LOS ANIMALES SAGRADOS

LOS ANIMALES SAGRADOS

LOS templos egipcios eran espaciosos y bellos, pues los construían con piedras nobles y los adornaban con oro y pinturas preciosas. Pero si preguntáis a qué dios estaban consagrados, se queda uno pasmado al enterarse de que el tal dios es un mono, un ibis, un chivo o un gato…”

Así se expresa irónicamente el cantor del imperio decadente, Luciano, nacido el año 120 d. J. C. en Samosata, a orillas del Eufrates. Clemente de Alexandría, venido al mundo treinta años más tarde, se burlaba ya descaradamente de semejante teología.

“El santuario interior de los templos egipcios queda oculto a los ojos por medio de espesos cortinajes bordados de oro. Si se avanza para ver al dios, aparece el sacerdote, el cual, entonando himnos levanta los velos para mostrarnos a la divinidad… y entonces ya no podemos reprimir la carcajada, pues lo que vemos ninguna semejanza tiene con una divinidad. Ante nosotros tenemos un gato, un cocodrilo, una serpiente del país que se revuelca sobre una alfombra de púrpura…”

San Clemente, convertido al cristianismo y ordenado presbítero, comparte, como cabeza de una comunidad de cristianos primitivos, las mismas ideas que a este respecto expresara años antes Octavio, el heredero de Julio César. El vencedor de Antonio y Cleopatra respondió a los sacerdotes indígenas, que le proponían una visita al venerable dios Apis de Menfis, “que él tenía por costumbre adorar a los dioses pero no a las bestias”. Podemos imaginarnos tal actitud en el joven Octavio consciente de su misión ante Cleopatra vencida.

La Roma de entonces ya no comprende la trabazón arcaica y profunda que seguía uniendo al reino animal el país caduco de los faraones. La ironía brutal del que más tarde sería llamado Augusto, el padre de la patria, refleja el espíritu racionalista de su tiempo. A pesar del respeto que le inspiraban los cultos antiguos, con sus leyes y costumbres, no podía sospechar las afinidades mágicas que presiden el nacimiento de las primeras religiones.

Los griegos fueron más precavidos, o más comprensivos, a pesar de que entonces ya no creían en relaciones profundas entre los hombres y los seres irracionales, a los que consideraban como a sus víctimas en el trabajo, en la mesa, en la guerra y para divertirse, utilizándoles muy raramente en sus ceremonias religiosas.

Con idéntica sorpresa que los viajeros romanos, se enteraban en el Valle del Nilo que el pueblo “más sensato y más religioso del mundo” adoraba a los anímales bajo sus aspectos más diversos, llegando incluso a dar a las imágenes de sus dioses cabezas de bestias. Y no se crea que hicieran objeto de su predilección a los animales más valientes, más nobles y más hermosos, pues adoraban indistintamente a la rata, a la musaraña, al sapo, al escarabajo. En las casas y en los templos se suspendían de unos ganchos pequeños ataúdes de bronce destinados a conservar sus restos. Ciertos animales eran considerados sagrados y en más de una ocasión algún extranjero imprudente pagó con la vida el haber suprimido por ignorancia a uno de ellos. Todo esto parecía tan raro a los viajeros y a los escritores griegos que, contrariamente a los romanos, más realistas, se esforzaron en hallar explicaciones susceptibles de armonizar tan arraigadas creencias del culto a los animales con la reputación de sabiduría que aureolaba a los habitantes del Valle del Nilo. Hasta nosotros ha llegado un gran número de tentativas de este género, y todas patentizan la incertidumbre con que un racionalismo escéptico andaba a ciegas en su intento por comprender el fenómeno.

Entre todos los que más se preocuparon a fondo por hacer luz en esta cuestión, destacó el honrado Plutarco de Queronea, cuyas “Vidas de los hombres ilustres de Grecia y Roma” continúan siendo leídas con fruición en nuestros días. Jean-Paul le llamó el “Shakespeare de la historia antigua” y en vano buscaríamos, creo yo, entre los grandes personajes de la historia moderna, a uno que no haya sufrido en algún momento de su vida la influencia de las “Vidas paralelas” de aquel contemporáneo de los emperadores Domiciano, Trajano y Adriano.

En una obra escrita a la avanzada edad de 80 años, hacia el año 120 d. J. C. abordó la leyenda de Isis y de Osiris en el marco de las diversas doctrinas religiosas de Egipto y su sentido inmanente. No puede pedirse a un moralista sagaz y cultivado una relación verdaderamente fiel y objetiva de las creencias puramente egipcias. Como ignoraba la lengua del país, y muy probablemente nunca estuvo en Egipto, se limitó a recopilar concienzudamente las informaciones de los viajeros que recorrieron el Valle del Nilo. Pero al propio tiempo hizo algo más que esto, pues incorporó los datos obtenidos en un
sistema de inspiración greco-latina y no titubeó, con la ingenuidad religiosa característica de los antiguos helenos, en identificar a los dioses y los dogmas de Egipto con los de Grecia. Siempre que era preciso aclarar algún punto oscuro de la teología egipcia, no vacilaba en echar mano de argumentos sacados de la cultura helénica. Tanto es así, que sus escritos, en vez de ilustrarnos sobre las religiones del antiguo Egipto, nos revelan antes bien las ideas que los griegos del siglo II d. J. C. profesaban respecto al antiguo país de los faraones.

Es muy característico que, en su opinión, el culto de que eran objeto los animales se basaba exclusivamente en su utilidad. Las épocas decadentes tienden al positivismo e incluso el idealismo griego, al parecer inagotable, se extraviaba lentamente en el racionalismo. Plutarco creía que el buey, el carnero, y el icneumón eran venerados a causa de su valor utilitario. Se consideraba sagrado al ibis por haber mostrado a los hombres el uso bienhechor del clíster, y otros animales eran objeto de veneración porque se creía ver en ellos un reflejo de la potencia divina, y eran en relación a dios, lo que la imagen del sol que brilla en cada gotita de agua. Así, por ejemplo, se veneraba al cocodrilo porque “carece de lengua” y en ello se parece a la divinidad, porque dios sin necesidad de palabra infunde en el corazón del hombre las leyes de la equidad y del amor. Eran también objeto de culto la comadreja porque concibe por la oreja y pare por la boca, un proceso que parece simbolizar el origen del lenguaje; y la serpiente, porque no envejece y se desliza fácilmente sin emplear los miembros, igual que las estrellas.

No es menos inverosímil y nada más ajeno a la realidad egipcia otra de las teorías apuntadas por Plutarco, según la cual cada animal encarna una fracción del espíritu del mal: Tifón, al que es conveniente aplacar adorándole.

¿Puede esta hipótesis, que hace derivar el culto de los animales del temor y de la admiración que aún hoy inspiran a pueblos que no han sido atacados por la civilización — como los esquimales, los ainos del Asia y ciertos negros del África central, sin olvidar a los campesinos siberianos — aplicarse a la religión egipcia, muchísimo más antigua en el tiempo y, por ende, más cerca aún del nivel de civilización más primitivo?

El siciliano Diodoro, que viajó por Egipto el año 57 a. J. C., sugiere una explicación de las circunstancias del culto egipcio a los animales, que incluso hoy nos parece muy plausible. Según él, en efecto, un rey de la época arcaica, o tal vez el mismo dios Osiris, distribuyó estandartes a las diferentes formaciones de su ejército para que se reconocieran unas a otras y así evitaran la confusión y el desorden durante los combates. Estos estandartes, que los capitanes enarbolaban al frente de sus tropas, llevaban la imagen de ciertos animales. Gracias a esta precaución, los egipcios fueron victoriosos y desde entonces estuvieron convencidos de que debían la victoria a los animales. En prueba de agradecimiento les hicieron objeto de un culto que subsistió durante varios milenios.

En la época prehistórica los monumentos nos muestran tótemes sobre paveses bajo el aspecto de animales, plantas u objetos. En los comienzos de la primera dinastía los halcones, peces, diversos tótemes e incluso las astas de las insignias son sostenidas por brazos humanos y servían para reconocer a las tribus. La tribu del halcón del dios-rey Horus de Nekheb-Nekhen (la ciudad sagrada del halcón de Hieracónpolis del período griego) realizó de viva fuerza, hacia el año 2900 antes de J. C., la fusión de los territorios del Alto y del Bajo Egipto (”Las Dos-Tierras”), hasta entonces enemigos, haciendo con ello posible el nacimiento del futuro imperio. En las paletas de maquillaje de aquella época, las cuales eran consagradas por las reinas en los templos primitivos, aparecen los portaestandartes con tales rostros de animales — probablemente eran los cabezas de las tribus — desfilando ante el soberano coronado. Pero no se crea que fuera a causa de un malentendido que la posteridad adoptara, para adorarlos, estos símbolos de animales; antes bien, para las formaciones guerreras de las diferentes tribus que constituían la comunidad y para el cuerpo de los sacerdotes se escogieron como distintivos de los respectivos estandartes las figuras de los animales a los que se consideraba, tanto en la paz como en la guerra, como potencias divinas protectoras. De modo que no se empezó rindiendo culto al símbolo, sino todo lo contrario, y así es el animal-dios que explica el estandarte militar primitivo.

Heródoto, el historiador e investigador de la época clásica, tan intensamente curioso como parco en explicaciones cuando de creencias de los pueblos extranjeros se trata, viajó por Egipto hacía el año 450 a. J. C. y en sus escritos ha dejado testimonio, a su manera, del culto que allí se rendía a los animales. Él sabe todavía que la divinidad puede encarnarse en un animal. Ninguna consideración de utilidad le impide presentir la unidad profunda de todas las manifestaciones de la vida cualquiera que sea su forma. Al heleno de aquel tiempo, todavía familiar con un universo espiritual armónico, se le aparecía el animal en toda su enigmática significación y no dudaba en relacionar ciertos símbolos animales con el Olimpo y otros con las potencias infernales. La potencia fantástica del río hinchado por las lluvias torrenciales se encarnaba en el cuerpo de un toro furioso, cuyos ojos despedían fuego mientras movía la cabeza pesadamente y escarbaba la tierra que temblaba bajo sus pies. La escamosa serpiente evoca los misterios del mundo subterráneo. En el plumaje de la mayoría de las aves se refleja un destello de la divinidad. Incluso los miembros de la familia laboriosa de los insectos acometen con ardor su tarea destructora como impulsados por los demonios inferiores; la miel de la abeja incansable encuentra gracia a los ojos del mismo dios que permite las devastaciones de la langosta insaciable. Los primitivos helenos admiten que los animales podían ser confidentes de la voluntad y receptáculos de los proyectos de los dioses y en las entrañas de las víctimas inmoladas leían el porvenir. Hornero atribuye “un ojo de ternera” a Hera y a Atena “un ojo de lechuza”. La paloma de oscuro plumaje que cada año precedía a las migraciones africanas y se posaba la primera en el santuario siciliano de Eryx, era venerada como Afrodita, la diosa del amor, y el cornudo y caprípedo Pan continuaba quitando el sueño a los pastores de la Arcadia feliz. De modo que el venerable padre de la historia no se preocupaba por aclarar el culto egipcio a los animales; se limita a exponerlo objetivamente para relacionarlo con ciertas costumbres y prácticas raras observadas en otros países. Es muy interesante consultarle aún cuando describa únicamente las costumbres de la Época Tardía, anquilosada y carente de la substancia en que se basaba la antigua civilización.

Pero dejémosle la palabra:

“Los egipcios observan ritos religiosos muy rigurosos, entre los cuales el siguiente me parece digno de mención:

“A pesar de que linde con Libia, Egipto no es rico en animales, pero los que posee, tanto domésticos como salvajes, son sagrados para sus habitantes. En cuanto a los motivos de este culto… si quisiera exponerlos debería aventurarme a profundizar en las cosas divinas, de lo que me guardaré muy bien — como ya he repetido a menudo — a menos que me vea obligado a ello.

“La relación con los animales es la siguiente: Cada animal tiene sus guardianes entre los hombres y las mujeres de Egipto. Es una dignidad que se transmite por herencia, de padre a hijo. Y la gente de las ciudades ofrecen sacrificios de esta manera: adoran al dios al cual está consagrado el animal, cortan al rape el pelo de los niños, o solamente la mitad o incluso la tercera parte, según, y el peso en plata del pelo cortado se entrega a la servidumbre del animal en cuestión.

Con este dinero se compra el pescado con que se nutre a los animales sagrados.

“Si alguien mata voluntariamente a uno de estos animales es condenado a muerte y si lo hace involuntariamente, paga una multa que fijan en cada caso los sacerdotes. Ahora bien, en caso de asesinato del ibis o el halcón, aun involuntario, entonces no hay clemencia para el responsable, el cual es inexorablemente ejecutado.

“Aun cuando haya en Egipto relativamente muchos animales domésticos, éstos serían mucho más numerosos si no procedieran los gatos del modo que voy a relatar: cuando paren, las hembras ya no se preocupan de los machos, pero como éstos están todavía en celo y no pueden sosegarse, recurren al siguiente ardid: roban y secuestran secretamente a los pequeñuelos y los matan a mordiscos, pero no los devoran. Entonces, como las gatas quieren mucho a las crías, y desean tener más, van en busca del macho para procrear nuevamente.

“Cuando se declara un incendio, es sorprendente lo que sucede con los gatos. La gente se mantiene a cierta distancia cuidando a los gatos y sin preocuparse en lo más mínimo de apagar el fuego. Pero los gatos se escurren por entre la gente o saltan sobre sus cabezas y se precipitan en el fuego. Y cuando esto sucede, los egipcios se quedan muy apenados. Cuando en una casa perece un gato de muerte natural, todos sus inquilinos se afeitan las cejas, y si el que expira es un perro, se afeitan no sólo la cabeza, sino todo el cuerpo en señal de duelo. Los gatos muertos se llevan a un lugar sagrado donde son embalsamados y luego se entierran en Bubastis. A los perros se les entierra en sus respectivas ciudades metidos en ataúdes sagrados. Lo propio sucedía con los icneumones, mientras que las musarañas y los halcones se entierran en Buto, y los ibis en Hermópolis. A los osos, que constituyen aquí una rareza, y a los lobos, que no son mayores que los zorros, se les entierra en los mismos lugares donde se les encuentra.

“En algunos nomos de Egipto veneran a los cocodrilos, mientras que en otros, los reputan por enemigos y como a tales los persiguen. Pero los habitantes de Tebas y de las orillas del lago Moris sí los consideran sagrados. En ambas regiones amaestran cocodrilos que se dejan tocar al servírseles la comida. En las orejas les ponen aretes de cristal y oro y en las patas delanteras brazaletes. Les ofrecen alimentos sagrados prescritos por la ley ritual y les tratan a cuerpo de rey mientras viven, y cuando mueren los embalsaman y los encierran en féretros sagrados.

“En el río hay nutrias que los indígenas veneran igualmente. Otros peces sagrados para ellos — y según dicen también para el
Nilo - son la anguila y el que llaman “pez escamudo”, y entre las
aves la oca salvaje.

“Cuentan todavía con otro pájaro sagrado al que llaman el Fénix. Yo no le he visto nunca excepto en pinturas pues, según dicen los habitantes de Heliópolis, aparece sólo cada quinientos años y aún — afirman ellos — únicamente cuando su padre ha muerto. De este pájaro cuentan cosas tan extraordinarias que a mí me parecen inverosímiles. Afirman en efecto, que viene volando desde Arabia llevando a su padre envuelto en mirra para darle sepultura en el santuario del dios-sol. Primeramente confecciona un huevo de mirra del mayor tamaño posible, pero procurando siempre que no exceda de sus fuerzas, y después de haber comprobado que puede con él, vacía el huevo, coloca a su padre dentro, y lo vuelve a cerrar. Una vez terminada esta complicada operación, con el padre en el interior, el huevo pesa exactamente igual que antes, y el pájaro transporta la preciosa carga hacia Egipto donde la deposita en el santuario del dios-sol. Esto es lo que dicen que hace el pájaro.

“En la región de Tebas existen serpientes sagradas que no atacan al hombre. Son cortas y de la cabeza les brotan dos cuernos. Cuando mueren las entierran en el santuario de Zeus-Amón, pues, según parece, están consagradas a este dios.

“Estuve en una provincia de Arabia, no lejos de la ciudad de Buto, con el fin de documentarme sobre las serpientes aladas, y allí encontré una cantidad tal de huesos y vértebras de reptiles, que me parecía mentira. Cuentan que cuando llega la primavera, bandadas de serpientes aladas emprenden el vuelo desde Arabia hacia Egipto; pero los ibis les salen al encuentro en la frontera de ambos países y les impiden el paso matándolas a picotazos. Es por esto — aseguran los árabes — que el ibis goza de tanto prestigio entre los egipcios, los cuales dicen que, en efecto, es por esta Tazón que veneran al ibis…”

La relación de Heródoto sobre la cría de cocodrilos amaestrados en el lago Moris — lago que ocupa la depresión del oasis de Fayum, en el Egipto Medio — está confirmada exactamente por Estrabón de Amasia, el cual, cuatro siglos y medio más tarde, alrededor del año 25 a. J. C., viajó por Egipto, y en el libro XVII de su monumental Geografía describió meticulosamente, pero a veces con estilo un tanto aburrido y seco, el Valle del Nilo. En el patio del templo de Menfis vio suelto al buey Apis que daba brincos ante su morada, y visitó al dios-cocodrilo en la región de Fayum. Su descripción nos hace pensar en la reseña de la visita a un parque zoológico moderno.

“Cerca de la ciudad de Cocodrilópolis vive en un lago un cocodrilo domesticado por los sacerdotes. Su nombre es Suchos y se nutre del pan, de la carne y del vino que acostumbran a traerle los extranjeros que llegan a visitarle. Nuestro huésped, gran personaje de Arsinoe que nos enseñaba las cosas santas cogió bizcochos, carne asada y una jarra de hidromiel y nos condujo al lago. Encontramos a la bestia anfibia echada en la orilla. Los sacerdotes se le acercaron, dos de ellos le abrieron la boca en la que un tercero introdujo primeramente el bizcocho, luego la carne y finalmente la bebida. Después saltó el cocodrilo al agua y se alejó nadando hacia la orilla opuesta. Habiendo llegado otro forastero con la misma ofrenda, los sacerdotes la recibieron igualmente y dieron la vuelta al lago hasta el lugar donde debía repetirse la operación.”

Sería interesante saber sí esta vez los sacerdotes regresaron con las manos vacías. En todo caso, estos actos oficiales descritos, más que ritos religiosos, semejan ejercicios de amaestramiento como los que realizan los guardianes de nuestros parques zoológicos para solaz de los espectadores. Hacía tiempo que ya ni rastro quedaba de la mística ingenua que en un principio había rodeado semejantes actos.

¿Cuál es el origen del culto que en el Antiguo Egipto se rendía a los animales? ¿De qué clase eran las ideas, los conceptos que acompañaban esas manifestaciones culturales? Para formarnos de ellos una idea cabal, no hay como interrogar a los monumentos mismos y dejar que hablen las fuentes documentales que proceden del tiempo de los faraones.

Las imágenes de los animales sagrados de Egipto son tan numerosas como los textos y las inscripciones que a ellos se refieren, pues, desde las fechas más remotas, a lo largo de varios milenios, no parece sino que toda la laboriosidad de los egipcios tuviere como única finalidad la de inmortalizar en medallones, relieves o en pinturas, la imagen de los diferentes animales-dioses o que estaban asociados a la divinidad. Desde la escultura monumental de granito hasta el más insignificante amuleto de mayólica, toda la gama de las artes figurativas contribuyó al nacimiento de un bestiario innumerable en todos los materiales apropiados. No hay más que ver las salas y los armarios de las secciones egipcias de la mayoría de los museos del mundo. Desde su descubrimiento arqueológico, el Valle del Nilo ha sido siempre objeto de las preferencias de los amantes de las artes y de los coleccionistas. El arte plástico egipcio animalista no solamente ha encontrado el camino de las vitrinas de todos los aficionados, sino que sirve aún de modelo del que se echa mano cuando se trata de poner de relieve y valorar las obras modernas de este género. Mientras al profano no le es siempre fácil el poder juzgar y apreciar la estatuaria humana egipcia, la perfección de las imágenes de los animales faraónicos salta a la vista incluso examinándoles con nuestros ojos críticos del siglo XX después de J. C.

Estamos tan habituados a considerar como perteneciente a nuestro ambiente habitual todo cuanto nos place, que no pensamos en extrañarnos de semejante paradoja.

¿En qué consiste, pues, el hechizo del arte plástico animalista del Antiguo Egipto?

Responder a esta pregunta es tanto como remontarse a los orígenes mismos del arte egipcio y, todavía más, penetrar en el secreto del alma egipcia.

Como, de modo general, en todo el arte figurativo egipcio, el encanto peculiar de estas esculturas de animales, cuyas formas están determinadas por el tipo, pero variando en el detalle hasta el infinito, se basa en la acción recíproca y en la unión íntima de dos tendencias estéticas exclusivas una de otra: por un lado la escrupulosa fidelidad al modelo original y por el otro una abstracción en forma que a veces llega incluso a la estereométria. Existe un equilibrio misterioso entre realismo y estilización. Esos animales tienen una presencia viva y fascinante; aparecen literalmente retratados ante nosotros, husmean y rastrean y bajo la piel se adivinan unos músculos ora vibrando de tensión inquieta, ora distendidos como en plácida espera. Al propio tiempo están poseídos de un rigor de la forma plástica en el que lo orgánico y lo inorgánico se confunde para dar a la imagen una existencia propia que ninguna imitación de la naturaleza debilita.

Se ha intentado explicar este antagonismo estético extraordinariamente activo de la manera siguiente:

El paleolítico y el neolítico se combinan en la naturaleza de la “fórmula” egipcia. La cultura egipcia representa en cierto modo el apogeo de toda la civilización lítica. Constituye la conclusión apoteósica de las primeras edades de la humanidad, al propio tiempo que su deslumbrante ejemplo se refleja en las épocas ulteriores, pues el desarrollo de la incipiente civilización mediterránea no se concibe sin aquel gran modelo dinámico e imperativo, ideal difícil pero asequible, sin el legado de sus templos y de sus estatuas, de su fe religiosa y de su constitución política, de su orden austero y de su moralidad intachable de que se sintieron herederos los habitantes de las épocas siguientes.

Los comienzos del arte figurativo egipcio acusan todas las influencias paleolíticas; figuritas de sílex que respetan escrupulosamente todos los detalles de los animales salvajes observados sin prisas. El ojo del cazador supo liberarse de toda sujeción utilitaria para llegar a imprimir a la cabra montes, al antílope y a las bestias salvajes los contornos precisos de su personalidad. Después del breve y realmente mediocre período mesolítico, se asiste durante el neolítico al inicio de una nueva civilización de pastores y agricultores en el Valle del Nilo. El abandono del nomadismo hace posible la invención y el perfeccionamiento de las vasijas de barro que se adornan y endurecen al fuego. Alrededor del tótem local y bajo la dirección de caudillos prestigiosos, se reúnen comunidades obreras muy bien organizadas.

La incorporación de la horda errante a la comunidad sedentaria obedeció a imperiosas necesidades. Con la paulatina retrocesión de las formaciones glaciares en el Norte, fueron escaseando cada vez más las lluvias; la caza abandonó sus regiones habituales ahora condenadas al agostamiento y emigró hacia el Sur. Poco a poco fue cambiando el aspecto del país y la estepa se convirtió en desierto. El viento norte-africano tenaz, seca y se lleva los restos de la capa aluvial y, cada vez más despiadado, quema el sol la enguijarrada corteza del desierto sin fin, de sus dunas, lomas y barrancos. El hombre, cuando no imita la vida errante de los animales que son la base misma de su existencia, se ve obligado a replegarse hacia la gran arteria vital del Nilo, cuya corriente poderosa e inagotable lo educa y lo transforma.

Sabemos que el arte neolítico sedentario se caracteriza en todas partes por temas geométricos de trenzados y lacerías, o sea que su carácter decorativo y afiligranado precede siempre a la representación figurativa de objetos concretos. Es verdad que las paletas de maquillaje de las culturas negadienses sedentarias afectan preferentemente figuras de animales, pero su estilo más seco, a pesar de la seducción de la forma, no posee la autenticidad realista que es patrimonio de las imágenes paleolíticas, hasta el punto que no es siempre cosa fácil el discernir con exactitud en qué modelo se inspirara el artista.

En lo sucesivo ambas tendencias, con sus respectivos elementos de expresión — el realismo paleolítico y el geometrismo neolítico — constituirán los polos extremos y activos entre los cuales buscará el equilibrio todo el arte egipcio. Y es precisamente el antagonismo de las dos fuentes de inspiración en presencia lo que nos subyuga.

Esta interpretación salta a la vista.

El egipcio conserva un respeto y un temor atávicos ante la misteriosa seguridad del instinto animal. Así como sus propias entrañas le inspiran sublime admiración, porque incluso durante el sueño, y sin intervención de su voluntad, permanecen activas, él atribuye un destello divino a los animales porque sin intervención humana orientadora y sin aprendizaje alguno previo ejecutan con instinto seguro todos los actos normales de su existencia. ¿Cómo no presumir afinidades divinas en los animales que ofrecen al creador un ejemplo de astucia, ingeniosidad y de intuición instintiva? Del mismo modo que en el albor de su historia se agrupaban los habitantes del Valle del Nilo alrededor de los paveses que sostenían el tótem animal y comparaban a sus caudillos, que de jefes de tribu se convirtieron en reyes, ora a un furioso león, ora al brioso toro primitivo, así se comprende que asocie a la divinidad el animal y lo venere, puesto que la divinidad puede según creencia de los aborígenes, encarnarse en el cuerpo de ciertos animales.

Pero nunca debe perderse de vista, cuando se trata del placer estético de una obra de arte lograda, que para el artista la forma del animal significa mucho más que la simple plastización de un atrayente modelo. En realidad, lo venera porque le atribuye una potencia superior y misteriosa, en una palabra: divina.

Hasta el principio de la época romana formaba parte de los atributos del faraón, en su calidad de soberano divino, la cola de toro anudada al dorso de la cintura y la cobra frontal protectora, cuyo soplo ardiente y terrible aniquilaba a los enemigos. El mismo dios-sol luce en mitad de la frente este “ojo solar” en forma de serpiente y así domina, como símbolo temible y amenazador de su poderío, “en todo el mundo”. En las postrimerías de la época arcaica se representa a Isis y a Osiris en forma de serpientes, y cuando alguien se siente afligido o tiene enfermos en la familia, es a un dios-reptil cualquiera que invocan. Renenutet, la diosa de la cosecha, tiene la forma de serpiente también lo mismo que Buto, patrona de la realeza egipcia. Un imprudente que había metido la mano dentro de una grieta donde dormía una gran serpiente y que tuvo la suerte de no ser mordido por ella, ha dejado constancia de su gratitud en una estela que ha llegado hasta nosotros. Y otra estela encontrada probablemente cerca de Menfis, en la que está grabada la imagen de una víbora con dos cuernos, y el disco solar, muerta criminalmente, está consagrada a una serpiente divina, a la que se atribuyen los versos griegos siguientes:

“¡Detente, extranjero, en esta encrucijada ante el gran bloque de piedra que verás surcado de signos escritos! ¡Pon el grito en el cielo! ¡que sobre mí resuenen tus lamentaciones, sobre mí a quien una mano mal intencionada arrojó al mundo de las tinieblas, a mí serpiente longeva y sagrada! ¿Qué has ganado, oh tú, el más malvado de los hombres, quitándome la vida? A ti y a tus hijos os será fatal mi descendencia, y por doquier os perseguirá la maldición divina. En mí no has cortado el hilo de la existencia a un ser cualquiera y único en su especie sobre la tierra, sino que todos los que se arrastran por el suelo son más numerosos que las arenas del mar. En verdad que tú no serás el primero sino el último en ser precipitado por ellos al Hades, para que puedas haber visto antes con tus propios ojos la muerte de tus hijos.”

Posiblemente este texto haya sido grabado en aquella Época Tardía de piedad exaltada, cuando el furor popular castigaba despiadadamente con la pena capital la destrucción, incluso involuntaria, de los animales sagrados.

Hacia el año 50 a. J. C. se dió el caso que un romano mató, sin querer, a un gato. Una multitud furiosa rodeó la casa donde vivía el autor del “atentado”, y no le salvó de la muerte ni la intervención de los dignatarios enviados por el mismo rey ni el temor saludable que entonces inspiraba la potencia romana.

Desde los tiempos más remotos el rey era representado no solamente como “toro impetuoso” y como león, sino también como halcón. Aparece como “Horus de oro” en las imágenes del vencido Seth, dios del mal. Tanto en la forma de halcón como en la de escarabajo bolero — el cual será objeto de un capítulo aparte — el dios-sol escala diariamente la bóveda celeste. Thot, el dios lunar, señor de las letras y de las ciencias, de los inventos y de la sabiduría, portavoz y archivero de los dioses, tenía la cabeza de ibis — pájaro zancudo de cuello desnudo y arrugado, pico largo y arqueado, que se paseaba lentamente por los campos después de las inundaciones periódicas del Nilo, como si quisiera medirlos nuevamente para establecer el patrón estadístico de las fincas. Con elocuentes palabras se dirige a él el apurado funcionario, porque sabe que cuida del registro del infierno al lado de Osiris en el juicio de los muertos.

“Ibis magnífico, dios por quien suspira la ciudad de Hermópolis, ¡ven a mí y guíame! Y tú Thot, dulce manantial que apaga la sed del que vaga por el desierto. Tú que conduces las aguas hasta los lugares más lejanos, ven y sálvame, a mí que guardo silencio.”

Al dios Ibis se le asocia, en las mismas funciones de patrón de los escribas, el cinocéfalo, otra deidad lunar, y sus innumerables ofrendas, reunidas sobre un zócalo de madera, son las diminutas imágenes de piedra o de bronce de un cinocéfalo macho en cuclillas ante el cual se sienta respetuoso, con un rollo desplegado de papiro en la mano, un escriba pendiente de la inspiración divina. Un dios Thot ibicéfalo en aragonita, en cuya base se lee el nombre del rey Narmer, unificador del imperio, al lado del grabado de un pájaro (¿un ibis?) constituye la más antigua imagen de animal que conocemos relativa al culto de que era objeto en Egipto.

¿Qué cualidades harían agradables a los egipcios este animal que nosotros encontramos más bien repugnante, hasta el punto de convertirlo en el símbolo de la más elevada actividad espiritual? Nos es conocido el texto de algunas de las súplicas dirigidas a los ocho cinocéfalos sagrados hallados en el patio del templo imperial de Karnak. Antes de tomar la pluma, los escribas oficiales acostumbraban a encomendarse a su patrón. He aquí lo que se lee en el libro de la sabiduría:

“El cinocéfalo está en Hermópolis, pero su mirada abarca todo el Egipto y cuando advierte que alguien miente con los dedos (al escribir) le arrebata la comida…”

De la época del Imperio Nuevo poseemos este himno entusiasta:

¡Loor a ti, señor de la casa!
¡Oh mono de melena resplandeciente y forma hermosa,
alma cariñosa, que todos los hombres aman!
El amor mana de sus cejas
y abre la boca para prodigar la vida.

Mi casa se deleita desde que el dueño penetró en ella.

Alegraos los que estáis en mi presencia;
todos los hombres, alegraos también.

Ved cómo es mi señor quien me protege,
Si, ¡tras él se va mi corazón!

La diosa tebana de la muerte que tiene la forma de ternera cariñosa y maternal, toma bajo su protección a los bienaventurados, y en su calidad de guardián del averno el chacal Anubis monta la guardia delante de la momia. Como siempre se le representa con una especie de collar, se le supone domesticado. La ternera celeste, la diosa Hathor, que a menudo aparece representada en las magníficas decoraciones de los templos y de las tumbas de las necrópolis egipcias, y el fiel perro de guarda Anubis recuerdan las circunstancias relativas a las creencias de la población campesina primitiva en las que como objeto central de sus ideas y de sus tareas del campo se asociaban íntimamente a los animales con los que se convivía y de los que se recibía ayuda y alimento. El respeto ancestral que a los egipcios inspiraba la fuerza, la valentía y la fecundidad del toro puede que sea la razón por la que
no solamente el dios creador de forma humana Ptah, de Menfis, sino también el dios-sol de Heliópolis y Mentu de Tebas, dios de la guerra, poseyera cada uno su propio buey sagrado. El carnero era venerado como manifestación física de los dioses Khnum, Harsaphis y Amón; durante la hegemonía mundial egipcia enormes esfinges con cabeza de morueco bordeaban los “caminos de los dioses”, o avenidas procesionales que unían unos templos a otros. Tampoco faltaban las divinidades con cara de león macho o hembra, pues con figuras de animales se reproducían incluso conceptos abstractos. Así “hoy” y “mañana” eran representados, respectivamente, por un león y una leona, tal la magnífica pareja que guarda la tumba del joven rey Tutankamon muerto prematuramente. Innumerables son, además, las divinidades a las que se ha ido dando la forma de pájaros, batracios, peces e incluso insectos: garzas de todas clases, golondrinas, buitres, ocas, percas, anguilas, lagartos, ranas y sapos, incluso la mosca cantárida tienen un lugar en el panteón egipcio.

Lejos de nosotros el querer reducir esta memorable zoolatría, que plantea numerosos problemas, a una pura manifestación de simple fe exótica, o a una curiosa aberración que pueda tener, a lo sumo, un relativo interés anecdótico. El culto a los animales perdura todavía en una India profundamente religiosa. El animal y el ser humano participan en una misma realidad monstruosa y mística, incomprensible para el hombre moderno, en la que se perpetúa la concepción totemística procedente de las épocas remotas en que se consideraba al hombre como descendiente de animales fabulosos, cuando les servían de fetiches cabezas de buey suspendidas a la entrada de las chozas y se mantenían cercados carneros, chivos y toros prolíficos a los que consideraban como divinidades del lugar, y como tales los veneraban. Así como estos conceptos se mantienen vivos en el pueblo de sátiros y centauros de la mitología griega, también perdura hasta la Época Tardía el culto a los animales.

Algunos especialistas no descartan la idea de que pudiera haberse hecho un culto de la sodomía. En el capítulo XLVI de su libro segundo, escribe Heródoto: “En la misma provincia de Mendes, donde a la sazón me encontraba yo, se dió el caso, conocido de todo el mundo, de que una mujer se acoplara con un macho cabrío.” Por otros conductos sabemos que en el templo-establo de Apis, al que se suponía haber sido engendrado por un rayo del cielo, las mujeres se desnudaban la parte inferior del cuerpo y se inclinaban profundamente ante el toro sagrado al que se abrían simbólicamente. Todo parece indicar que nos encontramos ante prácticas cuyo significado mágico debemos relacionar con el culto paleolítico de la fecundidad, de un anhelo ancestral de procreación que escapa a nuestro intelecto racionalista.

Moisés abomina de los secretos monstruosos y horribles de este culto: “Maldito sea el que se acueste con una bestia” —y ordena en el Deuteronomio: “Ninguna mujer debe juntarse con animales…”

El gran profeta profirió estas palabras poco después de la huida de Egipto y no es de suponer que desde lo alto del Sinaí lanzara semejante anatema contra tales prácticas si no hubiera creído que constituían para su pueblo una tentación cuyo alcance no acertamos a comprender hoy.

El Antiguo Egipto enterraba a sus animales con una solicitud que va también más allá de nuestra comprensión. Quién en el desierto de Menfis recorre las sombrías galerías subterráneas de las grandiosas tumbas de Apis, jamás olvida la fantástica impresión que producen los inmensos sarcófagos de granito, suntuosamente decorados, en los cuales se guardaban, desde el Imperio Nuevo, los restos embalsamados de los toros del dios Ptah. Su descubridor Mariette, habla de ellos en los siguientes términos:

“Confieso que cuando el 12 de noviembre de 1851 penetré por primera vez en la tumba de Apis, fue tan grande mi sorpresa que, a pesar de los cinco años transcurridos desde entonces, aquella tremenda impresión no se me ha borrado de la mente. Por una casualidad que no me explico, una cámara tapiada el trigésimo año de Ramsés II había escapado al pillaje de los ladrones de tumbas y tuve la satisfacción de poder encontrarla intacta, al cabo de 3.700 años (3.122 según cálculos más recientes). El tiempo en nada había modificado su primitivo aspecto. Sobre un revestimiento de cal habían quedado marcados los dedos del egipcio que había colocado la última piedra de aquella puerta condenada. Sobre la capa de arena esparcida en un rincón de la cámara funeraria aparecían todavía las huellas de unos pies descalzos. Todo continuaba igual, nada había variado en esta morada de los muertos, en donde reposaba desde hacía casi cuatro mil años la momia de un toro…”

No hace mucho descubrieron los arqueólogos en el curso de sus investigaciones por las casi interminables galerías subterráneas de Her-mópolis, un número incalculable de hornacinas con más de cuatro millones de ánforas que guardaban los restos de los ibis consagrados al dios Thot. Según fuere el culto de la localidad, cada “instalación mortuoria” contenía una determinada clase de animales, así como innumerables diminutas estatuas sagradas de bronce o de madera, como en las tumbas gatunas de Bubastis y Sakara, la inmensa fosa de los cocodrilos de Monfalut y la de los monos de Tebas. A menudo se acostaba el cadáver en un sarcófago fabricado con lienzo de lino y diferentes capas de papiro, todo ello pegado con cola hasta formar una masa compacta y resistente. Para estos menesteres utilizaban generalmente viejas hojas de papiros escritas, gracias a lo cual, al deshacer cuidadosamente estos cartonajes, han caído en manos de los investigadores modernos documentos importantísimos del período heleno, entre los cuales se encuentran fragmentos inapreciables de poetas y escritores griegos desconocidos. De este modo ha sido posible rescatar recientemente un admirable fragmento de un poema de la inmortal Safo…

Entre los dioses híbridos más impresionantes que pueblan el panteón egipcio, citaremos a “las dos grandes de Tebas”: Toeris y la sanguinaria Sekhmet. La imagen de la primera, patrona y protectora de las mujeres gestantes, la hallamos representada en un sinnúmero de estatuas de todos los tamaños imaginables bajo el aspecto de un hipopótamo hembra levantada, con patas de fiera, pechos caídos y con la espalda terminando en una especie de cola de cocodrilo. Esta extravagante y — a pesar del aspecto feroz que le confiere su extraña dentadura — bienhechora patrona de las futuras madres, se apoya a menudo sobre el signo “Protección”. Sekhmet, la terrible leona solar con cuerpo de adolescente, esposa del dios Ptah de Menfis, es la diosa cruel de la guerra y de las batallas. “Su melena — dicen los textos — desprendía humareda de fuego, tenía el lomo color de sangre, su rostro brillaba como el sol… el desierto quedaba envuelto en una espesa nube de polvo cuando sacudía la cola…” Asimilada a Mut, de Tebas, y a Hathor, el rey Amenofis III le hizo consagrar en el templo de Mut, de Karnak, centenares de magníficas estatuas de granito que se dispersaron luego por todos los museos del mundo. Se han encontrado tantas estatuas de Sekhmet que no parece sino que Ecnaton, luego de haber dado la orden de empezarlas, no pensó más en ella y se olvidaría de revocarla. Yo mismo pude sacar del santuario para llevármelas a Alemania el año 1939 dos imponentes y expresivas cabezas de la diosa con restos de pintura roja todavía en sus ojos fríos y superficiales.

“No hagas tal cosa, pues estallaría la guerra en Europa” — me decían bromeando mis compañeros de Luxor, cuya superstición no era del todo fingida.

La segunda guerra mundial hubiera estallado de todos modos, creo yo.