LA TUMBA, APOSENTO DE GALA
SIN duda alguna, las cámaras que los antiguos egipcios se hacían construir para morada en el otro mundo, son las tumbas más confortables que uno imaginarse pueda. Incluso al visitante moderno le dan tentaciones de instalarse en ellas por algún tiempo.
Ningún olor a moho desprenden las estancias, que nada tienen de macabro ni de transitorio. Al contrario, el conjunto más semeja un hogar alegre y acogedor que invita a residir en él eternamente; una casa solariega para el difunto, pero sin nada en ella que recuerde a la muerte, con un portal y puertas bellamente decoradas, corredores, peldaños cuidadosamente tallados y cámaras claras, de armoniosas proporciones cuyos techos a menudo descansan sobre columnas o pilastras.
Y no olvidamos las magníficas pinturas murales, que merecerían capítulo aparte.
Sobre todo al que es sensible al hechizo de las artes le es difícil sustraerse al espectáculo que generalmente se le ofrece, pues a su alrededor, por medio del pincel o del cincel, se han representado para la posteridad, con una abundancia verdaderamente asombrosa, todos los detalles de una existencia terrestre feliz, a los que ni en el otro mundo se estaba dispuesto a renunciar. Quien hubiera podido suponer un momento que los antiguos habitantes del Nilo eran melancólicos y ascéticos, ajenos al amor de los placeres terrenales, cambia de parecer con sólo visitar una tumba egipcia de aquellas épocas.
Era costumbre reunir con antelación y con minuciosidad en esta última vivienda todo lo que en vida había rodeado al difunto moral y materialmente, de modo que éste se encontraba en el sepulcro en un ambiente agradable, lleno de todas las imágenes que durante muchos años le habían sido familiares y a las que su espíritu y su corazón tuvieron apego en vida. Solamente a la vista de esta serie de escenas de una vida alegre y despreocupada, es posible hacerse idea cabal de la humanidad profunda del Antiguo Egipto.
Este monumento al culto del recuerdo de un pueblo todavía en la infancia en toda su nobleza y gravedad, con su deseo ardiente, común a todos los mortales, de continuar en el más allá la vida terrestre habitual, perennidad que tan ingenuamente creían haberse asegurado, se revela ante nosotros, hijos del siglo XX, como una especie de cuento de hadas de claridad meridiana. Para Ludwig Curtius, estas pinturas murales cuentan entre los exponentes más concretos de la civilización. “En estas imágenes — escribe con razón — resplandece la vida humana por primera vez como una fiesta sin fin. Todo lo anterior a ellas es prehistoria. Si ahora queremos averiguar el origen de alguna técnica, de algún utillaje o de alguna costumbre de aquellos tiempos, debemos consultarlas, porque constituyen la enciclopedia más antigua del mundo; como una representación del primer gran domingo de la tierra, cuando el hombre echó una ojeada retrospectiva sobre la creación y el desarrollo de su cultura.”
A este juicio no le falta ni le sobra nada.
Gracias a esta proyección del hoy eterno en el mañana incierto, de la superabundancia dorada del mundo en las pálidas tinieblas de ultratumba, se logra en cierto modo una primera victoria sobre la muerte. Jamás pueblo alguno supo, como el egipcio, despojar a ésta del terror que inspira. La mayoría de los demás se refugiaron en la metafísica, y renunciaron a lo que era mortal, y por ende perecedero, para aferrarse a la especulación abstracta, a su propia concepción de la fe. No es que el egipcio no supiera de decadencia y de descomposición, pero no se dejaba arredrar por ellas, y tan pronto como la muerte había completado su obra, él intervenía resuelto, metamorfoseando el cadáver en algo bello e incorruptible y transformaba la cámara efímera en morada espléndida para la eternidad.
El empeño que puso el rey Djoser en convertir los edificios que rodeaban su residencia habitual en una morada imperecedera para poner más en evidencia su inmensa tumba escalonada, contribuyó poderosamente al desarrollo de la arquitectura de piedra.
Y, en verdad que sus esfuerzos no fueron vanos, puesto que los recursos empleados nos permiten todavía hoy participar en una vida vivida hace varios milenios.
Uno de los encantos de la escritura ideográfica del antiguo Egipto radica en que nada encontramos en ella que nos resulte completamente extraño e inasimilable, como es el caso, por ejemplo, de la escritura cuneiforme del Asia Anterior o de los caracteres paleo-americanos. Es incluso humana cuando quiere expresar algo terrible y no da nunca la sensación de sombría y de bárbara. En sus mismas imágenes exóticas hay algo que nos es accesible, con lo que pronto se familiariza quien las estudia de cerca, igual que nos sucedía con las narraciones fantásticas de nuestra infancia. Posee ciertamente elementos extraños y fabulosos en abundancia, pero no nos asustan. Lo elemental y primitivo, insondable y enigmático, se nos aparece en forma suavizada por la expresión y comprensible a nuestras mentes modernas. Las fuerzas primitivas que en otras latitudes se encarnaron en forma de aspecto feroz y demoníaco, aquí florecen en símbolos armoniosos y humanos, cuya autenticidad decorativa y serena nos alegra y tranquiliza.
Es muy instructivo a este respecto el comparar los monumentos de los pueblos vecinos del Asia Anterior con los del antiguo Egipto. De origen muy similar, las divergencias se acentúan rápidamente en las creaciones de las dos civilizaciones a medida que con la evolución dinástica se afirma el carácter nacional. Así, mientras en la primitiva Babilonia se representa a las temibles potencias infernales con fantasía conmovedora y vivaz, mientras Mitani y el país de los Hititas fabrican ídolos diformes, cuya sombría amenaza actúa como una pesadilla sobre el alma de los fieles, y los admirables bajo-relieves asirios rezuman la crueldad de un pueblo guerrero que ignoraba la piedad, Egipto renuncia a los efectos terroríficos ya desde la época de la construcción de las Pirámides. En su lugar surge en lo sucesivo una ideografía serena y radiante. Para convencerse de ello basta seguir la evolución de la imagen del león como tema plástico. El Egipto arcaico coincide todavía con el Próximo Oriente en la interpretación de este tema representando al gran felino real con las fauces amenazadoras y agitando el rabo convulsivamente. A partir de la época predinástica se opera un cambio y la imagen de la bestia rugiente cede el paso a la noble majestad del rey de la selva, en este caso del desierto. Desde entonces, con una indiferencia soberana desliza el animal la mirada sobre todas las cosas como sin verlas. Y no es que con ello disminuya la grandeza de lo insondable y del carácter personal de la criatura, porque incluso en actitud de reposo las formas se adivinan elásticas y los órganos de percepción siempre dispuestos a ordenar el brinco decisivo. Pero toda crueldad salvaje ha desaparecido ante el secreto encanto que caracteriza todo el arte egipcio.
Es en esta dignidad, en este dominio espiritual sobre la fuerza bruta que se anuncia todo el clasicismo que Egipto está destinado a proyectar en la antigua cultura mediterránea y por ende en Europa. Permítasenos darle el nombre de protoclásico. A pesar del exotismo de su mitología y de su concepción del mundo, nos sentimos vinculados a esa civilización y si los indicios no engañan, cuanto más evolucione la civilización europea, tanto más notará sus orígenes egipcios.
Esta proximidad del arte egipcio en parte alguna es tan evidente como en estas tumbas acogedoras. Escuchemos a los bienaventurados propietarios, cuyas palabras confirman que estamos en lo cierto: “Agrégate al festín en la casa de la beatitud que te has construido en la ciudad de los muertos.”
Esta inscripción figura en la tumba del pesador de granos Djeser-karé-seneb de Tebas. En parte alguna del mundo se inscribieron semejantes invitaciones en las tumbas.
Alegrarse el corazón; ver y oír siempre algo bello,
declamaciones, danzas y cánticos,
cubrirse de mirra, perfumarse con aceite,
Oler flores de loto,
disponer de pan, cerveza, vino y dulces…
Con estas palabras las hijas adolescentes del visir Rekhmara ofrecen a su difunto padre los dones prescritos por el culto de la diosa del amor.
La insistencia en presentar el acceso a las esferas de ultratumba, la entrada triunfal en la “morada eterna”, como algo agradable y deseable, recuerda el método psicológico Coué.
En numerosas inscripciones funerarias se implora de Anubis “el primero entre los dioses y señor del cementerio” un “hermoso entierro”. De los muertos se dice “que emigraron hacia el Oeste”.
Para animar al propietario de la tumba se le dirige este brindis:
Toma y bebe;
celebra este hermoso día,
de la mano de tu esposa Henut-nefert
en tu casa de la eternidad.
He aquí para ti, a quien honramos,
una túnica blanca,
aceites para la espalda
y coronas para el cuello,
para llenarte la nariz de salud y de vida
sobre el cráneo la mirra
que te envía Amón-Re.
Celebra este bello día
en tu casa de la eternidad.
En la inscripción de la estatua de un sacerdote de Amón, en Karnak, la viuda expresa su amor inalterable en estas palabras:
Vamos a vivir juntos
pues la divinidad no pudo separarnos.
Te creo vivo y no me apartaré de ti,
a menos que te cause hastío mi presencia.
¡Permanecer ociosos todo el día
sin que nada malo nos suceda!
Hemos alcanzado el país de la eternidad
para que nuestros nombres no caigan en el olvido.
¡Qué maravilloso es el tiempo
cuando se disfruta de la luz del sol
de la eternidad
como amo y señor del cementerio!
¿Para quién eran tales palabras, para los vivos o para los muertos? ¿Se dirigían a los dueños que ya en vida acostumbraban a reunirse en determinados días de fiesta en aquellas tumbas magníficas, o bien a los mismos difuntos eternamente presentes? La vida y la muerte, esta vida y la otra, fluyen juntas suavemente, se entrelazan y confunden maravillosamente como en las impresionantes y nobles imágenes de las urnas funerarias de la Atenas clásica.
Sólo cuenta el goce inmediato, como si hubiera desaparecido toda diferencia, toda división entre el presente y el futuro, y se borrara la noción del tiempo que es ilusión y sueño.
Son sobre todos los dos extensos cementerios del desierto de Sakara y Tebas, característicos de dos épocas distintas e importantes, los que con sus conjuntos de quintas fúnebres impresionan más al visitante. El inmenso cementerio de Sakara, destinado a los muertos de Menfis, capital del Norte, es un exponente, por la clase de tumbas que contiene, de toda la historia de Egipto, pero la más fuerte impresión la causan las tumbas del Imperio Antiguo construidas para los altos funcionarios de los reyes constructores de las pirámides de las dinastías V y VI. En la necrópolis de la capital del Sur puede pulsarse todavía la vida coloreada y delirante del Imperio Nuevo. En Tebas, la ciudad de las cien puertas, nos sentimos transportados en el ambiente acogedor y estimulante del período de la hegemonía mundial. En Sakara domina el relieve con todo el despliegue maravilloso de su encantadora ingenuidad, patrimonio exclusivo de los tiempos primitivos. En las tumbas de Tebas deslumbra la viveza, el vigor y la naturalidad de las pinturas, aunque tampoco falten los bajo-relieves, de modo que el alma popular del Antiguo Egipto se manifiesta en los cementerios de ambas capitales, bajo sus dos formas más esenciales, separadas en el tiempo por un milenio que los egipcios consideraban como el período clásico por excelencia de su cultura. De ninguna otra época poseemos un conjunto de construcciones funerarias más homogéneo. Para hacerse una idea de la inspiración arquitectónica del Imperio Medio es preciso visitar las instalaciones funerarias de los reyezuelos de Beni Asan, Asuán y Kau el-Kebír. Pero muchos de sus maravillosos monumentos han sufrido desperfectos de consideración, fueron destruidos, ennegrecidos, desfigurados o perdieron el color, como en Amarna, cuyos muros hablan del culto del dios-sol Atón y de la familia del rey reformador Ecnatón. Por contra, en Sakara y en Tebas no son pocas las tumbas en las que los siglos no han dejado huella alguna de su paso destructor. Se observa todavía la marca del cincel tanteando la piedra, la gota que ha sobrado al solidificarse la pintura, el trazo finísimo del dibujo en lápiz que debía ser reseguido por la pintura, y el cuadrilátero que sobre las paredes debía asegurar la justa repartición de las figuras del esbozo. Paredes, columnas y techos brillan con la espectacular elocuencia de sus manifestaciones decorativas.
Tentados estaríamos de decir que todavía huele a barniz y a pintura fresca. Tan sólo los murciélagos han dejado, en los lugares adonde pudieron penetrar, huellas de sus deyecciones y con sus garras han arañado las enyesaduras y las pinturas.
Mientras que la piedra caliza en la que se esculpieron los grupos de bajorrelieves de un Ti, de un Ptahhotep, de un Mereruka o de un Kagemni en las cámaras fúnebres de Menfis, es de admirable calidad, la de los campos sepulcrales del oeste de Tebas se presta sólo parcialmente a la decoración escultórica mural. Está atravesada por venas de calcita o de cuarzo, es muy salífera y quebradiza, conteniendo, además, núcleos de sílice. Por esto en la antigüedad se acostumbraba a revestir los muros tallados en la roca con lodo del Nilo y paja, y una vez aplanado se recubría con una fina capa de yeso. Luego, sobre ésta, se bosquejaba el fresco, generalmente en casillas geométricas, en las que las figuras eran dibujadas linealmente con pinceladas, decididas pero ponderadas, antes de aplicar el detalle de los colores.
Los artesanos de la ciudad de los muertos, cuyas estancias de paredes tan extraordinariamente altas, se conservan todavía en Der el-Medina ciertamente no soñarían con legar un nombre de artista a la posteridad, como tampoco lo pretendieron los decoradores de jarrones de Ática. Acostumbraban a realizar la tarea de prisa, a veces demasiado de prisa, y con escaso esmero, y sería un error el atribuir a sus obras una importancia artística exagerada. Es sobre todo en el campo de la historia de la civilización y de la historia de la humanidad en general que su testimonio es capital, por cuanto refleja una época que cada día presenta más afinidades con la nuestra, pues en experiencia y exposición, está íntimamente vinculada al país que fue
el ideal de nuestra infancia, esta infancia que adoptó, porque las ha comprendido siempre con facilidad, las imágenes del Antiguo Egipto y se ha sentido atraído por ellas.
Estas series de imágenes nos ofrecen, además de su originalidad y valor artístico intrínseco, un ejemplo, simplificado por la distancia, de las corrientes y transformaciones dentro del gran río de una tradición artística que, extendiéndose a lo largo de tantísimos años, forman un conjunto armonioso y único en la historia. Gracias a él seguimos paso a paso el fenómeno cultural de una evolución milenaria cuyo ritmo evidente nos permite penetrar en los secretos de otras civilizaciones.
Sin solución de continuidad pasamos de las manifestaciones frías y un tanto austeras de los comienzos de la XVIII dinastía al clasicismo todavía algo rudo de la época de la reina Hatsepsut; del refinado esplendor y de la madurez de los días de Tutmosis IV y de Amenofis III a la seductora decadencia de Amarna; de los inicios del clasicismo decadente bajo Seto I a la severidad de las formas y de los colores característicos del reinado de Ramsés II. Y con el amaneramiento vacío de la época postramesiana abarcamos un fragmento inmenso de historia y del destino de un gran pueblo .
¡Cuán poco cuentan, en vista de ello, la mayor o menor perfección estética ante un conjunto tan completo e interesante de la historia de la civilización egipcia!
A medida que la tumba del soberano va tomando poco a poco la forma de pirámide, también aumenta la importancia de las tumbas de los nobles y de los altos funcionarios de la corte del faraón, las cuales toman el aspecto de monumentos grandiosos recubiertos de bloques lisos de piedra caliza. En largas avenidas acertadamente orientadas se alinean estas tumbas, parecidas a mesas de piedra, conocidas con el nombre árabe de Mastaba (que así se llama el banco de los mercados en el barrio del bazar), alrededor de la tumba en la que el hijo del sol espera reunirse con su divino padre. La cámara destinada a recibir el sarcófago está cavada en la roca viva bajo la superestructura rectangular. Una apertura vertical, un pozo, permite llegar a la cámara, que a veces está situada a 40 metros de profundidad, y aun cuando en principio tuviera por finalidad asegurar la comunicación del alma del difunto con el mundo de los vivos, en realidad se obstruía con grandes bloques para impedir las incursiones de los ladrones de tumbas. Pero el objeto de la cámara era no solamente proteger el cadáver: era también el lugar donde se depositaban las ofrendas y se recitaban las oraciones indispensables a la salud eterna del alma del difunto. A este fin, en cada mastaba se reservaba un espacio determinado. El sacerdote debía mirar en la dirección del imperio de los muertos, hacia la salida falsa ricamente encuadrada que al efecto se construía del lado de Occidente. Esta llamada “puerta falsa”, sobre la que se inscribía, además del nombre del difunto, el texto de las oraciones sagradas, se practicaba antiguamente al exterior de la parte oriental de la superestructura, y generalmente se construía delante una pequeña cámara de ladrillos dentro de la cual se desarrollaban los ritos fúnebres. Más tarde fueron introducidas algunas modificaciones en esta simple instalación. Se excavó una cámara suplementaria en el mismo cuerpo de construcciones, generalmente del lado sudeste, y la puerta falsa, con las inscripciones, se encontraba al fondo, hacia Occidente.
Para contener las sucesivas fórmulas funerarias, al núcleo primitivo de la mastaba se le añadieron, durante las dinastías V y VI, otras cámaras magníficamente decoradas. Así el dueño de la tumba disponía de una verdadera residencia cuya opulencia sorprendía al visitante moderno acostumbrado a los pequeños pisos de ciudad. Entre todas las tumbas que se conocen, se lleva la palma la de un noble llamado Mereruka, con 31 cámaras y pasillos.
A partir de la IV dinastía, además de la cámara indispensable de los sacrificios, la tumba posee una habitación especial que contiene la estatua del difunto y algunas más pequeñas para los que serán sus servidores. No es raro que, por una pequeña rendija abierta en la pared, comuniquen ambas cámaras y por ella penetra el incienso, la fragancia de los sacrificios y el rumor de las oraciones para que a voluntad pueda captarlos en todo momento la imagen de piedra del dueño, cuya mirada brillando en la oscuridad incierta impone respeto y temor a sus parientes que ocupan la mesa de los sacrificios.
Las tumbas particulares de Tebas son de una concepción distinta. Por un antepatio, cuya portada aparece a veces decorada con motivos arquitecturales y figurativos — muy posiblemente en un principio estuviera adornada con plantas y flores también — se pasaba a un vestíbulo oblongo provisto a menudo de columnas y pilastras, para entrar luego en un corredor estrecho y profundo donde se encuentra una hornacina destinada a las estatuas, generalmente talladas en la toca, del dueño de la tumba y de sus parientes más queridos. En algunos casos el corredor acaba a derecha y a izquierda en sendas cámaras de reducidas dimensiones, de modo que el conjunto adopta la forma de una T cabeza abajo. La entrada se halla siempre en el centro del lado más ancho del vestíbulo.
No hay duda que esta disposición del edificio debió de corresponder a la de las viviendas egipcias.
Tampoco es arbitraria la distribución de los motivos murales.
Como el emplazamiento y la forma de la tumba dependían a menudo de la benevolencia o del capricho del faraón, en las tumbas tebanas de los altos funcionarios la majestuosa imagen del soberano en todo su esplendor era entronizado en el lugar más visible para el visitante en las paredes de la sala oblonga, a derecha e izquierda del pasillo de la hornacina. A cada uno de los lados se representa al difunto en el ejercicio solemne de sus funciones, introduciendo, por ejemplo, a los emisarios extranjeros portadores de regalos, vigilando los trabajos públicos, reclutando tropas o entre soldados de maniobras.
La pared de la entrada se reserva a las escenas de la vida doméstica.
A bordo de un ligero bote, el amo, rodeado de sus familiares, se abandona a los placeres de la caza o de la pesca, observa interesado los trabajos de la cocina y de la granja, admira la riqueza de sus campos ubérrimos de cereales y de sus rebaños y brinda a sus amigos un festín en el que artistas esbeltas bailan al son de sus propios instrumentos.
En las paredes del corredor que conduce a la primera cámara funeraria le vemos, al lado de su esposa, contemplando la salida o la puesta del sol. Los frescos de las superficies estrechas del ancho vestíbulo están cubiertos de grandes estelas funerarias que representan a los miembros de la familia rezando. En la estela de la derecha se inscriben generalmente los votos de felicidad eterna a la intención de las personas enterradas en aquel recinto, y la de la izquierda refiere la vida del jefe de la familia.
Las pinturas del corredor de las estatuas, de un realismo abrumador, nos hacen asistir a las diversas fases de la ceremonia fúnebre. En barcas del Nilo, tripuladas simbólicamente, se llevan el cadáver amortajado en un catafalco hacia Abidos, el santuario de Osiris, dios de los muertos, ante el que debe presentarse el alma del difunto, para fundirse con él según la aspiración más profunda de la religiosidad egipcia. Cargado de flores y de frutos, el cortejo fúnebre acompañaba el féretro de la momia y las urnas que contenían las entrañas del difunto “hacia Occidente” hasta el umbral de la tumba. Allí se depositan las ofrendas, mientras que un grupo de plañideras, desgreñado el pelo, cubiertas de ceniza la cabeza y con los pechos al aire, agitaban los brazos en movimientos apasionados, bañadas en llanto, y lanzando los mismos alaridos salvajes que todavía se oyen actualmente en todo el Egipto. También se representaban tradicionalmente la purificación ritual del muerto por aspersión de agua de la mano del sacerdote y la apertura, también ritual y simbólica, de la boca y de los ojos de la momia colocada en posición vertical; la comida del difunto y por fin el festín funerario colectivo de los vivos. Con harta frecuencia siguen a estas imágenes otras escenas piadosas que expresan ingenuamente la alegría de vivir que el mismo cadáver parece compartir, embalsamado, vendado y recubierto con la máscara.
Finalmente los cabios eran consagrados al culto de los dioses familiares de Osiris. Allí adoraban, el difunto y los suyos, al juez supremo de ultratumba “cuyo corazón no late”, a Osiris, el cual, a tenor de la confesión de los que ante su trono comparecían, asignaba a cada uno su lugar en el otro mundo, así como al fiel Anubis, a quien se confía la custodia del escriño donde se guardan las substancias de embalsamamiento.
Aún cuando las imágenes del tiempo de las pirámides, llenas de vida y de frescor, en más de un aspecto se diferencian de las del Imperio Nuevo — el cual debe ser considerado como el tercer gran apogeo de la civilización egipcia — tienen un rasgo en común: la alegría silenciosa y enternecedora ante la diversidad y el esplendor del mundo visible. Es el himno de gracias de un pueblo sensible a los placeres de todos los sentidos, una cantata sin igual al alcance de todos los que sienten la belleza de la vida y del universo; un canto que significa: “Venga lo que venga, ¡qué bella es la vida!”
Ciertamente, el ímpetu del orgullo humano nos habla intensamente en este monumento recordándonos la grandeza de una época extraordinaria, orgullo por otra parte tan radiante e incomparable que tal vez solamente Hornero pudiera imaginar otro igual, y sólo él hallará acentos tan universales para cantarlo e inmortalizarlo. El fervor de la expresión nimba los más pequeños detalles y gestos de la vida con una aureola mágica, por más que parezcan extraños a nuestro mundo habitual. El arado del labriego abre surcos en la capa dura de cieno, el azadón desmenuza completamente la gleba, y bueyes de cuernos amenazadores hunden bajo sus pies la simiente en la tierra feraz. Antes de que la cosecha llegue a madurez, los labriegos y sus mujeres se entretienen hilando el lino. Luego viene la siega y la hoz más que cortar arranca las espigas del tallo. En grandes vasijas se lleva el grano a la era, donde se aventa antes de depositarlo definitivamente en los silos. Pero lo que más atrae la atención son las escenas de la vendimia. Abultados racimos azul oscuro lucen entre una confusión de hojas, los viñadores revientan la uva bajo sus píes desnudos en los lagares de piedra y se mantienen en equilibrio agarrándose a las correas que penden del techo. Finalmente se precintan las grandes jarras con el sello del viñedo.
En las cámaras mortuorias de Tebas alternan estas escenas bucólicas de un tiempo casi inmemorial con cuadros históricos y políticos instructivos de pueblos extranjeros. El personaje principal en los siglos XV y XIV a. J. C. ya no es el gran terrateniente, sino antes bien el militar o el diplomático exótico. Con paso comedido y noble avanzan el cretense de anchas caderas, el asiático con perilla, envueltos en ropajes abigarrados, y el nubio de cabellos crespos, mostrando los presentes que traen de sus lejanas tierras: vasos preciosos con extraños adornos, cueros trabajados, bálsamos y perfumes escogidos y misteriosos; madera de ébano, colmillos de elefante, plumas de avestruz y oro en polvo en bolsas o fundido en anillos. Como botín o regalo del Norte aparece el caballo pequeño de lomo extraordinariamente hundido, y con él el carro de combate ligero y rápido, que diera un nuevo impulso y un aspecto diferente a las campañas guerreras del Antiguo Oriente, a partir de las invasiones de los pueblos indoeuropeos. La elegante concepción del vehículo, que tiene abierta la parte posterior, y en realidad consiste únicamente de un fondo y de barandillas laterales para agarrarse, lo que permite montar y saltar de un brinco, habla de una larga experiencia en el arte de la guerra. Su armamento sigue siendo el largo carcaj repleto de flechas, tanto para la caza como para la guerra.
Grupos de exquisitas pinturas tebanas ilustran el refinamiento progresivo de la alta sociedad egipcia. Desde siempre los antiguos egipcios entendieron de diversiones. Ya en la tumba de Mereruka, que se remonta a la época de las pirámides, encontramos al dueño del lugar echado voluptuosamente en el lecho, empuñando un delicado mosquero de piel de zorro, junto a la favorita que le deleita con su música preferida. Más tarde, bajo el reinado suntuoso de un Tutmosis o Amenofis, hallamos reunidos, en las tallas de cedro de ricos sillones, a damas y a señores sentados a la mesa y en alegre camaradería. Ataviados todos a la moda de entonces, sus vestidos, del mejor lino, se ciñen estrechamente a las formas del cuerpo o las envuelven holgadamente en numerosos pliegues.
Sobre las pelucas de ceremonia, artísticamente trenzadas, se funde lentamente el cono de bálsamo que empapa de suave perfume el cabello y hace transparente la piel de las mujeres hasta la cintura. Escuchan el concierto y se deleitan contemplando las evoluciones de bailarinas indígenas o exóticas que por todo vestido llevan un simple cinturón alrededor de las caderas. Bajo el sillón de la dueña de la casa, el gato preferido o un mono domesticado se regalan con los exquisitos bocados que caen de la mesa abundantemente servida.
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Tampoco faltan escenas de tertulias femeninas. Las señoras son atendidas por muchachas frágiles y desnudas que las peinan, las visten y les prenden riquísimas joyas. Forman pequeños grupos íntimos, aplauden y acompañan con sus cantos las manifestaciones musicales, y cambian entre ellas los frutos de mandrágora, afrodisíaco conocido y muy apreciado.
Entre los invitados encontramos, sobre todo en la época del rey Tutmosis IV, y luego otra vez a principios de la XIX dinastía, bajo Setos I, a personajes de noble porte y de maravilloso atractivo. La majestad, el donaire que son característicos del arte egipcio y que encuentran su más alto grado de expresión en el ideal de belleza femenino, que subsistió indiscutiblemente hasta la época etíope, se combinan aquí en un hechizo nada fácil de describir, completamente a tono con el encanto del lirismo de las composiciones poéticas que de aquella época han llegado hasta nosotros.
… dechado de virtudes, la de la tez radiante,
y ojos bellos y claros.
Sus labios se abren suavemente
y es discreta en el hablar…
Tiene el cuello alto y grácil, el pecho deslumbrante,
y el pelo de auténtico lapislázuli;
los brazos, cuyos dedos semejan pétalos de loto,
tiene más bellos que la misma diosa del amor.
La cintura estrecha y fuerte de caderas,
con unos muslos que rivalizan de belleza;
de noble porte, cuando toca el suelo,
con un simple ademán robó mi corazón.
Todos los hombres se vuelven para contemplarla
cuando abandona su morada,
pensamos que no hay otra igual.
En estas preciosas figuras femeninas radica la gracia y el equilibrio clásico que distingue a las obras maestras del antiguo Egipto de las del Antiguo Oriente, y en ellas se prepara ya misteriosamente el advenimiento de nuestro arte occidental.
Con mirada amorosa, a la vez viva y tierna, como solamente supieron hacerlo los griegos y los pueblos del Extremo Oriente, los artistas egipcios captaron a la vez lo esencial, lo accesorio y lo accidental. El artesano elevó su trabajo a la categoría de arte con estilo propio, y el artífice, en un apunte fugaz, logró inculcarle al espectador contemporáneo, y luego de miles de años, a nosotros mismos, la sensación de riqueza y de bienestar que se desprende de las escenas que reproducen la recogida de las mieses y de la miel en aquellos tiempos.
Como perdido entre la artística composición de una fastuosa caza real, se topa con un erizo receloso que apunta el hocico por entre la maleza que lo disimula. Este detalle insignificante está tratado con la misma delicadeza, con el mismo esmero y con la misma fuerza de expresión que el propio venado o que su real cazador. ¿Qué hay de no transcendental en esta orientación gráfica? Por el cuello de una jirafa majestuosamente presentada en el acto de ser entregada en calidad de tributo al faraón, trepa desenvuelto un pequeño mono verdiazul. En otro lado, para inducir el ganado a vadear el río, el pastor ha cargado con un becerro a cuestas. Éste se vuelve temeroso hacia su madre, la cual procura tranquilizarle prodigándole tiernas lameduras. Y como elemento improvisado en este vasto fresco campestre, en una de las tumbas más famosas del Imperio Antiguo, en Sakara, se yergue un vulgar labriego, el cual, después de respirar profundamente, pronuncia, lleno de emoción ante el espectáculo magnífico de la vida que se desenvuelve a su alrededor, estas palabras que el artista ha consignado: “¡Qué bello es este día!”
En las tumbas de esta clase, no solamente se enterraba a los muertos, sino que junto al cadáver se reunían todas las cosas útiles y agradables entre las cuales había transcurrido su existencia: muebles, utensilios, joyas, etc.
Era una mudanza en toda regla.
En aquellos remotos tiempos se sabía todavía que los bienes en realidad mueren con su propietario y que era injusto apropiárselos o dispersarlos. Continuaban, por toda la eternidad, siendo propiedad del difunto. En el inagotable caudal de imágenes de su vida terrestre, con las inscripciones tan maravillosas y claramente descriptivas, hallan su propio lugar todos los objetos familiares, incluso el más insignificante de uso diario.
Estos objetos, arrancados de la atmósfera personal y piadosa que les daba un sentido y una vida misteriosa, son los que ahora llenan las vitrinas de nuestros museos por todo el mundo. No es extraño que se sienta un algo indefinible al penetrar por primera vez en una de esas tumbas, contemporánea de los faraones, que no haya sido profanada. Incluso el arqueólogo ducho ya en el oficio lucha en tales casos contra una sensación de culpabilidad y de temor al violar, ante el veredicto de la historia, la intimidad de esas moradas secretas, cuando se siente invadido por el perfume suave y personal que parece llegarle de lo más profundo de los siglos.
A la vista de tantos objetos que parecen darle la bienvenida, el intruso penetra en la estancia fúnebre como si fuera de visita, y su primera idea es asomarse tímidamente en busca del dueño o del ama de la casa.
En el polvo del suelo quedaron huellas de sandalias.
Ramos amarillentos cuelgan de las paredes.
Durante mucho tiempo se creyó, y los griegos estaban convencidos de ello, que los egipcios eran los hombres más piadosos del mundo, porque todos sus esfuerzos y afanes en la construcción de sus templos y en los servicios divinos estaban presididos por la idea del más allá.
Estas tumbas nos dan una explicación más conforme a la realidad.
Los egipcios no habían puesto sus esperanzas en una vida futura eterna, oscura e incierta, sino que creían firmemente en la perennidad de la vida terrestre.











