HABLAN LAS PIRÁMIDES

HABLAN LAS PIRÁMIDES

EMPRESAS gigantescas de la humanidad que presuponen la participación activa de multitudes inverosímiles! ¡Monumentos descomunales que ofuscan tanto más nuestra imaginación y deslumbran la fantasía cuanto que su utilidad práctica está en relación inversa al esfuerzo colosal que exigió su erección! Nos referimos a las pirámides del antiguo Egipto y ésta es su mejor definición.

¿Qué secreto ocultan y cuál era el significado de aquellas construcciones monumentales, de proporciones rigurosamente matemáticas, maravillas del mundo según el veredicto de la misma antigüedad, y que durante cuatro mil quinientos años, sobre su pedestal hundido en la arena del desierto, entre El Cairo y el oasis de Fayum dominan simbólicamente el Valle eterno del Nilo?
Tales eran las preguntas que se dirigieron los filósofos de todos los tiempos, con la particularidad que fueron las épocas más racionalistas las que más se esforzaron en elucidar el enigma. ¿Qué motivos, bastante poderosos, pudieron impulsar a centenares de millares de personas a consagrar a la erección de tan colosales tumbas de sus monarcas una cantidad de energía tan considerable y durante tantos años? Sin ir más lejos, solamente el alojamiento y el abastecimiento de tales masas de trabajadores supone una organización minuciosa y difícil de imaginar en aquellos tiempos primitivos. Estas masas de campesinos, de pastores, de artesanos que hubieron de aunar su fuerza corporal al servicio de una empresa colosal, debieron de constituir un estado dentro del estado. Incluso si tomamos en consideración que las crecidas periódicas del Nilo liberaban durante ciertas temporadas a partidas ingentes de labradores, no por esto deja de ser un problema de ardua comprensión para nuestra mentalidad moderna. A esa multitud obrera hubo que organizaría, disciplinarla y distribuirla metódicamente de acuerdo con un plan trazado de antemano. Tuvo que contarse forzosamente con un verdadero ejército de vigilantes y de capataces y, quien más quien menos, todo el mundo debía de estar en cierto modo iniciado en la obra arquitectónica que entre todos estaban levantando. Y todo ello ¿era solamente para enterrar un día al monarca difunto en un sencillo ataúd de piedra dentro de una cámara funeraria de dimensiones relativamente reducidas?

Se han avanzado las hipótesis más diversas. ¿Se llevaba consigo el soberano a la tumba un tesoro tan precioso que hacía indispensable nada menos que toda una montaña de piedra encima para protegerlo? Ahora sabemos que no era éste el caso.

Así, por ejemplo, aparecen como relativamente modestas las ofrendas en las tumbas monumentales de los altos funcionarios agrupadas alrededor de las pirámides. La exuberante espiritualidad juvenil y pujante en su sencillez creadora de aquellos tiempos, estaba muy lejos de cifrar su orgullo de grandeza en la ostentación de riquezas terrestres.

Entonces ¿era el ansia de gloria del faraón tan grande que para satisfacerla era preciso que el déspota cruel exigiera el sacrificio de la energía y de la vida de innumerables víctimas? ¿Sucumbieron poblaciones enteras o millares y millares de prisioneros de guerra indefensos bajo el sol ardiente del desierto y los latigazos de capataces inexorables?

Esa era por lo menos la creencia general en la antigüedad clásica: “Parece que, en primer lugar, hizo clausurar los templos, y prohibir los sacrificios, y luego sumió a todos los egipcios a prestación personal.” Esto es lo que sobre Keops, el constructor de pirámides, recogió Heródoto de boca de los guías indígenas. Los contemporáneos del padre de la historia no podían comprender la impulsión todopoderosa que puede dar a un pueblo la fe religiosa y, en consecuencia, solamente veían en tales maravillosas creaciones el fruto de un capricho tiránico.

Esta opinión ha perdurado hasta nuestros días. Así, por ejemplo, ante mí tengo una revista ilustrada de ésas que ofrecen periódicamente al gran público su efímera y sensacional ración de imágenes brutales e ingenuas, que de todo hay. He aquí el comentario que acompaña a la impresionante reconstrucción de las etapas sucesivas de la erección de las pirámides:

“Nilo abajo afluye, en oleadas violentas, la corriente de esclavos, de etíopes, de nubios y de egipcios; blancos y negros mezclados, oliendo todos a sudor, a cebollas, a ajo y a aceite rancio. Incesablemente los látigos de los celadores cruzan las espaldas desnudas de los infelices que componen aquel mar humano, y las ligaduras que los mantienen unidos unos a otros penetran profundamente en la carne viva. Durante diez, veinte, treinta y más años, el faraón ha inmolado a multitudes inmensas, arruinado la energía de su pueblo e hipotecado el porvenir de sus propios hijos y el de los hijos de sus hijos. Aquello no era vivir, sino vegetar en medio de sangre, de sudor y de lágrimas, y tenía como única finalidad conservar por los siglos de los siglos el cuerpo de un solo hombre, el del faraón…”

Nada hay más cierto que obras tan colosales no pueden llevarse a cabo sin inmensos sacrificios de innumerables vidas humanas.

Pero las pirámides no fueron regadas con tanta sangre, ni podían tener un origen tan bárbaro.

Los mejores conocedores de la historia de aquellos tiempos están de acuerdo en que el nivel ético prevaleciente en la época de las pirámides era excepcionalmente elevado. Hermann Junker, cuyos trabajos en la materia hacen autoridad, dice textualmente: “Sorprende oír hablar ya entonces de cariño familiar, de buen trato a los inferiores, y de lástima para con los pobres y los oprimidos. Los reyes han dejado constancia de decisiones judiciales que son modelos de humanidad y de rectitud. En parte alguna aparecen pruebas que permitan afirmar la existencia de un comercio de esclavos del tipo antiguo, dejando aparte el hecho que la condición del esclavo de entonces no era, ni con mucho, tan penosa como la del esclavo… moderno, y que aquel ser, del que a distancia nos apiadamos, hubiera quedado muy desagradablemente sorprendido si la liberación repentina hubiera hecho variar, de la noche a la mañana, el curso de su existencia.”

Por otra parte, no se sabe de ninguna campaña militar que hubiese podido reportar en aquella época una cantidad tan considerable de prisioneros de guerra, sin contar que las guerras, con todas sus tremendas consecuencias y complicaciones, hubiesen hecho totalmente imposible la realización de obras tan gigantescas que a ellas solas exigían el esfuerzo colectivo de la gran mayoría de la nación.

Pero aún hay más. Los sillares de piedra de los largos corredores y de las cámaras interiores de las pirámides, y los de los templos de culto, los enormes bloques del revestimiento exterior están tallados y bruñidos con tanta precisión, tan perfectamente encajados unos con otros, que debemos descartar la idea que un trabajo, que un primor de esta índole, puedan haberlo realizado un ejército de peones extenuados y torturados.

Con razón hacía observar el escritor árabe Abd-el-Latif que hubiera sido imposible introducir un alfiler o un cabello entre los magníficos bloques calcáreos de la gran cámara en el interior de la pirámide de Keops. En algunos de los bloques graníticos del templo funerario inacabado de Micerino, quedan todavía los burletes salientes que tenían por misión proteger los cantos durante el transporte, y que se retiraban sólo cuando se emplazaba el sillar en el sitio que le estaba destinado. ¿Cómo admitir que pudiera imponerse por la violencia tamaña precisión, semejante meticulosidad en el arte de la cantería? ¿No debemos creer, por el contrario, que nos hallamos ante un caso evidente de circunspección y de solicitud conscientes? Porque no hay duda que esta obra sin igual pone de manifiesto un afán, una voluntad libre y ambiciosa, aún más, un entusiasmo y un fervor religioso verdaderamente excepcional.

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De modo que para aquel gran pueblo constructor de pirámides, esta colosal empresa debió de tener un carácter más trascendental.

¿Conocerían acaso, aquellos hombres primitivos, secretos cósmicos, astronómicos u otros, e intentaban arbitrar nuevos métodos arquitectónicos para expresarlos? En tal caso, fácil sería atribuir profundos conocimientos geométricos a los que proyectaron los gigantescos triángulos con sus millones de sillares de tamaño más que respetable.

Como no podía menos de suceder, alrededor de esas maravillosas construcciones empezó a proliferar una verdadera mística de los números, y esta geometría rígida dió origen a especulaciones matemáticas sin cuento, que terminaron por convertir a los egipcios en émulos de los grandes físicos y astrónomos modernos, atribuyéndoles conocimientos muy por encima de los más recientes progresos de la ciencia. Nunca falta quien, con la mayor seriedad del mundo, está dispuesto a demostrarlo a base de números y cálculos. De bien poco sirvió que los sabios pusieran al gran público en guardia contra divagaciones tan descabelladas e insistieran en que los vestigios que poseemos de épocas tan remotas son de una naturaleza totalmente distinta. El excelente especialista Ludwig Borchardt arremetió malhumorado contra este género de especulaciones indocumentadas. Los egiptólogos han estudiado detenidamente los documentos de las tumbas sacerdotales que rodean las pirámides, conocen con bastante precisión aquella civilización y saben, por consiguiente, que es lo que no puede atribuírseles si se quiere ser objetivo.

Pero no parece sino que el afán místico latente en el fondo del alma de los occidentales más avanzados y más racionalistas se reanime y cobre nueva vida cuando se trata de los documentos del antiguo Egipto. El mito de la maldición aciaga de la tumba del faraón, el poder germinador inmortal del “trigo de las momias” y el sentido cósmico de las dimensiones de las pirámides, llevan trazas de ser inextirpables.

De ilusión también se vive.

Pero ninguna fábula puede prevalecer ante la evidencia ni contra la verdad que pregonan las inscripciones lapidarias de los interiores de las pirámides, pues gracias a ellas podemos reconstruir todo el proceso de las exequias reales y el de las ceremonias rituales inherentes. Conocemos al dedillo todos los detalles del culto cuyo objetivo final era la resurrección mágica y la gloriosa transfiguración del soberano, así como el lugar en el que era conveniente erigir las estatuas del difunto inmortalizado, donde debían quebrarse los recipientes de piedra y habían de colocarse los holocaustos. Todo está tan minuciosamente descrito que nos parece estar oyendo resonar la voz de los sacerdotes de turno llamando solemnemente al difunto con sus invocaciones conmovedoras, apremiantes y enérgicas.

Aunque parezca, mentira, las pirámides dejan oír su voz a través de los siglos, y nosotros comprendemos su mensaje, pero es curioso que las que nos hablan no sean las grandiosas y celebérrimas de Gizeh, erigidas durante la poderosa IV dinastía, pues sus muros son poco menos que mudos. Apenas si en una estancia secundaria de la pirámide de Keops, situada encima de la cámara funeraria, aparece una inscripción con el nombre del constructor: Khnum Khufu. ¡Que el dios Khnum me proteja!

En cambio, algunas pirámides posteriores más modestas y bastante peor conservadas son mucho más elocuentes y nos revelan su precioso secreto. Lo que en “las hermanas mayores” no eran sino gestos y palabras sueltas, se encuentra literalmente inscrito y conservado a nuestra intención en las “menores”. Las tumbas reales de Sakara, mezquinas si se las compara con las formidables construcciones de Gizeh, las eclipsan, sin embargo, por su irradiación espiritual.

Se trata principalmente de las pirámides de los reyes Unas, Teti, Pepi y Mernerá, pertenecientes a las dinastías V y VI, que reinaron a mediados del tercer milenio a. J. C. Como siempre, se da el caso que son precisamente los períodos postclásicos los que recurren a la escritura en sus diversas formas para legar a la posteridad el conocimiento de las costumbres y de los ritos santificados por el tiempo. Las generaciones del Imperio Antiguo dirigían respetuosamente la mirada hacia el pasado grandioso de su pueblo, modelo que se les antojaba inimitable y ya perdido en las brumas de la leyenda. El magnífico y vetusto estado autoritario que había conocido el desarrollo de la organización social de la Edad de Piedra, empezaba a resquebrajarse. Se carecía ya del aliento necesario para emular aquellas construcciones gigantes que desafiaban al cielo, pero se veneraba el recuerdo de la pasada grandeza y las artes no dejaron de producir maravillas abundantes y exquisitas.

Los monumentos funerarios de estos reyes se reparten por el inmenso cementerio desértico de la antigua capital septentrional. Menfis, “la balanza de los países” creada por el faraón Menes para mantener bajo su tutela a la población hostil y turbulenta del delta, era la residencia de Ptah, el dios supremo de la creación y al propio tiempo patrón de las artes. Casi todo lo que sabemos procede de la más antigua de las pirámides de esta serie, la del rey Unas, la cual hoy no es más que una loma informe.

Las paredes de las cámaras de esta pirámide — una de las cuales contiene el enorme sarcófago — están cubiertas de innumerables jeroglíficos profundamente grabados y reseguidos con pasta azul. Cuando yo los vi por primera vez, todavía en los ojos el resplandor deslumbrante del sol del desierto, después de echar abajo la capa de yeso que ocultaba la apertura de acceso a la tumba, quedé sorprendido e impresionado ante el frescor y la viveza de las inscripciones, pues aquí el tiempo parecía haber perdido su poder destructor. Hubieran podido oírse todavía en las galerías sombrías el paso majestuoso de los sacerdotes de los muertos alejándose y parecía como si hasta mí llegase todavía el olor del “gran humo sagrado” .

Por el techo de vigas de piedra, al que se había dado la apariencia de cielo nocturno, campeaban sartas de estrellas de cinco puntas, todavía con las huellas de su brillante color de antaño. Desde su hallazgo el año 1881, fecha en que se consiguió por fin forzar la entrada de la pirámide, estos textos cuentan entre la documentación más preciosa que poseemos sobre la primitiva historia de las religiones, pues se trata de las fórmulas sagradas más antiguas. Si tenemos en cuenta que en todas partes el ritual de los difuntos acostumbra a permanecer relativamente invariable durante larguísimos períodos de tiempo, podemos muy bien suponer que las fórmulas más viejas se remontan a la época del rey Djoser, durante la cual aparecieron en el país las primeras construcciones de piedra dignas de este nombre, y tuvieron efecto los primeros acontecimientos registrados por la historia de la civilización humana. Todo abona la suposición que nos hallamos, pues, ante una herencia todavía mucho más remota, ante los primeros reflejos religiosos de la sensibilidad arcaica, los cuales evidencian, en todo caso, un nivel elevado y complejo de las concepciones religiosas de entonces.

Alrededor de un dios universal y todopoderoso se agrupaban en la mitología egipcia, divididos en familias, numerosas divinidades masculinas y femeninas, así como espíritus inferiores. A su lado no faltan toda una serie de seres demoníacos de un carácter peculiar, difícilmente definible para nosotros, que eran objeto de culto especial. El difunto persiste bajo formas diversas, las cuales precisan para su subsistencia de ciertos cuidados especiales de los descendientes o de los servicios del sacerdote adscrito a su persona. No ha podido averiguarse en qué consistía exactamente, según las creencias egipcias, la esencia del yo después del fallecimiento del individuo.

He aquí el Ka, inmortal, pero ligado como fuerza vital individual a la persistencia de la estatua del muerto, o por lo menos al nombre de éste. Tenemos luego a Ba, que corresponde más o menos a nuestra concepción del “alma”, y al que se representa con alas. Existían también el espíritu misterioso Akh, el alma transfigurada y otros elementos esenciales de la naturaleza humana, dotados de tendencias personales diversas. Todos ellos estaban representados en las inscripciones lapidarías de las pirámides, junto a las potencias divinas o demoníacas con las cuales debían enfrentarse para alcanzar la eternidad. En su tentativa por subyugar los pavores atávicos y el mismo miedo a la muerte, vemos surgir ante nosotros la imagen del hombre eterno, tan parecido a cada uno de nosotros, por encima de todas las diferencias de tiempo, latitudes, razas o costumbres: obstinado y pusilánime, ladino y desamparado, todo de una pieza.

Sobre el hombre moderno tiene una ventaja que da a sus plegarias un carácter conmovedor: la violencia primitiva y desbordante de sus sentimientos que no han sido todavía ni sometidos ni dominados por ningún proceso de educación milenaria. Y cuando la riada de sus sentimientos cuaja en visiones grandiosas, recordamos las vehementes invectivas de los héroes de la Ilíada y de la Odisea, de los Eddas y de la Canción de los Nibelungos.

Como no podía menos de suceder, la mayoría de los conjuros que han llegado hasta nosotros tienen carácter mágico, pues eran pronunciados a la intención del dios-rey para cuyos restos mortales debían impetrar la resurrección, la abundancia de todo lo necesario, el feliz viaje al otro mundo, la conquista del más allá, la justificación de sus actos ante los ojos de la divinidad y la transfiguración final en el reino celeste de los muertos.

Su elocuencia, ardiente y sugestiva, iba encaminada a influir en el destino eterno del difunto. El número de tales conjuros excede de 700 y proceden de rituales diversos, de regiones muy apartadas entre sí, y se remontan a distintas épocas de la historia del país. Los hay que ninguna relación tienen con el muerto, mientras que otros eran destinados a particulares. Algunos pertenecen incluso al ceremonial de la coronación y no faltan las plegarias recitadas en los templos. Muchas de estas fórmulas han sufrido modificaciones y deformaciones tendenciosas, como consecuencia de las cuales los antiguos patronos de los muertos — el dios-sol Re-Atum, creador primordial, el único ser viviente en el origen de los tiempos y el dios-tierra Geb y la diosa-cielo Nut — fueron reemplazados por el nuevo dueño y protector Osiris y su nueva corte divina.

El texto tiene a veces una fuerza persuasiva tan grande, incluso para nuestra mentalidad moderna, que al leerlo nos parece estar presenciando el cortejo fúnebre y que hasta nosotros llegan el eco de las invocaciones en honor del difunto.

Enternece por su simple sinceridad, la adjuración que había de despertar al Faraón a una vida superior:

“Levántate, ¡oh tú, rey Unas! ¡Alza la cabeza, reúne los huesos, recoge tus miembros y sacude la tierra prendida a tu carne! Recibe el pan que no enmohece y la cerveza que no se avinagra. Para ti hemos trillado la cebada y segado el alforjón. ¡Levántate rey Unas! ¡No debes continuar sin vida!”
Ocupan mucho lugar las fórmulas que nos describen, con fascinadora insistencia, el viaje celeste del difunto:

“De ahora en adelante ya no duerme en la tumba, para que sus huesos no se descompongan. Sus achaques han desaparecido y el rey Unas va camino del cielo. Igual a una nube emprendió el viaje, volando como la garza real. Ha besado el cielo como un halcón. Ha llegado al cíelo como un enjambre de saltamontes que oscurece el mismo sol. Penetra en las últimas humaredas de la atmósfera. Vuela como un pájaro y se posa en un asiento vacío en el navío del dios-sol. Rumbo al cielo boga en tu bote y él mismo lo dirige ¡oh dios-sol! Cuando aparezcas en el horizonte, será él, con el báculo en la mano, el piloto de tu nave, ¡oh dios-sol! ¡Oh dios-sol todopoderoso!, el rey Unas llega a ti, su espíritu imperecedero. Recibe a tu hijo para recorrer juntos la ruta celestial, unidos en las tinieblas, y surgid donde os plazca en algún lugar del horizonte. ¡Oh dios-sol todopoderoso! Tu hijo llega a ti, permítele que te alcance. Acógelo, estréchale en tus brazos, pues es tu hijo para toda la eternidad…”

Algunas de las fórmulas están sacadas de la ceremonia fúnebre propiamente dicha y se refieren a la purificación de los difuntos y al nuevo uso y al reajuste de los diferentes miembros de su cuerpo:

“Oh rey mío, los servidores de Horus te purifican, te bañan y te enjugan, rezan a tu intención la oración del camino recto y la de la ascensión. Osiris, tú dispones de tu corazón y también de tus pies. Tienes tu brazo, Osiris. Tan cierto como Osiris vive, también él vivirá; del mismo modo que Osiris no ha muerto, tampoco él morirá, y así como Osiris no ha sido destruido tampoco lo será su cuerpo. Uno de los brazos de tu espíritu vital está delante de ti, el otro brazo de tu espíritu vital está detrás de ti. Uno de los pies de tu espíritu vital está delante de ti y el otro pie de tu espíritu vital está detrás de ti. Tomas el camino del cielo, subes y te alejas de la tierra ..”

A veces estremece oír mezclado al ritmo de la encantación un grito auténtico de terror que surge frente a la incertidumbre ante las tinieblas, los peligros y las pruebas que en el más allá acechan al alma del difunto:

“Sé propicio a tu hijo, ¡ayúdale! El rey Unas tiene miedo de avanzar solo en la oscuridad donde nada se distingue. El rey Unas lleva consigo la veracidad que es atributo suyo. El rey Unas jamás será pasto de vuestras llamas, ¡oh dioses! ¡Oh padre mío, mi padre en las tinieblas, mi padre todopoderoso en la oscuridad! Hazme un sitio junto a ti para que, convertido en estrella, yo brille a tu lado como un pequeño lucero y te escolte eternamente…”

Porque es interminable la soledad y lúgubre el abandono en la larga senda hacia las constelaciones y hasta llegar al barquero celestial, da rienda suelta al profundo recelo que le embarga:

“El rey Unas va camino del cielo… con el viento… sobre el viento…”

Como un hálito espiritual que se propaga y va disminuyendo hasta desaparecer, nos llega al alma.

Pero en las paredes interiores de la pirámide de Unas, mezcladas al ritual consagrado por el uso y la tradición, aparecen ya una serie de fórmulas cuya desmesura hace ya presentir la nueva raza de usurpadores que acabarían por hacer tambalear el trono, y que iban a provocar la primera gran revolución social que registra la historia. Es la voz inconfundible y potente del hombre prehistórico cuya rudeza y cuyas maneras de vivir primitivas perdurarán por doquier y que terminará por resultar más fuerte que los remilgados moradores de la residencia, aunque sólo fuere por la fuerza inevitable del número. El ardor salvaje que brota en algunas de estas frases procede del alma bárbara que creía poder asimilar las virtudes y las cualidades más destacadas de los vencidos, al propio tiempo que devoraba sus miembros sangrientos y humeantes. La impaciencia y la brutalidad asoman a través de los versículos, desafiando el equilibrio clásico del conjunto de la composición.

En este estilo impetuoso se reconocen los latidos poderosos del corazón de un caudillo primitivo:

“¡Oh vosotros, dioses del Sur, del Norte, del Este y del Oeste! ¡Honrad al rey Unas, honradle y temedle a la vez! Su diadema que corona la serpiente os abrasará si topáis con él. El rey Unas conquista el cielo y hende el bronce. Los mismos dioses tiemblan en su presencia y ante sus propios ojos ocupa su trono celeste. Él toma la iniciativa y decide; le ofrecen la eternidad; a su lado colocan la inteligencia. ¡Aclamadle, pues ha conquistado el horizonte!”

“El cielo está cargado, de nubes, las estrellas se apagan cuando el trueno retumba y la bóveda celestial se estremece, los huesos del dios-tierra se agitan, pero como por ensalmo todo movimiento cesa cuando aparece el rey Unas resplandeciente y poderoso como el dios que vive de sus padres y se nutre de sus madres. El rey Unas está dotado de todas las virtudes y se ha incorporado los espíritus. A quien se le cruzare en su camino le despedazará y le devorará los miembros uno después de otro. Ha convertido en arma contundente y mortífera el espinazo de sus víctimas y arrancado el corazón de los dioses. El rey Unas se alimenta con los pulmones de los dioses que contienen y poseen la verdad. ¡Jamás podrán serle arrebatadas sus dignidades porque ha ingerido y asimilado el poderío de los dioses!…”

El sacrificio de las víctimas se describe luego con un realismo impasible :

“El rey Unas es el que se come a los hombres y vive de los dioses, y dispone de innumerables servidores que acatan sus órdenes. Los cazadores de cabezas capturan para él a sus víctimas, la serpiente de cabeza erguida vela para que ninguno se le escape, y el que “está sobre el rojo de sangre” (Heri-terut) se los encadena. Khonsu, mata a los señores, los degüella y les saca las entrañas para el rey Unas. El dios-estrujador los despedaza para el rey Unas y se los cuece al horno para cenar.”

“Es el propio rey Unas quien se come sus virtudes mágicas y absorbe sus almas transfiguradas. Los más robustos se los sirven por la mañana temprano, los medianos por la tarde y con los pequeños cena. Los ancianos y las ancianas son el combustible con que se alimenta su hogar. Las estrellas del Norte alumbran el fuego bajo sus calderas con las nalgas de los más viejos. Los moradores del cielo rinden homenaje al rey Unas cuando arden en el hogar los pies de sus mujeres…”

Como vemos, el faraón difunto no se merece el cielo, sino que lo conquista, y cuando se traga a los dioses y a los demonios asimila sus facultades mágicas. Pero el que esa teofagia tiene en el fondo un sentido figurado se desprende claramente de las palabras siguientes: “Se ha comido la corona roja, se ha tragado la corona de color de papiro.”

Con todo, no es esta mitología potente y brutal lo que caracteriza al conjunto de las inscripciones halladas. Se parece a la erupción de un volcán ya en vías de extinción, cuyas laderas empiezan ya a ser invadidas por exuberante vegetación. La autoridad de una ética superior en la que se basan las ideas sobre la vida y el estado, no se pone todavía en tela de juicio, y buena prueba de ello es que la misma realeza acepta el principio de un juicio divino de ultratumba ante el que deberá comparecer receloso el mismo rey para justificarse con las fórmulas que han llegado hasta nosotros inscritas en las paredes de las pirámides.

Fascina poder seguir, de generación en generación en estos textos de las pirámides, después de tantos siglos, el desarrollo del progreso de la reflexión en el Antiguo Egipto. Lo que a unos les había parecido sin duda razonable, era ya chocante e indecente para la generación más refinada que les sucedió, y la crudeza original es reemplazada en los textos posteriores por descripciones más en consonancia con las nuevas ideas, más dignas, más cercanas a nuestro punto de vista, pero que por menos espontáneas quitan vigor a la redacción primitiva. Simultáneamente a la paulatina evolución dinástica, varía también la situación y el olimpo egipcio se transforma. Como figuras principales aparecen ahora sucesivamente el dios todopoderoso, cuyos ojos inmensos son el sol y la luna, y al cual se ha asimilado el dios-halcón Horus de la estirpe de los fundadores del imperio; el dios-sol Re-Atum y el dios de los muertos y juez supremo Osiris.

Una de las ideas que prestan a la religión egipcia su característica especial es el examen al que sobre su conducta terrestre deben someterse los muertos al penetrar en el otro mundo. En el llamado Libro de los Muertos, que se compone de una larga y variada serie de versículos relativos al más allá, poseemos un elemento importantísimo que nos ilustra sobre todo lo relativo a las tumbas de los últimos tiempos del Imperio Nuevo, el de la hegemonía mundial de Egipto. Figuran dichos versículos en un rollo de papiro, pero podían escribirse directamente sobre el ataúd, en el catafalco o en las paredes de las cámaras funerarias.

Ceñida la corona y empuñando el cetro y el látigo, emblemas de su posición, Osiris, dueño de la eternidad, está sentado como un rey en el trono, detrás del cual se sitúan habitualmente sus divinas hermanas Isis y Neftis. Al otro lado, Maat, diosa de la justicia introducía al difunto o a la difunta. En el medio de la escena se halla representada la gran balanza en uno de cuyos platillos se coloca el corazón y en el otro el símbolo de la verdad: una pluma de avestruz. La operación del pesaje va a cargo de Horus y del guardián de las momias Anubis, que tenía el cuerpo de hombre y la cabeza de chacal. Thot — que parece provenir de la confusión de dos deidades lunares, un dios ibis y un dios cinocéfalo — dios de la sabiduría y de la escritura, consigna, cálamo en mano, el resultado en un rollo de papiro. Frente a este tribunal que se compone de cuarenta y dos jueces, uno por cada uno de los cuarenta y dos nomos de Egipto, el candidato a la eternidad debe hacer examen de conciencia y asegurar que jamás se ha hecho reo de toda una serie de delitos contra sus semejantes, contra los dioses, contra sí mismo y en detrimento de los bienes del prójimo.

La invocación ritual estaba concebida en estos términos:

“¡Salve, dios magnífico, señor de ambas verdades! Me eres conocido y conozco asimismo el nombre de las cuarenta y dos divinidades que te rodean y asisten en este tribunal. Héme en tu presencia, pues te traigo la verdad y deseo ahuyentar el pecado.”

Luego sigue la confesión propiamente dicha:

“No he cometido pecado alguno contra los hombres. No he perjudicado a nadie. Jamás he atentado contra el trono de la verdad. No he perpetrado ningún delito. Nada he hecho para desagradar a los dioses. No he calumniado a ningún criado ante su dueño. A nadie hice pasar hambre ni nadie ha llorado por mi culpa. No he matado a nadie ni a nadie he inducido al asesinato. Jamás hice mal a nadie ni he disminuido la comida destinada a los sacrificios en los templos, ni robé el pan sagrado de los dioses ni las galletas de los bienaventurados. Jamás tuve relaciones sexuales prohibidas ni he prostituido mi cuerpo con prácticas abyectas. En ninguna ocasión mentí en el peso del grano ni pueda decirse que haya reducido las medidas agrarias.”
En una declaración final el difunto se dirige sucesivamente a cada uno de los cuarenta y dos jueces asistentes al acto, para protestar de que no cometió ninguno de los pecados enumerados. Cuando el juicio le era favorable, Horus tomaba al justo de la mano y lo llevaba ante el trono de Osiris, quien le señalaba un lugar en el reino de ultratumba. En caso contrario, el difunto era aniquilado por un monstruo híbrido, “la devoradora de poniente”.

Por primera vez en la historia de la humanidad este tribunal de ultratumba pone de manifiesto, en forma inteligible y concreta, la idea que la suerte del muerto depende de su conducta en el mundo de los vivos. Al cabo de mil años, esta concepción del otro mundo era ignorada todavía por todas las demás civilizaciones. Así vemos, por ejemplo, que tanto en Babilonia como entre los hebreos, el mismo lamentable destino aguardaba en el más allá, sin distinción, a buenos y malos.

Esta memorable escatología, cuya influencia fue tan grande en la ulterior concepción del mundo, no tuvo tiempo de desarrollarse enteramente en la época de las pirámides, pero a pesar de todo, en el dios-rey de las dinastías V y VI se manifiesta ya una tendencia evidente a justificar su comportamiento sobre la tierra. Al mismo tiempo que en el texto de las fórmulas reafirma el faraón los privilegios inherentes a su dignidad y al poderío que le sobrevive, mezcla ya a sus invocaciones ciertas concesiones veladas a la idea de un tribunal divino ante el cual el mismo soberano deberá comparecer si quiere instalarse en alguna estrella circumpolar “eterna”.

Él mismo asegura:

“El rey quiere justificar todos sus actos terrenales, y sube al cielo en calidad de custodio de la justicia. Ningún ser viviente, ningún difunto alza el dedo para acusarme. Ningún buey, ninguna oca se levantan para hacerme cargo alguno.”

En las advertencias y las preguntas del juez de los muertos vibra un acento sobrenatural.

“Dinos la verdad, queremos saber lo que es y no nos digas lo que no es, pues dios aborrece la mentira. ¿Eres un difunto puro?”.

A lo cual responde el rey:

“Llegó de un lugar puro…”

Solemne retumba la decisión de la justicia:

“Para ti se abren de par en par las puertas del cielo. Se te franquea la entrada en el firmamento. Búscate, pues, un sitio a tu gusto entre las estrellas inmortales.”

Un grito de júbilo y de triunfo brota del pecho del elegido:

“Vosotros, cancerberos de la celestial morada, repetid mi nombre al dios del cielo. Regocijaos conmigo, ensalzad mi espíritu vital, pues comparecí ante el divino juicio y mi ka halló gracia ante los ojos de dios:”

Los porteros se alegran con él y le dan la enhorabuena:

“Héte aquí instalado en el trono de Osiris, como representante del primero entre los occidentales. Adopta su autoridad, asimila su poderío, recibe su corona. ¡Oh rey! ¡Con qué dones tan magníficos te obsequió tu padre Osiris! Te ha cedido su propio trono a fin de que todos los bienaventurados sigan en pos de ti.”
Como era de esperar de aquel pueblo de funcionarios y escribanos que era el Antiguo Egipto, se tomaba debida nota de la promoción y el soberano difunto era oficialmente inscrito en las listas del cielo.

“Anubis, el dios que cuenta los corazones, borra del número de los dioses terrestres el nombre de aquél a quien Osiris ha tomado bajo su protección y le coloca en las listas de los dioses del cielo.”

Pero, a pesar de las nuevas dignidades con que se acababa de investir al flamante inmortal, los sacerdotes andaban solícitos por impedir las visitas importunas de serpientes y escorpiones a la cámara mortuoria. Toda una serie de fórmulas no tenía otra finalidad; incluso vemos que algunas de ellas debían proteger al difunto contra los ataques solapados de los leones. Al cabo de los siglos se nos hace difícil imaginar cómo se las hubieran compuesto estas fieras para penetrar en el fondo de las tumbas, y qué podría temer de ellos el nuevo dios sepultado en lo profundo de las pirámides.

¡Volveos a la tierra!
Serpiente, te lo advierto.
No lo olvides, escorpión.
Al gran toro negro le han decapitado.

Finalmente se pinta en vivos colores la vida del bienaventurado en los parajes paridisíacos del otro mundo, desde los cuales, mediante sus apariciones periódicas con el sol y con la luna, continúa dominando a su imperio terrestre. Las imágenes con que se nos describe el más allá son numerosas y pintorescas, constituyendo ellas solas un documento precioso y único en el que hallamos registrados para la posteridad los anhelos y las ilusiones de los egipcios de las épocas respectivas.

El difunto debe abrirse camino por entre los demonios de ultratumba, que tal vez sean constelaciones. Debe franquear el portal de dos batientes y utilizar luego la balsa simbólica hasta alcanzar los campos ubérrimos donde crecen en profusión la cebada, el alforjón, las plantas forrajeras y se mecen al viento toda clase de árboles frutales. Estas riberas de fantasía reciben también el nombre de “tierra de la luz” y en las líneas siguientes se describe detalladamente lo que allí le espera al viajero:

“Seth y Nefti, ¡apresuraos! Anunciad la buena nueva a los dioses del Sur y a sus bienaventurados, pues llega un ser contra el cual no prevalecieron las fuerzas de la destrucción. Es la diosa celeste, Nut, quien le da la vida; ella es la que le ha traído al mundo; boga hacía la orilla occidental del cielo, rumbo al lugar donde nacen los dioses y donde él nacerá con ellos — renovado y rejuvenecido…

“De ahora en adelante formas parte de los que rodean al dios-sol, y se colocan delante del lucero del alba. Eres de su séquito. Nacerás, como nace la luna, de sus lunas nuevas. El dios-sol se apoya en ti en el paraje de la luz.

“Se te abren las puertas del cielo y también las compuertas del agua fresca y vivificante. Encuentras de pie al dios-sol esperándote; te toma de la mano para conducirte a las dos moradas divinas del cielo y sentarte en el trono de Osiris.

“De ahora en adelante cuentas entre los amados de dios, que se apoyan en su cetro, visten prendas encarnadas, comen higos, beben vino y ungen sus cuerpos con perfumados bálsamos.

“Él recibe su parte de todo cuanto contiene el granero del gran dios. Le visten los inmortales y el pan y la cerveza que le sirven duran eternamente. Cuando Ra come, le invita; cuando Ra bebe, comparte con él su bebida. Duerme en paz y tranquilo cada día… y hoy se encuentra mejor que ayer.

“¡Qué espectáculo tan maravilloso! ¡Qué delicia el contemplarte cuando asciendes a las estrellas inmortales, tocado con el casco del soberano, siguiendo las huellas de tu fuerza mágica que te precede! De este modo avanzas al encuentro de tu madre Nut, la diosa celestial. Llama en derredor tuyo a los dioses que habitan el cielo y todos se unen para ti a los dioses que habitan la tierra, a fin de que estés con ellos y camines del brazo con ellos.

“¡El rey Unas se ha sentado en el trono… y aparece en forma de estrella!

“Este rey manda ahora en los astros inmortales, boga hacia las orillas donde reina la felicidad y para él empuñan los remos los habitantes del país de la luz.

“Pero el Rey Unas no permanece inmóvil, sino que va de un lado a otro, junto con el dios-sol. Inspecciona las casas, confiere dignidades y las retira; castiga y perdona. La morada del rey Unas, que está en el cielo, no se desmoronará, ni se desplomará el trono que el rey Unas dejó en la tierra.”
De vez en cuando hallamos versículos que nos impresionan por la belleza poética y la intensidad de los sentimientos que expresan:

“Encuentra a los dioses de pie, envueltos en sus sagradas vestiduras y calzados con sandalias blancas. Tiraron lejos de sí las sandalias y se desnudaron. Nuestro corazón hasta tu llegada no conoció la alegría” — le dijeron.

“He aquí que ya viene. Mira cómo se te acerca. Tú pasas la noche en su regazo como a un becerro recién nacido sostiene en sus brazos el pastor…”

Como se piensa en todo, en algún lugar se trata también de la protección de las pirámides y él suplica al dios-sol todopoderoso que extienda su protección sobre las obras en curso y que una su espíritu vital al del rey difunto, a fin de que el monumento funerario subsista durante por toda la eternidad. En otra parte se lee esta frase:

“Te construiremos una rampa para que por ella puedas ascender al cielo.”

Tales textos, junto con los demás documentos que poseemos, nos dan la clave de las pirámides.

La pirámide es el trono solar sobre cuya imponente superficie, lisa y brillante, se posa y descansa el astro divino en su carrera diaria, como encima de la piedra piramidal (benben) dedicada a su culto en la vecina ciudad-sol, donde, según la leyenda, apareció por primera vez. Mediante este proceso debían reunirse inmediatamente dios y el rey-dios como padre e hijo, y así el faraón difunto alcanza cada día la consubstancialidad con el dios supremo, del que no ha sido más que el hijo y la imagen viva en la tierra. La teología magna de Heliópolis que ciertamente ejerció determinadas influencias en Platón, fue cobrando más y más importancia en el transcurso de la IV dinastía de los faraones. A partir de la V dinastía el clero nombra a los monarcas y es notorio que el reformador Ecnatón — el rey hereje — intentó arrebatarles sus exorbitantes prerrogativas. Bajo la influencia de esta teología se fundieron en una realidad gigantesca la tumba real y el trono del sol.

O sea, en otras palabras, que estas construcciones imponentes del pueblo egipcio de labradores, no son otra cosa sino monumentos erigidos por la fe; ni más ni menos que las catedrales de nuestras ciudades medievales. Aquel pueblo se enaltecía a sí mismo labrando, en un alarde de solidaridad religiosa y a costa de los mayores esfuerzos, un monumento eterno a su soberano, astro central a cuyo alrededor gravitaba entonces el resto del mundo. La voluntad del monarca era lo único que contaba y constituía la razón de ser de sus súbditos. El caudillo prehistórico, de cuya lucidez, audacia y tenacidad dependía la supervivencia de la horda, de la tribu y del pueblo entero, y que por lo mismo era objeto de veneración e incluso de culto respetuoso, encontró su máxima encarnación en el faraón de la época de las pirámides. El arte le ha consagrado creaciones de insuperable grandeza y en el mundo no existe retrato de rey alguno que pueda compararse en majestuosa simplicidad a la imagen tallada en diorita, del rey Kefrén en su trono, existente en el museo de El Cairo. La fe de su pueblo le erigió a él y a sus antepasados una tumba que desgarra y penetra en el cielo, y esta fe movió las montañas: No existe razón alguna para poner en entredicho la afirmación de Heródoto, según el cual, para edificar la pirámide de Keops estuvieron trabajando 100.000 hombres tres meses cada año, mientras que los canteros proseguían sin interrupción la tarea durante todo el año en las canteras y en los talleres.

La realidad, tal como la conocemos documentalmente hoy día, es mucho más noble y satisfactoria para la humanidad que las leyendas divulgadas en el curso de los siglos, pues libera a Egipto del estigma que suponían en su historia esos ejércitos de esclavos jadeantes, gimiendo bajo el látigo de los déspotas, y coloca a las pirámides entre los grandiosos monumentos de la fe humana.