EL ENIGMA DE LA ESFINGE
HACIA las tres y media de la tarde apercibimos ya el desierto en el que se alzan las tres pirámides. Es tan grande mi impaciencia por tenerlas al alcance de mi mano, que lanzo a mi caballo al galope por el arenal, seguido de cerca por Máximo. Es una loca carrera.
“Grito sin querer, y luego avanzamos, jadeantes, contra el viento en dirección a la esfinge, cuyo volumen aumenta por momentos, surgiendo de tierra como un perro que se yergue ante su dueño.
“Ya estamos ante la esfinge Abu el-Hol (el padre del terror) como la llaman los árabes. La arena, las pirámides, la esfinge, todo es gris, de un gris bañado en una claridad de color rosa subido. El cielo es de un azul intenso. Una bandada de águilas revolotea lentamente sobre la cumbre de las pirámides. Nos detenemos ante la esfinge, que nos lanza una mirada terrible. Máximo palidece. En cuanto a mí, la cabeza me da vueltas y trato en vano de contener mi emoción.”
“Los ojos de la esfinge parecen todavía llenos de vida. El lado izquierdo, sobre el que de preferencia se han posado los pájaros desde siempre, es de un color blanco sospechoso. Está orientada a Oriente, la cabeza es gris y con enormes orejas apartadas, semejantes a las de los negros; el cuello delgado, pues las tempestades de arena del desierto lo han ido rebajando en el curso de los siglos. Ante la mole hay un gran hoyo en la arena que la pone de manifiesto en su totalidad.”
Así se entraba en contacto hace cosa de un siglo con el monumento más formidable de la humanidad, y fue Gustavo Flaubert quien escribió estas líneas el 7 de diciembre de 1849, en el curso de un viaje por el Valle del Nilo con su amigo y protector Máxime du Camp. Tenía entonces 29 años y si el estudio de las inscripciones de los monumentos le aburría bastante, por contra, su desasosiego sensual se encontraba en su elemento entre los esplendores de la vida oriental. Le quedaba “La Tentation de Saint Antoine” por terminar y todavía no había empezado ni “Madame Bovary” ni “Salambó”.
Hoy todo es mucho más sencillo. Se toma el tranvía 14 desde Ataba el-Chadra hasta el final de trayecto, a menos que se prefiera ir en automóvil. Luego se monta un camello de alquiler, flaco pero ataviado de un modo impresionante, de los muchos que al pie del cementerio de los reyes aguardan a los turistas curiosos, y, majestuosamente sacudido se avanza hacia el monumento gigante.
Se llega completamente agotado a Mena House, en cuyos jardines se bebe una taza de té y desde donde se deja vagar la mirada hacia los inmensos triángulos que se recortan en el horizonte y parecen cerrar el paso en el confín; se contempla con sorna la juventud dorada de la “gran sociedad internacional”, la cual, como en un parque zoológico de nuestros años infantiles, se balancea amarrada a las jorobas de la nave del desierto, de cuyos flancos penden toda la colección de piernas de todos tamaños recubiertas de calcetines elegantes y chillones.
El que quiera llegar a pie hasta la esfinge, debe resignarse, después de haber alcanzado el campo de las pirámides, a hundirse continuamente en la arena y a no salir de ella más que para enfrentarse con los beduinos codiciosos que consideran a este país de maravillas como una prebenda heredada de sus antepasados. Le ofrecerán con cansina insistencia sus servicios de guía y un sin fin de antigüedades de dudosa autenticidad, las más de las veces a todas luces falsas, y le abrumarán de tal modo, que más le valdrá al viajero decidirse a tomar a uno a su servicio, aun cuando sólo sea para esquivar las impertinencias de los demás.
En ocasión de mi primera visita a este cementerio extraordinario, llegó a ponerme tan fuera de mí su descaro, que ni siquiera vi las pirámides y sólo eché un vistazo a la esfinge.
¿La esfinge? Es posible que no exista unanimidad A diferencia de la esfinge griega — una leona con torso de mujer — la esfinge egipcia pertenece generalmente al género masculino, y parece ser de buen tono, entre los que se han dado cuenta de ello, el emplear el artículo masculino y persuadir a los demás a que los imiten. Es una cuestión de principio para ellos el enseñar al que no sabe.
Sin embargo, yo discrepo y continuaré escribiendo la esfinge, escudándome en la autoridad de Hans Gerhard Evers. “Cuando, ante la sorpresa general, resultó que la mayoría de las esfinges egipcias representaban a reyes y no a seres femeninos, empezó a decirse, con una precipitación digna de mejor causa, el esfinge, contrariamente al uso hasta entonces establecido y firmemente arraigado. Este exceso de celo está ya pasado de moda. En efecto: a nadie se le ocurre hablar de el estatua por el solo hecho de que el personaje esculpido sea Napoleón o Apolo, pongamos por caso. Del mismo modo esfinge es un término general de arte que designa una cierta combinación plástica de hombre y animal. Los que no se den por satisfechos con esta explicación y crean hablar con más propiedad y más correctamente guiándose por el sexo, se hallarán en grandes apuros las más de las veces, pues no faltan en Egipto esfinges con cabeza de mujer y de carnero, además, bien entendido, de las de los reyes, de modo que deberá hacer equilibrios con los géneros, empleando ora el artículo masculino, ora el femenino e incluso el neutro. Creo que esto queda bastante claro.”
En estos términos que no admiten réplica se expresa el mencionado Evers en Staat aus dem Stein, uno de los libros más sugestivos, penetrantes y apasionados que se han escrito sobre los monumentos artísticos del antiguo Egipto.
Sorprende la diversidad de aspectos bajo los cuales la gran esfinge de Gizeh ha impresionado a sabios y a profanos desde tiempo inmemorial.
Así, por ejemplo, leemos bajo la pluma de autores que nos merecen el mayor respeto, que la gran esfinge no es obra de los egipcios, sino que procede de alguna otra civilización, mucho más antigua, de la que se ignora, naturalmente, todo. Dimitri Merejkovski, el autor de novelas históricas famosas, escribe con ligereza sorprendente en su libro, por otros conceptos muy interesante, Los misterios de Oriente: “La esfinge es muy anterior a las pirámides y es la más antigua de todas las obras que ha producido la humanidad. En los rasgos de la esfinge aparece por primera vez la faz humana…”
Muchos escritores, entre ellos el ya citado Flaubert, le encuentra un tipo negroide. “Por otra parte, seguramente es de origen etíope, pues tiene los labios muy gruesos.”
El que reflexione un poco y observe a la esfinge sin dejarse llevar de prejuicios ni de la fantasía, no hablará de labios belfos negroides aun cuando ignore que los primeros negros hicieron su aparición en la historia de Egipto hacia el año 2000 a. de. J.C. Muy posiblemente la mandíbula algo prominente ha contribuido a la difusión de esta teoría insostenible.
Otros han intuido en la expresión del monstruo pétreo algo terrible y cruel, incluso despiadado. La penetrante mirada procedía de un tirano altivo y bárbaro, dicen, influenciados sin duda por las fábulas con que los antiguos guías encandilaban a los visitantes griegos y romanos. Aquellos tiempos no podían valorar la razón de ser de semejantes monumentos, inútiles según todas las apariencias, más que como secuela ridícula y brutal del capricho de un déspota. Por otra parte, el racionalismo greco-romano carecía de comprensión ante “aquella humanidad apenas salida de la infancia” y cada una de las piedras del desierto eran otros tantos pretextos para improvisar las más descabelladas y absurdas leyendas.
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Las degradaciones sufridas por la cabeza del gigante puede que hayan contribuido a la diversidad de las interpretaciones que su expresión sugiere. Las peores mutilaciones las sufrió durante el período árabe. Hacia el año 1380 d. J. C. un jeque cobró triste fama de iconoclasta furioso ensañándose en ella. Los mamelucos ejercitaban la puntería tomando su cabeza por blanco, y fue seguramente abierta por una bala de cañón la ancha brecha que desfigura la parte superior izquierda del cráneo. La nariz está completamente destruida y también el labio superior sufrió desperfectos. El viento cargado de arena del desierto ha ido rebajando peligrosamente la piedra calcárea menos resistente del cuello y la forma exterior del torso. La cabeza de la serpiente frontal, así como el porta-barbas se desprendieron hace tiempo y algunos fragmentos se conservan en el Museo de Antigüedades de El Cairo y en el Museo Británico de Londres. Además, el tiempo ha obliterado casi totalmente una figura enigmática esculpida en el pecho de la esfinge. Según un antiguo documento árabe, las facciones de la esfinge eran nobles y armoniosas, lo cual ningún observador objetivo y versado en el arte egipcio pondrá en duda, a la vista de los vestigios todavía existentes.
A pesar de todos los ultrajes del tiempo y de los hombres, la esfinge ha conservado su porte altivo y digno y sigue dirigiendo la mirada al infinito, indiferente a las pequeñeces que la rodean. En las mejillas quedan aún trazas de la pintura pardo-rojiza que las cubriera antaño.
El gigantesco león, con el tocado de forma trapezoidal de los faraones, se levanta en medio de una vasta cantera al este de la pirámide de Kefrén, junto al sendero que une la hondonada de la esfinge al templo funerario de este rey, situado frente a la pirámide. Así, actualmente, desde la orilla del foso puede verse desde las patas hasta la cabeza. En el transcurso de su trabajo, los canteros tropezaron sin duda con una masa de piedra calcárea gris amarilla más blanda que el resto, y cuya mediocre calidad de resistencia la hacía impropia a la transformación en sillares. Se supone que esta planta llamaría la atención de Kefrén y de sus arquitectos y les inspiraría la idea de construir con ella una esfinge monumental. Que la tradición esté en lo cierto o no, el caso es que entra en lo posible y esta empresa encaja perfectamente con el impulso creador titánico e ingenuo a la vez de aquel pueblo que no había llegado todavía a la madurez. Por otra parte, cabe tener en cuenta que son más bien endebles los indicios sobre los que se atribuye a este rey la erección de la esfinge. En efecto, una mención problemática a Kefrén, la cual se remonta a una época muy posterior, hacia el año 1400 a. J. C., que aparece inscrita entre las patas delanteras de la esfinge, sólo demuestra que entonces, bajo el reinado del faraón Tutmosis IV, aquel rey pasaba por ser su constructor. Por lo demás, en apoyo de esta suposición únicamente puede invocarse el emplazamiento de la esfinge en el cementerio real de la IV dinastía, un vago parecido con ciertas estatuas de Kefrén y la forma achatada de la serpiente frontal. Al fin de este capítulo indicaremos las razones que, en nuestra opinión, militan en favor de una hipótesis distinta.
Una parte del pecho y de los miembros posteriores, así como la casi totalidad de las patas, son de piedra de sillería. Sigue siendo objeto de controversia cuándo tuvo lugar este remate. Tal vez sea contemporáneo de la cabeza, pero puede también haber sido obra de generaciones posteriores, de la Época Tardía, las cuales, como se sabe, estaban orgullosas de los monumentos del Imperio Antiguo y los habían adoptado como propios.
También entra en lo posible que en la época de la hegemonía mundial egipcia, aquellas partes excoriadas por el tiempo fuesen completadas y restauradas de ese modo. Es cierto que son precisamente estas partes las primeras en recibir la capa protectora de arena con que el viento, soplando sin cesar, cubre rápidamente todos los monumentos del desierto. Por regla general, en las excavaciones realizadas durante la edad moderna en Egipto ha podido comprobarse que de la arena las esfinges emergen únicamente el torso y la cabeza, y otro tanto debió suceder en la antigüedad. ¿No puede significar esto que toda la esfinge fuera terminada en tiempos menos remotos y que al iniciarse la magna obra se encontraran con que ya no bastaba el gran bloque de piedra primitivo para tallar en él el cuerpo entero? Vamos a facilitar algunas cifras.
La distancia entre el pavimento sobre el que descansan las patas delanteras del monstruo híbrido y la coronilla es de alrededor de 20 metros. La longitud total de las extremidades de las patas anteriores hasta la raíz de la cola, es 73,5 m. La oreja tiene 1,37 m de altura, según cálculos del gran egiptólogo y fundador del Museo Egipcio de Antigüedades Mariette, La nariz completa debía de medir 1,70 m de longitud. La anchura de la boca es 2,32 m y la cara en su parte más ancha mide 4,15 m. Si nos colocamos de pie en la parte superior del pabellón de la oreja, no alcanzamos con la mano la cúspide del cráneo, a pesar de que éste, en comparación con la cara, es relativamente bajo y llano. “Fácilmente podría pasearse por el labio inferior”, le escribía a Goethe, a la sazón en Roma, el arquitecto francés Casas a su regreso de Oriente. Una cavidad, obstruida recientemente por medio de una placa de metal, que hay en la parte superior de la cabeza, dio lugar a una leyenda, según la cual desde aquel agujero hablaba el oráculo por boca de los sacerdotes. En realidad, parece haber servido para asegurar algún adorno monumental que no ostentaba la esfinge en un principio, sino que fue añadido seguramente por el Imperio Nuevo que gustaba de decorar y recargar suntuosamente sus estatuas.
Una obra tan colosal forzosamente debió de llamar la atención en todos los tiempos.
A los faraones de la XVIII dinastía, aventurera y belicosa, les gustaba celebrar grandes paradas bajo la mirada de la gran esfinge en ocasión de emprender viajes, expediciones de caza por el desierto y campañas militares. Fue durante uno de estos desfiles que Amenofis II, el esforzado hijo del gran Tutmosis III se prometió a sí mismo erigir una estela en aquellos lugares, y realizó su propósito una vez coronado rey.
Las recientes excavaciones en los alrededores del foso de la esfinge la han puesto al descubierto, gracias a lo cual han aumentado considerablemente nuestros conocimientos sobre las aptitudes físicas y las prendas de todas clases del príncipe heredero, cuyo reinado había de ser bien breve. En la larga inscripción — que hace las delicias de los egiptólogos — se ensalza como guerrero, jinete, arquero, corredor y remero sin par al joven monarca que subió al trono a los 18 años:
Bogaba a proa de la nave con doscientos hombres.
Se remaba con ánimo, pero luego de avanzar media milla
se sintieron flaquear los miembros.
Les faltaba aire…
Su majestad tomó decidido el remo de veinte codos de largo
se puso a remar con ahínco y tomó tierra
después de haber cubierto tres millas remando
sin soltar el remo.
Las caras de los que le observaban brillaban de admiración
al verle ejecutar tamaña proeza.
Probó nada menos que trescientos grandes arcos
para comprobar la habilidad de los constructores,
e indagar quién conocía su oficio y quién no.
Sus maravillas voy a relatar.
Penetró en su campo de armas,
donde le habían preparado cuatro blancos de cobre asiático
del grueso de una cuarta cada uno,
y veinte codos separaba un poste de otro.
Entonces apareció su majestad en su carro
como el dios de la guerra con todo su poder,
Tomó el arco
y cuatro flechas a la vez.
Miró ante sí y disparó,
como el dios de la guerra en todo su esplendor.
Las flechas atravesaron las dianas
y se clavaron en el poste más cercano.
Esto es algo inusitado, nunca visto.
Jamás ni en las leyendas sucedió
que una flecha disparada contra un blanco de cobre
lo traspasara y se cayera al suelo…
(Según S. SCHOTT)
Los primeros trabajos de que se tiene noticia, de desescombro y restauración de la esfinge recubierta por las arenas del desierto, fueron emprendidos en tiempos del hijo del deportivo e inteligente rey Tutmosis IV, y los motivos que le indujeron a ello los consigna él mismo en la estela que hizo erigir no lejos de allí. Del texto se conoce una segunda edición que es la que los sacerdotes de palacio hicieron grabar en una de los potentes arquitrabes graníticos del templo de Osiris situado en las proximidades, y que luego fue colocado entre las patas delanteras de la gran esfinge, donde sigue todavía. De dicha inscripción se desprende que, en aquella época por lo menos, la esfinge era considerada como la misma imagen del dios solar de Heliópolis, Harakhti — “el Horus de los dos lugares de la luz” — y se la veneraba en consecuencia. Según las expresivas descripciones que en ella se leen, cuando el joven Tutmosis no era todavía rey, se complacía en ir de caza por el desierto de Menfis “montado en su carro cuyos caballos eran más veloces que el viento” y lanzando flechas y dardos sobre leones y gacelas.
Un día, a la hora meridiana, regresó agotado el príncipe de cazar y se echó a descansar a los pies de la esfinge, a la “sombra del gran dios”. No tardó en dormirse profundamente en el minuto en que el sol culmina y en sueños se le apareció este dios magnífico en toda su majestad, y le habló con su propia boca como un padre habla a su hijo: “¡Alza los ojos y mírame, ¡oh hijo mío Tutmosis! Soy tu padre, el dios Harakhti— Khepri-Re-Atum. Te doy mí reinado. Un día subirás al trono y llevarás la corona blanca y la corona roja y estarás sentado en el trono de Geb, el rey de los dioses. Para ti la tierra en su longitud y en su anchura y todo cuanto ilumina el ojo del Señor-de-todo. La tierra, tan grande como es, te pertenecerá, así como todo lo que abarca la mirada de fuego de quien lo domina todo. Las riquezas de Egipto y los inmensos tributos de todos los demás países serán patrimonio tuyo. Hace muchísimos años que posé en ti la mirada, mi mirada y mi corazón. ¿Ves cómo me oprime la arena del desierto que me rodea? Prométeme que escucharás mi ruego, pues yo sé que tú eres mi hijo y mi salvador, y yo estoy siempre contigo.”
Cuando el príncipe despertó, “las palabras del dios resonaban todavía en sus oídos”. Jamás se le olvidaron y así vemos que ya en el mismo año de su accesión al trono dio satisfacción al deseo expresado por la divinidad que le había otorgado la soberanía sobre el primer país del mundo, e hizo despejar las arenas que casi ocultaban a la esfinge.
Este texto tradicional huele a leyenda popular amañada por los sacerdotes, y en él parecen haber encontrado eco acontecimientos político-religiosos. Se percibe, en todo caso la influencia preponderante que el clero heliopolitano ejercía a la sazón sobre la casa real. Pero pronto se apartaría ésta más y más de su primitivo dios Amón, que después de haber sido el dios de la ciudad lo fue también del imperio.
Pero las arenas del desierto de Libia, eternamente barridas y transportadas por el viento, volvieron a cubrir pronto la estatua del dios pétreo.
En la época de los Ptolomeos, o bajo el imperio romano, la esfinge fue restaurada varias veces y se quitó la arena una vez más, tal vez durante el reinado de Septimio Severo, cuando se procedió también a la restauración del coloso de Memnón. Entonces se erigió un altar, que existe todavía, delante de la esfinge, y se construyó un muro de contención de ladrillos y piedra cuya misión era proteger al monumento contra las tempestades de arena. Probablemente son de la misma época las grandes escaleras adosadas al lado este.
Los tiempos modernos tampoco se han quedado atrás en este aspecto y diversas aportaciones financieras importantes han facilitado repetidas veces la protección y fomentado los estudios relativos al coloso. El año 1818 una sociedad inglesa puso 450 libras esterlinas a la disposición de Caviglia para que se procediera en regla a su despeje total. Entonces se descubrió la escalinata y, entre las garras anteriores del monumento una superficie cuidadosamente pavimentada a cuya extremidad se alzaba, hasta el pecho de la esfinge, una especie de templete abierto. Este edículo resultó estar limitado por dos barreras entre las que había un pasaje en cuyo centro yacía un pequeño león de piedra de cara a la esfinge. Diversas inscripciones murales permitieron atribuir la pequeña edificación a Tutmosis IV y a Ramsés II.
El eminente egiptólogo y director general de los Servicios de Antigüedades de Egipto, Gastón Maspero, hizo retirar en 1886 las arenas que habían tomado nuevamente posesión del lugar. Los últimos trabajos de despeje y restauración de vasto alcance realizados en 1925-1926 por cuenta de los mismos servicios, fueron dirigidos por Baraize, y nuevamente aparecieron el cuerpo, los miembros y el zócalo con la vasta serie de estragos operados en el curso de los siglos por los hombres y los elementos. Quedó nuevamente al descubierto como un prodigio de fantasía que en cierto modo tal vez decepcione, pero que, sin embargo, nos ofrece una visión de aquel conjunto grandioso del que ninguna fotografía puede darnos una idea cabal.
Se aprovechó aquella oportunidad para realizar ciertos trabajos de albañilería que provocaron polémicas apasionadas entre los que las veían con buenos ojos y los que las reprobaban por desacertadas. En el curso de esta última restauración fueron colocados en su sitio, y reforzados, algunos fragmentos que se habían desprendido, y sobre todo el cuello fue objeto de la consolidación indispensable para evitar el desmoronamiento de toda la cabeza del monumento más memorable de la humanidad. La obra de contención realizada no corresponde exactamente a la forma del monumento, ni pretende serlo. En mi opinión habla mucho en favor del buen gusto del restaurador responsable el que se decidiera por el apuntalamiento de la esfinge cuando podía haber perpetrado una renovación con todas las de la ley.
No hay duda que cualquier intervención en épocas de opiniones artísticas antagónicas modificaría el ritmo de la exterioridad de la obra y falsearía su volumen prístino. Es una cuestión de principios y de sentimientos el decidir a quién debemos dar la razón. En la antigüedad era habitual el enterrar en el mismo recinto sagrado en el que habían sido consagrados, los monumentos decrépitos en los que ya no podía tener lugar la consumación del culto para el que fueron erigidos. Nuestro siglo, siempre a la caza de cosas notables, exige, ajeno las más de las veces a toda preocupación realmente artística, restauraciones integrales.
El turismo es otro factor que es preciso tener en cuenta, y ya no son tantos los monumentos que nos quedan de la época en que la humanidad empezaba a tener conciencia de sí misma para que podamos permitirnos el lujo de renunciar a la contemplación de esta maravilla que es la esfinge. Su cabeza, su rostro espantoso “que reposa en las balanzas de las estrellas” es el vestigio más esencial.
El problema no es tan fácil, empero, como a primera vista parece…
Julius Meier-Graefe, cuyo estilo que de tan espontáneo parece a veces rayar en la impertinencia y ha sido a menudo ridiculizado, se ha expresado descomedidamente en el curso de una controversia sobre el arte del antiguo Egipto contra estos trabajos de apuntalamiento de la esfinge. No es de suponer que la historia le dé la razón, pero ello no es óbice para que el aficionado individual esté de su lado, subyugado y convencido por la vehemencia apasionada de su requisitoria titulada: “La nueva esfinge.”
Desde siempre ha llamado poderosamente la atención el hecho que Heródoto no mencionara siquiera a la gran esfinge en su descripción de las pirámides. Según escribe él mismo, recorrió el cementerio real del desierto a la caza de informaciones sobre las características de los diversos reyes y de sus épocas respectivas, y en sus apuntes de viaje leemos otros muchos detalles de menor importancia para nosotros, como el que los obreros ocupados en la erección de las pirámides consumieron rábanos, cebollas y ajos por valor de 16.000 talentos. Pero de la esfinge de Gizeh, ni una sola palabra.
Los guías-intérpretes le refirieron toda suerte de fragmentos de antiguas tradiciones, las más de las veces mal comprendidas y peor explicadas, mezcladas a invenciones interesantes para satisfacer la fructuosa curiosidad de los visitantes extranjeros — ni más ni menos que en la actualidad. Y nos preguntamos: ¿Cómo es posible que le pasara por alto el gigantesco guardián del lugar, una maravilla que en su clase no le va a la zaga a las mismas tumbas reales? ¿Y cómo explicarse además, que los viajeros griegos de épocas posteriores observaran el mismo extraño silencio? Con todo, no parece probable que ya estuviera totalmente cubierta de arena.
Dos cuestiones esenciales suscita la vista de este monumento único con respecto a su origen y a su realización. ¿Qué función le estaba reservada en aquel emplazamiento y de quién partió la idea o la orden de construirlo? Y, sobre todo ¿a quién representa?
Bajo el aspecto que la conocemos hoy día — un león echado con cabeza de rey, adornada la toca con la serpiente frontal, emblema de soberanía — la esfinge, según Evers, parece ser una creación de los últimos años de la III dinastía o de los primeros de la IV. Dos esfinges de aquella época de transición, fecunda en monumentos de todas clases — una se encuentra en Turín y la otra de Abu-Roash en el Cairo — no presentan todavía la combinación típica de cuerpo de fiera y cabeza humana tocada con los ornamentos reales.
El primer ejemplo clásico de la esfinge tradicional es precisamente la gran esfinge pétrea de Gizeh, la cual sirvió en lo sucesivo de modelo y patrón a este tipo de escultura, fueren las que fueren las variantes efímeras inspiradas por las preocupaciones estéticas u otras inherentes a cada época.
El Imperio Antiguo sólo nos ha dejado restos y fragmentos de otras esfinges, cuyas dimensiones reducidas las hacían aptas para su traslado de un sitio a otro según las necesidades rituales. En cambio, todos los reyes del Imperio Medio se hicieron representar a menudo en magníficas esfinges de piedra dura. Aquella fue, en verdad, la época clásica de este género, y los grandes maestros escultores de los talleres áulicos rivalizaron en ardor y talento para llevarle a su más alta expresión.
La tensión noble y sostenida del león agachado se acentúa progresivamente hasta dar la sensación del brinco inminente e inevitable. De aspecto robusto, como hinchado por una fuerza elemental y primitiva, la inmovilidad de aquella forma extraordinaria parece poder lograrse únicamente gracias a la tensión constante de todos los miembros de un cuerpo dominado por un rostro humano, encuadrado por la imponente melena típica, en la que se asentaba la toca real.
Las obras más exquisitas y características de esta especie fueron creadas en tiempo de Amenemhet III en la postrimerías de la XII dinastía. Bajo los dominadores y usurpadores de la XIII dinastía la idea degenera paulatinamente, pero bajo Hatsepsut, en los inicios de la supremacía mundial egipcia, asistimos a su rehabilitación.
Las esfinges de las dinastías XVIII y XIX son ya, comparadas a sus modelos anteriores, lo que los redrojos a un fruto normal llegado a su madurez, pero contienen, no obstante, el aliento artístico de la época de Tutmosis, incluso cuando habían ya perdido su significación real primera y no eran más que objetos puramente decorativos. Un último vestigio de magia ancestral ilumina todavía el rostro risueño y bonachón de las numerosas esfinges del período greco-romano.
¿Qué representación o qué creencia ha encontrado expresión de piedra en esta creación híbrida que a través de los siglos se ha convertido en el símbolo de la meditación?
No puede haber duda alguna: es un faraón y un faraón determinado — cuyo nombre se inscribía generalmente en el monumento — el que aparece en todo el esplendor de su majestad y reconocible, pero al propio tiempo bajo la forma de un animal real e impresionante, cuya invención puede que se remonte a los tiempos prehistóricos.
La esfinge es el símbolo de piedra del poderío real. En una paleta de maquillaje procedente de una de las primeras dinastías, destaca el relieve de un león furioso desgarrando en el campo de batalla el vientre de un cadáver. Encarna, de seguro, al rey de Egipto, jefe divino e irresistible, como el toro salvaje e indómito de las paletas sagradas análogas de la época, el cual destruye las murallas de las fortalezas enemigas y aplasta bajo las garras a sus adversarios.
A través de toda la historia egipcia antigua, una cola de toro atada alrededor de la cintura ha sido siempre un adorno faraónico. Considerándolo bien ¿no entra en lo posible que el peinado del rey que representa la esfinge sea un remedo muy estilizado de la melena de un león?
Se considera generalmente a la esfinge como al guardián del cementerio real de la IV dinastía.
¿Corresponde ello a la realidad? ¿Puede imaginarse al rey bajo la especie de un dios-león haciendo guardia ante su propia tumba? Si así fuere, ¿por qué se trata de un caso único? En otros lugares próximos al sitio donde se alzan o se esconden las tumbas reales, no faltan peñascos que más tarde hubiera sido fácil transformar en esfinges…
¿Era indispensable la imagen del rey, el poderío que encarna y el terror que inspira para mantener a distancia a los profanadores y a los destructores de tumbas de los faraones? Evocamos aquí las estatuas de Tutankamon de madera, en tamaño natural, llamadas sin más ni más “estatuas guardianes” que se colocaron en su tumba tebana a la entrada de la cámara funeraria.
Bajo el Imperio Medio, la esfinge, en su calidad de estatua real, parece haber encarnado esencialmente el poderío y la continuidad de la unidad del Estado, que la tenacidad de Tebas había logrado restablecer después de la caída del Imperio Antiguo, y de un siglo de crisis sociales violentas. El monumento simbólico se sale de la esfera del conjunto de las edificaciones funerarias y ante los ojos del pueblo se alza como una afirmación plástica del orden social y de sus propias fuerzas constructivas. Con ello su significación primitiva parece haberse esfumado poco a poco. A su función religiosa se añade ahora una función política y se convierte en la expresión de las aspiraciones y de las preocupaciones del momento. El valiente y justo Sesostris III hace erigir una estatua suya en un punto — fijado por él mismo — de la frontera sur, y la planta como una bandera en aquel terreno litigioso “a fin de que gracias a ella prosperéis, pero asimismo para que combatáis por ella”.
La hermosa esfinge en alabastro del antiguo templo de Ptah, de Menfis, que tan gran impresión produce en el visitante del cementerio de Sakara que penetra en el luminoso palmar de Mit-Rahina, no fue ciertamente consagrada por casualidad en la región del templo de la capital del norte por el gran personaje que expulsara a los hicsos. No ha podido ponerse en claro el emplazamiento primitivo de las esfinges melenudas de Amenemhet III, pero una docena de ellas, por lo menos, tomaron el camino del templo de Tanis y fueron usurpadas por Ramsés II, Meneptah y Psusennes. Una magnífica esfinge en granito del gran Tutmosis III fue llevada desde Karnak al museo de El Cairo, y seguramente, buscando bien, se encontrarían otras por el estilo en los alrededores del templo de Amón.
No debemos olvidar ciertamente las esfinges de granito del mismo tipo erigidas a intervalos regulares a lo largo del camino que conduce al templo funerario de la familia de Tutmosis III, y sobre todo las de la reina Hatseput, a la que aquél hizo objeto de feroz persecución. ¿Tenían como única misión la de vigilar y proteger el maravilloso santuario de Der-el-Bahari? La reina proscrita fue enterrada en el eje longitudinal de los jardines, pero allende los montes, en el valle de las tumbas reales.
De modo que todavía sigue siendo un enigma la función que le estaba asignada a la gran esfinge de Gizeh, la más antigua y el modelo de todas las demás. Gustosos la consideraríamos como una improvisación atrevida y genial del humor creador de algún rey, pero esto sólo sería conforme a nuestra concepción moderna de las cosas. Las obras de los tiempos primitivos eran todas determinadas por consideraciones y factores dimanantes de su naturaleza profundamente religiosa.
No puedo por menos de imaginar que este monumento — aun cuando eternice a un rey en todo el apogeo de su fuerza leonina — debe de estar en relación con el culto de los dioses de Heliópolis, en particular con el dios-sol todopoderoso.
La dinastía no podía quedar fuera del alcance de la influencia doctrinal, filosófica y religiosa de la antiquísima ciudad-sol vecina. El mismo nombre de Keops, Khufu, deriva del de Khnum, dios creador del hombre. Bajo su heredero y sucesor Dedefré, que parece haber sido un personaje algo original, y cuyo reinado duró tan sólo unos años: el nombre real empieza a combinarse con el del dios sol Ra (o Re), y así continúa, con raras excepciones, en Kefrén, Menkaure, Sahure, Neferkere, Neuserre, etc.. Por lo que se refiere al fundador de la V dinastía, Weserkef, cuyo nombre se aparta de la costumbre establecida, sabemos que era gran sacerdote del rey-sol de Heliópolis ..
Dedefré había dado ya ejemplo peculiar de su compenetración con la teología de la ciudad solar erigiendo su pirámide solitaria sobre la altura límite occidental del desierto, precisamente de cara a dicha ciudad.
¿Debemos aceptar como ciertas las declaraciones de los sacerdotes del Imperio Nuevo y las leyendas populares, según las cuales la gran esfinge representa al dios-sol Ra-Harakhti (= Harmakhtis) ?
El hecho es que mira majestuosamente hacia el Este, hacia Levante…
¿Se juntan en su cuerpo un dios y un rey como en las pirámides? Pero entonces, ¿a quién representa la imagen esculpida sobre su pecho? Se supone que es la de un dios y así se lee en el Baedeker. ¿Quién podría sacarnos de dudas? Porque, ¿cómo explicarnos en tal caso que el personaje idealizado por la esfinge tenga como por única finalidad la de proteger a la divinidad representada plásticamente entre sus miembros anteriores? Las esfinges divinas con cabeza de carnero en los caminos que conducen a los templos del Imperio Nuevo protegen de esta manera a la imagen del faraón, lo que parece ser más natural. No puede ser que la esfinge real ostente encima de su cuerpo una estatua divina como ofrenda. Esto lo hacen las estatuas inhiestas, arrodilladas o en cuclillas de los particulares en la Época Tardía, pero que nada tienen que ver con el caso que nos ocupa. Una pequeña esfinge granítica de princesa tebana de las postrimerías del Imperio Nuevo luce también una ofrenda en el pecho, pero que ninguna relación tiene con el extraño atributo de la gran esfinge original.
¿Qué se alberga pues en su pecho? Ésta es la cuestión primordial para llegar al desciframiento del palpitante enigma de la existencia misma de la esfinge.
Los restos diformes de la escultura son mudos, pues el tiempo los ha desfigurado de tal modo que no puede responder a ninguna de nuestras preguntas.
No estará de más recordar que los contemporáneos de la hegemonía mundial egipcia, y los faraones mismos, veneraban en la esfinge al dios solar. Es de suponer que los faraones conocieron el significado simbólico de estos monstruos híbridos, desde el momento que ordenaban su construcción. No debía de ser óbice para ello el que la cabeza de la esfinge llevase la toca faraónica, lo cual, por sí sólo, parece descartar la idea de la divinidad. La serpiente frontal adorna la frente del dios solar Ra, según sabemos por las pirámides, y también el porta-barbas es un atributo de los dioses…
Así, pues, ¿debemos admitir que el monumento encarna a un rey que se coloca bajo la protección del dios sol?
O antes bien, ¿deberemos creer que el poderío real era tan avasallador e indiscutible cuando se construyó la esfinge que un rey tuvo la osadía de pretender tomar a su cargo la protección de los mismos dioses?
Queda aún por elucidar, además, la cuestión del autor de esta imponente obra de arte.
Como es sabido, su construcción se atribuye generalmente a Kefrén basándose en que se levanta cerca de su templo funerario, al oeste de su pirámide, y que la piedra procede de la cantera de su padre Keops, el constructor de las tres pirámides de Gizeh, quien dejó para siempre su poderosa impronta a lo largo y a lo ancho del vasto cementerio.
Pero tampoco faltan argumentos para rebatir tal suposición.
Las proporciones del cuerpo de la esfinge causan asombro por su gran disparidad. En relación con el cuerpo echado del león, y sus grandes garras, la cabeza sorprende por su pequeñez, sobre todo si se tiene en cuenta que faltan las partes del némsit que bajaban hasta el pecho. Los ojos son de tamaño inusitado y desmesuradamente abiertos; la órbita sobresale excesivamente y el rabillo del ojo está profundamente vaciado. Los bordes laterales de la toca faraónica, en lugar de caer rectos en el mismo plano que las mejillas, quedan, según la moda antigua, detrás de las orejas, las cuales aparecen así como socavadas. En esta composición, abandonada posteriormente, radica el verdadero motivo de haber adoptado la materia blanda para esculpir la esfinge.
Estos rasgos característicos están ausentes en los magníficos retratos del rey Kefrén, ya casi de un academicismo consumado. Si las reconstrucciones no nos engañan, este rey mandó colocar parejas de esfinges de tamaño corriente para decorar los dos accesos de su templo funerario. La gran esfinge tiene un no sé qué de más primitivo y único.
Además, las vías de acceso que suben a los templos funerarios de Keops y de Micerino forman ángulo recto con la base de las pirámides respectivas, están orientadas hacia el este a lo largo de la meseta desértica siguiendo el camino más corto. Por este motivo el antiguo camino a la pirámide de Keops se desvía incluso un poco hacia el Este-Nordeste.
No sucede lo mismo con Kefrén. Aquí el sendero atraviesa un suelo desfavorable e inclinado, a pesar de que podía haberse utilizado un pliegue de terreno más directo y fácil en dirección Este. De este modo, el camino muy incómodo sigue un ángulo opuesto al que conduce a la tumba de su padre, pero así no se ve obligado a dejar a la esfinge fuera del recinto funerario reservado a Keops. La piedra filial parece haber dictado a Kefrén el emplazamiento de su propio templo funerario. Destacándose imponente y majestuosa en su hoyo, la esfinge alza la vista como desde otro mundo, por encima de los sillares de las murallas de los templos hacia el horizonte por el que sin interrupción, una mañana tras otra, se encumbra el disco rojizo del sol.
¿Es acaso la mirada de Keops, y no la de su hijo Kefrén, la que anima los inmensos ojos de piedra de la esfinge? ¿Tenemos ante nosotros a Keops, al mismo Keops que eligió esta punta de desierto para cementerio real e hizo levantar allí la primera gran pirámide?
No poseemos aún ningún documento iconográfico que se relacione con el nombre de Keops y nos permita hacer comparaciones entre la imagen de este monarca y el rostro de la gran esfinge.
El templo correspondiente a su pirámide permanece todavía enterrado debajo de la actual aldea de Kafr el-Samman. Los vestigios del camino funerario indican en qué dirección deberían emprenderse las excavaciones.
¿Está allí la clave del enigma?











