DE BESTIA A DIOS: EL ESCARABAJO SAGRADO
EL escarabajo está tan ligado a la idea que de Egipto se hace la mayoría de la gente, que incluso saben de él los que ni la menor noción poseen de la cultura y del arte egipcios.
Pero se trata menos del verdadero animal primitivo que de su trasunto artístico lo que nos viene a la mente cuando oímos pronunciar su nombre en relación con Egipto. Esta sugestiva y extraña reproducción de coleóptero se convirtió en un verdadero género artístico. Su popularidad no es exclusiva del mundo moderno, pues ya la encontramos entre los fenicios, los griegos y los etruscos, los cuales lo habían adoptado y copiado hasta la saciedad. Los etruscos permanecían generalmente fieles al modelo original, y su especialidad de escarabeos de cornalina, enteramente desprovistos del misticismo egipcio, constituye una especialidad del arte menor antiguo.
Más a menudo de lo que podría esperarse dada la clase de animal, las señoras de nuestra época que han visitado el Valle del Nilo lucen, como recuerdo del viaje, un escarabeo colgado del cuello o montado en el anillo.
Tales escarabeos fueron adquiridos, claro está, con escepticismo y se habla de ellos con ironía, por estar muy difundida la opinión que en el país de los faraones puede adquirirse hoy, por bien poco dinero, cualquier pequeño producto de la laboriosidad egipcia actual que luego se muestra a los amigos con un guiño resignado como diciendo: Claro que debe de ser falso, porque si no…”.
Y, sin embargo, contra la creencia general, casi siempre son piezas auténticas mientras se trate, claro está, de objetos diminutos, algo deteriorados, de aspecto sin pretensiones.
Conviene desconfiar de los escarabeos azul turquesa demasiado brillantes, con muchos dibujos, y todavía más de los de tierra cocida excesivamente esmaltados y con el vientre literalmente cubierto de magníficos signos jeroglíficos de gran tamaño.
Estos son los que más preocupan al especialista, pues es evidente que el trabajo del falsificador encuentra solamente remuneración suficiente en las reproducciones deslumbradoras, ya que los auténticos escarabeos antiguos no vale la pena copiarlos (¡hay tantos!) a menos que se fabriquen en serie artículos de pacotilla que solamente engañan a los incautos. De modo que las víctimas suelen ser los nuevos ricos, los advenedizos, los amantes de la ostentación.
Se comprende que un pueblo primitivo, que vivía en contacto íntimo y directo con la naturaleza, haya sentido respeto religioso por los temibles animales con los cuales compartía su espacio vital. El tigre, el oso y el agresivo lobo han sido adorados en todos los tiempos por multitud de pueblos y el calificativo halagador de “toro bravio” figuró como atributo permanente del soberano durante los siglos en que la cultura egipcia era más refinada. Únicamente la inteligentísima, y por lo que se ve, también ingeniosa, reina Hatsepsut, renunció a él por motivos harto comprensibles. Los babilonios solamente podían imaginarse a sus dioses adornados con un par de cuernos. Los esquimales y los ainos rinden homenaje al oso blanco caído; los guerreros del interior de África desfilan respetuosamente ante el cadáver del rey del desierto, e incluso el taciturno campesino siberiano acostumbra a dirigir una sentida alocución al oso pardo que ha logrado cazar.
También se concibe fácilmente que los hombres ignorantes de las edades primitivas hicieran objeto de culto a los animales más útiles a la vida doméstica. Igualmente se comprende que no choque a nuestro racionalismo el que tuvieran un sitio de honor en el panteón la diosa vaca coronada Hathor, nuestra dócil suministradora de leche, el dios de los muertos Anubis, fiel vigilante que inspiraba temor con su cabeza de chacal y la diosa-gata Bastet, adicta e incansable devoradora de roedores.
Pero ya se hace más dificultoso explicarse satisfactoriamente las divinidades egipcias con cabeza de halcón o en forma de peces, y uno se queda pasmado ante el hecho que los antiguos egipcios adorasen no solamente a las ratas y a los ratones, sino que muy pronto consideraron al escarabajo pelotero (ateuchus sacer) como una manifestación del dios solar. Forma parte de las grandes divinidades de Heliópolis y su misión es nada menos la de mover el sol, pues tal la bolita de excremento que le vemos empujando por los caminos, hace avanzar al astro diurno por el firmamento.
¿Cómo explicarnos semejante paradoja?
Este hermoso y recio escarabajo con su revestimiento quitinoso bistre tiene por costumbre poner los huevos en una boñiga. La hembra amasa los fragmentos de estiércol y forma con ellos bolitas que son a la vez reservas alimenticias y verdaderos productos de incubación, y las hace rodar hacia un escondrijo previamente cavado, que luego cubre con tierra o arena. Los huevos encuentran en la materia en descomposición calor y protección y la cría su primer alimento. Los habitantes del Valle del Nilo, que habían observado este proceso, llegaron a la conclusión de que solamente existían escarabajos machos, los cuales fecundaban un huevo puesto por ellos mismos sin colaboración de la hembra, y así nacían escarabajos machos también como el padre, los cuales, en suma, eran la prolongación rejuvenecida de su propia existencia nueva y futura. El escarabajo padre muere, pero del huevo que ha preservado nace otro, como el alma escapa de la momia y vuela al cielo. De modo que en el escarabajo pelotero empujando afanoso su bolita de estiércol creían ver la imagen de la vida que se renueva continuamente en la naturaleza, como el sol que muere con el día en Occidente y renace a la mañana siguiente en Levante, imitándole en su grandiosa carrera la viva imagen del hombre que resucita al abandonar, con nuevo empuje, su envoltorio de momia.
La idea de esta simbólica concatenación entre los animales y los hombres aparece aún reforzada por la circunstancia que en el panteón egipcio el escarabajo se llamaba Khepri, (el que llega a ser) de la raíz egipcia khopreu, que significa “cambiar”, “nacer”, “existir”, o sea que simboliza la gran ley de la transformación, de la renovación constante de la existencia, y por ende, era el emblema de la vida humana y de las transformaciones del alma en el otro mundo.
El que en vida llevaba consigo una imagen del escarabajo se aseguraba en cierto modo su propia persistencia, y el que lo conservaba en la tumba estaba seguro de resucitar.
Esto explica la gran abundancia de escarabeos, porque era el amuleto preferido de vivos y muertos, y se le encuentra por doquier, en el nombre de numerosos faraones, en las paredes de las tumbas reales y en las de los particulares, en los templos, en los obeliscos y estelas, con todos los detalles anatómicos fielmente reproducidos: cuerpo grande, poco abultado, la cabeza en forma de media luna, el prescudo ancho, las patas anteriores sin tarsos y con el borde externo de las tibias dentado, las patas posteriores prolongadas, con las tibias delgadas y los tarsos casi filamentosos, los élitros escotados, los ojos muy apartados. Por todo el ancho mundo se encuentran esparcidos innumerables escarabeos egipcios de carácter talismánico o supersticioso, destinados a dijes, pendientes, ensartados en collares de vivos y muertos o como chatones de sortijas en dedos que los siglos convirtieron en polvo. Solamente en los museos existen más de diez mil de esteatita, piedra esmaltada verdosa que el tiempo ha vuelto gris clara.
Escarabeos colosales de piedra como el que se levanta en un zócalo que tiene la altura de un hombre a orillas del lago sagrado del templo de Karnak, representaban al dios solar Khepri, aun cuando no se le hiciera objeto de culto especial alguno. Los iconoclastas destruyeron este hermoso monumento practicando en él grietas en las que introdujeron tarugos de madera que, al hincharlos el agua, hacían estallar la roca. Este hermoso monumento ha podido ser reconstruido casi en su totalidad, partiendo de los trozos hallados. En las colecciones de París y Londres se guardan ejemplares más modestos. Seguramente se trata de exvotos que ofrecían las reinas o los altos personajes.
No es menos impresionante y decorativa la gran imagen pintada del Khepri-Ra-Atum en una de las paredes de la tumba de Nefertari — esposa principal de Ramsés II — en Tebas. Tiene forma humana y ocupa un sillón ricamente adornado con el signo de la unión de las dos partes del país. Del respaldo cuelga un almohadón ancho y liso. Sostiene en la diestra el cetro, en la siniestra el símbolo de la vida, y por entre sus piernas aparece, a la altura de las rodillas, la cola sagrada que casi llega al suelo. Como distintivo del dios, y característica de la magnífica despreocupación por la lógica anatómica del personaje, el artista ha colocado un escarabeo entero en el lugar reservado normalmente a la cabeza. Es una pieza de gran efecto pictórico que pone de manifiesto que a este nivel de estilización, y a pesar del realismo que inspira toda esta obra, la pintura figurativa egipcia tendía a la escritura jeroglífica.
También es magnífico el relieve de un gran escarabeo que en compañía del dios solar nocturno con cabeza de carnero del averno acoge al visitante a la entrada de la tumba de Setos I en el Valle de los Reyes. Aquí las proporciones y las curvas del cuerpo del escarabeo han sido equilibradas con delicadeza caligráfica.
Los escarabeos de piedra y de cerámica destinados a los muertos se distinguían porque estaban provistos de anillos y orificios. Hacía finales de la Época Tardía se esculpía a menudo con el mayor realismo su parte inferior. Son los últimos representantes del conocido género de escarabeos-corazones, o escarabeos funerarios. Se trata de reproducciones grandes como la mano, de piedra dura verde o gris que solían ir revestidos de una laminilla de bronce, adoptando de preferencia la forma del jeroglífico del corazón, y con ellos se reemplazaba el corazón en el pecho de los muertos, grabándoles en su base una fórmula místico-mágica tomada del “Libro de los Muertos”. Son, por decirlo así, corazones de recambio, de naturaleza mágica y no hay duda que representa una evolución de la primitiva ofrenda del tosco guijarro oval o del símbolo de piedra en forma de urna. No solamente eran los hombres objeto de semejante merced, pues también se han encontrado estos sustitutos del corazón en tumbas de animales sagrados. Como hacían con la mayor parte de las cosas naturales o abstractas, también personificaron los egipcios con el tiempo el escarabeo funerario y lo humanizaron hasta el punto que a veces recibe una cabeza humana que el coleóptero mantiene incluso levantada.
A menudo el escarabeo está incrustado en oro y piedras semipreciosas dentro de un marco rectangular fijado sobre el pecho de la momia. Sabemos que tales pectorales, verdaderas filigranas del arte de la época, eran el orgullo de las damas de la corte del Imperio Medio, y hasta las postrimerías de la hegemonía mundial los mismos monarcas los llevaron o los cedieron a sus favoritos en prueba de dilección real. Pero, con todo, no aparece bien claro qué papel desempeñaban en el ajuar funerario. En algunos pectorales de cerámica vemos a veces pintado el perro Anubis en su féretro, y a menudo encuadran Isis y Neftis el escarabeo-corazón por lo visto identificado con Osiris. Otras veces se coloca el escarabeo en un navío que correspondería a la barca sagrada. De esta manera se pretende representar que Khepri, el dios-sol de levante, también resurge cada mañana y que lo mismo que el difunto humano, precisa del escarabeo sagrado para resucitar.
El texto ritual que aparece grabado en el vientre del escarabeo corazón nos da una idea del mundo magnífico en el que este símbolo tomó carta de naturaleza:
Fórmula para que el corazón de un hombre
no declare en contra suyo en el cementerio:
Corazón mío, que procedes de mi madre,
¡lo más íntimo de mi ser!
¡Que tu testimonio no me sea adverso
y no te enfrentes conmigo en el tribunal divino.
No me abrumes ante el pescador de las almas,
pues eres mi dios que habitas en mi cuerpo,
el escultor que forma mis miembros.
De tu buen proceder todos saldremos ganando.
No manches nuestra reputación
ante el tribunal que a los hombres juzga.
Que nuestro nombre sea bello,
suene bien a quien lo oiga
y que agrade al juez!
No profieras mentira alguna contra mí en presencia de los dioses.
¡Ante Osiris, el dios magnífico y dueño de Occidente!
¡Serás ensalzado si ante él sales airoso de la terrible prueba!
El significado de estas líneas es harto claro. Ante el tribunal del infierno los difuntos de uno y otro sexo deben prestar declaración en
la que afirmen no haber cometido ninguno de los pecados y faltas que citan. Para reforzar la sensación de veracidad de esta confesión, se coloca en uno de los platillos de la balanza su corazón, y en el otro el símbolo de la verdad, una pluma de avestruz como la que Maat, diosa de la verdad, lleva en la cabeza.
A fin de precaverse contra la posibilidad de cualquier testimonio desfavorable del verdadero corazón y por ende de una sentencia fatal, se reemplaza éste por un símbolo de piedra en forma de escarabeo, asegurándose el feliz resultado de la causa mediante la inscripción de la fórmula transcrita cuyo poder mágico no admite duda.
No puede decirse que el procedimiento, muy humano, sea totalmente irreprochable. Pero es que, además, con un ardid se aspiraba también a liberarse de las tareas campestres que a todos esperaban en la otra vida para subvenir a las necesidades propias y a las de los dioses. Este detalle demuestra hasta qué punto el ciudadano egipcio, a partir del Imperio Nuevo, se desentendía de la vida rústica. A cada día del año corresponde una de aquellas estatuitas funerarias de piedra, madera o tierra esmaltada que conocemos bajo el nombre egipcio de ushebtis (respondientes), las cuales asumían los trabajos de laboreo que normalmente incumbían al difunto. Por eso se provee a esas figuritas momiformes con azadones y bolsas de semillas. Solamente las que reemplazan a un soberano llevan las insignias reales tradicionales. La inscripción que generalmente se grababa en la base del torso es una invocación que les dirige el difunto:
¡Oh Ushebti! Cuando llegue mi turno y se me designe para las tareas que se llevan a cabo en los infiernos… y sea convocado en cualquier momento para sembrar los campos, para regar la llanura, para transportar arena de la orilla oriental a la orilla occidental, tú dirás en mi lugar: ¡Heme aquí!
Otro grupo de objetos a menudo preciosamente labrados en oro, hialita, cornalina, lapislázuli y otras materias suntuosas, servían de amuletos que daban suerte a los vivos de alta alcurnia, según parece desprenderse de los magníficos hallazgos realizados en la tumba de Tutankamon. En la mayoría de las hermosas alhajas de este tesoro deslumbrante, en anillos, brazaletes y adornos de todas clases, se reproducen escarabeos maravillosamente cincelados, inmóviles los unos, volando los otros, y algunos en actitud de empujar ante sí el disco solar o el disco lunar. Muy especialmente, los que se llevaban solos en dijes o ensartados en collares entusiasman al visitante que los contempla expuestos en las vitrinas del museo cairota.
Lámina color III
Nos parece casi salida de la mente de un moderno ministro de propaganda la idea que tuvo el rey Amenofis III. padre de Ecnaton, de esparcir por el reino las noticias de la corte haciéndolas grabar en grandes escarabeos de piedra, algo bastos por cierto.
En uno de ellos podemos leer el anuncio de la boda del joven monarca con Teya, muchacha discreta e inteligente, pero que no era de linaje real. A los nombres de la real pareja siguen, sin comentario ni título alguno, los de los padres de la futura reina:
Amenofis III Nebmaré y su alteza la reina Teya
— ¡que muchos años viva! —
El nombre de su padre es Juya,
y el de su madre Tuya.
Es la esposa de un poderoso rey
cuya frontera sur hasta Kari llega
y por septentrión con Mitani-Naharina linda.
En otro escarabeo se celebra la entrada de una princesa mitani en el harén real al cumplir el rey los diez años:
Le han ofrecido al rey una maravilla.
Gilukepa, hija del príncipe de Naharina-Suttarna,
reina del harén,
tres cientos diez y siete mujeres la rodearán,
entre sirvientas y cortesanas.
Mandó construir su majestad un lago
para su real esposa Teya— ¡que muchos años viva!
en su propiedad “Disipador de las Tinieblas”.
3.700 codos de largo y 700 de ancho.
Su majestad celebró el 16-111
la inauguración solemne del lago.
Su majestad lo surcó
en el navío real “Atón ilumina”.
Como esta inscripción lleva fecha del primer día del III mes del undécimo año de su reinado, parece que los grandiosos trabajos para la creación de este lago artificial de recreo se realizaron en el corto espacio de 16 días.
Unos escarabeos-mensajeros puestos en circulación por este faraón entusiasta de la caza y de la buena vida, relatan las peripecias de una batida organizada en el segundo año de su reinado, durante la cual se cobraron 76 toros salvajes; y otros mencionan la muerte de 102 leones “de mirada furiosa” en el curso del primer decenio solamente. Es de creer que estas gacetas palaciegas de piedra debían de “editarse” muy rápidamente y tirarse en un gran número de ejemplares para que las noticias llegasen a conocimiento de todo el país. Probablemente se preparaba un molde cuyo texto podía reproducirse en gran escala en légamo y arcilla.
La gran mayoría de los escarabeos que han llegado hasta nosotros son tallados, como hemos dicho, en esteatita gris-blanca, recubiertos primitivamente con un barniz o esmalte y, a semejanza de nuestros sigilos, en su parte inferior, de forma pulida y llana, se grababan signos diversos, imágenes u ornamentos. Seguramente se utilizaban como sellos.
Estos escarabeos eran taladrados en el sentido de su eje mayor, lo que hace suponer que habitualmente se llevaban suspendidos de un cordón o que podían hacerse girar en la sortija en la que se montaban como chatones. Todavía se conservan algunos ejemplares. A veces el anillo lo constituye un alambre que atraviesa la piedra, y las dos extremidades se detienen en espiral a la entrada de los dos orificios.
Se conocen sellos egipcios todavía más antiguos, que no tenían la forma de escarabeo.
En la Época Arcaica y durante el Imperio Antiguo se utilizaba de preferencia el sello giratorio constituido por un pequeño cilindro de hueso, marfil, madera o piedra, que actuaba como un minúsculo rodillo compresor imprimiendo sobre la materia blanda, légamo o arcilla, las inscripciones grabadas en su superficie.
Los sellos giratorios fueron conocidos desde muy antiguo en Babilonia, de donde se difundieron poco a poco por todo el Próximo Oriente. Su glíptica alcanzó tal perfección en el período de la civilización sumerio-acadia que ni Egipto, con toda su maestría y superioridad artística, jamás consiguió, ni con mucho, igualarla, en el curso de todas sus transformaciones históricas. Se cree, por consiguiente, que debe buscarse en Mesopotamia el origen del sello giratorio, tanto más cuanto que algunos animales fabulosos de cuello largo, con cabeza de bestias de presa, representados en algunas paletas de pizarras de tocador pertenecientes a reyes de las primeras dinastías egipcias, corresponden exactamente a los que figuran en los sellos giratorios mesopotámicos del período anterior llamado Djemdet-Nasr. Sin embargo, parece por otra parte que puede seguirse fácilmente en el arte egipcio la evolución del cilindro-sello a partir de eslabones tubulares que tenían el carácter de amuletos.
Esta clase de cilindros-sello se mantuvieron en Egipto hasta el fin del Imperio Medio y se han encontrado modelos parecidos que se remontan al año mil a. d. J.
A últimos del tercer milenio empezó a utilizarse también el sello-botón redondo, generalmente de esteatita o de marfil, rematado por un asidero horadado. Esta forma orbicular era desconocida hasta entonces en el Valle de los Reyes. Los signos y las imágenes grabadas en la superficie inferior en su gran mayoría nada tienen de egipcio. En cambio, esta forma de sello es típica de la cultura cretense de la misma época, y con toda seguridad pasó de Creta a Egipto.
Pero las características exóticas no solían durar en el Valle del Nilo, y poco a poco este sello redondo se convirtió en oval; durante cierto tiempo aparece un tipo de cauri y hacía las postrimerías del Imperio Antiguo algunos surcos sugieren ya los lineamentos del insecto sagrado, el asa desaparece y la perforación se sitúa en el mismo cuerpo del sello.
Esta característica persiste a lo largo del Imperio Medio hasta el apogeo del Imperio Nuevo, cuando ya predomina una forma más realista del escarabeo. La cabeza es relativamente pequeña, los élitros al principio apenas insinuados, igual que las patas. Esta fórmula somera tiene por lo menos sobre la reproducción más refinadamente exacta en boga a partir de la época de Sesostris I, la ventaja de ser más adecuada a su función. En efecto, la arcilla sobrante tiene menos tendencia a desvanecer el trazo del entalle, evitándose así la forma de una costra pétrea difícilmente eliminable.
No ha podido aclararse satisfactoriamente por qué motivo en el primer período intermedio, poco antes de la restauración del estado llevada a cabo por Mentuhotep y los poderosos faraones de la XII dinastía, la media perla oval de la parte superior del sello evoluciona hasta reproducir con gran fidelidad el escarabajo sagrado, pero es probable que en esta transformación debieron de intervenir razones mágico-religiosas. Y sin embargo, no puede asegurarse que el dios-solar Khepri en forma de escarabajo desempeñara por entonces un papel importante en el panteón egipcio, pues se le encuentra raramente aún en los monumentos y en los sellos aparece casi exclusivamente como jeroglífico. Puede que en el fondo se deba más que nada a la homonimia, va mencionada, entre el nombre del dios y la palabra que significaba ‘cambiar”, “nacer”, “existir”, “formar”. Quizá la forma del sello-escarabeo responda, pues, más al sentido literal que a un símbolo religioso. Tal vez debamos atribuir su difusión al hecho extraordinario de que con una simple presión se obtenía una imagen estupenda. También pudo ponerlo Sesostris I en circulación al hacerlo figurar en su nombre de entronización. En todo caso no tengo noticia de ningún escarabeo real anterior reproducido con tanta fidelidad.
Mientras el tipo de sello de transición correspondiente a las dinastías VII hasta la IX presentan ornamentos laberínticos así como dibujos geométricos sencillos y formas poco delicadas, los verdaderos escarabeos primitivos se caracterizan por una línea media que divide en dos su parte inferior a la que dan un aspecto heráldico los jeroglíficos que la cubren dispuestos simétricamente.
A menudo son signos de buen agüero.
A estas imágenes se añaden motivos meramente ornamentales, en los que espirales, trenzas y anillos concéntricos llevan la parte principal, en combinación a veces con vegetales y animales simbólicos. El adorno espiral confiere un hálito egeo en la estética egipcia, y se encuentra a menudo en las joyas más preciosas del Imperio Medio. “Las islas que están en medio del mar” y el tesoro temático de su orfebrería ejercieron sobre el arte egipcio hasta muy entrada la época tutmosida una influencia considerable, que incluso los egiptólogos no siempre valoran como es debido. En un escarabeo encontré una reproducción exacta de la figura geométrica de las cícladas. Por más que el espiral aislado figure ya en la ornamentación de tarros de terracota predinásticos de la segunda civilización de Negada, los arabescos artísticamente entrelazados de los sellos escarabeiformes del Imperio Medio no parecen ser de origen egipcio. Por otra parte, los nombres de particulares inscritos en escarabeos de la XII dinastía a menudo están rodeados de espirales. Este adorno aparece de nuevo en la XXV dinastía núbica durante la cual estuvieron por algún tiempo de moda ciertos motivos artísticos arcaicos.
Sabido es que el decadente Imperio Medio conoció un final prematuro a manos de los invasores asiáticos, los cuales a su vez dejaron un gran número de escarabeos, tanto en forma de sello como de amuleto, fácilmente reconoscibles.
La característica principal de estos llamados “escarabeos-hicsos” radica en su adorno en forma de hoja de palmera y tienen su equivalente en los sellos cilíndricos asiáticos — particularmente en los de las primitivas formaciones de Sendjirli — los cuales solamente fueron conocidos durante esta época en Egipto. Los nombres de los príncipes Hicsos, entre ellos Khian, Chendjer, Jacob-her o Jacob-el, Anat-her y 3 Apofis, solamente han llegado hasta nosotros en los sellos escarabeiformes. Algunas veces están rodeados de adornos que aparecen también en otros sellos anónimos.
Los sellos provistos de “hojas de palma” muestran generalmente grabadas en la base combinaciones de figuras enlazadas con jeroglíficos egipcios sueltos, no siempre fáciles de descifrar. Se nota que existía cierta preferencia por los leones terminados en cola de serpiente agachados o caminando, que nada tenían de egipcio. A veces eran seres humanos dispuestos sin orden o prelación, como si se tratase de llenar el espacio, como fuere. Estos motivos que ninguna relación parecen tener con los de la época precedente del Imperio Medio, muestran tendencias de origen asiático, mientras que los escarabeiformes siguen, en parte, la tradición egipcia, de la que a veces se apartan para vulgarizarse.
¿Quién fabricó en Egipto tan considerable número de sellos hicsos y quién los utilizaba?
Como se trataba de una tradición egipcia, es de creer que al principio por lo menos los producían los egipcios pero adaptándolos al gusto de los asiáticos; puede que se suministrasen sólo los escarabeos para que los extranjeros estampasen en los sellos sus propias inscripciones. En todo caso, su zona de expansión parece limitarse del Delta hasta Menfis, o sea que corresponde casi al territorio ocupado por los invasores. Si se tiene en cuenta que todo el arte hicso era tributario de la tradición egipcia, y que carecieron de un estilo artístico propio, las deformaciones que ellos aportaron al sello escarabeiforme tradicional son los únicos ejemplos que poseemos de su originalidad, y en esto radica precisamente su interés histórico. Algunas de sus tendencias religiosas y culturales resurgieron durante la XIX dinastía, en particular bajo Ramsés II, la cual según parece era originaria de la región de la antigua residencia hicsa de Avaris-Tanis. Esta misma XIX dinastía mantuvo el culto al dios Set-Suteck adorado por los “reyes-pastores” y favoreció abiertamente las influencias asiáticas en la moda egipcia de la época.
Mientras que, por lo general, los sellos-cilindro llevan solamente el título oficial de su dueño, en el curso del Imperio Medio, y más aún en el Imperio Nuevo, salen a relucir sellos escarabeiformes marcados con los nombres más diversos, acompañados a veces del signo distintivo del escriba lo que induce a creer que eran utilizados en las secretarías. Como es natural, aparecen cada vez con más frecuencia los nombres de los faraones a partir de los prodigiosos hechos de armas que aseguraron a los reyes de Tebas la hegemonía mundial.
A ningún soberano se cita más a menudo y en contextos más variables en los entalles de los sellos escarabeiformes que al gran Tut-mosis III, guerrero enérgico y clarividente organizador.
Estos escarabeos reales no son en realidad sellos imperiales, ni siquiera propiedad de la realeza; son simplemente un signo de la popularidad de ciertos faraones y de las casas reinantes; la prueba de la
unión espiritual entre el soberano y sus súbditos. Como la fantasía popular rodeaba pronto los nombres de los monarcas poderosos de una aureola mágica y bienhechora, los sellos que llevaban grabados sus nombres se convirtieron muy pronto en amuletos.
Bajo el reinado de los Tutmosis la reproducción anatómica del escarabeo gana en exactitud. Las patas ya no están pegadas al cuerpo del animal, que así parece más alto y apoyado en ellas. La cabeza y el orificio anal se refuerzan para evitar que se resquebrajen los extremos frágiles de la pieza. Se inicia la costumbre de entallar el principio de los élitros, ahora ya claramente dibujados, de modo que en los bordes exterior y superior resulten pequeños triángulos con la punta hacia abajo. Este tipo subsiste, con alguna que otra ligera alteración impuesta por las modas y los gustos imperantes en las distintas épocas, hasta llegar al ocaso de la civilización egipcia.
Los objetos del apogeo del Imperio Nuevo son a menudo de singular belleza y perfección, destacando por la armonía con que se combinan en ellos imágenes e inscripciones. De ahora en adelante los signos jeroglíficos ya no se graban como antes simplemente sin más ni más, sino que ya se cincelan en relieve. Aparecen en primer término los reyes y sus familias, luego las divinidades bienhechoras y por fin los símbolos del culto. Vemos al faraón tocado habitualmente con la corona azul en forma de casco en su carro de combate, en su litera o en su balcón de audiencia, en todo su esplendor, aplastando con su maza a los enemigos hereditarios de Egipto, luchando, cazando u orando, con frecuencia situado ante un obelisco o un cinocéfalo consagrado al dios Thot. No es ninguna rareza el que su nombre sea adorado por animales divinos o le acompañen símbolos sagrados. Algunas veces se le representa entre dioses solares que le ofrecen manojos de palmas, que son el emblema de innumerables años de reinado.
Así vemos cómo el material hallado nos ilustra sobre la mentalidad de un período que en muchos aspectos cuenta entre los más diversos y fecundos de la historia del país, y percibimos reflejos del gusto artístico y delicado de una época que llenó palacios y templos de bajorrelieves de grandiosidad y audacia nunca vistas hasta entonces.
Al término de la XVIII dinastía la cerámica va adquiriendo cada vez más importancia y la capa reluciente de esmalte coloreado que la recubre es uno de los grandes progresos de aquellos tiempos. No abundan los escarabeos de Amenofis IV - Ecnaton y sus sucesores inmediatos adictos a la herejía de Atón. Sin duda Haremheb, restaurador del antiguo orden político, religioso y militar, los mandaría destruir, o puede también que el pueblo se deshiciera de ellos espontáneamente por considerarlos maléficos al reanudarse el culto de los antiguos dioses.
El acabado de los escarabeos pétreos de la XIV dinastía es ya más realista y va pareciéndose más a su modelo original. Su cuerpo hasta entonces relativamente liso se abomba. Las patas que a menudo presentan finísimas estrías alcanzan mayor longitud y los miembros quedan generalmente, a partir de la base, radicalmente separados, de modo que soportan solos el cuerpo del insecto. Se introducen nuevas variedades, por ejemplo, sellos de piedra que tienen el aspecto de un pequeño escarabeo con asa, montado en vigorosas patas encorvadas hacia fuera y que en definitiva constituyen una regresión al modelo antiguo. En un texto literario de la época de Ramsés II hallamos una precisión interesante. En un gran informe conocido con el nombre de Papyrus Harris, de Londres, dice el rey que ha mandado distribuir millares de sellos y todo hace suponer que se trata de sellos escarabeiformes.
Luego disminuye visiblemente el número de escarabeos, pero sólo para recibir nuevo impulso bajo los soberanos etíopes de la XXV dinastía, que así quieren aparecer ante sus súbditos como continuadores de la antigua tradición imperial. Como buenos provincianos que eran, en su empeño por alcanzar: el título glorioso de restauradores de la antigua grandeza, graban los reyes núbicos sus nombres al lado de los de los más famosos faraones de la época clásica en amuletos de cabeza de carnero y en enormes escarabeos tallados sin refinamiento y a menudo de proporciones bastas por no decir bárbaras, llegando incluso a idear escarabeos de tipo arcaico para inscribir en ellos el nombre de los reyes constructores de las pirámides, siendo así que éstos no llegaron a conocer los sellos escarabeiformes.
Los escasos escarabeos de la época saita son generalmente pequeños, de hechura delicada y de extrema claridad, con inscripciones limpiamente cinceladas. Las piernas son cada vez tratadas con mayor soltura y el abdomen es a veces de apariencia ligeramente bulbosa.
Después de la XXVI dinastía va disminuyendo poco a poco el número de sellos de esteatita esmaltada y en su lugar se producen cada vez más los sellos de bronce y escarabeos-amuletos de piedras preciosas. Los escarabeos de las épocas persa y griega parecen haber sido usados casi exclusivamente en las tumbas. Se prescinde de la función que como sello tenía la parte inferior, y en cambio el vientre del escarabeo se modela con un realismo sorprendente. Al suprimirse la perforación longitudinal, estos pequeños escarabeos de granito, basalto y también de cornalina pueden considerarse como los últimos representantes de la larga sucesión de los escarabeos-corazón.
Estos diminutos símbolos, tan característicos de la cultura del Antiguo Egipto, eran ya conocidos en la cuenca del Mediterráneo bajo la XII dinastía. Durante la época minoica tardía los escarabeos de esteatita del Imperio Nuevo, particularmente los de Amenofis II y los de su esposa Teya, estuvieron muy en boga en Creta y en las islas del Mar Egeo, y es de suponer que mientras no existió contacto directo fueron introducidos por los comerciantes sirios y fenicios.
Reinando los faraones helenizantes de la XXVI dinastía, la factoría milesia de Naucratis, no lejos de la desembocadura del Nilo, no solamente exportaba lindos escarabeos azul-pálidos sino que producía también una gran variedad de cerámicas al gusto helénico, cuyo distintivo era a menudo un pequeño cuño circular. La superficie del sello llevaba grabados temas griegos, tales como hipogrifos y esfinges de tipo helénico. Durante el siglo VII y a principios del VI antes de Jesucristo la importación de imitaciones naucratenses cubría por lo visto las necesidades del mercado griego, pero posteriormente en la Helada estricta, así como en toda Grecia, empezaron a producir sus propios escarabeos tallados generalmente en cornalina y adornados con dibujos de temas del país.
Ya hemos mencionado que los etruscos, que desde muy antiguo estaban en buenas relaciones con los egipcios, habían imitado asiduamente el escarabeo sagrado. Con las últimas y a menudo bastardeadas reproducciones etruscas fue extinguiéndose la especie para no reaparecer ya hasta muchos siglos más tarde al conjuro de los falsificadores de antigüedades.
En verdad puede afirmarse que no abundan los insectos que hayan hecho una carrera tan notable como nuestro escarabajo pelotero Ateuchus sacer.
Todavía se arrastra por las dunas de arena rojo-amarilla del desierto egipcio, o por las noches, cuando están en celo, rebota ruidosamente por la cubierta de los barcos de la agencia Cook que surcan el Nilo, haciendo estremecer a los felices turistas de uno y otro sexo.
El esplendor de la civilización faraónica pertenece ya al pasado y sólo las ruinas de sus antiguos templos, las estatuas mudas de sus monarcas, y las gigantescas pirámides proclaman aún su extinguida grandeza…
Pero el escarabajo continúa idéntico a sí mismo, como tampoco ha variado el halcón que se balancea en el azul profundo del cielo de Egipto, o la cosecha que surge del riego del Nilo sagrado y el eterno fellah que cultiva sus campos, impasible e indiferente al paso de las civilizaciones que nacen y desaparecen a su alrededor.
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Desde entonces en nada ha variado la forma del escarabajo sagrado y tal como nosotros lo vemos ahora ante nosotros, con afilados dientes de quitina y delgadas patas delanteras, así hubiera podido servir de modelo al escultor oficial que unos mil trescientos años antes de Jesucristo lo inmortalizó al cincelar su imagen en la pared a la entrada de la tumba del faraón Setos I.











