimientos duros y resistentes.
Por si esto no fuese bastante, los entendidos opinan que ni siquiera los cilindros de acero modernos podrían resistir una carga tan formidable e indivisible.
Y, sin embargo, no cabe la menor duda de que ambos colosos fueron efectivamente trasladados a su destino y erigidos, uno al lado del otro, en el lugar donde se encuentran ahora, de cara a Oriente.
He aquí otro problema de primera magnitud; aun admitiendo que se hubiera podido disponer de un número ilimitado de braceros, ¿cómo se consiguió aunar sus esfuerzos simultáneamente en uno solo, fenomenal y eficazmente dirigido?
¿Gracias a qué métodos y con qué medios pudo llegar a ser un hecho semejante milagro de la organización faraónica?
Todo esto, bien entendido, se desarrollaba sobre tierra blanda de la fértil campiña tebana y no sobre el desierto rocoso del viejo cementerio real de Gizeh, en la región de las Pirámides.
Poseemos una descripción — que se remonta a la XII dinastía — de cómo se llevaba a cabo un transporte de esta clase, aun cuando en este caso concreto se tratara de una estatua de alabastro que tenía sólo unos 6,50 metros de altura y el recorrido era sobre terreno pétreo. La estatua representa a Tuthotep, príncipe de Bershe, y las diversas operaciones fueron fijadas gráficamente y con todo detalle en una pared de su tumba.
La estatua sedente debía ser trasladada a la tumba o al templo del príncipe. Claramente se observa todavía que está colocada sobre una especie de trineo grande de madera, amarrada con gruesas cuerdas. A través o por debajo de éstas se hacen correr grandes palos para estirarlas a fin de que no se deslicen. Unas colchonetas de cuero evitaban a las aristas del monumento el roce de las cuerdas. Ciento setenta y dos hombres tiran de la pesada carga por medio de cuatro cuerdas, de manera que cada dos hombres las cogen por el mismo sitio, y el que va delante lleva la extremidad de la cuerda al hombro. Entre los arrastradores — y éste es un detalle cuyo significado psicológico y sociológico tiene su importancia — se encuentran soldados y sacerdotes de la región, y de píe sobre las rodillas del coloso un hombre, en funciones de capataz, dirige visiblemente la operación con gestos y palmoteo, mientras otro, situado entre los pies de la estatua riega continuamente, desde el zócalo, el camino delante de los patines del trineo, sin duda para prevenir el recalentamiento excesivo debido al intenso frote. Un tercero, caminando a reculones, sahuma la imagen del príncipe. A ambos lados del cortejo avanzan numerosos personajes cuya misión es proveer el agua necesaria y llevar una viga para utilizarla como palanca. Entre ellos van los celadores con el bastón levantado. Una escolta de honor, compuesta de la familia del príncipe, cierra la marcha. Frente a la estatua, grupos de doce hombres cada uno, agitan palmas. Se trata probablemente de súbditos del finado que saludan alegremente la imagen del monarca difunto.
En las inscripciones de este bajorrelieve se comentan circunstanciadamente las dificultades, pero también el entusiasmo de la multitud que colabora en una empresa que se aparta de lo corriente.
“El camino por el que rindió viaje la estatua era más difícil de lo que uno imaginarse pueda, y los impedimentos que a causa del terreno rocoso tuvieron que afrontar los hombres que tiraban de la preciosa carga son incontables. Hice venir varios grupos de jóvenes para preparar de antemano el camino, así como equipos de picapedreros, y con ellos los capataces que saben sacarles rendimiento. Yo mismo fui a su encuentro. Mi corazón estaba en sus glorias. Todos los habitantes de la ciudad daban gritos de júbilo. El espectáculo era de una belleza extraordinaria…”
Hasta los ancianos y los niños, asegura el texto, rendían homenaje al soberano amado y unieron sus esfuerzos a los de los demás hombres.
“… sus brazos se fortalecieron, cada uno tenía la fuerza de mil…”
Era así, en un clima patriarcal de exaltación mística, que se ejecutaban las grandes obras en el antiguo Egipto, o dicho en otras palabras, nada más lejos de la realidad que la leyenda según la cual los gigantescos monumentos fueron fruto de la explotación indigna de un ejército de esclavos.
La dureza del granito egipcio permitía su utilización en monolitos gigantescos.
Un bloque del templo funerario del rey Kefrén mide 5,45 metros de largo y pesa 42 toneladas. Entre los arquitrabes que cubren el santuario del dios-cocodrilo Sobek, en el templo que le hizo erigir Amenemhet III en Fayum, dos bloques tienen una longitud superior a 8 metros. Cierto que en este caso, como en otros análogos, se trata del granito rosa pálido graneado de Asuán, cuyas canteras no están muy lejos de las márgenes del Nilo. Los granitos negros, cuya enorme resistencia hubiese permitido la construcción de arquitrabes más largos y de obeliscos más altos y delgados, fueron solamente utilizados en piezas relativamente pequeñas, sin duda por razón de las dificultades inherentes al transporte, pues las canteras se encuentran muy lejos, en pleno desierto. A este respecto he aquí lo que escribe Erman: “Esta piedra magnífica se extraía del Valle de Rehenu — cuyo nombre moderno es Wadi Hammamát — en la pista de Coptos al Mar Rojo. De estas canteras proceden casi todas las estatuas y todos los féretros de piedra oscura que admiramos en los museos egipcios, y la explotación debe de haber sido extremadamente pesada y laboriosa, pues Hammamát dista tres días de camino del Valle del Nilo y el avituallamiento de la legión de trabajadores indispensables para el transporte de los bloques no era empresa fácil. Se precisaba un número considerable de bestias de carga para asegurar el suministro de agua y víveres desde la patria. Se calcula que para abastecer a 2.250 hombres eran menester 200 acémilas y 50 bueyes, los cuales a su vez también comían y bebían, y esto creaba un serio problema en pleno desierto. Debido a estos inconvenientes era por supuesto más meritorio el trabajo en Hammamât y el traslado del granito desde aquellas canteras, que desde las de Asuán o de Tura.”
En Nubia los tallistas y los escultores de Ramsés II lograron no solamente vaciar en las montañas la mitad posterior de ciertos santuarios, sino que, en Abu Simbel, por ejemplo, tallaron directamente en la roca un templo grandioso entero, cuya fachada está adornada con cuatro estatuas sedentes, de 20 metros de altura cada una, de su dueño y señor. El eje mayor está exactamente orientado de Este a Oeste, de manera que el sol naciente proyecta sus rayos directamente dentro del santuario. Por una primera gran cámara hipóstila — también tallada en la montaña, con ocho estatuas colosales del faraón, de casi diez metros de altura, cámara que corresponde al patio de los templos erigidos de nueva planta —, se pasa a otra sala cuyo techo está sostenido por numerosas columnas y por un corredor se penetra en el santuario y a otras diez cámaras laterales. El templo mide, desde el umbral hasta el final de la última estancia, cincuenta y cinco metros.
Este esfuerzo inmenso sólo puede comprenderse si se atribuye al afán, al orgullo y a la satisfacción que sentían los egipcios de ver convertidos sus sueños en realidad, de ver realizadas las tareas de titanes que se habían impuesto como ideal, pues el espacio no faltaba lejos de allí, a orillas del río, donde hubieran podido edificar templos semejantes por los métodos habituales.
Debemos una vez por todas intentar imaginarnos, aunque ello resulte materialmente imposible, lo que en la historia de Egipto significó el patrimonio artístico, arquitectónico y plástico, legado a la posteridad por los contemporáneos del segundo Ramsés, a pesar de haberse acumulado en una época culturalmente inestable e influenciada por ideas disolventes extranjeras. En vano buscaríamos uno sólo de los innumerables lugares sagrados, grandes o pequeños, del Valle del Nilo, desde el Mediterráneo hasta la segunda catarata, en donde, además de sus propias grandiosas realizaciones no hubieran seguido construyendo y añadido, aquí un antetemplo, allí un antepatio, un grupo de estatuas, o por lo menos dejado huella de su paso en forma de adornos en relieve. Sin olvidar los bosques de obeliscos en los recintos de los templos, las numerosas construcciones de estilo asiático en las provincias periféricas, las estatuas de los dioses, amén de incontables estelas y de la gran cantidad de columnas, muchas de ellas de tamaño ciclópeo.
Si bien se considera, se llega a la conclusión de que la fiebre y la potencia creadora de la XII dinastía eclipsan las de la IV, a pesar de tener ésta en su haber nada menos que la construcción de las pirámides.
Jamás en parte alguna del mundo ha realizado la humanidad nada semejante, en el espacio de dos o tres generaciones, dentro de unos límites geográficos tan reducidos.
Ningún pueblo, ni siquiera los mismos griegos, ha vivido tan intensamente obsesionado en la intimidad de la piedra viva y divina, en la que su genio en continua tensión sobrehumana halló la materia adecuada y digna de él para asegurarse la supervivencia en la historia.
A quien le haya sido dado el poder contemplar en sus emplazamientos originales estos vestigios gigantescos de su pasado glorioso, le interesarán en lo sucesivo todas cuantas cuestiones a ellos se refieran. Como hemos apuntado, no todos los enigmas han podido aún ser completamente elucidados, ni en nuestra época de tan inmensos progresos técnicos.











