LA TUMBA DE ALEJANDRO MAGNO

LA TUMBA DE ALEJANDRO MAGNO

EL suelo de Egipto no sólo produjo poderosos soberanos propios, sino que desde siempre ejerció un gran poder de atracción sobre los grandes personajes del mundo. El historiador moderno no puede recorrer el país sin que le salgan al paso las sombras de Cambises y el gran Darío, Julio César, Marco Antonio, Octavio y el último emperador europeo: Napoleón I.

En muchos aspectos la huella dejada por Alejandro Magno es la más profunda y prestigiosa, pues, en realidad, los Césares no hicieron más que seguirla, mientras que Alejandro señaló el camino a la expansión exterior del helenismo que trasciende y desemboca en el orden mundial de Roma hasta confundirse con él.

Tiene para nosotros un encanto extraordinario el seguir el rastro del león por estas tierras, pues su época intentó convertir en realidad el magnífico y fabuloso sueño de la historia que consistía nada menos que en la maravillosa unión de Oriente con Occidente.

Su influencia fue ciertamente mucho menor que la de los grandes faraones de las dinastías que durante milenios forjaron la historia del país mismo. En algunos lugares parece incluso haber desaparecido su recuerdo, pero de pronto surge bruscamente en forma de una moneda, de un documento escrito o de un fragmento de estatua.

Alejandro tenía 24 años cuando, el año 332 antes de J. C., empeñado ya en la conquista del mundo entonces conocido, se adueñó de Egipto después de las victorias de Gránico e Isos y de la rendición de Tiro y Gaza, antes de que cayera Gaugamela y todo el territorio allende del Indus.

Egipto no se defendió.

Fue tan grande la impresión que le causó este país que quiso ser enterrado en uno de sus santuarios.

El historiador Arriano, en cuya fidelidad y realismo podemos confiar, dejó constancia de los hechos memorables reseñados por Ptolomeo Lagidas y Aristóbulo y suyas son las líneas siguientes:

“Alejandro se dirigió hacia Egipto, cuya campaña proyectaba hacía tiempo, y siete días después de haber abandonado Gaza llegó a Pelusio donde ya le esperaba la flota que al mismo tiempo que él se había hecho a la vela desde las costas de Fenicia. El persa Mazakes, que gobernaba Egipto en nombre de Darío, conocía ya el resultado de la batalla de Isos, la vergonzosa huida de Darío y la ocupación de Fenicia y Siria y de la mayor parte de Arabia, y no disponiendo de tropas persas prefirió hacer al mal tiempo buena cara y acogió al conquistador con todos los honores. Alejandro estableció una guarnición en Pelusio y ordenó a la flota que remontara el curso del río hasta Menfis, mientras él tomaba a pie el camino de Heliópolis, y dejando el río a la derecha, alcanzó la ciudad después de atravesar el desierto, no sin apoderarse de las ciudades que encontró a su paso. Desde allí atravesó el río hasta Menfis, donde ofreció sacrificios a los dioses, sin olvidarse de Apis, y organizó competiciones gimnásticas y concursos artísticos, en los que participaron los atletas y los literatos griegos de su séquito. En Menfis embarcó con sus portaestandartes, arqueros y jinetes y mandó hacerse a la vela río abajo.

“En Canope dobló el lago María y luego desembarcó en el lugar donde hoy se levanta la ciudad que lleva su nombre. La situación le pareció muy apropiada para fundar allí una ciudad a la que auguró un brillante porvenir. Puso manos a la obra lleno de ilusión, trazando él mismo los planos de la ciudad, indicó el emplazamiento del mercado y fijó incluso el número de los templos dedicados a los dioses griegos así como el de la diosa egipcia Isis, completando la obra con el plano de las murallas.”

Después de mencionar una leyenda relativa a la fundación de la ciudad y luego de una digresión sobre la situación militar en las costas, prosigue Arriano:

“Luego se le antojó visitar Amonio, en Libia. Por una parte deseaba postrarse ante el dios cuyo oráculo — que se consideraba infalible—, había sido ya consultado por Perseo y Hércules; el primero cuando Polidecto le envió a combatir a las Gorgonas, y el segundo cuando se dirigió a Libia para luchar contra Anteo y Busiris, respectivamente. La ambición de Alejandro le llevó a considerarse descendiente de Perseo y de Hércules, al propio tiempo que hacía figurar a Amón entre sus antepasados, como la leyenda hace descender de Zeus a Hércules y Perseo. Así, pues, emprendió la marcha con su ejército hacia el Oasis de Amón para esclarecer su propio origen o por lo menos para poder decir luego que dios le había iluminado a este respecto.”

La marcha siguió hasta Paratonium, por un desierto no enteramente desprovisto de agua potable, a lo largo de un litoral de 1.600 estadios, si hemos de creer a Aristóbulo, y luego penetró hacia el interior hasta llegar al santuario de Amón.

“El camino atraviesa desiertos de arena sin agua. No obstante el cielo se mostró clemente y le envió lluvia en abundancia, lo cual se atribuyó, naturalmente, a la benevolencia divina. También se vio la mano de dios en el milagro siguiente: Cuando en aquellas regiones sopla el viento del Sur, las arenas cubren en seguida el camino tan completa y rápidamente, que el viajero no puede orientarse, pues no solamente desaparece todo rastro de las pistas, sino que cual si se caminara sobre el mar inmenso y llano, en parte alguna se divisa ni una montaña, una colina o un simple árbol que pudiera guiar al viajero como las estrellas del mar al navegante. El ejército de Alejandro tuvo que enfrentarse con una tempestad de arena y avanzar a la ventura durante cierto trecho, pues sus generales no estaban muy seguros de no haberse apartado de su ruta. Entonces, según nos cuenta Ptolomeo Lagidas, aparecieron dos dragones que rugieron avanzando a la cabeza de la tropa. Alejandro ordenó que se confiara en estos guías improvisados, sin duda enviados por la providencia, y gracias a ellos cubrieron rápida y seguramente el resto del camino hasta el oráculo, y del mismo modo regresaron luego. Por contra, según Aristóbulo y la mayoría de los demás historiadores, fueron dos cuervos los que guiaron a Alejandro volando a la vanguardia de su ejército. Está fuera de duda que la providencia se puso decididamente de su lado. Sólo queda por dilucidar el medio escogido por ella, pues las noticias, como vemos, son contradictorias.”

Si realmente hubo milagro, la versión de Ptolomeo es, según mi experiencia personal, la que más podría ajustarse a la realidad de los hechos, pues en el desierto de Mareotis y en sus aledaños tuve ocasión de ver repetidas veces grandes lagartos que, cuando se intenta capturarlos, se echan a correr lanzando gritos aterradores. Como no puede ponerse en tela de juicio la buena fe del realista e íntegro Lagidas ¡quién sabe si el fantástico fenómeno por él reseñado descansa sobre un hecho real, que pudiera muy bien ser la aparición de un par de saurios que se echaron a correr ante la tropa, cual si desearan mostrarles el camino del templo de Amón!

Pero volvamos a Arriano.

“El templo de Amón está emplazado en un desierto árido y sin agua. El santuario se alza en un oasis húmedo y fresco donde crecen en abundancia palmeras y olivares. El oasis alcanza, como máximo, una anchura de 40 estadios, y en ningún otro lugar se puede encontrar agua, con la particularidad de poseer un manantial único en el mundo. Véase sino: a eso de mediodía brota el agua tan fría que apenas puede beberse y menos inmergir en ella la mano, pero a medida que el sol va hacia su ocaso, va calentándose el líquido paulatinamente hasta alcanzar su temperatura máxima al filo de medianoche. Luego vuelve a enfriarse y este proceso se repite invariablemente todos los días. El subsuelo de la región contiene sal en grandes cantidades y los sacerdotes de Amón la envían a Egipto en cestas de hojas de palmera trenzadas para ofrecerla al rey y a los grandes personajes. Esta sal es de grano alargado, que a veces alcanza una longitud de tres dedos y más todavía, y además es transparente como el cristal. Los egipcios, así como los otros pueblos que dan importancia a los en apariencia más mínimos detalles del culto divino, se sirven preferentemente de esta sal gema en sus sacrificios, porque es más pura que la sal marina.

“Alejandro quedó asombrado del paisaje que se ofreció a sus ojos, consultó al oráculo y una vez hubo recibido las respuestas que esperaba, regresó a Egipto por la misma ruta. Pero Ptolomeo discrepa y asegura que se siguió otro itinerario.

“En Menfis le esperaban muchos enviados de Grecia y no despidió a ninguno de ellos sin haber accedido a sus demandas… Ofreció sacrificios a Zeus, y organizó un gran desfile de tropas, que fue seguido de manifestaciones deportivas y literarias. También sentó las bases de la nueva administración egipcia…”

Arriano despacha la narración del acontecimiento primordial del viaje al oasis de Amonio (hoy Siwah), las preguntas dirigidas al oráculo, así como las respuestas de éste, tan lacónicamente, que da la impresión de no querer profundizar en el asunto.

Encontramos muchos más detalles en Curtius Rufus, pero éste no somete sus referencias — cuando las cita — a ningún examen crítico. Sus fuentes de información son, a no dudar, las mismas de Diodoro de Sicilia, pues sus relatos se parecen como dos gotas de agua, incluso en los errores en que incurren ambos. Jamás parece haber parado mientes en investigar sistemáticamente el material histórico que tuvo a su disposición, antes bien “su intención era solamente divulgar para la posteridad con toda la extensión posible, las leyendas y las maravillas que le habían sido contadas sobre Alejandro y sus campañas, dejando todo lo demás al criterio del que leyere …”

El estilo del cronista delata la formación retórica del autor:

“Hacía tiempo que los egipcios, hostiles al poderío persa, cuya dominación arrogante y ávida soportaban de muy mala gana, habían puesto sus esperanzas en la llegada de Alejandro, hasta el punto que acogieron gustosos al tránsfuga Amintas a pesar de haber usurpado el mando supremo. Una gran multitud se congregó en Pelusio por donde se suponía que llegaría Alejandro.

“Siete días después de haber abandonado Gaza, llegó Alejandro con su ejército al lugar de Egipto donde se levanta ahora la ciudad que lleva su nombre. Allí ordenó a su ejército que se dirigiera a Pelusio, mientras él remontaría el curso del Nilo acompañado solamente de un pequeño séquito de soldados aguerridos. Pero los persas, a los que las deserciones habían desmoralizado, no esperaron su llegada para poner tierra por medio. Alejandro ya se acercaba a Menfis cuando Mazakes, general de Darío encargado de proteger la retirada de las tropas persas, atravesó el río en Kerkasorus y le hizo entrega de 800 talentos y de todo el tesoro de la casa real. Desde Menfis Alejandro siguió avanzando, también por el Nilo, hacia el interior de Egipto, y después de haber ordenado los asuntos egipcios sin variar en nada las viejas costumbres indígenas, decidió ir a consultar el oráculo de Júpiter-Amón.

“Ardua empresa la de abrirse camino entre dificultades sin cuenta, incluso para una pequeña tropa sin pertrechos de ninguna clase, en un país sin agua, pues no la había ni en el cielo ni en la tierra. Por doquier espacios desérticos inmensos donde el sol abrasaba el suelo y en medio de un calor insoportable, los pies se hundían en la arena ardiente que les quemaba las suelas y les impedía avanzar. Los egipcios les describieron la situación todavía peor de lo que en realidad era, pero nada pudo hacer desistir al monarca de su visita y se mostró inflexible en su decisión de consultar a Júpiter, pues no bastándole su condición humana, Alejandro aspiraba a indagar sus orígenes para asegurarse de que descendía de este antepasado inmortal.

“Por fin llegaron al lugar consagrado al dios. Aunque parezca increíble y por más que el santuario se encuentre en medio de un verdadero desierto, se halla completamente rodeado de tupidos árboles que no dejan penetrar los rayos del sol, y posee manantiales de agua dulce que brotan en muchos lugares y fecundan la tierra.

“Los habitantes del oasis, que se llaman amonitas, viven en tiendas aisladas y dispersas, y el centro del oasis, que está rodeado por una triple muralla, les sirve de refugio en caso de peligro exterior. El primer recinto defensivo rodeaba el antiguo palacio de los soberanos y en los demás vivían sus hijos, esposas y concubinas, y también el oráculo del dios…

“El objeto que allí se venera no tiene el aspecto que los escultores generalmente prestan a la divinidad, sino que se parece a un objeto de culto (omphalos) formado por esmeraldas y piedras preciosas.

“Cuando debe consultarse al oráculo, los sacerdotes lo llevan dentro de un navío de oro de cuyos lados cuelgan platillos de plata. Se les unen mujeres y muchachas que cantan una melopea sencilla y sin arte alguno, con la cual pretenden persuadir a Júpiter a que dé acertada respuesta.

“El más venerable de los sacerdotes entonces presente, acogió al macedonio llamándole “hijo mío”, y le aseguró que su padre Júpiter-Amón no le llamaba de otro modo. Y entonces Alejandro, sin acordarse de su personalidad mortal, replicó que con mucho gusto aceptaba el tratamiento. Preguntó luego si en el Libro del Destino había dispuesto su divino padre que él, Alejandro, como hijo suyo, reinaría sobre todos los países del universo. La respuesta fue afirmativa. Inquirió todavía si todos los asesinos de su padre habían expiado su crimen, a lo que el sacerdote respondió que ninguna mano criminal podía perjudicar a su padre y que los asesinos de Filipo habían sufrido todos el castigo; y añadió, para terminar, que Alejandro permanecería invencible hasta que fuese a reunirse con los dioses. Después que hubo ofrecido un sacrificio, distribuyó Alejandro preciosos regalos al dios y a sus servidores los sacerdotes, y permitió que también consultasen al oráculo sus acompañantes, los cuales se limitaron a preguntar si dios les aconsejaba que rindieran honores divinos a su rey y señor. “Esto también — dijo el sacerdote — será del agrado de dios…”

Y nosotros nos preguntamos ahora: ¿Acudió Alejandro al oráculo como creyente respetuoso o antes bien quiso solamente redondear ante los ojos del mundo su reputación divina y su gloria terrestre? Según otra tradición, el sacerdote que recibió al soberano en el atrio del templo penetró a solas con Alejandro en el interior del santuario, mientras que los demás tuvieron que permanecer fuera. Al cabo de poco salía Alejandro radiante y contó a los suyos que las respuestas del oráculo le habían satisfecho plenamente. Así se lo comunicó por carta a su madre, añadiendo que a su regreso le daría más detalles de su visita.

De Johann Gustav Droysen, al que debemos una magnífica Historia de Alejandro Magno, son los siguientes comentarios sobre este suceso memorable:
“Ésta y otras narraciones, que Alejandro ni confirmaba ni desmentía, sirvieron para rodear a su persona de un misterio y de un halo mágico que reforzaba la fe de los pueblos en su misión. A los helenos ilustrados y libres de prejuicios no iba a ofuscarles más este milagro que las palabras de Heráclito, según el cual “los dioses son hombres inmortales, y los hombres son dioses mortales”, pues en el fondo no era diferente del culto a los “héroes” rendido a los fundadores de colonias, o a los altares que dos generaciones antes habían sido dedicados al espartano Lisandro (¡e incluso entonces al Zeus Filipo!). ¿Cuál fue el motivo secreto que le impulsó a emprender la peregrinación a Amonio y cuál era su opinión sobre los acontecimientos secretos que tuvieron por escenario el templo? ¿Quiso gastarles una broma a sus contemporáneos o estaba convencido de lo que quería hacer creer al mundo?

” ¿Debemos admitir que Alejandro, cuyo genio era de ordinario claro y libre, que era siempre dueño de su voluntad, y que estaba siempre tan seguro de su poderío, conociera en su intimidad momentos de inquietud que le impulsaron a buscar a su espíritu un punto de apoyo y una confirmación sobrenatural a su misión terrena? Como vemos, se trata nada menos que de los supuestos previos, religiosos y morales, que presidían la actuación de su temperamento apasionado, es decir: de lo más recóndito que había en su grandiosa personalidad; podría decirse incluso de su conciencia misma.

“Para comprenderle bien sería preciso podernos situar en el interior del mismo Alejandro, siendo así que ahora debemos contentarnos con los fragmentos superficiales que de su vida y hechos nos han legado la historia y la tradición.

“Corresponde al poeta describir de tal modo los personajes por él creados, que a través de sus acciones y sufrimientos, como en una tela de fondo, se descubra la historia en la que se movieron. La investigación histórica sigue un proceso inverso. También trata de obtener una idea todo lo más clara posible y apoyada en textos irrefutables siempre que pueda haberlos, de las figuras a las que se concede una importancia histórica capital; observa en cuanto se lo permita el material de que dispone y fija las actividades, aptitudes, tendencias de dichas figuras señeras, pero jamás está en condiciones de poder penetrar hasta el lugar donde estos factores tienen su origen profundo, y de donde reciben su impulso.

“Pero para acceder hasta los arcanos del alma, y gracias a ello poder aquilatar la valía personal de determinados individuos, la investigación histórica carece de medios, de métodos y de competencia.

“¿Cuáles habrían sido las consecuencias para el mundo si Alejandro se hubiera encontrado repentinamente en Amón en presencia de una teología, de un simbolismo, capaz de realizar la Unión entre la certeza del más allá, de su tribunal y de su poder de transfiguración por un lado, y por el otro con la organización de la vida terrestre, con sus deberes y sus derechos, en una palabra: si hubiera sido una realidad la fusión del sacerdocio divino con la realeza humana?

“Monumentos de la más remota antigüedad faraónica nos hablan ya del “dios que se hizo dios a sí mismo, que existe por sí mismo, el único creador increado en el cielo y en la tierra, dueño del ser y del no ser”. Si hemos de dar crédito a una inscripción de la época de Darío II y a él dedicada, esta doctrina estuvo en boga durante muchísimo tiempo. En dicha inscripción se menciona a Amón-Ra como al dios que se engendró a sí mismo, que se manifiesta en todo lo que existe, que fue desde el principio de la eternidad y que continúa presente en todo cuanto persiste en el ser. Los demás dioses no son sino sus atributos, manifestaciones suyas. “Los dioses están en tus manos y los hombres están a tus pies; tú eres el cielo y eres el abismo; los hombres te alaban y ensalzan como al principio incansable e inagotable que se preocupa por el bien de todos, y ellos te dedican sus acciones.” Sigue luego la oración para el rey: “Haz que sea feliz ese hijo tuyo, el que está sentado en tu trono, y que se te parezca, y que reine como rey en todo el esplendor de tu gloria; y a semejanza de ti que difundes tus bendiciones cuando apareces como Ra, así hace el bien por doquier tu hijo Darío, que eternamente viva. Que el temor, el respeto y la gloria que te son debidos llenen el corazón de los hombres y de los dioses.”

Cuando los sacerdotes de Amón saludaron al Conquistador llamándole “Hijo de Amón-Ra”, por su boca hablaba todo el realismo de sus convicciones religiosas y el simbolismo profundo con que concebían su doctrina. Dícese que Alejandro escuchó atentamente las explicaciones del sacerdote Psammon, “el filósofo”, según el cual cada hombre es animado y dirigido por un dios, pues todo lo que en el hombre significa dominio y poderío es una cualidad divina. “Es cierto — respondió Alejandro — que dios es el padre común a todos los hombres, pero es igualmente cierto que dios ha escogido a sus hijos predilectos entre los mejores.”

Hasta aquí Droysen.

No puede haber duda alguna que la antiquísima denominación de “Hijo de Ra” con la que el gran sacerdote de Amón acogió al monarca en la puerta del templo era un título real aplicado tradicionalmente a todos los soberanos del Alto y Bajo Egipto, y por ende Alejandro tenía perfecto derecho a él, puesto que era dueño, por derecho de conquista, del trono de faraón, y como tal habíase dirigido al santuario de Amonio, filial del templo imperial de Amón, en Tebas. Se supone que el primer templo de Amón tuvo por fundador a Sesostris, y el macedonio fue acogido en todo Egipto como el nuevo Sesostris-Sesonkhosis, dueño del mundo.

Su filiación con los dioses del país fue solemnemente establecida y reconocida al sentarse Alejandro en Menfis en el trono sagrado de Ptah-Hefesto, revestido de las insignias y atributos de soberano egipcio: “el predilecto de Amón y amado por Ra”, así reza su nombre de entronización.

Puede que en Menfis se le ocurriera por primera vez la idea de querer asegurar a sus restos mortales el descanso eterno en la paz idílica de Amonio.

Ocho años más tarde, un cortejo solemne salía de Babilonia en dirección a Occidente, llevando el cadáver del amo del mundo.

Tiraban del magnífico carro funerario, profusamente adornado con pinturas y esculturas, 46 mulos en filas de a 4. En todas partes, a lo largo del trayecto, la gente llenaba las carreteras y todos contemplaban fascinados el imponente espectáculo.

El cadáver de Alejandro permaneció insepulto durante un mes en la antigua residencia babilónica, entonces persa, pues el inesperado y dramático fin del soberano sumió en tan horrendo desconcierto a su familia, a sus capitanes y a todo el ejército, que nadie pensó en darle sepultura. Asia, Egipto, el mundo griego de la cuenca mediterránea oriental, todo el imperio vaciló en sus cimientos, sacudido por los signos precursores de una tormenta sin precedentes que amenazaba destruir el orden creado por la espada del macedonio. Apoderóse de todos una desconfianza terrible. Los arsenales se vaciaron y por doquier estallaban o se temían motines y desafueros.

He aquí cómo pinta la situación Curtius Rufus, en el capítulo XXXI de los “Actos de Alejandro”:

“Hacía una semana que el cadáver del rey yacía en su féretro, pero preocupada la corte por las repercusiones de su desaparición, nadie había pensado en rendirle los honores propios de su rango. En parte alguna se deja sentir el calor con tanta intensidad como en Mesopotamia, hasta el punto que a menudo los animales que se exponen a los rayos del sol caen muertos al suelo, como tocados por el rayo; tan riguroso es el calor del sol y del aire que todo parece quemado por el fuego .

“Y con todo, cuando por fin llegó el momento para sus amigos de poder ocuparse de Alejandro muerto, se sorprendieron al ver su cadáver no solamente sin el menor asomo de descomposición, sino que no presentaba ni la más mínima señal de decoloración. Incluso su cara conservaba la misma expresión que en vida denotaba su grandeza de espíritu. De aquí que los egipcios y caldeos, a los que se encargó la preparación del cuerpo según los ritos de sus países respectivos, quedaron tan sorprendidos que empezaron por negarse… pues les parecía que el cuerpo respiraba aún. Acabaron cediendo, pero no sin antes rogar a los dioses que no les fuera tenido en cuenta, a ellos míseros mortales, lo que a sus ojos parecía un sacrilegio, y luego pusieron manos a la obra y purificaron el cuerpo, llenaron de perfumes el féretro de oro y colocaron sobre la cabeza del difunto el emblema de la dignidad real.”

De acuerdo con los deseos expresados en su testamento, de que quería ser enterrado al lado de su divino padre Amón, en su santuario de Libia, ya en la ciudad de Babel fue embalsamado Alejandro a la usanza egipcia y probablemente el emblema de la dignidad real de que nos habla el citado historiador no sea otro que la corona faraónica de Osiris. También la utilización de un sarcófago de oro recuerda los ritos fúnebres del antiguo Egipto.

Sea lo que fuere, la elección del lugar en el que iban a descansar los restos de Alejandro Magno era un problema de importancia capital, que como procelosa nube empezaba a cernerse, hundiéndolo en la oscuridad, sobre el destino mismo de todo el mundo helénico-oríental.

Quienquiera que tuviere la custodia de su cadáver legitimaba por este hecho no sólo sus pretensiones dinásticas de una manera incontestable, sino que ligaba la protección divina a sus empresas por audaces y remotas que fueren. Ningún amuleto podría compararse jamás al sarcófago que contenía el cuerpo del que Amón había reconocido por hijo suyo.

Parece ser que cuando todavía estaba Alejandro de cuerpo presente, Ptolomeo, el más activo e inteligente de todos los amigos y capitanes del gran macedonio, ya reclamó para sí el país del Nilo. Este general perspicaz conocía las ventajas incalculables de este país rico y tan fácil de defender. Era notorio que Alejandro había querido ser enterrado en el oasis de Amonio, y Ptolomeo aspiraba a ser su albacea y al propio tiempo el guardián del sarcófago de oro con la momia del soberano.

Pero el regente Perdicas debía tener buenos motivos al proponer por sepultura de Alejandro su Macedonia natal, más lógica y políticamente más segura. Fácil es suponer que las discusiones en el consejo de los dirigentes macedónicos debieron de ser violentas, de una virulencia desacostumbrada. Lo único que sabemos es que el consejo acabó por ordenar que el cadáver del soberano fuese trasladado al país de sus mayores y enterrado, según los ritos locales, en Aigai, capital de los soberanos macedonios.

Ptolomeo, que tenía de su parte el testamento de su jefe, se propuso cumplirlo a rajatabla, y a medio camino en el litoral mediterráneo atajó el cortejo y en su calidad de sátrapa de Egipto, con la complicidad o aquiescencia del alelado Filipo Arrideo, hermanastro de Alejandro, lo hizo dirigirse hacia el Valle del Nilo. La tendencia de los diadocos empezaba a prevalecer sobre el espíritu de unanimidad que hasta entonces había presidido todas las decisiones de la asamblea de generales y había perpetuado la unidad y el éxito de la política imperial. Ahora, las autoridades autónomas empezaron a querellarse entre ellas para atribuirse las mejores tajadas del inmenso imperio que se resquebrajaba.

Dice Arriano, citando a Photios:
“Arrideo, a quien había sido confiada la custodia del cadáver de su hermanastro, se dirigió desde Babilonia, pasando por Damasco, hacia Egipto, y a pesar de la oposición de Polemon, hombre de confianza de Perdicas, se reunió contra la voluntad de éste con Ptolomeo en el Valle del Nilo.”
Una inmensa emoción conmovió todo el imperio. Ptolomeo disponía del tesoro y era evidente que jamás lo soltaría ya. Séanos permitido dejar aquí la palabra a Ernst von Niebelschütz, quien ha tratado magistralmente el destino de Alejandro muerto:

“Sorprendidos nos preguntamos: ¿Qué significaba todo aquello? ¿Cómo explicarse que un cadáver, aun teniendo en cuenta la veneración de que había sido objeto el personaje en vida, pudiera dar lugar a tan terribles complicaciones bélicas? Bien mirado, la respuesta es sencilla si empezamos por admitir que aquel cadáver no era tal cadáver a los ojos de sus contemporáneos, ya que se le atribuían poderes mágicos sobre los que el proceso natural de descomposición había sido impotente. Recordemos que en ocasión de su famosa visita al oasis de Amonio, Alejandro se hizo rendir honores divinos por los sacerdotes de Zeus-Amón, los cuales le reconocieron y consagraron como representante en la tierra del dios supremo de la teogonía egipcia. En realidad, pues, el culto que ahora se rendía al cadáver real se explica solamente en función del carácter profundamente religioso de su campaña de Oriente. Cierto que nuestro doctrinarismo moderno no cree en este carácter de la campaña asiática, y se ciñe únicamente a las fechas de las batallas libradas, que de Gránico al Indo nos sabemos al dedillo, y en cambio hacemos caso omiso, o casi, de un fenómeno sin comparación mucho más importante: las frecuentes y a todas luces sistematicas peregrinaciones de Alejandro a todos los santuarios y oráculos del Oriente Medio. Diríase que la preocupación de Alejandro en su empresa contra los persas, no era otra que la de insuflar nueva vida a los dioses y a los hueros mitos griegos mediante su fusión con las antiquísimas fuentes de la sabiduría asiática. De ahí el endiosamiento, en apariencia carente de finalidad política, en el santuario de Amonio, y de ahí también la lucha encarnizada de sus capitanes para hacerse con el cadáver real. Era, en efecto, una verdadera cuestión de prestigio político-religioso, pues en este cuerpo, aparentemente sin vida, moraba ¡nada menos que un dios! He aquí la razón por la cual a los poderosos de entonces no podía serles indiferentes quien lo poseyera.

“Esta suposición nuestra se ve reforzada por un documento literario del siglo III de nuestra era, del escritor romano Claudius Aelianus, el cual en sus “Narraciones históricas” — que se han conservado intactas— cuenta lo que sigue:

“En todas sus campañas se hacía acompañar Alejandro por un mantis griego, por nombre Aristandro de Telmesos. Nuestro vocablo “mago” nos da sólo imperfectamente el significado de la palabra griega mantis; era antes bien una mezcla de adivino y de filósofo de primera magnitud, profundamente versado en todos los misterios y las ciencias místicas de la antigüedad, y que parece que después de la muerte de Alejandro pronosticó que los dioses bendecirían indefinidamente el país en cuyo suelo reposara el cadáver del héroe.”

¿Cómo no evocar a este respecto la antigua leyenda ática de Edipo, según la cual sería dichoso entre todos los países aquél que poseyera el cadáver del hombre de tal modo marcado por la voluntad de los dioses? Un oráculo, que el genio poético de Sófocles trató magistralmente en la tragedia “Edipo”, enaltece el bosquecillo de Colona como lugar colocado bajo la protección divina. Sea lo que fuere, la tumba de Alejandro era considerada por la mentalidad mítica de la época como sagrada y bienhechora, y Ptolomeo sabía bien lo que hacía cuando en Damasco se apoderó del sarcófago por la violencia y ordenó que el cortejo, modificando el itinerario, se dirigiera a Egipto.

Por de pronto Alejandro fue solemnemente enterrado en Menfis, donde más tarde se encontraron innumerables vestigios de su culto: estatuas incompletas, fragmentos de bajorrelieves, cerámicas pintadas, etcétera, que gracias a la estrecha colaboración entre ladrones de tumbas y anticuarios, han ido a parar a los museos y a las colecciones particulares. En Menfis permaneció el gran macedonio durante el reinado de Ptolomeo I, y es de suponer que dado el culto que se rendía al dios-rey se acumularía en aquel lugar un imponente tesoro arqueológico. Creemos que ya sería hora de que se investigara sistemáticamente lo que aún queda esparcido e ignorado. Muy posiblemente fuera Filipo Arrideo quien, entre otros templos, construyera, en colaboración con Ptolomeo — el cual entonces no era más que el sátrapa de Egipto, país que gobernaba en nombre de Filipo y del hijo póstumo de Alejandro con Rojana, princesa bactriana — el santuario de Hermópolis en el Egipto Central, donde fueron halladas grandes cantidades de estatuas de mármol muy idealizadas de Alejandro.

El rey Ptolomeo II Filadelfo, de la dinastía de los Lagidas, que sucedió a su padre en 305 antes de J. C., hizo trasladar a Alejandría — ciudad que más que ninguna otra ha inmortalizado su nombre — el cadáver idolatrado de Alejandro, que penetró con todos los honores en la ciudad por él fundada y a la sazón en pleno florecimiento económico y cultural.

En lo que atañe a los deseos expresados por el macedonio, de ser enterrado en el oasis de Amonio, ya no volvió a hablarse más del asunto. Era un tesoro demasiado precioso para abandonarlo así como así en pleno desierto. En Alejandría, límite divisorio entre Oriente y Occidente, se depositó el sarcófago en el mausoleo de un templo gigantesco “digno de la gloria y de la grandeza de Alejandro”, templo que era atendido por una comunidad religiosa dotada de privilegios y medios extraordinarios.

El año 215, durante el reinado de Ptolomeo Filopatos, empezó a construirse un nuevo y suntuoso templo en el que Alejandro reposaría definitivamente entre los miembros de la familia real. En el transcurso del tiempo fueron añadiéndose otras construcciones al mausoleo primitivo, hasta que esta imponente necrópolis de la casa reinante llegó a ocupar todo un barrio de la ciudad. Bajo este barrio se extendía un verdadero e interminable laberinto de galerías y cámaras secretas excavadas, a usanza egipcia, en una cadena de colinas para evitar las infiltraciones de agua, y peraltado el conjunto por un cono de tierra, que tal vez sirviera de modelo para el mausoleo romano de Augusto y su familia.

En lo sucesivo, durante varios siglos, la tumba de Alejandro constituyó, junto con el Serapeum, el centro religioso de aquel floreciente centro comercial. El aniversario de la muerte del conquistador siguió celebrándose solemnemente hasta bien entrado el siglo IV de nuestra era, cuando había caído ya en el olvido el culto a los difuntos de los Ptolomeos. La gloria del héroe griego había entrado a formar parte del patrimonio romano.

Siguiendo el ejemplo de Julio César, todos los emperadores que visitaron Egipto fueron a postrarse ante la tumba de Alejandro.

He aquí lo que cuenta Suetonio de la visita de Octavio — el futuro Augusto — una vez vencidos Marco Antonio y Cleopatra:

“Por aquel entonces contempló el sarcófago y el cadáver de Alejandro Magno que había hecho retirar expreso de la cripta, y le tributó homenaje colocándole en las sienes una corona de oro y cubriéndolo de flores. Al preguntarle luego sus acompañantes si no desearía también ver el Ptolomeum, respondió con desdén: Yo he venido a ver a un rey, y no cadáveres.” Del mismo biógrafo imperial son también las líneas siguientes sobre las excentricidades del vesánico Calígula:

“Se acostumbró a endosar los ornamentos triunfales incluso antes de iniciar la expedición y de vez en cuando también la coraza de Alejandro que había mandado retirar del sepulcro de éste…”

En ocasión de hallarse de paso por Alejandría, el astuto Caracalla, ferviente admirador e imitador irrisorio de tan grandioso modelo, pero que a pesar de sus extravagancias sin cuento fue uno de los últimos grandes cesares antiguos, dejó como ofrenda sagrada en la tumba de Alejandro todas las riquezas que llevaba consigo, incluso su propia túnica imperial.

Por cierto que los habitantes de la ciudad no se lo tomaron muy en serio que digamos.

Pero el sarcófago ya no era entonces el original de oro, pues encontrándose en apuros económicos, Ptolomeo XI lo había convertido en monedas de oro el año 80 antes de J. C. y había hecho colocar la divina momia en un féretro de cristal, de modo que ni a César ni a sus sucesores les fue dado poder contemplar el sepulcro del gran Alejandro en todo su primitivo esplendor.

Según la tradición, el africano Septimio Severo, que fue el único del continente negro que ocupó el trono de los cesares, hizo acumular libros de magia y papiros cubiertos de fórmulas esotéricas en la tumba “para que en lo sucesivo nadie pudiera ver la momia real ni leer aquellos textos ..”

“Cuando en las postrimerías del siglo III después de J. C. — escribe G. Weicker — en un intento desesperado e inútil se sublevó Alejandría contra la dominación romana, las construcciones de las necrópolis reales sucumbieron víctimas de la estrategia. Todas las entradas y las galerías de las criptas fueron cegadas y llegó a perderse de tal manera el conocimiento del lugar de su emplazamiento, que hacia el año 400 se preguntaba San Juan Crisóstomo con ironía:

“¿Dónde está la famosa tumba de Alejandro Magno? ¿Por qué no me la enseñáis?”

Pero en el pueblo perduró el recuerdo del valor religioso de aquel lugar que durante tantísimos años había sido objeto de culto, y se sabe que a principios del siglo V se edificó en aquellos lugares una capilla sepulcral para custodiar en ella las reliquias de los santos profetas Elias, Eliseo y Juan. El Islam veneraba allí en el siglo XVI la tumba del “profeta Iskander” y levantó a la memoria del gran Alejandro — que en la tradición islámica se confunde con el profeta Daniel — una mezquita grandiosa. No ya sólo bien entrado el siglo XVI sino incluso hasta nuestros días venera el Islam a su manera al poderoso “Iskander-el-Kebir”.

Es muy probable que el sepulcro de Alejandro y los de los Ptolomeos se encuentren debajo de la mezquita Nebi-Daniel, en el interior de una cadena de colinas, al sur de la calle Fuad 1.° que lleva por nombre “Kom-ed-Demas”, o “Colina de los espacios ocultos”.

El 1850 corrió la voz que en el curso de sus investigaciones arqueológicas por las tumbas subterráneas de la citada mezquita, el griego Ambrosios Schilizzi, funcionario del consulado general ruso, había logrado ver, a través de una grieta de los espesos muros, el féretro de cristal de Alejandro con los papiros que cubren la momia, pero que no había podido confirmar el descubrimiento ni sacar del mismo ningún provecho porque los guardias lo habían echado inmediatamente fuera a empellones.

Es archisabido que las grandes figuras de la historia reaparecen periódicamente en la fantasía popular. De Tiberio, el grande, solitario y difamado emperador romano, dícese que fue visto montando en caballo de bronce en las ruinas de su quinta de Capri por un mozalbete de la isla; y nada digamos de la leyenda de Barbarroja, cuya barba atraviesa la mesa de mármol de su sepulcro en las montañas de Kyffhäuser.

El afortunado arqueólogo Howard Carter, y más recientemente aún el sabio egiptólogo Dr. Ibrahim es Dessouki, intentaron repetidas veces conseguir licencia oficial para realizar excavaciones sistemáticas en Komes-Demas, pero la obstinada, y hasta cierto punto comprensible negativa del sector religioso islámico, unida a los inconvenientes de toda clase puestos por el Ministerio egipcio de la guerra, han sido causa de que hasta hora no pudieran salirse con la suya.

¿A quién le cabrá el honor de descubrir la tumba de Alejandro Magno?

Difícilmente podría concebirse que su cadáver se haya mantenido en relativamente buen estado al cabo de más de dos milenios. Pero para los alejandrinos la presencia del fundador bajo las ruinas de la ciudad milenaria tiene un valor espiritual mucho más alto que la posesión de unos restos que en nada podrían evocar la majestad del original.

Como ya dijo siglos ha Pericles en un discurso pronunciado en honor de los atenienses caídos por la patria:

“Los grandes hombres tienen por tumba la tierra entera…