LAS GRANDES REINAS
AL cabo de ciento cincuenta años de investigaciones egiptológicas conocemos al dedillo los nombres de muchas reinas egipcias, lo cual no es óbice que solamente muy pocas hayan emergido del olvido del pasado y nos sean lo bastante familiares para que a la luz de la historia podamos tener una idea precisa de su personalidad.
La mayoría de estas grandes esposas o concubinas reales, cuyos nombres se mencionan en documentos históricos o en papiros, no son sino tenues fantasmas por más que podamos contemplarlas en los innumerables retratos que de ellas poseemos. Las madres de los dos faraones más célebres y poderosos — hemos nombrado a Sesostris III y a Tutmosis III — podemos apreciarlas en imágenes a su manera admirables, y seguramente muy fieles al original, pero en vano interrogaríamos a la historia para que nos revelara algo de su carácter y de la vida de la reina Nofretete o de la reina Isis, pues de su modo de ser nos dicen bien poco o nada las estatuas que las representan. Sabemos de una soberana legendaria de Nit-Aqer — que los griegos convirtieron en Nitocris — y de la reina Sebeknefrure, hija de Amenemhet III, la cual sucedió durante cuatro años, de 1792 a 1788 antes de J. C. a su hermano Amenemhet IV en el trono de Horus. Con ella termina la XII dinastía, y su persona nos interesa no sólo como soberana autócrata, sí que también como hija que era de padre eminente. El fragmento de una estatuita de esquisto que se guarda en Berlín y la diminuta cabeza de una pequeña esfinge de diorita de la Biblioteca Nacional de París, reflejan a buen seguro algo de lo que fueron sus rasgos en vida, pero eso es todo lo que de ella sabemos y sin duda ignoraremos siempre qué clase de mujer fue y de qué manera hizo frente a la situación durante su corto reinado.
Algunas reinas no atraen nuestra atención únicamente a causa del relieve histórico de los que fueron sus esposos o sus hijos, sino también debido al palpitante interés que despiertan las circunstancias en que fueron halladas sus estatuas. Así, por ejemplo, la de la reina Ahhotep, madre de Amosis y Kamosis, vencedores de los hicsos, Ahhmés-Nofertari, que junto con su hijo Amenofis I fue venerada más tarde como santa tutelar de la ciudad tebana de los muertos, y también la reina Hetep-Heres, cuyo doble entierro referiremos más adelante. Pero nuestra curiosidad va sobre todo en pos de recuerdos de aquellas soberanas autócratas, de temperamento fuerte e independiente, que reinaron solas durante mucho tiempo y que a su modo prestaron grandes servicios al estado. De estas reinas nos agradaría saber mucho más.
Entre todas las mujeres del faraón solamente una está reconocida oficialmente como esposa y reina. Desciende de familia real o pertenece a la alta nobleza, cuando no se trata simplemente de la hija del soberano fallecido, o sea de la propia hermana del marido.
Desde tiempos inmemoriales le son propios una serie de títulos que ponen de manifiesto su jerarquía. En el Imperio Antiguo, el de los constructores de las Pirámides, ella es la que:
Contempla a Horus y a Seth,
por su hechizo es grande
y grande por sus mercedes…
Amiga de Horus
la mujer del rey a la que éste ama.
Los títulos varían con los tiempos y en el Imperio Medio se dice de ella que:
Es la esposa de dios.
la madre de dios,
la gran esposa del rey
y la soberana de las “Dos-Tierras”.
Se llega incluso a equipararla con el faraón, pues como éste tiene ella el privilegio de que su nombre figure en el marco oval generalmente llamado cartela y también “cartucho”.
Desgraciadamente no disponemos de documento alguno que pueda ilustrarnos la vida íntima de estas grandes “esposas reales”. Podemos, eso sí, imaginarnos fácilmente que no les faltarían distracciones y pasatiempos y que su residencia sería por lo menos un compendio de todo cuanto en lujo y comodidad podía brindar la época. Pero eso es todo. No es que escaseen los textos que a las reinas se refieren, al contrario, pero en su gran mayoría se trata de ditirambos, pues el elogiar los atractivos y los méritos de las mujeres de alta alcurnia se convirtió con el tiempo en un verdadero género literario. La enumeración de los títulos oficiales termina tradicionalmente con votos estereotipados para que la soberana viva, y se conserve siempre y eternamente joven. La reina es un dechado de gracia y de hermosura, grande por sus encantos, y es tal su dominio sobre nosotros, que hacemos cuanto nos dice. Tiene labios dulces como la miel y nunca pronuncia una palabra de más.
Mutemuya, esposa de Tutmosis IV, y madre del fastuoso Amenofis III, con su voz hace feliz al mismo Dios. Ciertas inscripciones aseguran de la hermosa reina Nofretete que lanza gritos de júbilo quien la oye hablar. En una estela consagrada a la diosa Mut, de Karnak, un rey etíope ensalza a la princesa su hija con expresiones que recuerdan las del “Cantar de los Cantares” de Salomón:
La dulce sacerdotisa de Hathor Muterdas, dulce de amor
la dulce, dulce en el amor, dice el rey Menkheperre;
La dulce, dulce en el amor, dicen los hombres.
Soberana del amor, dicen las mujeres.
La hija del rey, dulce en el amor,
la más bella entre todas las mujeres.
Jamás se dio otra virgen como ella.
Su cabellera es más negra que la misma noche,
más negra que las uvas y que los higos.
Tiene los dientes dispuestos en admirable hilera,
más perfecta que la obra de un cuchillo de sílex.
Y en el pecho luce firmes senos.
La noche solemne y delirante en que Amón honró con su presencia el templo de Luxor — el harén de Ramsés II el Grande — la esposa de éste, Nefertari-mí-en-Mut, apareció como:
La princesa rebosante de encomios, hechicera del amor
dulce en el amor, soberana de las “Dos-Tierras”
en sus bellas manos sostiene el sistro
con que agracia a su padre Amón.
La muy querida, la reina coronada,
cantante de bello rostro, que adornan plumas magníficas;
la que domina en el harén de los dueños de palacio;
aquella cuya palabra es oráculo.
Se le obedece en todo cuanto quiere,
todo lo bello que desea,
Todas sus palabras alegran y conmueven nuestra faz
y vivimos sólo pendientes de oír su voz…
Tales son las alabanzas a las esposas reales del Antiguo Egipto, alabanzas que todavía resuenan en nuestros oídos a través de siglos y milenios, y las imágenes de los templos y de las tumbas ilustran maravillosa y fielmente estas estrofas hiperbólicas.
Y con todo, la vida privada de las grandes reinas continuaría siendo para nosotros un enigma a no ser por los interesantes, aunque fragmentarios hallazgos realizados recientemente en los talleres de estatuaria de Amarna.
Muchas reinas continuaron desempeñando papeles destacados en la corte aún después de la muerte del marido. Por regla general, la “reina madre” poseía extensas propiedades que administraba directamente. Además, si al fallecer el faraón el heredero, príncipe o princesa, era todavía demasiado pequeño para reinar, ellas asumían el gobierno asegurando el interregno. Sabemos que tal fue el caso de Teya, madre de Ecnatón. A ciertas reinas, como las esposas de los fundadores de la XVIII dinastía, se les atribuyeron méritos bastantes para venerarlas luego como diosas.
Forma parte de nuestra estampa histórica del antiguo Oriente que el rey de Egipto poseía, amén de la reina o esposa principal y de las concubinas oficiales, un verdadero harén para solaz y distracción del monarca que supervisaba una favorita nombrada al efecto.
Parecía que al austero reformador Ecnatón sólo podíamos imaginárnoslo monógamo. Pues bien, a pesar de que en su juramento de la coronación incluyera estas palabras: “… Tan verdad como que mi corazón es feliz y adicto a la reina Nofretete y a sus hijos”, no fue ninguna excepción en este aspecto. Las pinturas murales de la tumba del cementerio del desierto de su residencia nos muestran las estancias de sus mujeres y a éstas peinándose unas a otras, aprendiendo nuevos pasos de danza o tañendo algún instrumento. Según parece, una de las principales ocupaciones de estas hembras “retiradas de la circulación” consistía precisamente en distraer al real esposo con entretenimientos musicales. Guardaban las puertas celadoras de confianza que no dejaban acercar a los intrusos y eran responsables de que “las favoritas no sostuvieran relaciones inútiles con el mundo exterior”. Uno de los principales dignatarios de la corte ostentaba el título de “intendente de los aposentos del harén real”, “secretario del harén” o “representante del harén”. En una inscripción funeraria del Imperio Medio se cita a un gran príncipe como “jefe de las estancias reales de las mujeres, el que encierra a las concubinas, presenta el harén al rey y al que se le permite verle bailar”.
Como caso muy excepcional, un capricho de Ramsés III, el rico Rhampsinitos de los griegos, permite dar un vistazo en las diversiones habituales del gineceo. Así le vemos como se hizo pintar entre sus favoritas en los salones de la torre llamada de la “gran puerta”, especie de baluarte de tipo asiático situado en la margen occidental de Tebas, cerca del gran templo de Medinet Habu. Tanto el faraón como sus mancebas aparecen completamente desnudos. Ellas lucen primoroso tocado, calzan sandalias de fantasía y llevan cadenitas al cuello. Eso es todo. El faraón lleva puesta la corona azul, y las esbeltas y graciosas criaturas, predecesoras de las odaliscas, le rodean y contienden con él en el juego de damas, y le hacen oler ramos de flores aromáticas. En una imagen le vemos cómo se deleita acariciando la barbilla a su bella contrincante de juego, y el contemplar estas escenas idílicas recordamos inevitablemente que este mismo soberano acabó siendo víctima de una intriga del harén y que precisamente los altos funcionarios encargados del sumario y de sancionar a los culpables, no se recataron de organizar una escandalosa bacanal, que por cierto acabó mal para todos.
Se comprende que las concubinas fueran escogidas por sus atractivos personales femeninos, sin que para nada se tuviera en cuenta el árbol genealógico, de modo que no solamente tomaban el camino del harén hijas de sacerdotes y de funcionarios modestos, sino que más de una vez muchachas de baja extracción lograron alcanzar el primer puesto en el amor del monarca. Pinturas murales nos muestran a estas favoritas no sólo tocadas con el primoroso peinado propio de las princesas reales, sino que podían incluso pretender a un atributo tan exclusivamente faraónico como era el áspid frontal protector. Según Erman, algunas de estas inquilinas recibieron nombres pomposos, tales como “la bella soberana”, “la emperatriz del Delta”, “la dueña de las Dos Tierras”, o “la emperatriz de todo el país”.
Cuando el faraón quería demostrar la gran estima que sentía por algún personaje amigo, le regalaba alguna beldad de su harén. Ignoramos durante cuánto tiempo vivían las “pensionistas” en el gineceo a expensas del soberano. Lo que sí sabemos es que algunas de ellas, cuyos nombres conocemos, hicieron carrera y después de la muerte de su primer dueño gozaron de gran predicamento en el de su sucesor.
Naturalmente, junto a las hijas del país, también bellezas exóticas estaban representadas en el harén, pues bajo el Imperio Nuevo se usó y abusó de los casamientos políticos. Algunas princesas asiáticas llegaron al Valle del Nilo con un ajuar de novia fabuloso y con gran séquito de esclavas para casarse con el hijo del sol, estrechando así las relaciones entre los países respectivos.
No es difícil imaginarse en qué estado de ánimo llegarían, con el corazón oprimido, aquellas muchachas a quien nadie había consultado. Después de unos pocos días de fiesta en su honor, durante los cuales pudieron hacerse la ilusión de que eran el principal atractivo de la corte del faraón, las recién llegadas desaparecían silenciosamente para siempre jamás, detrás de las doradas rejas del harén. El libro de la historia se cierra definitivamente sobre su recuerdo y olvida incluso sus nombres. Sólo consta que se les reservaba una tumba en algún lugar al oeste de Tebas, y por lo que sabemos de la psicología de aquellos tiempos, fácilmente podemos suponer que el exotismo de los ritos fúnebres egipcios y la perspectiva de ser enterradas fuera de la tumba de sus mayores, lejos de su querida patria, debió de amargar la existencia de aquellas desgraciadas princesas y llenar de inquietud y de angustia sus tiernos corazones.
Con tantas mujeres a su disposición, no cabe extrañarnos de que la descendencia de los monarcas del Valle del Nilo alcanzara proporciones elevadas, lo cual a su vez planteaba delicados problemas de sucesión con su secuela de celos, rivalidades y cábalas. En numerosos papiros se mencionan interrogatorios, juicios secretos, asesinatos o ejecuciones sumarias a raíz de la muerte del soberano, pero es característico del alto sentido de justicia del Antiguo Egipto el hecho que el faraón jamás intervenía directamente en el proceso judicial, sino que confiaba las investigaciones a personajes sin tacha, competentes e imparciales. Puede que el óbito prematuro y violento de más de un príncipe, enterrado en el anónimo, y cuyo cuerpo desfigurado presenta trazas de veneno, fuera debida a su condición de candidato imprudente e impaciente del poder, y que fuera víctima de sus propias intrigas con algún grupo del harén, con cuya colaboración esperaba poder ceñir la corona antes de que le llegara el turno, saltándose algunos aspirantes mejor situados que él en la línea de sucesión. Como vemos, la historia de la sucesión real en las cortes orientales se escribía a menudo con sangre.
Desde tiempos inmemoriales se destinaba el producto de ciertas propiedades de la corona al sostenimiento de los innumerables príncipes reales, los cuales empero no permanecían en la ociosidad, sino que debían someterse a duras tareas, ya sea en la administración del estado, en el culto o en el ejército. Si hemos de dar crédito a la serie de frescos de los pórticos del tiempo de Ramsés II, los hijos de éste tomaron parte activa en el ejército de su padre, como generales.
Bien poco sabríamos de las esposas de los grandes constructores de las pirámides (IV dinastía) si un hallazgo inopinado y sorprendente de los restos de Snofru, padre de Keops, no hubiera convertido la leyenda en realidad.
Las mastabas de los altos funcionarios ocupan la mayor parte del cementerio situado al oeste de la pirámide de Gizeh.
Excavaciones realizadas gracias a la liberalidad americana en el sector oriental de las gigantescas construcciones, por G. Reisner, por cuenta de la Universidad de Harward y del museo de Boston, pusieron un buen día al descubierto una necrópolis que comprendía toda una serie de tumbas que resultaron pertenecer a miembros de la familia real. Con su disposición simétrica de construcciones tumulares cúbicas, las calzadas estaban cubiertas con baldosas calcáreas. En su prurito de escrupulosidad científica el equipo investigador no titubeó en alzar esos bloques y en 1928 dieron por fin con una capa de yeso que a no dudar cerraba el paso a un escondite subterráneo.
En efecto, a poco de hurgar en el subsuelo, encontraron una losa cuidadosamente tapiada, tras la cual aparecieron una serie de peldaños que conducían a un pozo vertical horadado en la roca, lleno de piedras y escombros. La limpieza de la cavidad fue cuestión de días y de mucha paciencia, pues hasta los 25 metros de profundidad no se alcanzó la entrada de la verdadera cámara mortuoria, cuyo contenido a primera vista les desconcertó.
En un rincón de la cámara relativamente pequeña se dibujaba la silueta de un gran sarcófago de alabastro. Sobre la tapa, al lado y por el suelo, estaban esparcidos en la mayor confusión astillas de madera, chapas de oro, instrumentos de cobre, pedazos de cerámica, etc.
Las minuciosas investigaciones iniciadas por Reisner el mes de enero siguiente asombraron a los egiptólogos, pues el aparente desorden en que fueron encontrados los objetos y los fragmentos mencionados, desorden que parecía denotar el paso de profanadores sin escrúpulos, era en realidad fruto de la obra lenta de desintegración del tiempo a través de los milenios. La tumba no había sido saqueada, aunque tal fuese la primera impresión, de modo que utilizando los fragmentos de madera, bastante encogidos por cierto, fue posible reconstruir íntegramente todos los objetos hallados. Un trabajo inmenso que exigió de los egiptólogos una paciencia, una meticulosidad y unos conocimientos de los que el profano no puede formarse idea. La ingente tarea duró muchos meses y los que en ella intervinieron escribieron una página de gloria en los anales de la egiptología. Baste decir que durante 305 días se llenaron nada menos que 1.701 hojas de dibujos y se tomaron más de 1.000 fotografías.
Pudo comprobarse, sin lugar a dudas, que la tumba había sido construida para la reina Hetepheres, esposa de Snofru y madre del sucesor de éste, Keops. Se logró restaurar los muebles reales de la IV dinastía, cuya sobria elegancia, a pesar de la casi total ausencia de lujo, causan todavía verdadera impresión. Entre ellos una cómoda litera, una silla, una cama, un cofre que contenía argollas para los pies y la armadura de un sencillo baldaquín, todo con admirables decoraciones jeroglíficos y de otro tipo.
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Se esperaba con impaciencia el momento solemne de la apertura del sarcófago. El acto tuvo lugar en presencia de selecta concurrencia, el 3 de marzo de 1927, después de haber terminado la limpieza de la cámara mortuoria. Todos contuvieron la respiración cuando llegó el momento de levantar la tapa, y…
¡El sarcófago estaba vacío!…
¿Cómo era ello posible? ¿Qué explicación cabía dar al misterio?
Sólo quedaba una hipótesis plausible. Al morir la reina en vida de su esposo Snofru, fue enterrada en la tumba de éste en Dashur, circunstancia de la que se aprovecharon seguramente los ladrones de tumbas. Llegó el día en que ya no pudo ocultarse al nuevo faraón Keops que el sueño eterno de su augusta madre había sido turbado por los bandidos, y entonces decidió Keops que el cadáver fuese encerrado en otro sarcófago y colocado en un escondrijo de su propia pirámide. Nuevas ceremonias y nuevo entierro.
Seguramente nadie se atreviera a confesar nunca al poderoso monarca toda la verdad. La momia de su madre había sido no sólo profanada en la primitiva tumba y despojada de sus joyas, sino también robada, y seguramente destruida. En todo caso se ignoraba su paradero.
El faraón nunca llegó a enterarse de la magnitud del desastre.
Los nuevos funerales se desarrollaron, pues, alrededor de un sarcófago vacío, y la tumba de Gizeh no era en realidad ninguna tumba, sino un cenotafio, y transcurrieron casi cinco mil años hasta que la ciencia diera con la clave del enigma.
Las investigaciones realizadas durante el presente siglo han completado también hasta tal punto el último capítulo de la novela vivida por la reina Hatsepsut, que con lo que de ella sabemos habría materia bastante para llenar un voluminoso libro.
Esta reina, interesante, atractiva y dotada de altas prendas — venida al mundo en los comienzos difíciles de la hegemonía mundial, o sea durante un período que se señaló precisamente por las continuas y sangrientas disensiones entre los miembros de la familia real — era, como es sabido, la única descendiente legítima de Tutmosis I y de su esposa Ahhmes. Su padre la adoraba, y como presunta heredera pronto participó en la corregencia del reino; casó con su hermanastro Tutmosis II — hijo de una favorita de su padre —, pero su marido, el príncipe consorte, era hombre de poca salud que no tardó en dejarla viuda, no sin antes tener un hijo de una de sus mancebas. Este hijo, el gran Tutmosis III, joven ambicioso y realista, resultó un rival de cuidado, lo que vulgarmente se dice un hueso para la reina. Durante mucho tiempo se creyó que ambos eran hermanos, pero como los estudios de Edgerton pusieron no ha mucho de manifiesto, Tutmosis III pertenecía a la siguiente generación, o sea que era mucho más joven que su madrastra, y esto hizo mucho más despiadada la lucha por el poder entre ambos.
La reina, heredera natural, consciente de su propio valer y aferrada a sus prerrogativas de soberana autócrata, no cejó hasta disponer de todos los privilegios de los faraones. Las estatuas y los bajorrelieves nos la muestran ataviada con la corona, las insignias reales y hasta con la falsa barba ritual, como si fuera un hombre, y sus títulos son los del faraón masculino, Sólo renunció, por motivos muy comprensibles, al título de “toro fecundo”. Raramente se hace alusión a su sexo en los textos. Una de sus más bellas representaciones es una estatua sedente, de tamaño natural, en piedra calcárea, que decoraba su templo funerario, y que ahora se encuentra en el Metropolitan Museum of Art, de Nueva York. Es la imagen de una muchacha esbelta, de pechos incipientes, y de rostro enérgico y arrogante, bajo la diadema faraónica. Su padre había cuidado personalmente de inculcar a su pueblo la idea de la vocación divina de su hija. Según él, fue el mismo Amón, rey de los dioses de Tebas, quien, conducido por el dios de la sabiduría Thot, se había unido a su madre para engendrar a su celestial hija. Las inscripciones que comentan la figuración del nacimiento milagroso de la princesa Hatsepsut en las paredes del templo de Der-el-Bahri dan detalles del suceso:
Apareció el dios magnífico,
vino en persona, el señor de los tronos de las “Dos-T’ierras”
Amón, como si fuera el marido
y la encontró reposando en el esplendor de palacio.
La divina aroma despertóla
y ella sonrió a su majestad el dios.
Él se acercó, se enardeció de amor por ella
y le dio su corazón.
Ella tuvo la dicha de verle
bajo su aspecto divino
y después de haber sido amada
contempló entusiasmada su beldad.
Su amor la hizo suya
mientras nubes de aroma celestial
invadían el palacio.
Todos los perfumes procedían de Punt, país del incienso.
Su divina majestad,
obró con ella a su antojo,
y ella se deleitó con su amor
y le besó.
Con tal precedente, la princesa no podía por menos de resultar la perfección en persona. Según rezan las inscripciones, la princesa creció “… más y mejor que ninguna, superando en belleza a todas las demás. Su majestad la princesa se convirtió en una hermosa muchacha radiante de lozanía y juventud. Se real padre la contempla admirado de las cualidades divinas de su cuerpo y de su inteligencia. Y su majestad le dice: Ven, ¡oh tú! llena de gracia; te he tomado en brazos para que veas cómo se administra el palacio en el que desde ahora ocuparás el elevado lugar que mereces y te corresponde, y asumirás las nobles funciones propias de tu rango, tú la magnífica, encantadora y poderosa, para que puedas extender tu dominación a las Dos-Tierras, reducir a los rebeldes y aparecer aureolada de gloria en palacio, la fíente adornada con la doble diadema; a fin de que seas dichosa como heredera mía, hija de la blanca corona, ¡oh tú, la bien amada de la diosa Uto!”
Es imposible imaginarnos hasta qué punto debió de desarrollarse, con semejante letanía de elogios el orgullo y el espíritu de dominación de la heredera del trono. En aquel mundo joven y fabuloso, de supersticiones, de maravillosas construcciones artísticas y gigantescas, en el cual se rendía pleitesía a la belleza, el mito se mezclaba indisolublemente a los eventos más prosaicos de la vida cotidiana, ejerciendo poderosa influencia sobre todos los acontecimientos.
Harto conocida es la obra de esta reina. Baste decir la memorable expedición marítima al país del incienso (probablemente en la actual Somalia) y la construcción del maravilloso templo de terrazas de Der-el-Bahrí, que sabios americanos han dejado al descubierto y restaurado con grandes esfuerzos y sin reparar en gastos. Su reinado se caracterizó, entre otras cosas también notables, en que no hubo guerra alguna.
La política y la estrategia de sus predecesores habían logrado pacificar, o por lo menos estabilizar en cierto modo la situación en las provincias asiáticas y en los estados vasallos; pero no por eso dejaba de ser muy peligroso ese abandonarse temerariamente a los placeres de las artes de la paz y ofrecer a su padre místico — Amón — “un Punt en sus jardines tebanos, como él había ordenado, lo bastante grande para que la divinidad pudiera explayarse en él…” precisamente en una época cuando aparecían ya los primeros brotes de nuevas fuerzas que con dinamismo revolucionario e irresistible iban a modificar inexorablemente el orden mundial establecido.
Como la mayoría de las grandes soberanas de la historia, también esta mujer extraordinaria tuvo su favorito, al que entregó toda su confianza y muy posiblemente algo más. Se trataba de un hombre llamado Senmut o Senenmut, de origen modesto, hermano menor de su preceptor. Le confió no sólo la dirección de sus mayores empresas y el cargo de primer ministro, sino también la educación de su única hija, Nefrure, y ha pasado a la posteridad como genial constructor del santuario funerario de la reina en el grandioso circo rocoso situado al oeste de Tebas. Nada tendría de extraño que Senmut acariciara la esperanza de llegar a convertirse en príncipe consorte, e incluso de sentarse un día en el trono de Horus. ¿Por qué no?
Con mal disimulado rencor contemplaría Tutmosis — al cual se mantenía en jaque ocupado en tareas administrativas y religiosas subalternas — cómo se aprovechaban de su preponderante situación en la corte de la Catalina egipcia el propio favorito y su camarilla. Durante mucho tiempo debió de durar la lucha sorda, en la que se utilizarían todos los medios imaginables, entre ambos bandos, hasta que por fin puso colofón a tal estado de cosas la explosión elemental y destructora de las fuerzas acumuladas en la sombra por el león encadenado, cuyas garras no dejaron títere con cabeza.
Las huellas de la hecatombe de la que iban a ser víctimas la reina y sus partidarios, Senmut y toda su familia, con la servidumbre y los animales domésticos, así como la inocente hija de Hatsepsut, son todavía visibles a los que viajan por Egipto. Por doquier las estatuas y los monumentos de la soberana fueron sistemáticamente mutilados, sus inscripciones rascadas o simplemente destruidas. En Karnak se ocultaron con grandes construcciones sus obeliscos para que el pueblo los olvidara. En las estancias de su magnífico templo, metódicamente profanado, quedaron para siempre trazas de la saña destructora de los vencedores, los cuales parecen no haber tenido más objetivo que borrar para siempre de la memoria de sus ex-súbditos hasta el recuerdo de la reina, como si jamás hubiera existido. Esta explosión de odio debió de descargarse con la furia de un ciclón asolador sobre la aterrada corte.
En el invierno de 1927-1928, en el curso de las investigaciones realizadas en gran escala en la margen occidental de Tebas, en la región de Der-el-Bahri, bajo el patrocinio del Metropolitan Museum de Nueva York, el jefe de la expedición y egiptólogo eminente, Winlock, descubrió una cantera llena de admirables fragmentos de estatuas de granito rosa y caliza de la reina Hatsepsut. Habían formado antiguamente el adorno monumental del templo funerario de la reina y el irascible Tutmosis los había abandonado en este cementerio después de haberlos hecho estallar sistemáticamente por la acción alterna del fuego y del agua. A los artífices de esta ingente tarea de restauración, completada gracias a la colaboración de los conservadores del museo de Berlín, debemos un número considerable de estatuas que nos muestran a la reina de pie, sentada o de rodillas, algunas veces ofreciendo a los dioses un vaso sagrado, y también en forma de esfinge de granito rosa, de admirable hechura, siempre llena de energía y majestad.
Pero esto no fue todo, sino que otro descubrimiento más emocionante desde el punto de vista humano iba a recompensar los esfuerzos de los investigadores, los cuales encontraron también los cadáveres de la familia y de los servidores de Senmut.
Debajo del templo funerario de la reina dieron por fin con una cripta secreta destinada al hombre de su confianza y al que sin duda perteneció también su corazón.
Tiempos atrás había llamado la atención el hecho que su efigie se encontrase en los lugares sagrados habitualmente reservados a los príncipes de sangre real. Así, por ejemplo, en una capilla del santuario de Der-el-Bahri se le ve orando por su soberana y tampoco se le olvida en la conocida serie de imágenes de la expedición de Punt.
Ahora pudo comprobarse que llegó a poder aspirar a un lugar en el magnífico mausoleo destinado a la salud ultraterrena del alma de la reina, a fin de que uniendo para la eternidad su fuerza vital a la de ella, pudiera tener derecho a una parte de las preces y de los sacrificios ofrecidos a la soberana. Es de suponer que ella diera su consentimiento, pero el destino dispuso otra cosa.
El enojo de Tutmosis no permitió la terminación de la tumba que le estaba reservada al final de un largo corredor secreto.
Sus sarcófagos están destrozados y todo hace suponer que el cadáver ni fue embalsamado.
Hatsepsut se había hecho construir para ella dos tumbas en las montañas del Valle de los Reyes. Una de ellas fue descubierta el año 1916 por Howard Cárter al fondo de una hendedura formada por las aguas en la roca. Pero los ladrones de tumbas se le habían adelantado. Excavada a 43 metros de la cima de la montaña y a 73 metros de la vaguada, a media altura del murallón calcáreo, era prácticamente invisible. Arrancaba de la misma entrada un pasillo, obstruido por los escombros, que a los 18 metros terminaba en ángulo recto, y desde allí por un pozo poco profundo se alcanzaba una gran cámara mortuoria de 6 metros de lado, en la que encontraron un gran féretro de gres cristalino sin terminar, cuyas inscripciones indicaban que estaba destinado a la reina Hatsepsut. El nombre de ésta significaba “Cumbre de las mujeres nobles” y se le añadía el de entronización: “Makare” que puede traducirse por “Veracidad del rey solar”. Probablemente hiciera construir esta tumba cuando todavía era la esposa de Tutmosis II, pero más tarde, convertida ya en dueña absoluta y única de Egipto, encargó otra mejor, que hizo excavar, como los demás faraones a partir de Tutmosis I, en el fondo del Valle de los Reyes, precisamente en un recodo del camino que conduce a su santuario de terrazas, al otro lado de las montañas. Cárter descubrió también esta tumba, pero, como la anterior, la encontró vacía.
¿A dónde había ido a parar la momia?
En el templo funerario apareció tan sólo un cofre que contenía el hígado embalsamado de la reina. Tal vez la suya sea una de las momias femeninas inidentificadas, que en el transcurso de los turbulentos años de la XXI dinastía fueron secretamente llevadas, casi diríamos a granel, y apresuradamente emparedadas en una cámara de la tumba de Amenofis II. Entra también en lo posible que su cadáver fuera víctima de la venganza del gran rey y guerrero excelente, el cual, una vez libre de su rival, y con el camino expedito a sus grandes ambiciones, emprendió las campañas triunfales con las que conquistó para Tebas la hegemonía mundial.
En mi libro “El rey Ecnaton y la época de Amarna” ya he dejado constancia de lo que se sabe con certeza de la noble e inteligente reina Teya — madre de Ecnaton — y de la bella reina Nofretete, que iba a convertirse en favorita de todos los públicos. Si poseyéramos más detalles de la vida de la esposa principal de Amenofis III nos parecería todavía más fascinadora aquella época cumbre de la historia cultural egipcia. A pesar de que no era de sangre real, ni mucho menos, Teya supo no solamente ocupar dignamente el lugar que le correspondía por su matrimonio con el monarca, haciendo oír su voz en los asuntos dinásticos y del estado, sino que logró captarse la simpatía y el respeto de los grandes soberanos del Próximo Oriente. Sería por demás interesante conocer cuál fue su actitud ante las reformas religiosas propugnadas y finalmente impuestas por la fuerza por su hijo. Mucho se ha especulado sobre su visita a la nueva residencia creada por éste en Akhet-Atón (Amarna), sin que los historiadores hayan podido ponerse de acuerdo ni menos llegar a ninguna conclusión definitiva, a pesar de que, según Sharff, “la madre fue ardiente partidaria de la nueva fe preconizada por el hijo”. Es muy posible que esta visita respondiera más que nada a consideraciones de amor maternal hacia el soberano cuya situación precaria conocería. Ecnaton, que ya no podía confiar en sus propios súbditos, se veía obligado a rodearse, para su seguridad personal, de mercenarios extranjeros, y puede que con su visita la reina madre quisiera dar una prueba ostensible de que estaba al lado de su hijo y de que le apoyaba con toda su autoridad en aquellos momentos difíciles. Hasta qué punto estaba Teya acostumbrada a producirse con entera independencia, incluso dentro del matrimonio, dando rienda suelta a sus sentimientos y con qué carencia de prejuicios se desarrollaba la vida íntima de la familia real en casa de los padres de Ecnaton, se desprende claramente de una estela que dedicó a su esposo a la muerte de éste. En ella se representa al rey y a la reina tiernamente enlazados y ella misma precisa en la inscripción del monumento “que lo ha hecho erigir a la memoria de su querido hermano”. Sabido es que en el Antiguo Egipto los amigos o los esposos gustaban de darse mutuamente el título de hermano o hermana, sin que ello deba considerarse como prueba de parentesco.
Si hemos de dar crédito a las inscripciones grabadas en las estelas y en los altares contemporáneos de Nofretete, esta simpática reina rindió culto especial a la intimidad del hogar, pero, con todo, debemos tener presente que esta ponderación pública de la felicidad de la vida familiar respondía entonces, por decirlo así, al ideal oficial, dictado desde arriba y pronto se convirtió en una convención estereotipada. O sea que sobre el carácter y la vida personal de la esposa del enigmático reformador debemos contentarnos con suposiciones. Pasó, como otras madres antes que ella, por el trance de perder a un hijo y todo hace creer que debió de conocer horas difíciles causadas por el rigor con que Ecnaton sacaba consecuencias prácticas de sus principios religiosos. De ser cierto que fue ella — y no su hija casada con Tutankamon — la que al quedar viuda solicitó del rey de los hititas que le enviase a su hijo por segundo marido, tal gestión demostraría no sólo que nos hallamos ante una personalidad de carácter independiente y de entereza poco comunes, sino que corroboraría la tesis de los que creen que Nofretete no era egipcia. La deformación de la parte infero-posterior de la cabeza de sus hijas ha dejado de ser un enigma, pues ahora sabemos ya que durante el segundo milenio antes de Jesucristo era práctica corriente en Chipre la deformación artificial del occipucio de las criaturas. Pero con razón escribe Scharff que esto no es un indicio suficiente para inferir el origen de Nofretete.
En todas las imágenes que de ella poseemos, la esposa favorita de Ramsés II, Nefertari — la Naptera de los textos cuneiformes — nos seduce por su gracia femenina inimitable. Tanto si ella rodea tiernamente las piernas de las colosales estatuas sedentes de su marido, como si aparece en toda su majestad en las paredes de los templos, o pintada rogando a los dioses en las cámaras magníficamente decoradas de su tumba, el visitante se siente atraído por la nobleza digna y agradable que le es propia. Los artistas de la época realzaron sus atractivos coloreando ligeramente sus mejillas. Viste discreta y elegantemente. Como otras soberanas del Imperio Nuevo, intervino repetidas veces en los asuntos de estado y al firmarse la paz con los hititas, sostuvo amistosa correspondencia con la reina Hattusas. A su muerte, Ramsés el Grande, que contaba a la sazón 34 años, caso con la hija del rey hitita Hattusil. Hizo de ella su esposa principal y le dio el nombre egipcio de Maatnefruré.
La última, y al propio tiempo la más célebre de las reinas de Egipto — hemos nombrado a Cleopatra —, a la que nos complacemos en imaginarnos como una oriental carinegra, y a la que su célebre amante trata de “egipcia” y de “cíngara” en la obra de Shakespeare, era en realidad oriunda de Macedonia. El curioso perfil de la nariz en todos sus retratos parece denotar que procedía de Siria, tal vez de ascendencia seléucida. En todo caso, por tratarse de una griega podría quedar al margen de nuestro estudio.
Y, sin embargo, quizá le fuera indispensable el sol africano y el paisaje de las márgenes del Nilo para poder desplegar en todo su esplendor, y ponerlos al servicio de sus ambiciones políticas, sus encantos femeninos, servidos por una insaciable fuerza amatoria y por un innegable talento, todo lo cual contribuyó a convertirla en un trascendental fenómeno histórico.
De esta mujer extraordinaria, que logró seducir a César y a Marco Antonio, no poseemos ningún retrato fidedigno que ni por asomo refleje su hechizo irresistible.
El genio de Shakespeare la evocó en estos versos, en los que nos parece oír los elogios de aquellos bardos que con tanta elocuencia ensalzaban los encantos de sus soberanas:
La edad no puede marchitarla
ni la costumbre debilitar
la infinita variedad que hay en ella…
Las demás mujeres
sacian los apetitos a que dan pasto,
pero ella,
más despierta el hambre
cuanto más la satisface.
Y a las cosas viles tal atractivo infunde
que incluso en su lascivia
los sacerdotes la bendicen…











