EL SECRETO DE LAS MOMIAS

EL SECRETO DE LAS MOMIAS

EL vocablo “momia” nos hace pensar inmediatamente en Egipto, aun cuando el arte de la conservación de cadáveres humanos se practicara con anterioridad en muchas regiones de la tierra, según se desprende de las diversas colecciones etnológicas.

Y sin embargo, esta asociación de ideas tiene su razón de ser, pues solamente en el antiguo Egipto se consideraba como un deber sagrado e ineludible la preservación inalterable del cuerpo de los difuntos. Únicamente a la habilidad de los embalsamadores del Valle del Nilo, pródigo por otra parte en maravillas, debemos el que aquellas grandes personalidades hayan podido llegar hasta nosotros en tal excelente estado de conservación; que después de los siglos transcurridos podamos todavía contemplar los rostros de los faraones, así como los de sus súbditos con los mismos rasgos bajo los cuales les conocieron sus contemporáneos.

Cuando, en el gran Museo cairota de Antigüedades, los faraones y las faraonas reciben en audiencia al visitante moderno, éste, si es un conocedor enamorado de la historia de Egipto, asiste a una verdadera exposición del arte de la momificación. En la planta baja del edificio puede admirar de cerca las gigantescas estatuas de los poderosos soberanos del antiguo Oriente; en la galería del primer piso es recibido personalmente por ellos. He aquí al gran Ramsés, enjuto el rostro y calvo el cráneo, con la nariz pronunciadamente aguileña dominando toda la cara; más allá la máscara viril y arrogante de Setos; luego Ramsés III, cuyos rasgos contraídos demuestran a las claras el furor y el desprecio que le inspirara la conspiración de palacio que probablemente acabó con él.

Pero, con todo y ser excelente el estado de conservación de todas estas momias de soberanos de la época hegemónica egipcia, no pueden compararse con la de una princesa poco conocida de la dinastía XXI o XXII. Se llamaba Nesitanebashru y era sacerdotisa del dios Amón de Tebas e hija de Nesi-Khonsu, que muy posiblemente podemos identificar con Painozem II.

Nadie que la haya visto una vez podrá olvidarla ya.

El gran novelista francés, Pierre Loti, tuvo ocasión de verla una noche a la luz de una linterna, a poco de su traslado al museo, y nos ha dejado un relato emocionante de la impresión que le causara. Se le apareció en la penumbra como una especie de vampiro, de aquellos duendes demoníacos de la antigüedad que seguían el rastro de sus víctimas para chuparles la sangre.

Sus ojos parecen animados, pues las piedras preciosas que lo forman engarzadas entre los párpados, les confieren una misteriosa mirada indecisa y penetrante, a la vez, a la que el visitante sólo puede sustraerse abandonando la estancia. Sus mejillas llenas y blandas, la nariz elegante apenas deformada por la presión de las vendas y por fin la boca, con los labios intactos, todo da la sensación de algo realmente lleno de vida. Incluso la piel parece respirar, y una cabellera negra, abundante y desordenada, encuadra un rostro juvenil, cuyos rasgos, característicos de una raza cansada de gloria y de siglos, parecen hablar de los triunfos y deberes de su noble estirpe.

El sabio Dr. Elliot Smith, autor del Catálogo General de las Momias del Museo de El Cairo, confiesa que en este caso los hábiles embalsamadores egipcios se superaron a sí mismos. Ningún otro pueblo, en lugar alguno del mundo, logró jamás semejante perfección en el complicado arte de la conservación de cadáveres.

Podríamos preguntarnos si el éxito de los momificadores egipcios se debió exclusivamente a su arte secundado por las enseñanzas de la tradición y de una experiencia milenaria.

Hoy sabemos de fijo que hubo algo más que la habilidad de los embalsamadores, los cuales tuvieron un aliado decisivo en la naturaleza misma del suelo egipcio en colaboración, no lo olvidemos, con un clima extremadamente favorable.

Mencioné ya en el primer capítulo de este libro que, procedentes de cementerios prehistóricos del Valle del Nilo, poseemos cadáveres desecados que fueron enterrados acurrucados, sin tratamiento alguno previo, en el cuarto milenio a. d. J., envueltos simplemente en pieles de cobra o en esteras, según debían de permitírselo las circunstancias. Ni tan siquiera les habían sido quitadas las vísceras fácilmente corrompíbles y, sin embargo, han sido muchos los cadáveres que han llegado a nosotros en excelente estado de conservación.

H. E. Winlock y el profesor Dr. Douglas E. Derry han descrito otros ejemplos muy interesantes, bajo ciertos aspectos, de la facultad preservadora de la arena egipcia.

Durante la expedición patrocinada por el Metropolitan Museum of Art, la cual fue dirigida por el primero de ellos, se descubrió en la necrópolis tebana, cerca de Der-el-Bahri, una fosa común en la que yacían enterrados más de sesenta soldados de la XI dinastía, sin lugar a dudas muertos en combate. Es muy probable que se tratara de guerreros que pertenecieron al ejército de Mentuhotep, el gran tebano renovador del imperio, y que murieran en defensa de aquella dinámica restauración que allanó el camino a la época clásica del Imperio Medio. Tal vez sucumbieran como héroes en escaramuzas fronterizas contra el monarca de Haracleópolis que pretendía defender sus prerrogativas haciéndose fuerte en el Norte, y fueran traídos sin perder tiempo a la patria para ser enterrados en ella con todos los honores después de alcanzada la victoria. Como pone de relieve el Dr. Derry, precisamente en su informe sobre la momia de Tutankamon, estas momias de guerreros son las que mejor se han conservado. Las graves heridas que presentan sus cuerpos parecen demostrar que estuvieron expuestos a una verdadera granizada de dardos lanzados desde alguna altura, lo cual hace suponer que pudiera tratarse de la defensa de alguna muralla o de algún reducto fortificado. En los cuerpos de algunas de estas momias quedaron incrustados fragmentos considerables de armas arrojadizas. Por más que se trate de un tipo de dardo sencillísimo, cuya punta no sufrió ningún tratamiento especial, estos hallazgos son una buena prueba del valor combativo de los arqueros egipcios y de la eficacia de sus armas, de las cuales sabemos que eran el terror de todos los pueblos de la antigüedad. La momia de uno de los soldados está acribillada por varios dardos que le penetraron por la nuca y le salieron por el pecho. Una flecha entró por el antebrazo y atravesó todo el brazo hasta la muñeca. Un dardo provisto de una punta afilada atravesó el omoplato de uno de los guerreros y le traspasó el corazón de parte a parte. Cuando apareció el cadáver, el arma sobresalía todavía unos veinte centímetros del pecho. Ninguno de estos cadáveres, embalsamados sólo parcialmente, presentaba incisión alguna, ni en la pared abdominal ni en ningún otro lugar, o sea que habían sido enterrados con sus respectivas vísceras, a semejanza de las momias prehistóricas. Y sin embargo, la conservación de algunos de esos cuerpos, sobre todo de algunas caras, raya en lo maravilloso.

Es evidente que deben atribuirse al calor y a la extraordinaria sequedad del suelo la excelente conservación de las momias egipcias.

Dejando aparte el embalsamamiento, los sarcófagos herméticos de madera y de piedra, y la ablación de las vísceras, es a la arena de las necrópolis que debemos principalmente el poder contemplar hoy todavía el rostro de hombres de la época de los faraones.

¿Quién sabe si fueron estas propiedades de la arena las que sugirieron a los egipcios la idea de la momificación para proteger de la corrupción a sus cadáveres? ¿No hemos visto como el chacal, este astuto carnívoro, se convirtió, por un proceso análogo en guardián de las tumbas?

Si así fuere, nos hallaríamos ante uno de los casos más raros que puedan darse de colaboración y de adaptación recíproca del arte y de la naturaleza.

Los primeros intentos de que tenemos conocimiento para asegurar la incorruptibilidad de los restos mortales, se remontan a la época de las pirámides. Se empezó por extender sobre la cabeza vendada del cadáver decúbito supino una capa de yeso líquido, y al solidificarse éste se procuraba darle la forma de cara humana. En un principio el tratamiento era harto vulgar y grosero, pero con el tiempo se logró que esta máscara se pareciera efectivamente al difunto. Tal vez no sea otro el origen de las misteriosas “cabezas de repuesto” que figuran en la entrada de las cámaras fúnebres de los príncipes de la IV dinastía. En opinión de Hermann Junker, tenían por misión facilitar a las almas que regresaban de su viaje por las estrellas circumpolares, el reconocimiento rápido de sus envoltorios terrestres. En los campos sepulcrales de Sakara se encontró el molde de yeso de un hermoso y delicado rostro de mujer de tipo camita muy puro. Tanto este molde como la máscara que de él se sacó, se conservan ahora en el museo de El Cairo.

Posteriormente acostumbrábase a enfajar ceñidamente los cadáveres. Es muy posible que en un principio este tratamiento especial estuviese reservado al faraón inmortal; luego tal honor fue concedido también a ciertos favoritos, hasta que finalmente pasó a ser patrimonio de toda la clase social de funcionarios. Puede que el faraón Micerino, el constructor de la tercera pirámide de Gizeh, fuera ya embalsamado en debida forma. Su momia, junto con el féretro interior de origen más reciente y el magnífico sarcófago de piedra adornado con un bajorrelieve que representaba la fachada del palacio, se hundieron cerca de las costas de España con el barco que los conducía a Inglaterra. Más tarde consiguióse rescatar a la momia, la cual fue llevada al Museo Británico, de Londres, donde puede admirarse todavía.

El emplastro burdo que protegía la cara del muerto y que debía asegurar la permanencia del alma y de la personalidad, es seguramente la fase anterior en el desarrollo de la máscara de la momia, moldeada en lino, cartón pintado y dorado — las de los reyes eran incluso de oro puro — que debían desempeñar un papel tan considerable en los funerales durante los Imperios Medio y Nuevo, y aún más tarde.

A partir de la XII dinastía se generalizó la evisceración mediante cortes practicados en el lado izquierdo del vientre. Simultáneamente empezó aquel derroche de vendas y de trozos de tela para rellenar los espacios vacíos entre el cuerpo y los miembros, y para nivelar las irregularidades provocadas por las ofrendas que rodeaban al cadáver. El Dr. Derry descubrió en una tumba de aquella época un lienzo que medía nada menos que 19,25 metros de largo por 1,50 metros de ancho, en ocho dobles, y que servía para embalar la momia.

El arte de los embalsamadores dio un gran paso bajo Amenofis III. Los cuerpos de los suegros de este soberano, Juya y Tuya, han conservado, en efecto, tanto de su frescor original que muchas personas vivas la quisieran para sí. Durante la XXI dinastía empezó a inyectarse bajo la piel del cadáver, en el tronco, el cuello y los miembros, unas substancias que debían conservarles toda la apariencia de su antigua vitalidad; pero fue durante la XXII dinastía que esta técnica alcanzó su más alto grado de perfección, cuando se logró incluso devolver al cadáver el verdadero aspecto que tenía en vida, pero dándoles una apariencia alucinante. A su mirada apagada dieron nuevo brillo ojos compuestos de piedras preciosas o de vidrio y azabache engarzadas entre los párpados; se rellenaban completamente las mejillas y los lóbulos nasales, y a la piel se le daba una suavidad de terciopelo que hoy todavía nos asombra y da testimonio de sus encantos juveniles y del secreto de su existencia.

A nosotros, hombres del siglo XX, nos estremecen las consecuencias de esta evocación, como anteriormente habían asustado ya a los griegos. Desde siempre, lo mismo que nosotros, supieron los egipcios que el soplo de la vida se apaga un buen día en la carne, la cual muere y se descompone. Entonces, ¿dónde encontraban la fuerza para ignorar una verdad que tan brutalmente hiere todos nuestros sentidos y la fuerza tremebunda de negar la más ineluctable de las realidades humanas? Todos estos muertos, que parecen vivos, aderezados y perfumados para toda la eternidad, pintorreados, con pelucas postizas o con el pelo al rape, se nos aparecen como entes de un mundo siniestro que evoca el museo de figuras de cera o una cámara de horrores llena de lémures y vampiros. Nos compadecemos de su suerte y desearíamos que encontrasen por fin el descanso eterno con la descomposición inevitable a todos los mortales y que a ellos les ha sido negada más como una despiadada maldición que como una gracia. ¿Por qué detener al borde de la eternidad lo que queda de sus rostros que desean volver al ciclo universal de la naturaleza eterna, al corazón del dios de donde salieron?

Eso nos preguntamos nosotros, pero nuestros pensamientos difieren de los antiguos egipcios.

“¡Levántate, enderézate Osiris! Mira, soy yo, tu hijo Horus en persona que he venido para devolverte la vida, para reunir tus huesos y juntar tus miembros. Soy Horus, el creador de tu padre, tu hijo y vengador, cuya mirada te devolverá la vida. Horus te abre la boca. ¡Te da ojos para ver, orejas para oír, pies para caminar y manos para obrar!”

Con tales exhortaciones, dirigidas a la momia incorporada ante la puerta de la tumba, celebra el sacerdote la ceremonia de la “apertura de la boca y de los ojos”. Mediante un instrumento mágico otorga a los labios mudos la facultad de recobrar el habla, y con un chorro de agua purifica y consagra al que de una manera misteriosa acaba de ser elevado a una existencia de nivel superior. Abraza a la momia, acerca su rostro al suyo y le insufla en la boca el soplo de vida.

“Eres dios entre los dioses, pero al propio tiempo tú continúas en posesión de cuanto fue tuyo sobre la tierra. Tu esposa está a tu lado y te rodean tus hijos. Tus amigos te acompañan y no te faltan las ofrendas para su subsistencia.

“Tu carne es imputrescible, tu sangre fluye en las venas y todos tus miembros están sanos y ágiles.

“Conservas tu corazón, tu verdadero corazón de siempre!”
“¡Yo soy, existo! ¡Vivo, estoy vivo!…” contesta el difunto.

Así se representaban los antiguos egipcios la vida del más allá.

Es únicamente nuestra falta de comprensión, o de imaginación, la que nos hace ver en esas momias espectros de apariencia repugnante. No se trata de un muerto, sino de un justo que no ha abandonado la tierra y que pronto figurará entre los bienaventurados. “Puede alzar el vuelo como la garza real al despuntar el día, o como la golondrina, a su antojo. Se refrescará sorbiendo agua fresca en la nítida piscina de su diminuto jardín, o bien disfrutará del hálito del cierzo bajo la higuera en flor. La diosa que ha hecho del árbol su morada le dispensará su sombra bienhechora a él y a las mujeres que ama cuando el sol incendie el cielo.”

Así lo quiere la fe de Egipto, esta fe que no solamente removió sus montañas para llenar de tumbas sus entrañas, sino que también realizó el milagro de otorgar a los cuerpos mortales una incorruptibilidad que si bien estaba facilitada por el clima y el terreno de aquel paisaje, era indudablemente una idea cuya belleza sólo pudo ser fruto de la espiritualidad de los hijos del país.

Es preciso no perder todo esto de vista al empezar la lectura de la descripción minuciosa que nos ha dejado Heródoto de las costumbres fúnebres de los egipcios de su tiempo, o sea de una época en que estos ritos habían perdido todo significado desde hacía ya muchos años. He aquí lo que escribió Heródoto con la fría objetividad del historiador que le es propia no desprovista empero de respeto:

“Cuando en alguna casa muere un hombre de cierta categoría, todas las hembras se cubren de barro la cabeza y la cara, y luego de dejar el cadáver en la vivienda recorren la ciudad, junto con los parientes del difunto, golpeándose el corazón, llevando las faldas arremangadas y los pechos al aire. También los hombres se golpean el pecho y se remangan. Cuando todo esto ha terminado, se llevan el cadáver al embalsamatorio.

“Allí se hace cargo de él un equipo de gentes especializadas que cuando se hallan ante el cadáver muestran a los parientes varios tipos en forma de maniquíes de madera pintada imitando los colores naturales. Y les dicen: Tal vez pueda interesarles este modelo, que es el más lujoso (se trata de Osiris) pero no me atrevo a pronunciar su nombre. Luego les presentan uno de otra clase más ordinario y económico, y por fin un tercero que es el más barato de todos. Una vez concluida la propaganda, piden a los parientes cuál de estos tratamientos desean para su difunto, y cuando unos y otros se han puesto de acuerdo en el precio, vuélvense a casa los familiares dejando el muerto en manos de los embalsamadores. He aquí cómo se realiza el embalsamamiento más suntuoso:
“Primeramente, sirviéndose de un gancho de hierro que introducen por las ventanas nasales, extraen el cerebro, pero no en su totalidad, pues una parte de él queda disuelto por las substancias medicinales que se inyectan. Seguidamente, con un afilado cuchillo de piedra cortante de Etiopía se practica al cadáver una incisión en el flanco y le sacan las vísceras. Y cuando se las han limpiado y rociado con vino de palma, las pulverizan con especias molidas. Luego rellenan el vientre con mirra pura triturada, finísima casia y toda clase de sahumerios, excepto incienso, y lo vuelven a coser. Después lo sumergen en un recipiente lleno de natrón (una solución de carbonato sódico), dejándolo allí por espacio de setenta días, pero no más, pues de lo contrario la sosa atacaría demasiado la carne. Pasado este tiempo se saca de nuevo el cuerpo, lo lavan bien, y le llenan el vientre con serrín de madera. Los operadores juntan fuertemente las piernas del cadáver, lo cruzan de brazos, procediendo acto seguido a envolverlo totalmente, cara inclusive, con un sin fin de vendas impregnadas de goma que los egipcios usan generalmente en lugar de cola. Entonces los deudos se llevan el cadáver a casa y lo meten dentro de un ataúd de madera de forma humana, y cuando ya está dentro del féretro, lo arriman de pie contra la pared en la habitación del difunto. Éste es el método más caro de preservación del cadáver.

“Pero el muerto de los que no quieran gastar tanto y escojan el segundo modelo, debe contentarse con el tratamiento siguiente:

“Los embalsamadores llenan unas jeringas con aceite de cedro que inyectan en el cuerpo, pero sin practicarle ninguna incisión ni retirar los intestinos, sino que lo introducen por el orificio anal que luego obstruyen para evitar la salida del aceite. Después de esta manipulación permanece el cuerpo en el natrón los días correspondientes, y al final de este período dejan que se escurra el aceite, el cual ha tenido la virtud de disolver el estómago y las entrañas y los arrastra consigo. Mientras tanto la carne ha sido también atacada en gran parte y disuelta por la sosa, de modo que el cadáver se ha quedado casi en la piel y los huesos. Cuando esto sucede, devuelven el cadáver a la familia y no se preocupan de él.

“El embalsamamiento de tercera clase al que recurren los menos afortunados, es el siguiente: Le limpian las tripas a fuerza de lavativas, lo adoban con natrón durante los consabidos setenta días, lo secan al sol y sin más requisitos se devuelve a la familia.

“Pero cuando fallecen las esposas de los altos personajes, sobre todo si han sido bonitas y pueden ser objeto de deseo, no se entregan inmediatamente para su embalsamamiento, sino que se dejan pasar tres o cuatro días, o sea hasta que aparecen los primeros síntomas de putrefacción, y luego se entrega el cadáver a los embalsamadores, pues se supone que entonces ya no corren peligro de que abusen de ellas. Porque según parece, uno de los embalsamadores, denunciado por sus colaboradores, fue sorprendido in fraganti.

“Si un egipcio, o incluso un extranjero, es despedazado por un cocodrilo o muere en el río, entonces los habitantes de la ciudad a cuyas orillas ha ido a parar el cadáver deben embalsamarlo, adornarlo luego lo mejor que les sea posible y enterrarlo en tierra bendita. Nadie tiene derecho a tocarlo, ni sus familiares ni sus amigos. Los sacerdotes del Nilo lo sepultan de su propia mano, como si fuera algo más que un cadáver humano.”

Estas informaciones concuerdan perfectamente en todos sus detalles con lo que han revelado las numerosas investigaciones realizadas en las momias. Pero lo que Heródoto no nos dice es que las vísceras extirpadas eran sometidas a un tratamiento especial que consistía en bañarlas en una solución de natrón, y luego de envueltas en vendas, se depositaban en unas urnas de piedra que comúnmente llamamos vasos canopos, los cuales se colocaban a su vez cerca del ataúd. Generalmente se trataba de una serie de cuatro vasos de forma redondeada, con tapadera móvil en la que en un principio se representó la figura del difunto, pero luego, a partir del Imperio Nuevo, acostumbraban a tomar la forma de cuatro demonios, los llamados hijos de Horus. Uno de ellos, Amset, tiene cabeza humana, pero de los tres restantes, Duamutef la tiene de perro, Kebehsenuf de halcón y Hapi de zambo. Según la tradición, estas potencias protectoras habían venido una vez en auxilio del mismo Osiris después de su muerte, abriéndole la boca para que pudiera alimentarse de nuevo, y en adelante su principal misión consistirá en asistir al difunto que la conciencia religiosa identifica con el propio Osiris para que no sufra ni hambre ni sed. Velaban, naturalmente, porque el bienaventurado no careciera de nada en la tumba, pero estos alimentos no iban a durarle eternamente y estremecía pensar que a lo mejor podían llegar a depender algún día de sus propios excrementos para poder subsistir. Los egipcios consideraban el corazón, el estómago, el hígado y las demás partes interiores del cuerpo como seres no ya independientes, sino divinos, porque incluso durante el sueño y sin que se rijan por la voluntad del durmiente continúan su trabajo secreto pero vital, En un papiro funerario del período greco-romano se leen estas palabras dirigidas al dios de los muertos:

No nos causó ningún daño en vida,
y cada día pudimos apagar la sed;
hemos comido carne de pluma y pescado hasta saciarnos.

¡Qué bien hemos comido y descansado! .

(Según S. SCHOTT)

En muchas momias se observan multitud de manchitas blancas irregulares, cuyo origen debe buscarse en la prolongada estancia del cadáver en el baño de natrón. Cada día aparece como menos probable el empleo en gran abundancia de betún o de pez en el proceso del embalsamamiento. Aquel ennegrecimiento hasta ahora inexplicable que a menudo da al cuerpo desecado la apariencia de cosa carbonizada, proviene probablemente de la descomposición del aceite resinoso ritual que se derramaba sobre la momia en el momento del entierro. Según la descripción de Cárter, los aceites prodigados en el entierro de Tutankamon habían formado en ciertos lugares una capa delgada y quebradiza, y una masa espesa y tenaz en otros, como por ejemplo entre los féretros. Al ser calentados desprendieron un olor penetrante, aunque no desagradable, como de pez, sin que, empero, pudiera el análisis químico comprobar su existencia, ni la de ingredientes minerales bituminosos. Al oxidarse se había producido una lenta combustión espontánea, cuyo calor había no solamente atacado los tejidos, sino que con el tiempo había incluso llegado a deteriorar la momia del joven rey.

En las momias reales del Imperio Nuevo que por una serie de circunstancias favorables han llegado hasta nosotros, podemos admirar, naturalmente, el método de embalsamamiento que podríamos llamar de primera categoría, el cual, según parece, no es otro que el aplicado en su día al poderoso dueño del mundo y más tarde rey de ultratumba y juez de los muertos, el divino Osiris. Incluso se daba a los miembros del cadáver la misma postura que los de Osiris y esta identificación exterior material con el dios le hacía invulnerable contra los riesgos del más allá. En el caso de Tutankamon, y a buen seguro no solamente en el de este rey muerto prematuramente, y por consiguiente sin gran valor histórico, las principales vísceras eran conservadas en magníficos féretros de oro a los que se dio la imagen del soberano. Los sepultados de este modo tenían, igual que Osiris, los brazos cruzados sobre el pecho y en las manos las insignias reales: el cetro y el látigo osiriano. Pero no son éstas solas las particularidades que relacionan las distintas momias de los faraones al mito de Osiris. Así, por ejemplo, la momia de Ramsés II carece de falo, como en el cadáver del dios cuyos fragmentos extraviados logró recomponer Isis después de larga y dolorosa búsqueda. En cambio, el pene del joven Tutankamon apareció erecto y envuelto en las vendas del abdomen, a semejanza de las imágenes de Osiris — el cual desde tiempo inmemorial se veneraba en el Delta como personificación de la germinación de las plantas — en las que el dios despierta del sueño de la muerte. Una de las más bellas de estas imágenes se remonta al tiempo de Seto I y se encuentra en un fresco del templo de Abidos.

Lo curioso del caso es que no hay unanimidad en el tocado de los muertos más augustos, sino que varía considerablemente.

Muchos faraones han sido sepultados con el cráneo enteramente pelado, otros con los cabellos más o menos cortos, y algunas veces incluso con la cabellera enmarañada. Puede decirse que hasta la XXI dinastía los ojos no son objeto de tratamiento alguno, raramente se les cierra los párpados, y a menudo los ojos aparecen desigualmente abiertos. No es raro que tengan las cejas bien arqueadas, un adorno al que no han renunciado todavía los egipcios de nuestros días. En las narices se les meten tapones de tela para que los cartílagos de la nariz mantengan una apariencia de vida y de resistencia bajo la presión de las vendas e impidan al propio tiempo que rezume el líquido que para fines del embalsamamiento se ha inyectado en el cráneo. La evacuación del cerebro y del cerebelo por medio de un instrumento corvo se ha realizado siempre tan hábilmente que la cabeza no ha sufrido ninguna deformación. En todos los casos investigados se observa que la cavidad craneal está completamente vacía, lavada por lo visto con un líquido y alguna que otra vez rellenada con lienzos empapados de una solución alcalina.

El corte por el que se sacaban las vísceras sigue a menudo una línea que va desde el ombligo hasta la extremidad anterior de la espina ilíaca. Los bordes cruentos aparecen generalmente dilacerados, prueba evidente de que, igual que para la circuncisión, también en este cometido se utilizaba un cuchillo de piedra. Casi siempre la apertura está recubierta por una placa oval o rectangular de oro o de cera. Al embalsamar un cuerpo se le afeitaba por entero.

El examen anatómico ha revelado en muchas momias la existencia de enfermedades deformadoras como las que existen actualmente todavía. Algunos cráneos presentan señales de trepanación y aun de otras operaciones quirúrgicas que sin duda alguna fueron realizadas durante la vida de los individuos. Al rey Siptah debía de preocuparle mucho arrastrar su pie contrahecho. Las pústulas que cubren el rostro de la momia de Ramsés V prueban que sucumbió a la viruela. Al lado de varias reinas muertas de parto se han encontrado los cuerpos de los infantes que nacieron sin vida. En la cámara de los tesoros de la tumba de Tutankamon se hallaron, en féretros individuales, las momias de algunas criaturas, probablemente del sexo femenino, nacidas antes de término, víctimas probablemente de la perniciosa costumbre, para asegurar la descendencia, de casar en la infancia a los príncipes herederos con muchachas apenas núbiles. Entre otros problemas que nos plantean las cicatrices de muchas momias, citaremos una escara redonda en la mejilla izquierda de Tutankamon. Como la causa de la muerte de este joven soberano, sin duda de salud muy delicada, no ha podido esclarecerse, esta herida da margen a interpretaciones diversas. Quién sabe si nos encontramos ante la huella del mordisco de una serpiente. Pero puede también que esta pequeña cicatriz nada tenga que ver con el fin prematuro del joven príncipe.

El tejido de las fajas exteriores y el de las que estaban en contacto inmediato con el cuerpo del difunto, eran generalmente de material más fino que las restantes. La disposición de las fajas dependía de la moda de la época y a menudo constituían verdaderas obras de arte en su género, que todavía causan asombro a los visitantes de los museos. Muchas veces se enfajaban separadamente las extremidades, las cuales luego se unían al cuerpo. Se da también el caso de que cada dedo de las manos y de los pies se vendara separadamente y se metiera luego en un estuche de oro que tomaba su forma. Encima de los ojos y de la boca de los muertos ilustres se extendía un vendaje extra. Al principio los reyes eran sepultados con todos sus ricos ornamentos confeccionados expresamente para tal ocasión, lo que era ciertamente un poderoso incentivo para excitar la codicia de los amigos de lo ajeno.

El atractivo de los legendarios tesoros ocultos, la sed de oro, el afán de fama de los investigadores y la creciente curiosidad de los coleccionistas, consecuencia natural del gran desarrollo de las ciencias históricas, han dado al traste con el misterio de las tumbas egipcias y acabado la obra de devastación iniciada ya por los contemporáneos de los Tutmosis y de los Ramsés.

He aquí cómo se llevó a cabo la violación de una tumba antigua, según propia confesión de uno de los profanadores protocolizada en un documento de la época:

“Habiendo penetrado en todas las estancias hemos hallado descansando a la reina así como a su divino esposo . Encontramos a la augusta momia de este rey… Tenía prendidos al cuello un gran número de amuletos y cubría su cabeza una máscara de oro. La ilustre momia del rey estaba enteramente revestida de oro. Los sarcófagos de ambos eran dorados y plateados por dentro y por fuera, e incrustados con profusión de piedras preciosas. Arrancamos el oro que cubría la noble momia de este dios y también los amuletos y las alhajas que pendían de su cuello, así como la envoltura que le rodeaba el cuerpo.

“Del mismo modo procedimos con la momia de la ilustre esposa. Prendimos fuego a las fajas, vendas y lienzos. La despojamos de cuantos objetos de valor encontramos a su lado: vasos de oro, de plata y de bronce. Nos repartimos el oro encontrado en ambos dioses, los amuletos, las alhajas y los envoltorios de metales preciosos e hicimos ocho partes del botín… ”

Y siempre sucedía de modo parecido.

Al principio del período árabe se constituyeron incluso verdaderas asociaciones de “recuperación” que escudriñaron metódicamente las antiguas necrópolis reales en busca de oro y de paso deterioraban o destruían a tontas y a locas todos los demás objetos funerarios. A raíz del redescubrimiento arqueológico de Egipto subió bruscamente el interés por la posesión de objetos procedentes de su antigua civilización.

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El cazador de momias y el profanador de monumentos hicieron su aparición, y el tráfico de antigüedades empezó a desarrollarse en gran escala, pues daba pingües beneficios. Cada museo quería tener un par de momias propias, cuanto más adornadas mejor, y muchos coleccionistas deseaban poder mostrar por lo menos, como amuleto misterioso, la fina mano de una momia. Empezó la exportación de cadáveres que muchas veces nada tenían de antiguos. Recuérdese que en pocos años la arena del desierto limítrofe momifica los cuerpos que en ella reciben sepultura. Una vez más el mercado se gobernaba por la insoslayable ley de la oferta y de la demanda. Algunas veces, para ayudar a dar un cariz de verosimilitud a los cadáveres contemporáneos éstos eran cubiertos con fajas y amuletos antiguos auténticos. Los clientes solían tener buenas tragaderas y raramente tenían la suerte de descubrir la superchería, como cuando el caso famoso acaecido al afortunado poseedor de una pseudo-momia antigua que descubrió un buen día en la cavidad abdominal de su tesoro un ejemplar del periódico londinense The Times.

Cuando empezaron a escasear las tumbas egipcias, la necesidad de proveer de piezas arqueológicas a los coleccionistas de todo el mundo fue el punto de partida de la nueva orientación que tomaron los profanadores, los cuales saquearon a partir de entonces, sin que nadie se lo impidiera, cementerios enteros de sus antepasados de diferente raza o religión. Las necrópolis de la época greco-romana, copta e incluso árabe primitiva fueron pilladas con igual ensañamiento que las de la época faraónica. En una carta publicada el año 1895 por el sabio R. Forrer, de Estrasburgo, se dan detalles de cómo solía precederse:

“Empiézase por quitar la tierra alrededor de la momia que se ha descubierto en su envoltura de lienzo, algo hundida en el suelo. Luego se cava algo por debajo y finalmente, con vigorosas sacudidas, se la arranca de su sueño de 1.500 años, se endereza lentamente, en parte alzándola y en parte estirándola, hasta que por fin aparece entera al borde de la fosa, después de lo cual se la tumba en el campo en espera de la resurrección. Tan pronto como la primera momia ha sido sacada a la luz, se abalanzan sobre ella todos los obreros, con mis propios guías coptos al frente, para despojarla de sus fajas y cerciorarse de cuántos objetos de valor pueda contener…”

“Sirviéndome del bastón y de ambas manos di de nuevo comienzo a mis investigaciones y a poco de excavar descubrí un cadáver — algo apartado de la sepultura original debido a unos corrimientos de tierra - pero intacto. Y, cosa rara, ni en los campos funerarios de Ajmím habíamos soñado con hallar lo que ahora tenía ante los ojos: el muerto, de cuyo cuerpo quedaba tan sólo el esqueleto descarnado, llevaba gorro, túnica y calzones.” Todas estas tumbas, tan metódicamente saqueadas, ofrecen hoy un espectáculo desolador.

Bajo la influencia de las costumbres de su país de adopción, los helenos residentes en Egipto recubrían a veces su momia con máscaras de yeso a la usanza griega, imitando las facciones del difunto, y otras pintaban directamente su imagen en la madera o lienzo que les cubría la cara. En este último caso se recortaban luego las fajas del rostro y se insería el retrato, de modo que éste semejaba la verdadera cara del difunto surgiendo bajo los vendajes.

Heródoto menciona la extraña costumbre que consistía en dejar expuestas en casa durante muchos años las momias de los familiares. El hallazgo de estos retratos de momias, que la colección Graf ha popularizado, demuestra que esta exposición tenía lugar al aire libre, o sea que las momias permanecían a la intemperie expuestas a las inclemencias del tiempo. A menudo el sol implacable de Egipto provocaba la fusión de los ungüentos y de los aceites, que han dejado manchas y huellas irreparables en estas obras de arte.

En ciertos casos los chiquillos, que jugaban sin duda a su lado, llenaron de garabatos los vendajes de las momias.

Es un remate patético pero adecuado a este capítulo austero, la imagen de unos niños corriendo y jugando, ajenos a la seriedad de la vida, con sus gritos de júbilo, y una manecita que escribe inconsciente sus insignificantes problemas sobre la envoltura de los restos ancestrales.