CON LOS FALSIFICADORES DE DIRÁ ABU’N-NAGA

CON LOS FALSIFICADORES DE DIRÁ ABU’N-NAGA

SOLAMENTE los iniciados logran dar con ellos y no siempre les resulta fácil la empresa.

Moran en las fallas rocosas en la parte alta de la necrópolis de la XVIII dinastía, por encima de la carretera que conduce al Valle de los Reyes. Imposible imaginar una guarida de ladrones más inhóspita y menos poética.

Desde lo alto de su nido de águilas colgado de un farallón agreste y solitario, contemplan de lejos cómo se van acercando sudorosos los turistas procedentes de todos los países del mundo, extenuados y medio muertos de sed, dirigidos por dragomanes políglotas y burreros. ¡Pobres esclavos del “anticuarismo” moderno que si fueran sinceros en aquellos momentos darían cualquier cosa por un refresco y enviarían al diablo Egipto con todas sus antigüedades! Son personajes enigmáticos con los bolsillos inmensamente llenos, y todas las relaciones posibles entre ellos y sus guías sólo pueden terminar de una manera lógica: que el dinero cambie de bolsillo cuanto antes mejor.

Las caravanas ganan la pendiente escarpada, avanzan penosamente por un sendero de cabras, no siempre claramente trazado; algunas veces rebordeado por montones de cascajos. El viajero sube jadeante, atravesando escombros y basuras, pisando huesos blancos, jirones oscuros de fajas de momias antiguas (o modernas) e inmundicias muy recientes y malolientes; restos de esteras y latas abolladas e inservibles.

Y, dominándolo todo con su sublime presencia, el poderoso sol de Tebas, sin velo alguno que aminore su claridad intensa, abrasa el espacio en el que sólo pueden atreverse las moscas con su monótono zumbido.

Mucho antes de que se llegue al campamento propiamente dicho, se percibe el gruñido de unos perros lejanos que en nada se parecen a los ladridos, por decirlo así familiares, que durante nuestras excursiones veraniegas nos acogen cuando atravesamos de noche alguna aldea desconocida. Aquí nada de eso. Son gañidos peligrosos, breves y salvajes, que se adivinan saliendo de colmillos de lobo, colmillos que no
abandonan fácilmente la presa caída en sus garras. La intensidad del concierto aumenta a medida que se asciende, hasta que de pronto se descubre ya la jauría erizada y amenazadora, y con el susto se recoge instintivamente un puñado de piedras para hacer frente al peligro.

Pero en el momento preciso en que la situación parece más crítica, y cuando uno cree que cierta parte está a punto de ser presa de las mandíbulas de las furias, resuenan unos gritos apaciguadores y los terribles canes inician de mala gana la retirada.

Gallinas montaraces y hambrientas picotean en vano entre los guijarros; una oveja vuelve la cabeza hacia nosotros y en algún lugar muy cercano estalla, desgarrador y desconcertante, la serie de rebuznos de un asno invisible, que no podemos llegar a saber si ruge de alegría o de dolor.

Chiquillos atezados surgen de pronto del polvo, alborotando, apretando contra el pecho algo así como un hato de trapos que les sirve de muñeca, y contemplan, con los ojos llenos de moscas, cómo se acercan los insólitos visitantes, a los que reciben con su cantinela habitual. Bakchich ja kauaga, ana meskin… Pero parecen ignorar que para pedir limosna hay que alargar la mano… De repente llena el ambiente el olor indefinible e inolvidable de la miseria egipcia, mezcla sutil de sebo de carnero, de ajo, de heno descompuesto, de excrementos quemados, de especias y de carroña. El pasado sombrío y el presente despreocupado, bajo el inmutable cielo de este paisaje muerto, que es el reverso de la medalla de la vida, se unen a este tufo tan natural e indisolublemente como al alma de este despiadado y antirro-mántico paisaje de altura, que presenta la lobreguez de los huecos de las tumbas y el blanco de sus formaciones calcáreas y de sus senderos carentes de vegetación.

¡Y pensar que no lejos de aquí descubrió Mariette, en los montones de arena de la antigua necrópolis, junto al magnífico féretro, el deslumbrante tesoro de la reina Ahhotep, madre de los famosos vencedores de los hicsos: Kamosis y Amosis! Este suelo, sin cesar revuelto, saqueado y profanado, está saturado de historia y ¿quién sabe las sorpresas que nos reserva todavía?

Es precisamente aquí, en un retraimiento espectacular, donde han tenido la buena idea de instalarse los carinegros trogloditas fabricantes de las pseudo-antigüedades que abastecen a los anticuarios de Luxor.

Se alojan acá y acullá, en las vastas antecámaras de los misteriosos hipogeos que se han apropiado y habilitado como vivienda. Con sus mujeres, sus hijos y el ganado se instalan de día en las solanas donde cae implacable todo el rigor de Febo, y envueltos en su típico y cómodo indumento, con el casquete de fieltro sobre el cráneo, se dedican impasibles a un oficio que ellos consideran tan digno como otro cualquiera. Sentados sobre una llamativa estera, tienen a su lado una jarra de agua y un capacho con las herramientas apropiadas, y en medio de más gallinas igualmente famélicas y corderos alheñados y colilargos, van reproduciendo a destajo, con sus cinceles y afiladas cuchillas, máscaras faraónicas que nada tienen que envidiar a las auténticas. No demuestran ni timidez ni apocamiento, ni menos aparentan traer algo en la manga; al contrario, la primera impresión no puede ser mejor, pues son la gente más franca, vivaracha y acogedora del mundo. ¡Pues claro que nos han reconocido!… o así lo parece, pues incluso lo dicen a quien jamás ha puesto los pies en sus antros, y se alegran extraordinariamente de volvernos a ver, y de la prueba de amistad que con ello se les demuestra. Puesto que las mujeres — que lucen como en todas partes largos crespones negros que les hacen semejar envoltorios de momias en cuclillas, o les dan el aspecto, cuando andan, de viudas inconsolables —, no alternan jamás con los forasteros, es el dueño quien hace los honores de la “casa”, nos ofrece asiento y nos hace degustar el inevitable akua, café fuerte y espeso, muy azucarado, que se sirve a la moda turca, en minúsculas jícaras. Poco a poco se acostumbra uno a la penumbra de la caverna que hace las veces de taller y a su fantástico mobiliario, el cual a nuestros ojos puede no ser más que un conjunto de trastos viejos, pero que para ellos constituye lo esencial de un hogar a la antigua usanza. Probablemente el ajuar de Sócrates no era mucho más completo.

Es un secreto a voces que la inmensa mayoría de la existencias de las tiendas de antigüedades egipcias son de origen moderno y se fabrican únicamente para satisfacer la inagotable demanda de los turistas. En El Cairo y en Luxor existen tiendas en las que hay que saber buscar para encontrar alguna pieza auténtica, pero cuando en el montón anónimo de imitaciones más o menos groseras se tropieza realmente con una reliquia contemporánea de los faraones, aparece casi siempre lastimosamente mutilada y de aspecto insignificante. Los pequeños amuletos y los escarabeos grisáceos, sin atractivo alguno para el profano, suelen ser auténticos, y los hay en abundancia por doquier. Pero los hombres son así: a los turistas no les tienta tanta modestia y desprecian estos objetos cargados de historia que sólo revelan su secreto a los especialistas. El vulgo prefiere causar sensación en casa con objetos vistosos, aunque falsos, adquiridos en lejanas tierras.

El aficionado al que interese realmente adquirir algún objeto antiguo, de cuya autenticidad no quepa la menor duda, tiene ocasión de hacerlo mientras no se equivoque de puerta. En todos los grandes centros turísticos han existido siempre anticuarios competentes y honrados a carta cabal, en los cuales pueden confiar los clientes serios. Siempre recordaré con agrado a un simpático traficante y coleccionista de El Cairo, que en su sala de exposición con techumbre de vidrio imperaba y evolucionaba entre monumentos grandes y pequeños, tal un mago en su caverna maravillosa. Era una primerísima figura en su profesión y su certera visión y honradez eran reconocidas por todos los entendidos. Daba gusto verlo apasionarse por cada objeto y comunicar a los demás su propia admiración por las piezas raras y antiguas. Los siglos parecían haberse dado cita en su casa. En la inmensa y clara estancia, cuyas paredes aparecían cubiertas de fragmentos arquitectónicos, estelas, bajorrelieves y estatuas mutiladas, topábamos con Amenemhet y Ecnaton, con Alejandro Magno, Antinoos y los Césares; y sobre todo ¡qué preciosidades contenían aquellas vitrinas! Naturalmente, las piezas más raras y las más bellas no estaban a la vista del público, sino que se guardaban, fuera del alcance de los profanos y de los curiosos, en una sala aparte, de la que se extraían en las grandes ocasiones, como de un santuario, después de pensarlo mucho. Es indiscutible que con el tiempo va reduciéndose el número de tales especialistas enamorados del oficio y conscientes de su alta misión, los cuales han tenido la oportunidad de formarse en contacto con objetos raros, auténticos y bellos de verdad. Sus sucesores ya no son tan afortunados, pues el número de tales objetos disminuye de día en día. El cliente no abandonaba la tienda solamente con una maravilla bajo el brazo, sino provistos además de sus preciosos consejos y se enorgullecía de que el maestro indiscutible hubiera condescendido en desprenderse de una pieza antigua tras la cual se iba aún su corazón de coleccionista inteligente.

Pero es lógico que no pueda hablarse de baratura cuando se trate de algo precioso, antiguo y auténtico por añadidura. Así, por ejemplo, una cabeza de estatua en bastante buen estado, o un animal de bronce patinado por los siglos, cuestan mucho más de lo que el turista adocenado está dispuesto a satisfacer, incluso cuando cree sentir la llamada del arte y no necesita escatimar en el precio.

A los occidentales que frecuentan los mercados de antigüedades egipcias, no les cabe en la cabeza cómo el fraude al aire libre, el engaño deliberado con el propósito de enriquecerse, puedan desarrollarse con tanta impunidad. En principio, y hasta prueba de lo contrario, debe presuponerse ruindad y maulería en aquellos mercaderes, pues la mentira es uno de los rasgos fundamentales y característicos de la psicología oriental.

“¡Mucho ojo, muchachos, que ahora doblamos el cabo de la granujería!”— con estas palabras nos puso en guardia el capitán hamburgués del barco que nos conducía a Egipto, cuando cruzamos el estrecho de Gibraltar.

Pero con su granujería pasa algo raro. El oriental parece a veces un superviviente del hombre primitivo precristiano, ignorante de la relación que pueda existir entre crimen y castigo, como sí el valor moral de la honradez, que se desarrolló muy lentamente a través de los siglos, no formara parte integrante de la civilización humana.

La verdadera ingenuidad, aquella inocencia original, especie de paraíso perdido en el que el hombre moderno sueña en secreto, no solamente admira el robo y la hipocresía mendaz, sino que en el fondo los venera y los considera tanto más de alabar cuando el embaucado es a su vez un pillo redomado.

Piénsese si no en la poco comprensible — y valga el eufemismo — historia de Jacob y Raquel, y habremos de reconocer que el culto a la astucia no puede considerarse como patrimonio de ninguna raza ni de ninguna latitud. Es una condición humana y la expresión natural de una cierta fase de la civilización. En todos los países, tanto en el Norte como en el Sur, se tuvo siempre en mucho la zorrería sin escrúpulo, solapada y audaz, y tuvieron que pasar muchos siglos antes de que lo que llamamos civilización pudiera llegar a frenar los instintos y lograra inculcar al homo sapiens por lo menos la idea de que cierta sensación de culpabilidad es la compañera inseparable de toda mala acción que ocasione perjuicio al prójimo. Sin remontarnos muy lejos en la historia, los Eddas y los Nibelungos están muy lejos de satisfacernos desde un punto de vista rigurosamente moral, pues en las leyendas nórdicas se ensalzan a menudo como gestas heroicas estratagemas que repugnan a nuestro espíritu cristiano; y si a Loki, por ejemplo, no le remuerde la conciencia por los métodos que utiliza, nada tienen tampoco de honroso los empleados por Gunther y Sigfrido para subyugar a Brunhilda.

Más al Sur, el ilustre Ulises en persona, no es más que un pícaro de siete suelas, y es característico de la idiosincrasia del pueblo clásico por excelencia el hecho que en su patria no solamente no le echaran, en cara sus malas artes, sino que, por el contrario, se las celebrasen como hazañas admirables. El entusiasmo que despiertan los múltiples trucos que pone en juego, tanto frente a la divinidad, como para ridiculizar a monstruos demoníacos y a los mortales incautos, resuena por toda la antigüedad como una inmensa carcajada cuyo eco no se ha extinguido todavía. Seamos francos. La radiante aureola inseparable del hijo divino de Laertes, está tejida de astucia y de engaño, y le valió el odio y la envidia de los inmortales. En la Odisea de Homero vemos que primeramente oculta su identidad a la hija de Zeus, Atenea, la de los ojos azules, y luego hace lo propio en el suelo patrio de Itaca con el valiente porquero Eumeo. Les miente con descaro y a cada uno le cuenta una fábula diferente. Se percibe la satisfacción de los lectores de la epopeya ante la inagotable fantasía del héroe, pues es difícil imaginar un episodio más divertido que el del chasco que se llevó el gigante Polifemo.

Recordemos de paso que los griegos adoraban en el ingenioso Hermes al dios y patrón de los ladrones.

En su interesante “Diccionario de la Antigüedad”, hace observar Lamer que si bien la Ley Mosaica prohibe el robo en el séptimo mandamiento, en cambio en el octavo no condena categóricamente la mentira, sino que limita la prohibición a los faltos testimonios ante la justicia.

Posteriormente, la noción del pecado se extendió a la mentira en todas sus formas. Según el mismo Lamer, “bien poco significaba la honradez en la ética de los filósofos griegos más famosos”. Y en nuestros días no existe unanimidad en censurar las estratagemas bélicas, ni tan siquiera el contrabando.

Lo que nosotros demasiado a la ligera calificamos de estafa, en el clima peculiar de los bazares levantinos a menudo no es sino una especie de convención social sometida a reglas de juego implícitas, pero minuciosamente elaboradas; un pasatiempo elevado, en el que la sutilidad comercial obtiene al final su recompensa y la aprobación a los ojos de todos los orientales. La observación estricta de estas reglas de juego es un signo de distinción, de educación, como entre nosotros lo es un buen dominio del lenguaje. El que pusiere el grito en el cielo porque en una tienda intentan darle gato por liebre como vulgarmente se dice, éste es un bárbaro.

De modo que lo que nosotros conocemos con el nombre de regateo es el arte, la esencia misma del suk, este maravilloso conjunto típico de callejuelas alfombradas y entoldadas, verdaderos emporios del comercio en todas sus formas con sus tiendas siempre abiertas, en cuya penumbra brillan joyas, bronces y azulejos. Tiendas que desprenden penetrante olor a mejorana, a esencia de rosas, y en las que en un santiamén se improvisa al posible cliente un akua turco: un sorbo de moka con dos dedos de poso.

El que se aventura por aquel laberinto, empieza, por no comprar nada, ni en su primera visita ni en la segunda, e incluso se guarda muy bien de mostrar que tenga intención de hacerlo. La calma allí es otro signo de distinción, y nada demuestra mejor la incompatibilidad entre su mentalidad y la nuestra, y el abismo que separa Oriente de Occidente. ¿Qué verdadero europeo o americano tiene jamás tiempo para todo? Y, por el contrario, ¿a qué auténtico oriental no le sobra siempre tiempo para todo, si es que hace algo? Bien pocas cosas hay a las que el oriental no sea capaz de renunciar de buen grado, con un resignado ¡malesch! (no importa). Con nuestros pavorosos problemas debemos de parecerles unos bichos raros. Claro que de ellos sacamos dinero, pero también acaban con nosotros.

Aunque nuestra primera impresión sea que los mercaderes del Valle del Nilo intentan tomarnos el pelo con sus exageradas pretensiones, mirándolo mejor, y por raro que parezca, no existe propósito deliberado de estafa, pues el precio inicial que se lanza al presunto comprador es un tanteo, una simple entrada en materia, y jamás se presupone que el cliente lo acepte sin discusión. Si, contra toda suposición así lo hiciere y pagare el precio solicitado, se falsea el juego, y el éxito no es más que un lance afortunado, sin el menor aliciente, que no hará aumentar en un ápice la reputación del vendedor entre sus compañeros de profesión. Al contrario, pasará por un loco, por un advenedizo que gana su dinero demasiado fácilmente. Claro que en el fondo se trata siempre de hacer pasar el dinero de un bolsillo a otro, pero, repetimos, debe jugarse limpio; llegar a la meta después de un diálogo largo y tortuoso y después de un trabajo psicológico agotador por ambas partes, para saborear mejor el resultado final.

Cuando se trata realmente de objetos de reconocido valor el regateo puede durar indefinidamente, y a menudo se amenaza con interrumpir no sólo las discusiones sino también las relaciones personales. Los adversarios se observan, se sonríen, se lamentan, se sondean, como los luchadores profesionales en la arena o en el ring, antes de lanzarse a fondo, de venir a las manos, por decirlo así. Disimuladamente preparan sus armas, hasta las más secretas, mueven una pieza tras otra, como peones de ajedrez, se cubren mutuamente de elogios envueltos en la humareda densa de excelentes cigarrillos, orientales también, ¿cómo no?. El desenlace no se vislumbra aún.

No siempre es posible llegar a un acuerdo, y en tal caso los contrincantes se separan resignados, con las mayores demostraciones de cortesía.

Un día, harto ya de tanta infructuosa visita para adquirir un determinado objeto, rompí las negociaciones con una contraoferta muy baja. Tenía prisa y a mí, europeo impaciente, me dolía el tiempo tontamente perdido. Al mercader le daba igual, porque para ellos el tiempo no cuenta.

Mi última palabra fue una cifra tan ridículamente barata, que ni remotamente estaba en relación con el valor de la preciosa pieza antigua en litigio, y jamás sospeché que aceptaran mi proposición. Y así abandoné la tienda, decidido a no pensar más en el asunto, pero apenas me había alejado un poco, cuando una mano se posó en mi hombro y al volverme sorprendido vi ante mí el objeto codiciado que durante tanto tiempo había en vano pretendido adquirir, y oí que el tendero me decía lacónicamente: “Tómelo”.

Las mismas escenas, poco más o menos, se repiten cuando se trata de falsificaciones.

Solo o en compañía de amigos he huroneado en infinidad de tiendas egipcias de antigüedades, algunas instaladas en establecimientos imponentes y otras en inmundas barracas en el campo, en donde más de una vez me vi obligado a tragar, muy a pesar mío, limonadas que sabían a petróleo, y a soplar hasta perder el aliento para quitar la espesa capa de polvo que cubría los “tesoros” en venta.

Muchas veces los tales tesoros no pasaban de ser horribles falsificaciones, pero faltaría a la verdad si afirmara que mis interlocutores se enojaban conmigo cuando me oían llamar las cosas por su nombre. Algunas veces admitían que yo estaba en lo cierto, otras escuchaban agradecidos mis explicaciones sobre las características de una pieza determinada que yo consideraba como auténtica. Y se comprende, pues los anticuarios de vía estrecha no siempre conocen el valor de lo que tienen entre manos, ni saben si el que se lo vendió iba o no de buena fe. Si lo han engañado miserablemente — y ello no es raro — el perjudicado no se altera. Él ofrece “honradamente” su mercancía, y si se ha llevado un chasco, ¿qué le vamos a hacer? Deplora, naturalmente, el dinero perdido, y se trata a sí mismo de imbécil por no haberse dado cuenta a tiempo.

Pero la víctima no pone el grito en el cielo, ni clama contra el impostor. Se consuela pensando que el otro ha sido más astuto que él. ¿Y desde cuándo en Oriente sería un crimen la astucia? La astucia forma parte del negocio y sería ridículo indignarse.

A los del gremio de falsificadores que yo conocí en Dira Abu’n-Haga no les temblaban las barbas; antes bien, se dedicaban con toda tranquilidad y con un celo digno de mejor causa a sus extraños quehaceres. Siempre les he tratado con respeto profesional, pues su tarea es tanto más de admirar si se tiene en cuenta que con tan escasos medios producen objetos muy apreciables. Utilizan de preferencia un granito gris negro durísimo, un gris pardo y una materia brillante y saponácea, relativamente fácil de trabajar, parecida a la esteatita.

Estos artistas, que a su manera lo son, eran esbeltos y bien proporcionados, de cuello largo y maravilloso, las pestañas alargadas y arqueadas, la tez aterciopelada de color café con leche, y me llamó la atención su extraordinario parecido físico con los personajes de los tiempos faraónicos, cuyas imágenes, inmortalizadas por los artistas en las paredes de las tumbas reales, todavía deleitan la vista de los visitantes modernos por su gracia de movimiento y su nobleza hierática. Cuando veis a una rapazuela de frente noble y alta, de rasgos finos, labios sinuosos, cejas muy negras y alargadas, el rostro encuadrado en luengas trenzas espiando desde un rincón del taller de su padre, es imposible no evocar a las encantadoras princesitas de la XVIII dinastía. Los habitantes del Alto Egipto y de Nubia apenas han cambiado físicamente en el curso de los últimos 3.500 años.

El artesano tiene ya a su lado un montón de figuritas de piedra y de mascarillas de sarcófago, todo ello destinado a los anticuarios de Luxor, pequeños y grandes, en cuyas tiendas no penetra cualquiera como no esté provisto de una buena recomendación. La calidad varía sensiblemente de unos objetos a otros, pero en la mayoría de los casos no existe el menor peligro de que nadie pueda llamarse a engaño.

De vez en cuando, con el fin de ambientarse, el artista interrumpe su trabajo para echar un vistazo a un viejo catálogo ilustrado del Museo de El Cairo, y como los monumentos que le sirven de modelo se hallan en hojas sueltas, y nuestro hombre es incapaz de distinguir las fronteras invisibles de las distintas épocas, su producción resulta casi siempre una confusa mezcla de estilos, lo que al ojo del conocedor basta para denotar su origen reciente. En una misma máscara hallamos a veces los labios de Amarna, los ojos de Tutmosis, la nariz de Ramsés y el cráneo bombeado de la Época Tardía, o sea un conjunto híbrido de escaso sabor artístico, que sólo puede confundir a quien no posea la menor noción de lo que busca y compra.

Y, sin embargo, di una vez con una pequeña cabeza de gres al parecer tan estupenda, que por ella me desprendí nada menos que de 20 piastras. Honradamente creí que sólo podía haber salido de las manos de los artistas de la XXX dinastía… pero una pequeña grieta en el cuello hubiera debido advertirme de mi error. Para que se vea que no andaría yo muy equivocado, diré que el director de un museo alemán me aseguró más tarde que si él la hubiera encontrado en alguna colección, no habría dudado un momento en exponerla en una vitrina de honor.

Es característico de estos falsarios el que no pretenden acentuar la apariencia antigua de sus producciones imitando la pátina o los ultrajes del tiempo. A su manera son artesanos honrados que trabajan todo el santo día por una miserable remuneración. Los traficantes de la ciudad que los explotan ganan en estos objetos tantas libras como piastras pagan por ellos.

Estas falsificaciones que se ven a la legua, no son peligrosas. Son incluso necesarias porque satisfacen una demanda real, pero que disminuye poco a poco en la misma proporción que se extiende por todo el mundo el conocimiento de los verdaderos tesoros artísticos del Antiguo Egipto, gracias a los innumerables libros ilustrados que se lanzan sin cesar al mercado. Por otra parte, las nuevas generaciones, que la guerra ha endurecido, no se abandonan ya tan fácilmente a la ilusión romántica de un exotismo de relumbrón. ¿Qué trotamundos se dejaría, engañar hoy tan fácilmente?

Pero al lado de éstas, que son inofensivas, existe otra clase de falsificaciones de mayor categoría, y aquí sí que es preciso abrir bien los ojos.

Como consecuencia de los sensacionales descubrimientos arqueológicos realizados en los últimos años en el Valle del Nilo, descubrimientos que pusieron de moda todo lo relativo a Egipto, empezaron a ofrecernos a los anticuarios occidentales falsificaciones de un acabado tan perfecto, que los mismos especialistas andaban de cabeza. Especialmente cuando fueron hallados los talleres de escultura en la residencia del rey Ecnaton, con la cámara de modelos del escultor real Tutmosis y su tesoro de maravillosas esculturas, y más tarde el sepulcro de oro macizo del rey Tutankamón, el negocio de las falsificaciones fue viento en popa. Los conservadores de los principales museos de Europa y América, así como la mayoría de los coleccionistas importantes de todo el mundo, ardían en deseos de poseer alguna reliquia de aquella época, lo que no es de extrañar, y fue entonces cuando hicieron su aparición los ases geniales de la falsificación, los cuales no omitieron esfuerzo alguno para encandilar a sus víctimas, entre las que se contaba la plana mayor de los especialistas. Con una picardía que sólo el profesional puede aquilatar, se utilizó material viejo Y auténtico, y partiendo de ejemplares antiguos, de dinastías menos codiciadas, se hacían desaparecer discretamente toda huella de imperceptibles modificaciones recientes, se pulían y se les daba la pátina apropiada en cada caso. Los museos quedaron literalmente infestados de imitaciones, y algunos de los más famosos especialistas fueron objeto de mixtificaciones que dieron la vuelta al mundo. La capacidad que tiene nuestra época, incapaz por otra parte de crearse un estilo propio, de copiarlo todo con fidelidad mecánica e impersonal, contribuyó a dificultar la tarea de los especialistas, los cuales tuvieron que dar su opinión en casos de falsificaciones salidas de habilísimos falsarios que utilizaron procedimientos físico-químicos gracias a los cuales se consiguen efectos sorprendentes.

No estaría bien echarles en cara a los egiptólogos el que algunas veces se dejasen ridiculizar a los ojos de los profanos, pues ante la nueva situación creada por los falsarios y los cuantiosos medios puestos a su disposición, los especialistas tuvieron que improvisar una “experiencia”. Como consecuencia de la ímproba labor realizada en estos últimos años, poco a poco han ido desapareciendo de los museos y de las colecciones particulares serias los últimos vestigios bastardos, los cuales desde su bien merecido retiro ya no turbarán más el sueño de los entendidos. En algunos casos no ha sido posible ponerse todavía de acuerdo y a tanto llegó el exagerado afán por depurar los museos, que durante años han puesto en cuarentena piezas raras cuya autenticidad podía demostrarse documentalmente.

¿Cómo se traicionan los falsificadores?

Me guardaré muy bien de pregonarlo a son de trompeta divulgando los métodos de que actualmente dispone la crítica arqueológica. Gracias a la circunstancia de haberse dado muy raramente el caso que un sabio versado en escritura jeroglífica hiciera causa común con los falsarios, a los egiptólogos les basta generalmente con ir a la caza de las faltas gramaticales, u otras, de las inscripciones que figuran en los objetos en litigio, para poder pronunciarse sobre la autenticidad de éstos.

Durante una larga temporada llegó a tal extremo la confusión que los medios egiptológicos decidieron no tomar en consideración más que los objetos procedentes de excavaciones bien conocidas y mejor catalogadas, y se inhibieron completamente de todo trato con los traficantes de antigüedades. Pero a la larga esta medida resultó contraproducente, pues tenía su equivalente en la política del avestruz, y hubiera acabado por ser perniciosa para la egiptología en general. En efecto, ¡cuántos hallazgos trascendentales, desde el punto de vista histórico y artístico, realizados durante los últimos cuarenta años por los ladrones de tumbas han sido salvados para la ciencia gracias a los buenos oficios de intermediarios griegos o coptos!

Es notorio que muchos objetos considerados como falsificaciones son en realidad antiguos y auténticos, pero el ligero retoque de que han sido objeto para embellecerlos a los ojos de la galería, les ha conferido un cierto aspecto moderno que les cierra muchas puertas.

Una vez me mostró un traficante de objetos de ocasión en la capital de la provincia de Fayum una magnífica cabeza de estatua del Imperio Medio. Puede que se remontara al reinado de Sesostris III o al de su hijo Amenemhet, y me causó honda impresión la gravedad de la expresión y la vitalidad que el artista había logrado captar del modelo. ¡Lástima de retoque que la echó a perder! Probablemente, siglos atrás el lomo de la nariz recibió un tajo y al intentar restaurarlo un artista “moderno” no encontró nada mejor que rascar y pulir la nariz hasta darle una forma que nunca había tenido, pero gracias a la cual se hacía desaparecer el desperfecto. El resultado no podía ser más lamentable. El restaurador había logrado su propósito, no hay duda, del desperfecto original no quedaba ni rastro, pero después del “atentado”, con una nariz que no era la suya, la cabeza daba pena de ver.

Una de las primeras falsificaciones realmente importantes a las que tuve ocasión de estar mezclado en El Cairo, la trajo a mi casa un anticuario griego, de cuya integridad creía poder fiarme, pues vino acompañado de un colega mío de toda confianza. Se trataba de un gato de bronce, algo mayor del tamaño natural, muy delgado, de excelente apariencia y recubierto de una pátina uniforme.

Entonces mi experiencia egiptológica era todavía relativamente escasa y me obstiné como un chiquillo en adquirir el gato sagrado. Por suerte para mí, su precio era mucho más elevado de lo que yo podía pensar en pagar: el equivalente de 12.000 marcos de la época, o sea una pequeña fortuna, y con la gran decepción de no poder salirme con la mía di en pensar si realmente sería sensato aventurar tal dispendio por un objeto de cuya autenticidad ninguna prueba concluyente poseía. Pedí 24 horas para reflexionar y aproveché este plazo para examinar el gato a mis anchas y asesorarme cerca de buenos colegas míos que antes que yo habían pagado bien caro el aprendizaje. La bestia, intacta y alta de patas, tenía el hocico singularmente alargado como solamente los había visto en los admirables ejemplares del museo del Louvre. Sin duda debía atravesarlo un anillo de oro, como era el caso de ciertos gatos de bronce consagrados a la diosa de la alegría Bastet de Bubastis.

Me infundió sospechas el interior hueco del animal. Era evidente que el cuerpo de éste estaba compuesto de dos partes soldadas entre sí. La cabeza, el tórax y los miembros delanteros habían sido fundidos en una pieza, formando la otra el lomo y las extremidades posteriores.

Sin duda alguna se había tomado como base de la superchería un bloque de bronce antiguo muy bien conservado, cuyo núcleo de fundición había sido extraído, como sucedía a menudo, mediante una apertura en el flanco, cuando no era posible hacerlo a través de la parte inferior abierta. En ningún caso se dejaban dentro, ya que estas grandes piezas de bronce eran utilizadas luego como féretros para las momias de gatos.

Esta apertura lateral, que después se hacía desaparecer, había sido tapada con una lámina de metal soldada y recubierta con una pátina uniforme, pero la lupa permitió descubrir huellas de una cavidad y de varias cicatrices. El revestimiento oxidado había sido colocado con suma habilidad, probablemente sometiéndolo alternativamente a los efectos de vapores de ácido y de amoníaco, pero era de un color gris verdoso y de una textura demasiado uniforme y carecía incluso de aquellas pequeñas imperfecciones — rugosidades — que se encuentran normalmente en objetos de esta naturaleza. Además, en el interior no aparecía traza alguna de las oxidaciones azulada y encarnada que se observan tan a menudo en los antiguos bronces egipcios.

Posteriormente logré descubrir el original en el museo cairota, donde por poco dinero podía adquirirse el vaciado de yeso que había servido de modelo para la falsificación que me había quitado el sueño.

En las tumbas egipcias existe una tal abundancia de urnas, jarras y vasijas de todas clases y formas, que, habida cuenta además que la afición del público por las piezas figurativas no disminuye, muy al contrario, parece un contrasentido que los falsificadores de jarros de alabastro puedan seguir medrando. Pero es un hecho que se fabrican en gran escala y no sólo en materia de escaso valor artístico, parecido a la galactita, sino también en verdadera calcita. También es cierto que en parte alguna se observa ni el más leve rastro de aquel cariño inteligente con que los antiguos artistas sabían escoger la piedra que sus manos inmortalizarían. Las copias que se lanzan al mercado son apagadas, sin vida, y carecen además de la tenue red de líneas horizontales que constituye uno de los principales encantos de las antiguas piezas auténticas del país de los faraones.

Instintivamente la mano rehusa acariciar el objeto que se le ofrece como auténtico, pero poco convencida, como si no hubiera motivos suficientes en qué basar la sospecha de que intentan hacerle víctima de un engaño, entre otras razones porque en las bien acabadas superficies internas de los vasos, jarros y urnas no faltan los microscópicos surcos concéntricos, típicos del maravilloso trabajo de fresa anteriormente mencionado. Las falsificaciones vulgares de esta clase se reconocen gracias a las huellas dejadas por el ácido utilizado en el ahuecado de la vasija.

Es evidente que la más pequeña traza de lima en un objeto plástico antiguo basta para que no se lo tome en serio, pues, que yo sepa, los egipcios del período pregriego no conocieron dicha herramienta. Por contra, las figurillas emblemáticas, llamadas de los difuntos, porque se colocaban en las tumbas para que apechugaran con los trabajos agrícolas que aguardaban a los muertos en el otro mundo, son bien falsificadas, y tienen bastante éxito, a pesar del gran número de piezas auténticas que amenazan con saturar el mercado. Añadiremos que se trata casi siempre de las pequeñas estatuas de ushabtis talladas en piedra calcárea o en madera, que son las más raras en su género. Hay demasiadas ushabtis auténticas en tierra cocida para que valga la pena falsificarlas. Los auténticos ushabtis son difíciles de imitar porque llevan siempre la consabida fórmula mágica en la que debía indicarse el nombre, el título y el empleo del muerto, y contra esta exigencia se estrella la habilidad de los mejores falsarios cuando debe someterse su producción al examen de algún entendido en escritura jeroglífica.

En ocasión de mi visita a los falsarios de Dirá Abu’n-Naga me di cuenta de que lo verdaderamente curioso e interesante no constituía tanto en descubrir sus “trucos” — que no los hay — como no fuere el de un melancólico fabricante de amuletos falsos que producía objetos nuevos con moldes de piezas antiguas, sino la circunstancia, nada banal, que en esos talleres rústicos en pleno siglo XX continúe entre el artesano egipcio moderno y la piedra, la antigua relación intima y el diálogo inciados en los albores de la civilización egipcia.

No es que mis falsarios tuvieran el aspecto de mozalbetes y hombres del Imperio Nuevo. ¡Eran los mismos!

El cristianismo primitivo los había ignorado y el islamismo no los influenció sino muy superficialmente. Cuando llega el día consagrado al santo local — Yusuf Abu l’Haggag — los hombres de Luxor se cargan todavía una barca a cuestas y un grupo de sacerdotes, de bailarines, de músicos y de cantantes les dan escolta triunfal ni más ni menos que en tiempos del rey de los cielos Amón. En las aldeas situadas en las colinas sepulcrales de Tebas resuena en los entierros el sagarit, el estridente y tremebundo llanto fúnebre de las lloronas, exactamente como siglos atrás bajo los Tutmosidas.

Tengo para mí que los ciudadanos de las grandes aglomeraciones urbanas occidentales damos demasiada importancia a la hipótesis de la evolución continua y en cierto modo substancial de la naturaleza humana, y nos olvidamos de la tierra y del campesino que de ella vive.

Los siglos apenas han modificado su apariencia exterior, cualquiera que sea el color de su piel. Así le vemos, perpetuo siervo de la gleba, que ordeña las vacas, lleva a pacer el ganado, ara la tierra, y con el mismo gesto milenario e indiferente siembra y siega, sudando impasible y echando de vez en cuando algún trago aliviador bajo el esplendor del sol eterno como él.

Ante este espectáculo ¿cómo es posible hacer caso todavía de los que quieren hacernos creer que el hombre moderno es una realidad y que sólo él tiene derecho a la vida?

En realidad se trata del mismo hombre eterno, con los mismos deseos y las mismas necesidades del hombre de antaño que tildamos de salvaje. El de ahora respira, trabaja, procrea y muere como el hombre primitivo, y sus hijos no vienen al mundo de otro modo que los de los picapedreros que en los tiempos prehistóricos hacían acopio de hachas de piedra en las alturas de Tebas. Desconfiemos de los que andan con la boca llena de elogios del progreso y no nos hagamos ilusiones de que el hombre haya variado radicalmente sólo porque sea capaz de teledirigir aviones y de utilizar en provecho propio la energía atómica. Basta abrir los ojos para convencernos de que, a nuestro alrededor, subsiste aún el héroe mitológico, el cazador nómada de las estepas, el zagal y el rehalero, el agricultor, el hombre total de la antigüedad y el hombre piadoso de la Edad Media que sobrevive a las ciudades, a sus ciudades que surgen y fenecen y de las cuales no queda sino una escara sobre la inmensa faz de la tierra, reflejo efímero en la superficie de la humanidad eterna.

La pequeña población de Dirá Abu’n-Naga vive sólo de, por y para la piedra, como sus antepasados, cuyos restos mortales, profanados y esparcidos entre las arenas de las necrópolis se pudrieron bajo los rayos inexorables de Ra. Se acabaron los dioses y los reyes que exigían que la piedra inmortalizara sus caprichos. Sólo les quedan los anticuarios.

A pesar de la prosa moderna que les rodea, son los únicos depositarios de la antigua y venerable tradición del viejo Egipto.

Al despedirnos quisieron que me llevase, en recuerdo de mi estancia entre ellos, un objeto antiguo auténtico. No les quedaba ya gran cosa y tuve que renunciar a mi secreta esperanza de poder penetrar, gracias a ellos, en los arcanos de los sagrados cementerios rupestres. Viven al día y el pasado de su morada les tiene sin cuidado.

El surtido era ya más bien escaso. Podía escoger entre la pata, en forma de cabeza de león, de una silla de madera de la XVIII dinastía, unos cuantos fragmentos de bajorrelieves sin importancia, cuatro collares de perlas de porcelana y un trozo, ligeramente pintado, del sarcófago de una momia.

Me decidí, no sin vacilar un poco, por este último, en el que se representaba al bueno y fiel Anubis, protector de la ciudad de los muertos, en su simpático cometido de velar a una momia.

Desde entonces, muy a menudo tomo en mis manos este modesto fragmento y lo acaricio lentamente, porque a pesar de su aparente insignificancia, su contemplación me llena de optimismo y me inspira confianza en nuestro destino… Vería con gusto que reposara a mi lado en mi última morada como un talismán y como prenda de protección tierna y desinteresada.

Pero ya no quedan moradas definitivas.

¡Ni siquiera en las temporales estamos seguros…!