EL FABULOSO PASADO DEL MARAVILLOSO VALLE DE LOS REYES

EL FABULOSO PASADO DEL MARAVILLOSO VALLE DE LOS REYES

PARA el turista moderno no es más que la meta de una excursión obligada e interesante; una curiosidad tan extraordinaria que se pasa muy bien de toda publicidad.

Todo aquel que se precie de trotamundos debe de haber visto estos vestigios, conocidos y famosos en todo el mundo, de los usos y costumbres, de las creencias, de un mundo antiguo de leyenda, rodeado de colinas de una tristeza tan espantosa, que ni las plantas menos pretensiosas se ven con ánimo de arrostrar la lucha por la vida en ese desierto.

La primera impresión es que uno se encuentra en un museo al aire libre. En donde los recios murallones del largo y tortuoso barranco casi se juntan, formando un portón natural, allí nos encontramos, un tanto contrariados y desilusionados, ante una especie de garita de madera que nos vuelve a la realidad. Porque aquí todo está cuidadosamente organizado y un funcionario de holgadas vestiduras compulsa detenidamente la documentación de los recién llegados antes de dejarles el paso franco hacia el sistema de laberintos del mundo subterráneo.

Un valle encajonado, con pequeños desfiladeros a derecha y a izquierda, termina la hendidura que se atraviesa bajo un sol implacable. Surcos de guijas de sílex, partiendo de la vaguada limpia de obstáculos, trepan por los altísimos acantilados que encuadran este magno cementerio. Destaca sobre todo, en un efecto difícil de superar, majestuosamente asentada en su ancho zócalo, la imponente pirámide natural de El-Qorn, cuya cúspide, tanteando el azul oscuro del cielo era adorada por el pueblo de Tebas. Como su masa domina el país de los muertos, cuyo dios hace callar a los vivos, los antiguos la llamaban Merit Segen, “la bien amada que impone silencio”. Se la consideraba como divinidad femenina, Isis, la esposa de Osiris, y se solicitaba su intervención decisiva con preces, algunas de las cuales han llegado hasta nosotros.

El-Qorn poseía, en efecto, el don de poder castigar y perdonar. En el mundo ya no quedan muchos picachos con tales atribuciones. Siguiendo la bella avenida que avanza por entre grandes bloques de piedra, apareciendo de súbito detrás de montones de escombros se descubren unos cuantos jambajes de piedra caliza, numerados y enrejados, por los que se penetra hacia las negras profundidades. Hasta algunas de estas entradas se sube por unos peldaños. Por doquier, ante el umbral y al píe de las paredes laterales, se levantan imponentes fragmentos de jeroglíficos, echados a perder tanto por la intemperie como por las inscripciones de los visitantes que no han podido resistir la tentación de dejar la huella de su paso.

Son las Biban el-Moluk, las puertas de los Reyes. Digamos en seguida que la mayoría conducen a palacios funerarios profusamente iluminados eléctricamente y con todas las comodidades debidas al turista moderno. Ya no se va a la aventura, ni es fácil que le suceda a alguien lo que a mí en ocasión de visitar una de las tumbas de Menfis, cuando me encontré frente a frente con una víbora plateada que se balanceaba peligrosamente — para mí, claro — como un péndulo de la muerte, suspendida de la reja de una lumbrera. El guardián carinegro que examina los boletos de entrada no se aparta jamás de los grupos. Los fosos-trampas abiertos en algunos pasajes oscuros para proteger las tumbas contra las visitas importunas de sus profanadores en la antigüedad — los pozos del tiempo del previsor Tutmosis III alcanzan hasta seis metros de profundidad — ya no constituyen ningún peligro.

El recorrido de los innumerables corredores se ve facilitado hoy día por los puentes de madera y por escaleras, con cómodos pasamanos, talladas en la roca, y ya no se le teme a las maldiciones de los sacerdotes egipcios, ni a las emanaciones deletéreas ni a las picaduras de los insectos místico-maléficos. Las maquetas de las galerías subterráneas que se exhiben en el Museo de Munich, producen disnea y causan tanta o más impresión que las naturales. Es imposible imaginar algo más organizado que estos pasillos, estas cámaras y estas criptas hipóstilas, con semejante derroche de manifestaciones fantásticas. Las serpientes ya no se creen en su casa en estos antros que han abandonado ante el alud de turistas, los cuales durante la temporada no cesan de afluir por docenas, día tras otro, procedentes de todos los países imaginables, con el Baedeker en la mano, mientras que al exterior, en un ambiente de luz deslumbrante, los asnos y vehículos de todas clases descargan continuamente nuevos grupos de visitantes ávidos de misterio, los cuales despiertan en las peñas escarpadas, ardientes y muertas, el eco de todas las lenguas civilizadas. Solamente en un alarde de fantasía es posible evocar maravillas y secretos en este paraje, hoy materialmente sembrado de guijas, en el que fueron llevados a su última morada los personajes que un día gobernaron el mundo.

Y sin embargo, cuando de verdad se siente el influjo de este paisaje, todo es pura maravilla. Como dijo el mejor conocedor de este Valle por excelencia, en ningún país del mundo se da una tan reducida parcela de tierra que haya conocido 500 años de historia tan fabulosa. Y no hay en esto ni pizca de exageración.

Como es notorio, los faraones de las primeras dos épocas de florecimiento de las antiguas civilizaciones egipcias eran enterrados en las pirámides más o menos sólidamente construidas, que entre El Cairo y los aledaños del oasis de Fayum, de este lado de la orilla del desierto, siguen el curso indolente del Nilo. La segunda gran época de florecimiento de la cultura egipcia — conocida por el Imperio Medio — decayó, agotada, como la primera, después de haber producido obras gigantescas de todas clases, y finalmente sucumbió ante la embestida de un pueblo extranjero, procedente de Asia, que ha pasado a la historia con el nombre de los Hicsos, “los Reyes Pastores”.

Según se desprende de unos sigilos de escarabeos contemporáneos de aquella época oscura, uno de sus caudillos se llamaba Jacob-her o Jacob-el, de modo que tal vez no sea descabellado suponer que entre los invasores penetraran elementos hebreos — en este caso posiblemente miembros de la tribu de Jacob de Israel — en el Valle del Nilo, lo cual podría elucidar el misterio de la fortuna de José.

Al cabo de siglo y medio de dominación extranjera, soportada a regañadientes, los reyezuelos de Tebas, a los que pesaba el vasallaje al cual se hallaban sometidos, se alzaron contra los opresores, y éstos intentaron resistir y dominar las provincias desde su residencia en el Delta, Avaris. Como en tiempos de sus predecesores los Antef y los Mentuhotep, de la XI dinastía, que ya habían restablecido una vez el imperio en todo su esplendor, Tebas afirmó con tesón su gran misión histórica como núcleo de aglutinamiento de las inquietudes patrióticas y de las energías del país, y los invasores no solamente fueron expulsados de Egipto sino que se vieron perseguidos hasta los confines de Palestina.

Los labriegos y los funcionarios egipcios, pacíficos por temperamento, demostraron excelentes e insospechadas calidades guerreras en el curso de esta guerra de liberación. He aquí en qué término se expresa, en un documento que ha llegado hasta nosotros, uno de sus generales victoriosos: “Mis tropas se han batido como leones por su presa y llenos de satisfacción se reparten ahora los prisioneros, la grasa y la miel.” Una después de otra, las ciudades y las provincias de Asia Menor fueron cediendo ante el empuje de los egipcios. Bajo Tutmosis III, guerrero genial y excelente administrador, el reino de los faraones había terminado por convertirse, hacia el año 1500 antes de J. C., en una potencia mundial de una magnitud hasta entonces desconocida. Su influencia se extendía hasta las fronteras de los países más lejanos cuya existencia se conocía. Los tesoros de todo el mundo afluían sin cesar, en forma de tributos o de mercancías, a los silos egipcios. El alma popular egipcia tomó finalmente plena conciencia de sí misma y de su misión y pudo desarrollarse, como nunca hasta entonces en parte alguna de la tierra, en toda su riqueza y diversidad.

Esta tercera época de florecimiento, formidable en su fuerza alegre y creadora, ha pasado a la historia con el nombre de Imperio Nuevo, y con él empieza propiamente la historia de nuestro Valle maravilloso.

El vasto paisaje en el que estaba enclavada Tebas, convertida ya en la capital del mundo, no se presta a la erección de pirámides de estilo tradicional, pues carece de las bases dilatadas del desierto. Al oeste, el imponente macizo pétreo excluye toda posibilidad de que la iniciativa humana, por audaz y fuerte que fuere su genio creador, pueda competir con la naturaleza. Sin contar que en estos parajes, sembrados de descomunales monumentos naturales, las pirámides artificiales resultarían poco menos que ridículas. Los reyes Mentuhotep de la XV dinastía, orgullosos de su grandeza, rivalizaron por dejar a la posteridad una magnífica impronta de su paso por el mundo, y luego la reina Hatsepsut trató de emularlos a su manera. Esta dinastía tuvo el valor de situar la tumba familiar en el circo rocoso orientado hacia el Este, y poco a poco fueron coronando la instalación con una pequeña pirámide visible desde lejos. Pero, con todo y la belleza de su estructura y de su ornamentación, esta tumba quedaba reducida al papel de un simple adorno arquitectónico, accesorio y modesto, al lado de lo gigantesco de la montaña salvaje, cuyos escarpados murallones producían vértigo y parecían llegar hasta el cielo. Los reyes-vasallos de la XVII dinastía fueron menos ambiciosos y se contentaron con las modestas pirámides de ladrillo — según les permitieran sus medios — que jalonan la orilla occidental frente a las terrazas aluviales de Dirá Ab’n-Naga. Allí fue enterrado el orgulloso y levantisco Sekenen-Ra-Tao “al que el dios solar ha creado audaz”, luego que la maza formidable de los bárbaros le hubo hendido el cráneo en pleno combate, y cuando las hienas y los chacales habían ya casi devorado sus restos en el mismo campo de batalla. También fueron trasladados a este cementerio con el ritual acostumbrado, después de veinticinco años de glorioso reinado, los restos de su heroico sucesor Amosis, el Vengador, que añadió a su gloria la expulsión definitiva de los Hicsos.

Entonces se produjeron cambios profundos.

Amenofis I mandó erigir su tumba a cierta distancia de su templo funerario, en la cima de la estribación de una colina, en un lugar relativamente escondido. Una peña disimulaba su entrada. ¿Es que dudaba de la piedad de los tebanos? ¿Qué motivo secreto le impulsaría a romper la tradición?
Tutmosis I fue todavía mucho más lejos y consumó la separación completa entre el templo funerario y la tumba, con lo que se privaba al cadáver del beneficio inmediato de las bendiciones y de los sacrificios. A una distancia de unos dos kilómetros del santuario fúnebre escogió para labrar su hipogeo, un rincón solitario en la pendiente escarpada del grandioso circo, y allí mandó excavar la primera tumba real del Valle de los Reyes. La quebradura cercana del Valle se prestaba admirablemente para disimular en su acantilado la entrada de los corredores funerarios. Por una escalera que se horadó en la roca se desciende hasta la antesala, desde la cual otra escalera conduce a la cámara fúnebre propiamente dicha, de paredes groseramente talladas, que tiene la forma de un anillo real oval. En un principio, el techo descansaba sobre una sola columna y las paredes estaban recubiertas de estuco brillante y bellamente decoradas. A la izquierda existe una tercera habitación (en la que posiblemente se depositaba el vaso en el que se encerraban las entrañas del difunto), por la que se esparcían los objetos más preciosos y queridos de su pertenencia. La cripta contiene, además, el magnífico sarcófago de gres, adornado con imágenes de Isis, de su hermana Neftis, de la diosa celeste Nut y de otras divinidades de los muertos.

La construcción de este sepulcro extraordinario, que más bien parece escondite que monumento funerario, estuvo confiada al arquitecto Ineni. Éste, en un acto de vanidad, y siguiendo en ello la costumbre de la época, en las paredes de su capilla funeraria dejó constancia de los principales episodios de su vida, y en su descripción menciona el secreto con que se llevaron las obras: “Yo solo vigilaba las obras de la construcción de la tumba de su majestad. Nadie la vió, nadie supo una palabra…”

“Es de suponer” — escribe Howard Carter —, “que a los cien o más obreros que poseían también el secreto más querido del rey no se les autorizaba a desplazarse a su antojo, A no dudar, Ineni encontraría algún método eficaz para reducirlos al silencio. Es muy probable que los trabajos fuesen realizados por prisioneros de guerra a los que luego se ejecutaba…”.

Nos preguntamos una vez más: ¿Cuál fue el verdadero motivo de esta ruptura tan brusca y radical con la tradición?

Es precisamente en los ritos funerarios que, por la misma fuerza de la inercia, las tradiciones familiares se mantienen por más tiempo inalterables. Este cambio trascendental en el criterio real es tanto más inexplicable si se tiene en cuenta el apego sin igual de los habitantes del Valle del Nilo a sus costumbres sagradas, las cuales permanecieron invariables durante siglos y milenios.
Lo que sin duda alguna impulsó al rey a tal determinación fue el pavoroso miedo ante la idea de que su tumba pudiese también ser profanada algún día.

Para asegurar la supervivencia ultraterrena del alma, era indispensable, según las creencias egipcias, que la momia y los vasos que contenían sus entrañas permaneciesen intactos. También los objetos que rodeaban al difunto desempeñaban su papel en esta persistencia, y es de creer que las ofrendas funerarias de aquella época de prosperidad y de triunfos militares serían más valiosas y numerosas que nunca. Semejante profusión de oro y de piedras preciosas forzosamente habían de excitar la codicia de los violadores de tumbas. ¡Cuántas precauciones habían tomado, desde hacía siglos, los hombres de confianza de los faraones, para evitar tales profanaciones! Habían acumulado montañas de piedras sobre las tumbas y obstruido los corredores, después de la ceremonia del entierro, con enormes bloques de piedra, tres o cuatro veces consecutivas, destinados a descorazonar a los salteadores. En los alrededores tenían sus cuarteles numerosos soldados y se habían nombrado guardas especiales que respondían con la cabeza de la seguridad del Valle. Desgraciadamente, estos mismos vigilantes, durante las épocas de debilidades o de crisis dinásticas o internas del estado, hicieron a no dudar causa común con los ladrones de tumbas, a los que orientaban para que pudiesen realizar más cómoda y rápidamente sus fechorías, y con los cuales repartían el botín. Así se explica que ni las puertas falsas, ni los pasajes secretos ni los accidentes mortales que debían ocasionar los pozos-trampas bastaran a impedir el éxito de los aventureros. La cupididad, el afán de riquezas podía más que todos los dispositivos de seguridad. Además, ¿quién nos asegura que el arquitecto encargado de las obras no considerara ya de antemano las ventajas que para él podían derivarse de un eventual saqueo de la tumba, y que no tomara en consecuencia las disposiciones oportunas para facilitar más tarde la labor sacrílega de sus futuros cómplices?

Lámina color II

El caso es que las gigantescas pirámides de los reyes divinos del Imperio Antiguo no resultaron a la larga más seguras que las modestas tumbas de ladrillos de los reyezuelos locales. En todas las épocas de su historia antigua, la perseverancia de los buscadores de tesoros dieron razón del intrincado laberinto protector subterráneo.

Esta constatación debió de turbar el sueño de los faraones autocráticos del Imperio Nuevo.

No había más que un medio susceptible de preservar en cierto modo la paz de los monumentos funerarios, y éste era que los soberanos renunciaran a ser enterrados con tal cúmulo de riquezas.

Pero esto era totalmente imposible, porque hubiera sido tanto como repudiar sus creencias más arraigadas y modificar radicalmente su ideología milenaria.

Es precisamente la fastuosidad de su residencia eterna lo que atraía la maldición sobre ésta y sobre sus moradores, y ninguna de las innumerables instituciones, en las que ejércitos de sacerdotes y de guardas encontraban ocupación y provecho en el curso de los siglos, logró a la larga proteger las tumbas. Cuando Tutmosis I tomó la grave decisión de buscar refugio en la más absoluta soledad, es probable que no existiera en su vasto imperio casi ningún sepulcro real que no hubiese sido profanado ya.

Tal vez influyera en su decisión la creencia que para su proyecto de tumba secreta e inaccesible este valle encajonado era el lugar ideal, ya que podía ser custodiado eficazmente con relativamente escasas fuerzas escogidas de toda confianza. Unos cuantos guardas al acecho repartidos estratégicamente en la entrada del desfiladero y las alturas circundantes debían bastar a poner al descubierto cualquier persona sospechosa que merodeara por aquellos andurriales.

Los sucesores siguieron su ejemplo. En lugares casi inaccesibles, guarecidos por salientes de roca, en valles secundarios, incluso en una profunda falla de erosión, a media altura de la escarpada pendiente, se horadaron, por espacio de quinientos años, pozos, fosas y galerías en el corazón de la montaña blanca, que fue llenándose poco a poco de momias y de tesoros reales.

Las tumbas más antiguas son de dimensiones moderadas. La última morada del gran Tutmosis III se abre por un corredor, en parte escalonado, de 20 metros de longitud y muy pendiente, el cual desciende hacia el pozo mencionado de unos 6 metros de profundidad y una apertura de boca de 4 a 5 m2, destinado sin duda a desalentar a los ladrones de tumbas. Después de esta especie de mazmorra, el pasaje continúa hasta convertirse en una sala con dos pilastras cuadradas, y cuyas paredes están decoradas con 741 imágenes de divinidades. Hacia la izquierda se accede, por un tramo de escaleras de peldaños bajos, a la cámara oval, la principal de la tumba, provista de otras dos columnas cuadradas también. Las paredes están literalmente cubiertas de dibujos e inscripciones jeroglíficas en tinta roja o negra, sobre un fondo gris amarillo, de modo que el sarcófago parece rodeado de un vasto papiro funerario. Al alma del difunto se le ofrecía así, desplegada a su alrededor, una magnífica hoja de ruta mágica y completa, en su viaje al mundo de las tinieblas, y con su ayuda le sería no sólo posible salir airoso de todas las pruebas y afrontar cuantos peligros se le presentaran en su azaroso camino, sino que en el viaje nocturno de regreso estaba seguro de poder lograr un sitio preferente en la barca del rey-sol. En esta cámara, cuya forma recuerda la del sigilo real, descansaba, sobre un zócalo de alabastro, el sarcófago de gres rojizo, el cual dentro de diversos ataúdes de forma humana, encerraba la momia del más emprendedor y audaz de todos los faraones. Otras cuatro pequeñas cámaras adyacentes se destinaban probablemente a las estatuas del monarca y a guardar el equipo ritual y la reserva de alimentos.

El hijo de este poderoso faraón, Amenofis II, cuya vida fue muy breve, mandó construir su propia tumba inspirándose en los planos de su padre, pero introdujo algunas modificaciones, como por ejemplo la forma cuadrada que dió a la gran cámara hipóstila. Añadió, además, una cripta, en la que se depositó el sarcófago de piedra pintada de encarnado. Cuando, en la primavera del 1898 abrió esta tumba Loret — a la sazón director del Servicio Egipcio de Antigüedades — el cadáver apareció adornado todavía con las flores que unas manos piadosas le habían colocado encima hacía más de 3.000 años. Guirnaldas rodeaban el cuello de la momia y sobre el pecho ostentaba un ramo de flores de acacia. ¿Acaso sus delicados pétalos estaban destinados a responder a los primeros latidos del corazón del faraón resucitado? Desgraciadamente, pronto se dió cuenta el descubridor que lo apuntado era casi todo lo que quedaba, pues casi la totalidad del tesoro, fabuloso sin duda, de la tumba, brillaba por su ausencia, robado o destruido por los salteadores desde tiempo inmemorial. Incluso había desaparecido la cota de bello cuero color salmón que el esforzado guerrero y apasionado cazador llevaba siempre en sus expediciones. Por los restos que se encontraron esparcidos por el suelo se llegó a la conclusión que esta cota estaba cubierta de escamas cosidas de piel y de madera, y aquí tenemos el ejemplo más antiguo de uniforme de esta
clase.

Constituyó una inmensa sorpresa el hallazgo, dentro de esta cripta, de otras 13 momias reales de ambos sexos, entre las cuales las de los sucesores de Amenofis II: Tutmosis IV y Amenofis III, las cuales fueron llevadas allí hace miles de años, para que pudieran continuar en aquella cripta secreta con toda tranquilidad su sueño eterno, cuando en sus tumbas, que habían sido reiteradamente pilladas quedaban sin protección expuestas a la aniquilación. Huelga decir que ni rastro quedaba de las riquezas ni de las ofrendas, pero ellas por lo menos habían escapado a la profanación suprema. No todas estas momias de reyes y reinas han sido identificadas todavía. ¿Se encuentra entre ellas tal vez la de la gran Hatsepsut, cuya personalidad nos interesa actualmente mucho más que la de las demás reinas del Antiguo Egipto?

Según parece, a partir de la XVIII dinastía se desistió de proteger las tumbas rodeando en cambio del más estricto misterio su emplazamiento, y en vista del fracaso de los antiguos métodos, los soberanos optaron por instalar sus sepulcros al pie de valles angostos, en lugares bien visibles y fáciles de vigilar. Como cada monarca tenía especial interés en asumir la protección del cementerio real, se creyó que ésta era la mejor solución para impedir que los salteadores continuasen haciendo de las suyas.

Y luego, bajo los poderosos faraones de la XIX dinastía y los Ramsés que les sucedieron, se extendieron los pasillos, se ensancharon las estancias, se ahondaron más las fosas y las cámaras hipóstilas llegaron a ser de proporciones colosales. Se terminó con los recodos, y las galerías penetraban en línea recta hasta más de un centenar de metros en el corazón místico de la montaña, como símbolo impresionante del misterioso itinerario nocturno del dios-sol en su barca llevada a la sirga por los bienaventurados hacia el horizonte de levante, franqueando puerta tras puerta y ahuyentando a cuantos demonios y serpientes monstruosas encontraban a su paso. La tumba colosal de Setos I se compone nada menos que de 14 salas con maravillosas decoraciones murales, y la del opulento Ramsés III comprende 28 celdas. ¿Qué habrá sido de los tesoros incalculables que durante siglos se fueron acumulando en este mundo subterráneo?

¡Cuántos vigorosos mazazos fueron asestados sobre el cincel de cobre, cuánta fatiga, cuánta sed, cuánto esfuerzo y cuánto sufrimiento costaron estas construcciones! Los montones de escombros rocosos formaban verdaderas colinas y un ejército de escultores y de pintores acampaba por el Valle de los Reyes cubierto de talleres y de silos.

Y, regularmente, a intervalos más o menos largos, animaban el Valle las fastuosas ceremonias fúnebres. Los cortejos que acompañaban al “dios bueno” hasta su última morada, metido en el sarcófago más precioso que jamás haya existido en el mundo Los inmensos escriños sagrados resplandecían de oro bruñido. También eran de oro las estatuas de los difuntos y las de los dioses, así como los objetos del culto, las insignias, los cofres y todas las joyas. Y a todo esto hay que añadir, para realzar aún más tamaño esplendor, el mirífico espectáculo del mosaico luminoso compuesto de piedras preciosas e hialinas en cantidades verdaderamente extraordinarias; los delicados colores de las flores y de las plumas, el resplandor de las maderas preciosas y pulidas, artísticamente talladas en forma de carros de guerra y de caza; sitiales, palanquines o escabeles. Y todo esto — en procesión fantástica sin igual — invadiendo de repente la espantosa tristeza del Valle desolado, mezclándose el cuchicheo de las preces rituales a los acentos lánguidos de los cánticos religiosos, a los gritos estridentes y lúgubres de las plañideras desenfrenadas y al mugido macho de los toros sagrados casi invisibles detrás de inmensas guirnaldas de flores…

Cada vez que fallecía un soberano se repetía este grandioso espectáculo, y las riquezas de África, las del Próximo Oriente y las de las Islas, fluían en tales ocasiones en una pompa fabulosa como solamente podría haber sido igualada en la Antigua India o en las enigmáticas civilizaciones precolombinas de los Mayas, de los Incas o de los Aztecas.

Cuando terminó la antigüedad egipcia, de todo esto ya no quedaba sino el recuerdo. Apiñados en sus escondrijos improvisados, preservados de las peores humillaciones gracias únicamente a la piedad de algunos sacerdotes, pero pobres como una rata, poseyendo por toda riqueza su envoltorio de vendas, los faraones dormían su último sueño sin leyenda. Solamente tres permanecieron en sus tumbas originales, las cuales eludieron la profanación porque no se logró dar con ellas.

Ya en tiempos de César Augusto, cuando Estrabón estuvo en Egipto, las tumbas abiertas y vacías eran la meta de los turistas griegos y romanos, muchos de los cuales han pasado a la historia debido a sus innumerables inscripciones esgrafiadas. El geógrafo romano menciona, como dignas de ser visitadas, “cuarenta tumbas reales excavadas en la roca y magníficamente decoradas”. Entre las tumbas de los miembros de las familias de los soberanos y las de los altos funcionarios, se conocen unas sesenta, de las cuales sólo diecisiete están abiertas al público.

Pausanias, Heliodoro, Aeliano, Amiano Marcelino y otros escritores antiguos las llaman “siringas”, y éste es el mismo nombre que se les da en las inscripciones murales. Tal vez deba buscarse la etimología de esta palabra en el vago parecido de estos pozos-tumba con la famosa flauta alargada de Pan.

La decadencia política y económica del imperio y los desórdenes provocados por las migraciones motivaron que las maravillosas sepulturas fuesen abandonadas. Los chacales, buhos y bandadas innumerables de murciélagos tomaron posesión de las cámaras suntuosas y de los corredores desiertos, ahora llenos de escombros. Por las losas arrastraban sus anillos toda clase de serpientes. Donde antiguamente resonaban los himnos sagrados y poblaban el aire las mazadas de canteros y escultores, se oían solamente los prolongados aullidos nocturnos del lobo del desierto. Tebas, arruinada por las invasiones guerreras, quedó dispersada en algunos poblados miserables. Totalmente insensibles al hechizo del arte que había hecho famosa su capital, los tebanos ya no se sentían atraídos por el Valle misterioso y sus aledaños, que para ellos, ajenos a los secretos de su pasado legendario, no era más que un lúgubre refugio de espectros y demonios.

Por aquel entonces algunos eremitas cristianos se instalaron en algunas de las tumbas abandonadas y la “cámara, dorada” del difunto llamado por Osiris se convirtió en celda.

El ascetismo más rígido sucedió a los fastos mundanos más suntuosos. El ataúd vacío del faraón sirvió de lecho en vida, y tal vez más allá también, al nuevo inquilino. Incluso una de las tumbas abiertas se convirtió, durante muchos años, en una modesta capilla.

El genio inventivo de los poetas se queda a veces chico ante las realidades de la historia.

La “Historia del Valle de las Tumbas Reales” en los tiempos modernos, escrita en lenguaje vivo y ameno, es obra del gran arqueólogo Cárter.

En la primera mitad del siglo xviii, el explorador inglés Richard Pococke descubrió, en el curso de un viaje arriesgado, hasta catorce tumbas reales, de las que nos cuenta, en su obra A description of the East, que nueve eran accesibles y las cinco restantes estaban bloqueadas. La expedición fue muy accidentada, pues en lugar de los primitivos anacoretas cristianos, habían aparecido las bandas de ladrones de tumbas, las cuales hacían tan inseguro el lugar, que incluso el jeque local que le guiaba salvóse por pies.

En estas condiciones, se comprenderá fácilmente que los curiosos se contentasen entonces con visitar, sin peligro, las ruinas de los templos funerarios de los reyes en la frontera occidental de las regiones habitadas. Los bandidos se alojaban en las mismas tumbas reales, como los caballeros de conquista medievales se hacían fuertes en ciudadelas poco menos que inexpugnables, y nadie quería aventurarse por aquellos parajes accidentados y propicios a las emboscadas. Una tentativa desesperada de las autoridades, las cuales, después de ocupar militarmente aquellas montañas prendieron fuego a las bocas de las tumbas para achicharrar literalmente a los bandidos en el fondo de sus guaridas, tuvo un éxito efímero, y poco después se cubrían de nuevo las bajas de las cuadrillas. Quien pretendiera penetrar hasta el mismo Valle para proceder en él a excavaciones metódicas debía precaverse contra asechanzas y agresiones sin cuento, y se exponía, como James Bruce en 1769, al peligro de morir lapidado. Bruce debió su salvación a las armas de fuego que empuñaban él y su acompañante, gracias a las cuales pudieron mantener a discreta distancia a los merodeadores, pero la sensación de incertidumbre era tan manifiesta, que ambos se apresuraron a reunirse a sus guías indígenas, abandonando, al menos por el momento, empresa tan peligrosa.

La famosa “Comisión Egipcia” nombrada por Napoleón, la cual tiene a su haber una labor inapreciable y cuyas exploraciones en las tumbas en aquel entonces accesibles iniciaron la ciencia egiptológica moderna, tampoco halló expedito el camino, con la agravante que los descendientes de los antiguos moradores de las tumbas hicieron frente, con armas de fuego, a los eruditos franceses cuando éstos, a fines del siglo XVIII emprendieron las excavaciones en modesta escala.

Luego empezó el gran período propiamente dicho de los descubrimientos arqueológicos.

Por derecho propio merece encabezar Belzoni, con el nombre escrito en grandes caracteres, la lista de los numerosos sabios a los que debemos cuanto sabemos sobre el Valle de los Reyes.

Este gigante italiano, hombre emprendedor si los hay, se encontró en Egipto, después de haber fracasado como inventor, sin más recursos que su fecunda imaginación.

Enardecido por la confianza que le demostraba el cónsul general británico y excelente coleccionador Salt, al confiarle el transporte desde Luxor a Alejandría de un gigantesco retrato de Ramsés II, se dedicó con ahínco incansable a investigar la época de los faraones. Con su genio inventivo ideó nuevos procedimientos para introducirse en las tumbas reales cuyas entradas constituían un misterio; adquirió numerosos objetos antiguos por cuenta propia y ajena; desde un diminuto escarbado al voluminoso obelisco arrambló con todo lo que se puso por delante, siempre en reñida competencia con sus colegas coleccionadores y excavadores envidiosos, con los que a menudo andaba a la greña, y causó sensación con motivo de la exposición que organizó en Londres el año 1820. Simultáneamente publicaba el relato de sus experiencias en Egipto, por cierto muy entretenidas.

Es a este avispado y dinámico personaje, que había sentido el hechizo de las cosas antiguas, que se deben los primeros redescubrimientos de las tumbas reales, de las que se había perdido la memoria, en los farallones de Biban-el-Moluk. Allí puso al descubierto la tumba de Ramsés I, la de Mentu-her-khopshef, así como la de Eje, que por cierto había sido enterrado en un valle bastante aislado, y las desobstruyó según los cánones en uso entre los arqueólogos de la época, pero cuyo sólo recuerdo produce escalofríos retrospectivos en los especialistas modernos. Sin embargo, su descubrimiento más sensacional fue sin duda alguna el de la sepultura, grandiosa y magnífica, de Setos I, la cual está desde entonces tan inseparablemente ligada al nombre del descubridor que en los anales de la egiptología se la conoce por “la tumba de Belzoni”.

Podemos imaginarnos cuál sería su emoción al ver resucitar ante sí aquel mundo subterráneo maravilloso, de pasillos y cámaras hipóstilas, todo adornado con profusión de pinturas y bajorrelieves preciosos. El sarcófago — que fue encontrado vacío — empezó formando parte de su colección particular, para pasar más tarde al museo Soane de Londres.

El éxito alcanzado por las primeras excavaciones realizadas por Belzoni, fue el punto de partida de toda una serie de investigaciones sistemáticas que se llevaron a cabo durante un período de veinte años en las tumbas del Valle de los Reyes. Arqueólogos notables y representantes eminentes de la incipiente ciencia egiptológica inscribieron sus nombres en el libro de oro del Valle y dejaron a su paso por la región una estela de gloria: Champollion, Burton, Hay y Head, Rosellini, Wilkinson, Rawlinson, Rhind, y finalmente Lepsius. La expedición prusiana que éste dirigió en 1844 realizó un inventario, nuevo y completísimo, de las riquezas del Valle, despejó la tumba de Ramsés II, así como también parte de la de su hijo Meneptah, y la tarea se llevó a efecto tan meticulosamente, que durante todo el resto del siglo XIX no se consideraron posibles nuevos descubrimientos en la necrópolis real.

Es curioso que incluso Belzoni y su mecenas Salt estaban firmemente convencidos de que a los futuros investigadores les quedaba ya muy poco que hacer en el Valle de los Reyes después de su brillantísima campaña. Y, sin embargo, más que nunca puede decirse aquí que si bien la historia había hablado, se había reservado todavía la última palabra, y faltaba aún por escribir la página más extraordinaria de la maravillosa historia del Valle.

Imagenes 24, 25

Imágenes 26, 27, 28

Basándose Loret en informes de funcionarios locales, en 1898 abrió varias tumbas reales, entre ellas las de Tutmosis I y III, y la de Amenofis II, que ya hemos descrito, famosa esta última sobre todo por la presencia al lado del cadáver del soberano, de las momias de varios miembros o dignatarios de la corte fallecidos posteriormente.

Luego, a partir de 1902, Theodor M. Davis, acaudalado americano enamorado de la egiptología y buscador incansable, provisto de la correspondiente concesión, investigó durante doce inviernos consecutivos con éxito realmente asombroso. Entre sus innumerables descubrimientos descuellan los de la tumba de Tutmosis IV, la de la reina Hatsepsut, la de Haremheb, la de Siptah y la de los viejos suegros de Amenofis III — Juya y Tuya. Este último descubrimiento causó sensación entre los egiptólogos, tanto por su interés histórico como por la abundancia y el buen estado de conservación de las momias. Júzguese la emoción del descubridor: ¡Era la primera vez que se lograba encontrar una sepultura egipcia antigua intacta! Los cuerpos de los venerables ancianos estaban tan bien conservados, que hubiera podido creerse que acababan de exhalar el último suspiro. Hubiérase dicho que la piel y los músculos eran blandos aún. La barbilla autoritaria del abuelo de Ecnaton estaba cubierta de canas. La nariz, la boca, las mejillas y los ojos mismos del viejo sacerdote apenas parecían haber variado a pesar de los siglos: un verdadero milagro de los embalsamadores de la época, que habían llevado su arte a tan alto grado de perfección. Los sarcófagos y los muebles eran de excelente artesanía y llevaban el admirable sello de refinamiento artístico que parece haber sido patrimonio de la gran mayoría de los súbditos de aquel faraón pacífico y fastuoso. Desde el papiro funerario a las preciosas alhajas, todos los objetos llevan la marca de aquella época floreciente Y orgullosa de su potencia. Jamás hasta entonces, en ninguno de los innumerables sepulcros o escondrijos del Valle había la grandiosa civilización egipcia dejado tras sí una estela tan viva y tan perfecta de su pasado esplendor. Allí aparecieron por primera vez, intactos y completos, numerosos objetos de los que entonces únicamente se poseían ejemplares mediocres o mutilados.

Este descubrimiento abrió nuevas perspectivas para el futuro.

Si a los parientes del rey se les había dispensado el alto honor de poder ser enterrados en el Valle de los Reyes, rodeados de obsequios reales y en sus propias tumbas, ¿no podía significar esto que se estaba en vísperas de descubrimientos hasta entonces insospechados?

También se descubrió la extraordinaria sepultura que los especialistas empezaron por atribuir a la reina Teje, hija de la pareja que hemos mencionado. Contenía fragmentos de catafalco, botes de pomadas y muchos otros objetos de uso personal en el otro mundo, pero la sorpresa más sensacional fue sin duda alguna el hallazgo de un gran ataúd iluminado como los de la época de Amarna se utilizaban para las personas reales. Al pudrirse las andas que lo sostenían, se había caído al suelo y bajo la tapa casi desprendida apareció un cadáver del que únicamente quedaban los huesos y restos de envolturas. La momia estaba envuelta con fajas de oro como era costumbre amortajar a los reyes, y adornada con emblemas aislados, habiéndose hecho desaparecer su nombre de todos los lugares en donde normalmente debía de encontrarse inscrito. Incluso la máscara dorada, que en un principio había revestido la parte superior del ataúd, había sido brutalmente arrancada. Se trataba seguramente de los restos de alguno de los “reyes heréticos” que durante veinte años había vuelto la espalda al celeste Amón para practicar el culto de la divinidad del dios solar Atón, implantado por Ecnaton. Todo parecía indicar que podía muy bien tratarse del propio Ecnaton, del que las generaciones siguientes abominaron, y se supuso que una mano amiga habría escondido piadosamente, en el Valle de sus antepasados, lo que habían logrado salvar del furor del populacho después del fracaso de la reforma religiosa y del abandono de la residencia real de Akhet-Atón Amarna. Sin embargo, la edad del difunto, que según examen de sus restos anatómicos se calculó entre 24 y 26 años, como máximo, se acomodaba mal de esta hipótesis, llegándose más tarde a la conclusión de que la ilustre momia pertenecía probablemente a Semenkaré, joven yerno y corregente de Ecnaton, al que sobrevivió bien poco, después de haber compartido cierto tiempo el poder con él. No ha podido elucidarse todavía a quién había sido destinada primitivamente esta sencilla tumba decorada con motivos de piedra, ofrendas de Ecnaton.

Mientras tanto, en la soledad del Valle iban surgiendo uno tras otro, pequeños tesoros, procedentes de ajuares funerarios reales y algunas pertenencias sepulcrales que pusieron sobre la pista al futuro descubridor de la tumba de Tutankamon.

La concesión de las excavaciones en este Valle ahora famoso en todo el mundo, había pasado a Lord Carnavon, amante apasionado de todas las reliquias de la antigüedad egipcia, y a su consejero egiptólogo Howard Cárter. Con éxito variable siguieron excavando año tras año para no hallar más que algunos objetos que solamente excitaban la curiosidad de los entendidos. Todas las piezas raras de su colección, con muy pocas excepciones, las habían adquirido contra dinero contante y sonante en los almacenes de los traficantes de antigüedades.

Cuando ya estaban a punto de abandonar la búsqueda, Carter, que estaba familiarizado con la topografía del circo, hincó el azadón en un paraje algo alejado y todavía inexplorado.

Entonces se produjo aquella serie vertiginosa de descubrimientos maravillosos y emocionantes como en un buen film, en el que las aventuras aparecieron refinadamente dosificadas: la destapadura de la entrada de la tumba, los célebres 16 peldaños, el pasillo obstruido por los escombros, el vestíbulo abarrotado hasta el techo de deslumbrantes tesoros, la pequeña apertura que conducía a la despensa, la pared resplandeciente del gigantesco féretro “de la cámara en la que se descansa” … para llegar finalmente a la cámara contigua del verdadero tesoro, ante cuya puerta montaba Anubis la guardia, mientras que a su sombra diminutas diosas tutelares extendían los brazos para proteger contra toda profanación la urna suntuosa que contenía las entrañas del difunto…

Por fin el Valle había librado su más precioso secreto. La historia de este descubrimiento ha sido descrita demasiado a menudo y en todas sus minucias para que volvamos a relatarla de nuevo aquí.

La sensacional noticia dio pronto la vuelta al mundo y la curiosidad de toda la humanidad sensible a la llamada de las civilizaciones antiguas se concentró en aquel rincón perdido de la Tebaida que durante mucho tiempo llenó la primera plana de todos los periódicos del orbe.

Resultó que cuatro cofres de oro, encajados uno dentro del otro, envolvían un sarcófago de cuarzo que contenía los tres féretros propiamente dichos cuya forma humana reproducía con gran fidelidad, bajo las apariencias de Osiris, los rasgos del rey fallecido. No se supo la razón del peso considerable del conjunto hasta que se despejó el último féretro que encerraba la momia diestramente embalsamada con profusión de ungüentos. De oro macizo de un espesor de 2,5 a 3,5 cm, era el más precioso que hasta entonces se había encontrado. La apertura de la tapa reservó otra sorpresa: el busto de la momia estaba cubierto por una especie de armadura, igualmente de oro, que era una verdadera obra de arte. Por encima de la cabeza, el cuello, el pecho, el cuerpo y los miembros del joven soberano yacían repartidos en 101 grupos, 143 objetos entre los cuales había emblemas, collarines flexibles de oro, con incrustaciones de piedras preciosas, amuletos, insignias reales, alhajas y dagas de deslumbrante belleza. Este tesoro funerario, para cuya exposición hubo que habilitar todo un piso del Museo de Antigüedades de El Cairo, es tan cuantioso, que todavía no ha sido posible publicar el inventario completo del mismo, pues hay trabajo para varias generaciones de especialistas.

Sólo el valor intrínseco del oro de los objetos encontrados en la tumba es enorme. Su valor artístico y arqueológico es incalculable.

Es poco probable que el Valle de los Valles esconda todavía otras tumbas faraónicas. No olvidemos, sin embargo que tal ha sido siempre la opinión general desde Belzoni, y a la vista están los grandiosos descubrimientos realizados desde entonces por los arqueólogos excavadores. Sin contar que todavía continúa siendo un misterio el emplazamiento de la mayoría de las tumbas reales de la dinastía XVIII, e ignoramos asimismo dónde se encuentran las de algunos de los reyes-sacerdotes…

¿Debemos admitir que este abismo desierto y estéril, testigo eterno de un pasado sin igual ya no tenga secretos para la historia? ¡Quién sabe si les esperan todavía más sorpresas a los futuros investigadores…!