CONJUROS Y AMULETOS
ASOMBRA la gran cantidad de amuletos que nos ha legado el An¬tiguo Egipto, y como en su gran mayoría son tallados en piedra dura o modelados en tierra esmaltada, son prácticamente eternos. En los campos sepulcrales, mil veces zahonados, parecen inagotables; en cada tumba descubierta intacta los hay a centenares; cada nueva mo¬mia los lleva a docenas, y brillan de repente al sol cada vez que el labriego atezado rebaja con el azadón para abonar sus tierras la capa salitrosa de escombros, que cubre los antiguos poblados. Cada surco del arado los pone al descubierto y cuelgan del cuello de los niños desnudos en las aldeas al lado de baratijas modernas, como hace miles y miles de años.
No vale la pena siquiera de falsificarlos, pues esta tierra generosa los ofrece en extraordinaria abundancia y a precios sin competencia posible. Ya no caben en las vitrinas de nuestros museos. Durante cua¬tro mil años un innumerable ejército de artesanos artistas trabajaron febrilmente en el densamente poblado Valle del Nilo para producirlos sin cesar… para los vivos y para los muertos; para este mundo y para el otro; para reyes; altos dignatarios, funcionarios, sacerdotes, solda¬dos, campesinos, niños y animales. Y aquí los encontramos todavía todos o casi todos, porque ningún cataclismo se encargó de destruirlos luego.
No es, pues, extraño, que existan tantos por esos mundos, lo que en verdad contrasta con la escasa literatura que existe sobre esos ex¬traordinarios productos de una industria mágica y variada hasta el infinito. Apenas si se les ha dedicado algún folleto, y todo lo más dos o tres páginas, con algunas ilustraciones, en las voluminosas histo¬rias del arte.
Y, sin embargo, entre los amuletos de Egipto se encuentran in¬numerables obras de arte.
No es que sea tarea fácil, pero el campo es ancho para la investi¬gación. Estudiar los amuletos es como sumergirse en el seno del alma popular egipcia, con sus supersticiones, sus esperanzas y sus temores. El investigador duda ante la inestabilidad del terreno que pisa. El amuleto, objeto usado con miras supersticiosas, medio protector con¬tra los sortilegios ha sido siempre y por doquier la llave más modesta, y al propio tiempo más extendida, para abrir la puerta de lo des¬conocido, y su origen debemos buscarlo en el temor ante las tinie¬blas de la noche eterna, en el afán de poseer conciencia propia y en el deseo de hacer frente a la incertidumbre de la vida amparándose en la fuerza de un conjuro.
Pero Egipto logró convertir este objeto de superstición popular en un símbolo de pureza espiritual y material, que incluso intriga y seduce a quien desconoce su significado abstracto. Por esta razón los amuletos egipcios, más que los de ningún otro pueblo de la tierra, encarnan un valor universal, y muchos de ellos ocupan, veladamente o no, un lugar destacado en el tesoro de símbolos de Occidente.
Producto de un mágico universo, por derecho propio sigue ocupan¬do lugar destacado en él. A quien no pueda o no quiera apreciar la belleza de este universo, le queda aún el recurso de admitir la belleza de su forma, pero en tal caso, que no se haga ilusiones pues no puede captar su secreto milenario. Hay que reconocer que muchos de estos amuletos son hermosos, como también es maravillosa la materia de que están hechos, la forma, la composición y sus proporciones artís¬ticas; y esta belleza, serena y equilibrada, es inseparable de su destino mágico. Pero, al fin y al cabo, no es precisamente para embeleso de los ojos humanos que fueron creados estos minúsculos objetos que se re¬piten continuamente, siempre iguales y nuevos, más puros y más efi¬caces. Como tampoco estaban destinados a la mirada humana aquellas estatuas funerarias que procedentes de los talleres de los escultores del Valle de los Reyes se colocaban en una estancia oscura e inaccesible de la tumba y tenían como única finalidad servir de refugio corporal a las almas de los difuntos, y en lo sucesivo eran meros acumuladores invisibles de energía, que se saciaban con el desconsuelo de supervivien¬tes. También eran bellas — pero no importaba eso a sus contemporá¬neos. La degeneración moderna se acomoda mal a esta abnegación del artista antiguo. Estamos acostumbrados a considerar el arte plástico como una cortesana asequible por poco dinero, que ruda o amable, se pavonea por las tablas de las exposiciones para llamar la atención y ser apreciada y saboreada por los demás. Pero ¡ah! cuánta bajeza en este tráfico artístico. En cambio, el Egipto antiguo y venerable no creó para el público, sino para los dioses, los demonios y los muertos. Los que sí hubieran comprendido el ideal egipcio son los piadosos “«cul¬tores que llenaron las paredes de nuestras catedrales medievales con los emblemas perennes de su fe, emblemas que por estar situados en lugares recónditos y oscuros escapan a la vista del vulgo ignorante. A menudo, cuando me ha sido posible admirar amuletos en alguna colección particular, no he podido sustraerme a una impresión de des¬agrado ante el orgullo ingenuo de su dueño, el cual no parece darse cuenta de que su pequeño tesoro, en resumidas cuentas, procede de un robo sacrílego, del saqueo de una tumba…
Es notorio que incluso los especialistas a los que el mundo es deu¬dor de las obras más fundamentales de la egiptología no siempre sien¬ten la emoción de la cultura egipcia. Se comprende que nosotros ante el temor de vernos chasqueados, no vayamos a un sastre o a un zapa¬tero que no sienta su oficio. Y sin embargo, leemos a menudo libros que sobre la religión de los egipcios han escrito hombres insensibles, del mismo modo que a menudo tomamos lecciones sobre el arte egip¬cio de egiptólogos diplomados, muy duchos en filología, pero sin alma de artista. Quien sólo vea en las prácticas mágicas una aberración ridícula del espíritu humano podrá facilitarnos muchos datos intere¬santes y doctos sobre la materia, pero no por eso dejará de ser un guía mediocre en un terreno que con su ayuda nos será prácticamente in¬franqueable. En un libro recién publicado sobre el mundo religioso del Imperio Antiguo, y a pesar de la simpatía que su autor siente por el pueblo egipcio, siempre sale a relucir algo así como una pena, casi diríamos disgusto de enfrentarse con una civilización que por estar tan aferrada a sus ciencias mágicas y a sus ritos propiciatorios fue incapaz de elevarse hasta la verdadera espiritualidad religiosa para alcanzar la cima de la civilización humana. Pero ¿es que tenemos derecho a pretender que el ideal de un pueblo antiguo, y extranjero por añadidura, sea conforme a una cierta concepción de la perfección tal como nosotros nos la imaginamos ahora, después de varios siglos? ¿No debemos considerarnos satisfechos de que los propileos nos per¬mitan aún penetrar en el secreto de cómo eran realmente y de cómo son todavía? Tan sólo si partimos de la base que los antiguos egip¬cios, desde las edades más primitivas hasta el último aliento de su civilización, únicamente concibieron la religión bajo su forma mágica, estaremos en condiciones de poder formarnos un juicio más o menos completo sobre ellos y sobre los vestigios que de ellos poseemos, v esto tal vez nos permita hallar la escondida senda de aquel cariño que nos ayuda a comprender realmente la vida de otros seres y permite que re¬vivan un poco en nosotros.
Con el título de El estado de piedra, obra que hace época en el terreno de la egiptología, pues abre perspectivas enteramente nuevas en nuestra concepción de la antigua civilización egipcia, el investigador alemán Hans Gerhard Evers ha escrito un libro especialmente consagrado a las esculturas de los reyes del Imperio Medio. Es preciso continuar por este camino, sobre todo en lo que a la religión de los egipcios se refiere. Con sus ciento cincuenta años de existencia la egip¬tología se va abriendo camino entre las ciencias como un polluelo pegado aún al cascarón. Todavía podemos ver cómo algunos especia¬listas “liquidan” por decirlo así, con un ligero encogimiento de hom¬bros, períodos fundamentales de la historia de la civilización. Errores evidentes y conceptos pasados de moda se transmiten de generación en generación como enfermedades hereditarias. Debemos reaccionar y procurar que la comprensión progrese del brazo de la erudición.
Una de las mayores dificultades con que tropieza toda tentativa seria de interpretación de los amuletos egipcios radica sin duda alguna en el hecho de que los mismos egipcios de la época que llamaremos “histórica”, habían olvidado hacía siglos el carácter y el significado de muchos símbolos, y se contentaron con llenar el vacío con inter¬pretaciones a menudo entre sutiles y fantásticas. Así, por ejemplo, los textos de los sarcófagos y las fórmulas mágicas de ultratumba nos informan copiosamente sobre lo que pensaban de los amuletos du¬rante los dos siglos anteriores a la era cristiana, pero, en cambio, ape¬nas si disponemos de documentos que nos hablen de su significado pri¬mitivo, por lo que tenemos que echar mano de conjeturas, a las que no siempre sonríe el éxito.
He aquí un ejemplo elocuente: la llamada columnita Zed, uno de los amuletos que con más frecuencia aparecen en las tumbas. Tiene verdaderamente el aspecto de un pequeño pilar con cuatro capiteles superpuestos, esto es: el dibujo de cuatro pilares vistos uno tras otro según las reglas de la perspectiva egipcia. En medio de la cúspide des¬taca a menudo un apéndice en forma de minúsculo ábaco.
Se encuentran estos hermosos objetos tallados en las más diversas materias: los hay de hierro, de cornalina, feldespato, lapislázuli, oro, tierra cocida, etc. También existen en madera, y algunos son de ta¬maño considerable.
Generalmente, y con razón, se considera este amuleto como uno de los símbolos de Osiris, y como símbolo jeroglífico su significado es: “dureza”, “persistencia” y “conservación”, o sea “duración”. Una interpretación teológica algo compleja quiso ver en este objeto nada menos que la columna vertebral de Osiris. Muchas veces se le añaden piernas y brazos que sostienen las insignias del dios de los muertos: el báculo y el látigo osiriano. A veces tienen también ojos y va tocado con la corona característica del juez de ultratumba. Esta serie de asociaciones de ideas se funda en una conocida leyenda, según la cual, después de la muerte de Osiris, su asesino Seth desmembró el cadáver y lo dispersó por todo el país de Egipto. Entonces, Isis, des¬esperada, empieza una búsqueda trágica: busca, encuentra, reconoce sucesivamente cada uno de los miembros, excepto las partes sexuales devoradas por un pez y comienza precisamente la reconstrucción del cuerpo pegando las costillas a la columna vertebral. En este aconte¬cimiento tiene su origen una antiquísima fiesta que empezó por cele¬brarse al terminar el año en la ciudad del Delta, Busiris, más tarde en Menfis y acabó por extenderse también a varios otros templos. El mismo rey, acompañado de su augusta esposa, tomaba parte en el acto conmemorativo. Por su propia mano, y secundado por los sacer¬dotes, erigía una gran columna de Zed mientras que los otros victi¬marios se arrodillaban ante el símbolo sagrado al que ofrecían sacri¬ficios. El legendario desmembramiento del cuerpo divino, así como la circunstancia que la ceremonia constituyera un acto oficial, hubie¬ran debido bastar para indicar el buen camino a sus interpretadores. Pero, por el momento, el objeto sagrado continuó siendo un misterio para los egiptólogos, los cuales hasta bastante tiempo después no cayeron en la cuenta que la teoría clásica descansaba sobre una base equívoca y además bastante reciente.
No ayudaba por cierto a facilitar la solución del problema el fragmento del “Libro de los Muertos” inscrito desde muy antiguo en la columna de Zed:
“En el capítulo de un Zed de oro suspendido al cuello del bien¬aventurado. Dice el difunto: Tu espina dorsal es tuya, ¡oh tú (Osi¬ris), cuyo corazón descansa! Tus vértebras dorsales son tuyas y tu corazón duerme. Te han colocado en el lugar que te pertenece por derecho propio. Te doy los humores que precisas (para la actividad física de tu cuerpo). Te traigo el Zed con el que te recreas. Que se inscriba este capítulo alrededor de un Zed de oro esmeradamente la¬brado en el corazón de un sicómoro cubierto de savia vegetal, y que se coloque en el cuello del bienaventurado. Entonces franqueará la puerta del averno… Quien conozca estas palabras es un bienaventu¬rado perfecto y no encontrará cerradas ante sí las puertas de ultra¬tumba. Habrá pan, galleta y carne en grandes cantidades en los alta¬res del dios-sol, o dicho de otro modo del dios Osiris, el dios bueno. Las palabras que se pronuncian tienen virtud mágica contra los ene¬migos del otro mundo.”
Los egiptólogos continuaron rompiéndose la cabeza durante mu¬cho tiempo sin avanzar un paso. No existía ni el más leve parecido con un esqueleto por estilizado que fuera. ¿Podría, quizá, tratarse de un árbol-fetiche, o tal vez de una planta sagrada prehistórica, o quien sabe si de un cedro? ¿O aún de una columnata escalonada vista desde arriba con una cierta perspectiva? ¿Representaba un altar con cuatro divisiones o, la llave del Nilo?
Por fin los hallazgos posteriormente realizados en la vasta ne¬crópolis protohistórica al norte de Heluán, con sus miles y miles de tumbas, permitieron dar con la solución del enigma. ¡Y cuan fácil era esta solución ahora que la conocemos!
Este amuleto simboliza simplemente la gavilla de trigo, muy es¬tilizada por cierto, que después de la siega se dejaba en medio del campo a fin de aplacar al dios del pan cuya protección era preciso ase¬gurarse para la futura cosecha. Es la expresión de tímido agradeci¬miento que los campesinos primitivos dirigían a las fuerzas de la naturaleza temible e insondable. Al príncipe divino le correspondía plantar en el campo este último haz de espigas, como símbolo de la gratitud y de la esperanza de su pueblo.
Los amuletos forman familias que corresponden a las de los dio¬ses. El amuleto de Isis, la esposa abnegada de Osiris, es una especie de nudo parecido al signo de Ankh. Según se afirma en el Libro de los Muertos, pero sin que en él se den más detalles, este amuleto contenía la sangre de la tierna diosa a la que solían atribuirle grandes virtudes mágicas; sin duda, por tal motivo, se labraba de preferencia en pie¬dras preciosas encarnadas, jaspe o cornalina. Igual que la divina pa¬reja, así también la columna Zed y el nudo de Isis aparecen reunidos frecuentemente en los tesoros funerarios. Tanto el uno como el otro se encuentran a menudo pintados en gran tamaño en el fondo de los sarcófagos y su misión era proteger la espalda de las momias. Algunas veces, la “sangre de Isis” adopta brazos humanos y un rostro de per¬sona con orejas gachas de vaca, que hacen pensar en la máscara anti¬quísima y misteriosa de Hathor, diosa del amor y del infierno, y que debe considerarse como un atributo de ambas diosas. Sigue diciendo el “Libro de los Muertos” que todos los difuntos que conocen las pa¬labras mágicas rituales correspondientes a este símbolo son admitidos en el cortejo de Osiris y acogidos por Horus con demostraciones de júbilo. “Las puertas del infierno se abren ante él, recibe su ración de pan en el campo de los bienaventurados y la fama de su nombre iguala a la de los demás dioses que allí moran ”
No menos eficaz resultaba la autoridad del Ojo de Horus en el infierno. Éste es, seguramente, el amuleto egipcio que más abunda y en los más diversos materiales, a veces aislado, y otras incluso en hileras de cuatro o de ocho, calados o continuos, dispuestos en círculo y rodeados de un marco rectangular, sin adornos interiores. Tiene la forma de un ojo humano muy bien dibujado, algo alargado, sobre el que destaca una ceja arqueada y un adorno fantástico que desde el párpado inferior desciende hasta la mejilla.
Es sabido que Horus, engendrado del cadáver de Osiris, sobre cu¬yas caderas se posó Isis convertida en halcón hembra, vengó a su real padre matando en enconado duelo a su asesino Seth y le arrancó los órganos viriles, pero en la contienda perdió un ojo, y este ojo, prenda y símbolo del amor filial, el zambo Thot lo llevó a Osiris muerto y se lo colocó sobre la lengua, haciéndole recobrar la vida por arte de magia.
Es de suponer que, en opinión de los antiguos egipcios, gracias al ojo de Horus el difunto resucitaría como el rey de ultratumba.
No solamente suspendían este amuleto del cuello y de las muñecas, sino que apenas existe momia ilustre alguna de la época de la hege¬monía mundial egipcia o de las postrimerías del Imperio que no ten¬ga alguno en el interior del cuerpo, intercalado entre las vendas o dibujado incluso sobre la tablilla de cera con que acostumbraba a cerrarse el tajo practicado en el flanco del difunto, sin que esto sig¬nifique que el ojo de Horus fuese exclusivamente un amuleto para los muertos, pues también los vivos recurrían a un símbolo tan eficaz. Es probable que en la mente de los contemporáneos de los faraones el ojo mágico de Horus se identificara con el mito arcaico y grandioso según el cual el sol y la luna eran los dos ojos del dios de los dioses. El mito describe cómo el dios perverso, Seth, amenazaba al ojo solar y al ojo lunar, y los eclipses de sol y de luna parecían demostrar que a veces, en verdad, el espíritu del mal lograba triunfar temporalmen¬te. Pero la lucha terminaba siempre con la victoria del oyó, lo cual no dejaba de ser un consuelo para los desgraciados y los enfermos, pues el triunfo del astro les permitía esperar el suyo propio, o sea un desenlace feliz a sus miserias. No es de extrañar, pues, que este amu¬leto tuviera tanta aceptación. Téngase presente que desde siempre, gentes de todas las razas y esparcidas por todo el mundo, atribuyeron al buen ojo un poder mágico contra los efectos del aojo.
Otro amuleto bastante común, de gres verde esmaltado o de fel¬despato del mismo color, era el llamado “cetro de papiro”, que ge¬neralmente consistía en un tallo de planta, cuya extremidad inferior terminaba en punta, y parece haber simbolizado “el verde”, “la fe¬cundidad” y la “eterna juventud”. Se comprende que ejercieran una gran impresión en la mente de cuantos sentían la obsesión del más allá. Con este sagrado emblema de la fecundidad en la mano se repre¬sentan diosas y reinas en estatuas y bajorrelieves, y en el “Libro de los Muertos” les están dedicados dos capítulos enteros. En uno de ellos se habla de una diosa y de sus poderes mágicos y en el otro trátase de un muerto que se cambia a sí mismo contra el amuleto construido en piedra dura e indestructible. Porque si el amuleto es intacto, inataca¬ble e inquebrantable, también lo será el difunto. Posiblemente estos textos ocultan una concepción primitiva, más profunda y fundamen¬tal, que escapa a nuestra comprensión. Verdaderos haces de papiros protegían ya el techo de la choza prehistórica. Innumerables colum¬nas palmiformes, lotiformes y papiriformes formaban bosques ente¬ros en los templos, cuyo interior era un reflejo del mundo egipcio: enraizados en la tierra, las columnas florales, ascendían hasta el este¬lífero firmamento — el techo del templo — el cual, apoyado en ábacos invisibles desde abajo, parecía flotar por encima de su cúspide desplegándose en flores gigantes. ¿Debemos ver en este simulacro de contención de la bóveda celeste, en el dinamismo de este impulso hacia el cielo la idea primaria de su destino mágico? El templo se convierte en la imagen, en pequeño, del Universo.
Cuando se trate de amuletos de muertos no debe olvidarse uno que semeja un pequeño receptáculo en forma de corazón provisto de dos asas como orejas, el cual probablemente reemplaza el guijarro oval que en las inmensas necrópolis del desierto de la época arcaica se colocaba en el pecho de los difuntos en lugar del corazón. Según la tradición, el corazón del muerto era pesado en presencia de Osiris, de su familia y de los cuarenta y dos testigos, y en el otro platillo de la balanza se colocaba el símbolo de la “verdad”, y cómo de esta pesada dependía el veredicto del juez de los muertos, puede que se desease in¬fluenciar el resultado y aumentar las probabilidades en favor del fi¬nado, poniéndole un corazón de piedra más pesado que el natural. En realidad, esta misión corría a cargo del escarabajo sagrado, del que se tratará en el capítulo siguiente. Pero el hecho que en algunos ca¬dáveres se hayan encontrado dos corazones de repuesto, hace suponer que sus misiones respectivas eran diferentes. El capítulo “Corazón de cornalina” del “Libro de los Muertos” asegura: “El alma de Osiris (difunto) podrá volver a la tierra y le será dado poder realizar todo lo que su potencia vital requiera.”
Toda una serie de símbolos se encuentran en evidente relación con los ritos mediante los cuales el sacerdote Sem reanimaba mágica¬mente la momia enhiesta al borde de la tumba. Son pequeños azado¬nes y hachas, dedos humanos, muslos de buey, anzuelos dobles e instrumentos rituales enigmáticos plumiformes. Tal vez deban también incluirse entre ellos las pequeñas reproducciones miniaturas de un tipo de jarrón alto cuyo significado puede ser: “Purificar, pureza”, y que en escritura jeroglífica dicen: “alabar”.
Hathor, la diosa de los muertos y del amor tenía por uno de sus emblemas el sistro, instrumento músico al que se atribuía el poder de ahuyentar a los espíritus malignos. Figurines que representan bueyes echados con las patas atadas y pequeñas ocas de cerámica, con las alas rotas, seguramente servían de reserva alimenticia mágica para los muertos. Ranas diminutas esculpidas en pleno relieve en los plintos de los templos eran consideradas como símbolo de la resurrección, y como tal fueron adoptadas por los primitivos cristianos, pues hasta la antigüedad clásica se creía que las ranas y los sapos no necesitaban la intervención de progenitores para venir al mundo, sino que sur¬gían sin más ni más del légamo húmedo que tras sí dejaban las inun¬daciones. La ingenuidad, la ignorancia de la época tomó a esos batra¬cios como ejemplo de la posibilidad del nacimiento espontáneo del ser vivo a partir de la materia inerte y disforme y por ende como evi¬dente seguridad de la realidad de la resurrección de los hombres. Las lámparas de barro cocido de la necrópolis cristiana primitiva de Edfu empiezan imitando la forma de una rana y más tarde sobre la tapa figura en relieve la imagen cada vez más estilizada del sapo. La inscripción que a veces lo acompaña: “Yo soy la resurrección” no deja lugar a dudas sobre su significado real.
Sobre todo a partir de la Época Tardía se encuentran cada vez en mayor número en el ajuar del difunto estatuitas de cerámica repre¬sentando innumerables deidades y demonios. La perfección de sus pro¬porciones y la finura de la talla asombran al aficionado a las bellas artes y maravillan al ceramista moderno, que no se cansa de alabar la habilidad técnica de su anónimo predecesor, pues los años no han he¬cho mella ni tan siquiera en el esmalte, el cual, a pesar de su delgadez ha conservado a través de los siglos su solidez y extraordinario brillo.
Los que más a menudo aparecen son los miembros de la familia de Osiris — Isis, Neftis, Horus y Anubis — mientras que el dios de los muertos casi nunca está presente. El dios Thot, con la cabeza de ibis, no debe faltar nunca, por ser él quien anota en un rollo de papiro, para toda la eternidad, la decisión, que se presupone favorable, del juez de los muertos. Con bastante frecuencia encuéntrase asimismo a la grotesca Toeris en forma de hipopótamo preñada, con los pechos colgando. Es la diosa tutelar de las mujeres en cinta a la que se pide Un alumbramiento feliz. Los animales sagrados, con los característicos anillos por pendientes, aparecen por doquier a granel: el cinocé¬falo Thot a menudo con el ojo de Horus, el ibis sagrado en cuclillas sosteniendo con el pico la pluma de avestruz símbolo de la veracidad y de la justicia, y que sirve en el pesaje del corazón de los muertos; sin olvidar a cerdas, pájaros y gatos. A quien se librare a una busca metódica le será relativamente fácil reconstruir una gran parte del panteón animal del antiguo Egipto con tales figuritas de amuletos, todas originales y del mayor atractivo.
El hecho que entre tantos símbolos que se encuentran en tumbas, que visiblemente pertenecen a las clases sociales medias, haya también las coronas de las Dos-Tierras, o sea de ambos Egiptos, permite supo¬ner que si bien estas insignias eran en un principio reservadas exclusiva¬mente a los reyes, poco a poco fueron siendo adoptadas por el pueblo. En cambio, en parte alguna se reproduce la corona atef de Osiris, pues ello podría dar a entender una asimilación inadmisible del difunto con el dios de los muertos al que incluso supliría en el ejercicio de su mi¬sión, lo cual era a todas luces inconcebible.
El amuleto que se encuentra de vez en cuando reproduciendo la oreja humana, tendría seguramente por objeto llamar la atención de la divinidad sobre las plegarias del difunto. En cambio, no se adivina fácilmente qué utilidad podría tener una pequeña escalera que algu¬nas veces se introduce entre las vendas de la momia. También algunos dioses de bronce o de piedra tienen ante sí una escalerilla semejante. En la ciudad santa de Abidos, donde se conservaban las principales reliquias de Osiris, y en cuya vecindad desértica se adoraba incluso la tumba de este dios, el difunto suplicaba que se le asignase un lugar fa¬vorable en “la escalera del gran dios”, del “ser omnipotente y bien¬hechor” para poder gozar inmediatamente de sus favores. Me parece más indicado interpretar este amuleto ateniéndome a este acto de fe en lugar de suponer que se trataba de un simple y prosaico escabel de madera indispensable después de la muerte para poder alcanzar el alto lecho.
No deja de ser cierto que toda una serie de amuletos de los más abundantes no son otra cosa que miniaturas de objetos corrientes, y cabe por ello atribuir a los egipcios la creencia que en cualquier momento podría alguna fórmula mágica devolver a tales objetos su tamaño normal.
Así por ejemplo, en los Imperios Antiguo, Medio y Nuevo, se depositaba en la tumba una verdadera cabecera (soporte que hacía las veces de almohada) compuesta de tres partes, y se le añadía un número cada vez mayor de diminutas reproducciones en sanguinaria admirablemente bruñidas. En la tumba de Tutankamón se hallaron cabece¬ras corrientes y rituales de tamaño normal, así como una de hierro, probablemente un amuleto. Si a este respecto consultamos el ya ci¬tado “Libro de los Muertos”, he aquí la respuesta que se nos da en el capítulo XVI: “Despierta de tu letargo, tu triunfo es completo e indispensable sobre todo lo que a ti se opone. Ptah ha vencido a to¬dos tus enemigos que yacen inertes a tus pies y ya no existen”. Y lue¬go continúa: “Eres Horus, hijo de Hathor, la llama, el hijo de la llama, a quien le fue restituida la cabeza que le había sido separada del tronco. Jamás, en toda la eternidad, ya no te será seccionada la cabeza otra vez.”
En su tratado sobre los amuletos de Egipto, Alfred Wiedemann interpreta este pasaje basándose en otro texto del mismo libro, o sea el “Capítulo para que la cabeza de una persona no le sea cortada en el otro mundo” y escribe: “Este texto pone estas palabras en boca del muerto: Soy príncipe, e hijo de príncipe; soy llama e hijo de una llama, al que fue devuelta inmediatamente la cabeza después de ha¬berle sido cercenada. La cabeza del dios Osiris no será arrebatada, tampoco se llevarán la mía. Me he levantado, he rejuvenecido, ¡soy Osiris!”
Estas frases subordinan la restitución y por ende la conservación de la cabeza en el otro mundo a una decapitación previa, o sea que el difunto debía sufrir el mismo proceso a que fue sometido el dios solar Horus, hijo de Hathor y de Osiris; y así como el cuerpo de los dioses había sido descuartizado y luego reconstruido, así debía suceder a los mortales, a cuyo efecto, en la época arcaica tal desmembración del cuerpo del difunto tenía efectivamente lugar. Posteriormente esta práctica fue abandonada, pero se mantuvieron en vigor las fórmulas que a ella se referían, así como el amuleto correspondiente. Semejante relación, entre la cabecera y la decapitación del cadáver solamente po¬día significar que el amuleto poseía realmente la virtud que le atribuía el capítulo del libro. Su poseedor podía contar con la ayuda de Ptah contra sus enemigos, gozaba de una protección mágica y estaba se¬guro de no tener que sufrir en el otro mundo la pérdida de la cabeza, con la subsiguiente segunda muerte, esta vez inevitable y definitiva. De modo que la cabecera no servía solamente para ser utilizada, sino que implicaba sobre todo la seguridad absoluta de que se conservaría la cabeza para poder apoyarla encima.”
El compás y la escuadra, copiados exactamente en hematites, eran sin duda destinados a la construcción de la casa en el otro mundo.
Las cabezas de serpientes, talladas en cornalina o en piedra verde, debemos también considerarlas como amuletos contra los reptiles pe¬ligrosos que pululan en los corredores del averno. Cuánto preocupaban a los egipcios estos peligros lo demuestran las interminables fórmulas inscritas en las pirámides para tornar inofensivos a los reptiles. Dará una idea de hasta dónde llegaba este temor el hecho que incluso les temieran a los signos jeroglíficos que aparentaban la forma de ser¬piente, hasta el punto que, en muchas tumbas, las letras f y dj que asemejan la forma de serpiente, se dibujaban de tal modo que los rep¬tiles parecieran haber sido descuartizados o decapitados. Incluso la sílaba rw que se escribía con el signo de león, se intentó tornarla ino¬cua por el mismo procedimiento.
En el “Libro de los Muertos” se lee que cuando se levantaba de tierra un amuleto, casi siempre provisto de asas, era preciso pronun¬ciar ciertas fórmulas “en voz alta”.
Con la ayuda de las figuritas mágicas que tenían la virtud de favorecer a su poseedor o de causar estragos a sus odiados enemigos, pero también en escritos corrientes, hemos venido en conocimiento de muchas de estas fórmulas, las cuales nos dan una imagen profunda y múltiple de la psicología ingenua a la par que sutil de los antiguos egipcios.
Así, por ejemplo, se intenta convencer al mal de cuan arriesgado es querer afligir a su víctima, pues todas las partes del cuerpo de ésta encierran algún peligro específico para él. En realidad, se dice, la len¬gua dentro de la boca no es sino una serpiente en su madriguera; los dientes podrían morderle y además, corre el peligro de desaparecer en un santiamén engullido por la boca.
Cuando las amenazas y las adjuraciones violentas no surten el efecto apetecido, he aquí que la madre cuyo hijito peligra echa mano de procedimientos más suaves y trata de convencer al mal — consi¬derado como un ente masculino — de cuanto mejor se encontraría entre sus amigas del harén en lugar de perder el tiempo lastimosa¬mente dentro del cuerpecito calenturiento del infeliz niño: “Oye, vete a dormir, vete a reunirte con las hermosas mujeres sobre cuya ca¬bellera han derramado mirra y se han frotado los sobacos con incien¬so fresco.
La fórmula es mucho más eficaz si se repite cuatro veces seguidas añadiéndole cada vez la palabra “hoy”, para que el éxito no se haga esperar. Quien desee pronunciar una fórmula de una eficacia mágica extraordinaria, conviene que se purifique previamente durante nueve días, para lo cual precisa exponerse a la humareda del fuego sagrado, untarse con dos clases de aceites distintos, enjuagarse la boca con natrón, lavarse el cuerpo con agua procedente de la inundación del Nilo, ponerse dos delantales nuevos de lino fino y sandalias de cuero blan¬co y, finalmente, pintarse de color verde sobre la propia lengua el signo de la veracidad.
Al temor de los difuntos hostiles se une el miedo a los espectros. He aquí, en la traducción de Schott, dos expresivas fórmulas para conjurarlos:
Muere, tú que te deslizas en la sombra,
y avanzas a hurtadillas
con la nariz husmeando hacia atrás y vuelto el rostro,
olvidando a qué has venido.
¿Viniste a besar a este niño?
Pues no permito que lo beses.
Si viniste a calmarlo,
tampoco quiero que lo hagas.
¿Viniste a perjudicarle?
No permitiré que lo lastimes.
¿Piensas llevártelo?
He de impedírtelo.
Muere, asiática
llegada del desierto,
negra
que vienes de la serranía.
Eres una esclava, ¡muere en su vómito!
Eres una señora, ¡muere en su orina!
¡Muere en el estornudo de su nariz
y en el sudor de sus miembros!
Mis manos encima de este hijo mío
son las mismas que sobre él ha impuesto Isis,
como antaño las puso
sobre su hijo Horus.
Schott incluye en su exquisito “Cancionero amoroso del Antiguo Egipto” esta canción de cuna, ensalmo mágico con el que la madre amante protegía a su hijo enfermo:
Todos los dioses protegen tu cuerpo
así como todo lugar donde te halles,
toda la leche que te alimente,
cualquier regazo que te acoja,
todas las rodillas sobre las que te apoyes,
todos los vestidos que te abriguen,
todas las casas donde mores,
toda ayuda y protección que se te ofrezca,
todos los objetos sobre los que te acuestes,
todos los nudos que para ti se anuden,
todos los amuletos que de tu cuello cuelgan.
Con ellos y por ellos te proteges
y te conservas sano y fuerte,
Gracias a ellos te sientes bien.
Con ellos aplacas a todos los dioses y a todas las diosas.
Estos arrullos maternales no podían por menos de encontrar un eco simpático en todo el mundo, sin distinción de razas, épocas ni de fronteras.
En Ermann encontramos una vigorosa invocación contra el res¬friado: “Vete, resfriado, hijo de resfriado, que mueles los huesos, ago¬tas el cerebro, derrites la grasa y lastimas los siete orificios de la ca¬beza. Los servidores del dios-sol imploran a Thot dios de la sabidu¬ría. Mira, te traigo tu remedio: leche de mujer que ha parido un hijo varón y luego los gramos de incienso. Eso te expulsa, esto te cura, eso te cura, eso te expulsa. ¡Sal y cae a mis pies, fetidez, fetidez, fetidez fetidez!”
Al quitar un vendaje es conveniente pronunciar la fórmula si¬guiente:
“¡Salvado!, ¡curado gracias a Isis! Isis libró a Horus de todo el mal que le había causado su hermano Seth al matar a su padre Osiris. ¡Oh poderosa hechicera Isis, cúrame! Líbrame de todas esas cosas rojas dañinas, de la enfermedad de un dios y de la enfermedad de una diosa, del muerto y de la muerte y líbrame como tú, por el alumbra¬miento, fuiste librada de tu hijo Horus, pues salgo del agua y penetro en el fuego…”
Sobre unos fragmentos de piedra caliza de los que a veces se apro¬vechaban en Tebas para escribir sobre ellos textos intrascendentes se lee esta fórmula mágica fruto de una pasión furiosa:
¡Salve Re-Harakhti, padre de los dioses!
¡Salve a los siete Hathores
que estáis adornados con cintas encarnadas!
¡Salve divinidades,
señores del cielo y de la tierra!
Haz que… la hija de… corra tras de mi
con el ansia del buey por el pienso,
con el celo de la niñera por los niños,
como un pastor tras su rebaño…
Si no hacéis que a mis brazos vuele,
prenderé fuego a Busiris
y todo arderá…
Desde tiempos remotos se creía que ciertos objetos eran portado¬res de las fuerzas benéficas o maléficas que les atribuía la tradición o la intención particular del artista. En la conjuración del harén contra el decrépito Ramsés III desempeñaron un papel decisivo las funestas es¬tatuillas de cera subrepticiamente introducidas en palacio.
Imagenes 35, 36, 37
Imágenes 38, 39
Imagen 40
Tres amuletos de Toeris, hoy en la colección egipcia de Berlín, apa¬recen especialmente aderezados para su finalidad mágica. Dos de ellos están hinchados para imitar el vientre preñado del hipopótamo, ima¬gen de la diosa tutelar de las mujeres en cinta, pero ahuecados de modo que puedan admitir trozos de vestidos pertenecientes a las futuras ma¬dres suplicantes, y el tercero está preparado para poder contener la leche que luego gotea de los pechos de la diosa. Indudablemente, las madres egipcias preocupadas por el peligro de no poder amamantar a sus hijos, esperaban poder conjurarlo mediante esta ofrenda.
En las necrópolis de mastabas del Imperio Medio ya se encuentran maldiciones a la intención de los salteadores de tumbas, a los que se amenaza, entre otras cosas, con “agarrarles el cuello y torcérselo como a una oca”.
Y a propósito de estas maldiciones me viene a la memoria lo que el arqueólogo Engelbach, conservador del Museo de Antigüedades de El Cairo cuenta que le sucedió un día en Rikka, cerca de la pirámide inacabada de Medum, donde, al penetrar en una tumba profanada del Imperio Medio, descubrió a dos cadáveres abrazados. Según pa¬rece, cuando el bandido se encontraba desvalijando la momia medio levantada del féretro, se derrumbó sobre él la bóveda de la tumba rompiéndole la nuca.
En pequeñas hornacinas murales del hipogeo de Tutankamon velan cuatro figuritas mágicas orientadas hacia los cuatro puntos car¬dinales, cubiertas de adjuraciones mágicas para “ahuyentar al ene¬migo de Osiris-Tutankamon en cualquier forma que se presentare”.
En la antecámara de la misma tumba real, en donde se halla el precioso receptáculo de alabastro que contenía la urna de oro, con las vísceras del rey, así como importantes utensilios del ajuar fúnebre, una antorcha mágica, sobre su correspondiente pedestal de ladrillos, simboliza la vigilancia del perro Anubis, cuya estatua de madera guarda los tesoros reales.
En el ladrillo agrietado, con un agujero para contener la antor¬cha, está grabada una fórmula que dice:
Soy yo quien impide que la arena invada esta cámara secreta
y con la llama del desierto espanto a los seres malignos.
Yo he prendido fuego a la campiña; he aquí lo que hago
cuando se escoge el mal camino.
¡Aquí estoy para proteger a Osiris-Tutankamon!
Sea o no cuestión de magia, el caso es que tanto las figurillas má¬gicas como la antorcha estuvieron esta vez a la altura de su misión, pues la arena del desierto, que todo lo llena, borra y destruye, jamás penetró en esta tumba, si bien es cierto que el tesoro no llegó intac¬to hasta hoy que por dos veces fue profanada la tumba poco des¬pués de haber sido clausurada. El objetivo de la primera expedición lo constituyeron los objetos de oro macizo y el de la segunda, aunque parezca raro, los ungüentos y los aceites contenidos en las innumera¬bles urnas de alabastro, lo cual hace suponer que para los especialistas de la época, estos productos eran de incalculable valor.
Sin embargo, el cadáver embalsamado del joven rey fue respetado ambas veces por los salteadores.
Tenemos razones para creer que los ladrones de tumbas no lo¬graron cometer impunes su fechoría ni eludir el castigo y debieron de ser descubiertos dentro de la misma tumba, pues de otro modo no se explicaría que se hayan encontrados envueltos en trozos de tela varios anillos de oro macizo; tesoro insignificante si se quiere, pero botín nada embarazoso que seguramente ningún bandido hubiera pensado en dejar tras sí de haber podido escabullirse con él sin ser molestado.











