CARTAS ETERNAS

CARTAS ETERNAS

PARA quien de la historia prefiera conocer los más íntimos sentimientos de la naturaleza humana y para lograrlo va a la zaga del detalle histórico o de la anécdota de interés, que complementan la gran historia del mundo, ninguna fuente mejor de información que las cartas que a través de los siglos fueron escritas espontáneamente, o sea sin la más leve sospecha de que algún día serían del dominio público y pasarían a otras manos que a las de su destinatario. Lo de menos es que sea éste un pariente o un amigo, un amante que corresponde o no a los sentimientos del que escribe, o simplemente un desconocido cualquiera. Cuando el carácter del autor se refleja en frases apasionadas y sinceras, la carta se convierte en un documento único y directo del alma y del espíritu del individuo, va a engrosar el archivo de la pequeña historia, y es, por ende, fiel exponente de su época. Las personas sensibles al encanto del pasado quedan tan fascinadas por la naturalidad de las confesiones escritas, que en la lectura de la correspondencia de las grandes personalidades encuentran la obra maestra de sus autores, pues allí late un corazón auténtico, se ponen al descubierto sentimientos con toda la vehemencia de que se es capaz y se exponen las opiniones sin limitaciones ni trabas de ningún género, sin esas limitaciones que falsean generalmente las relaciones de cara al público.

Cuando más grande es la personalidad del que utiliza este medio de expresión, tanto más genuino y precioso aparece a nuestros ojos su testimonio libre de toda preocupación literaria y artística, expuesto con fidelidad incomparable. Aun cuando se trate en ellas de asuntos de la vida corriente, las cartas de los grandes hombres reflejan inevitablemente algo del ambiente público en que se mueven los que las han escrito, pues al intentar explicar aspectos de su vida ponen al mismo tiempo en evidencia la mentalidad de todo un ambiente.

Es siempre un timbre de gloria para la situación interior de una determinada época el haber producido y legado a la posteridad esas cartas que tienen en el libro de la historia el merecido título de documentos auténticos.

Pero no se crea que todas las cartas tengan derecho a este título. Los memorándums oficiales de funcionarios, más que cartas son piezas de expediente, y no mucho más interesantes desde nuestro punto de vista son las simples comunicaciones que se dirigen los particulares para cambiar simples saludos o parabienes. Para que verdaderamente pueda hablarse de cartas, en el sentido que le damos aquí, debe presuponerse no sólo la presencia inmediata de un acontecimiento concreto, sí que también la capacidad de su autor de asegurar a sus líneas una perspectiva general.

También las cartas comerciales y las comunicaciones oficiales, a pesar de su carácter impersonal, pueden a veces ser de interés para nosotros, pero sólo en la medida en que amplíen nuestros conocimientos sobre las relaciones humanas de alguna época lejana. Pueden asimismo tener más o menos interés los escritos dictados por motivos ínfimos porque llevan a veces, como prendidos, detalles importantes que de otro modo nadie hubiera pensado en revelarnos, y que nos ayudan a redondear la imagen que ya poseemos de culturas extrañas sepultadas en el olvido de los siglos, culturas que no sólo tienen relación con nosotros, sino que nos atañen muy directamente, puesto que la nuestra siguió sus huellas.

Aquí vamos a tratar de otra clase de cartas, de documentos humanos enterrados en el grandioso archivo formado bajo los escombros de las ruinas de ciudades que fueron, con sus palacios, templos y tumbas; tesoros que por haber sido copiados indefinidamente han sobrevivido edades que sin su testimonio serían ya olvidadas y libran su secreto a nuestro mundo tan diverso gracias a la conquista más espiritual de toda civilización: la escritura. El tema es siempre el hombre eterno, que en sus temores y apetencias, en sus debilidades y sus virtudes, en una palabra, en su estructura interna tan poco ha variado a través de las revoluciones y de los cataclismos de la historia, pues encontramos el reflejo de nuestra propia naturaleza moderna en estos escritos que salieron de manos convertidas en polvo hace ya miles de años.

A las arenas de Egipto que todo lo preservan debemos también esos montones de cartas de todas clases. Así como han conservado para la posteridad, en un cascote de barro cocido o en un fragmento de caliza, el apunte tomado por un secretario o un director de empresa, la factura de un zapatero o el inventario de un granero, o la tablilla de madera, actualmente en Berlín, en la que un alumno perezoso, castigado por un severo maestro, copió varias veces: “Sé aplicado o te zurraré…”, les debemos asimismo innumerables documentos que se refieren a la vida diaria de las épocas faraónica, griega y romana, y nos familiarizan con destinos extraños y con las cuestiones más íntimas de los habitantes de entonces.

En su gran mayoría las cartas provienen de gentes sencillas que generalmente se preocupan por detalles nimios, y van dirigidas a parientes, amigos, a superiores o a subordinados. Alguna vez, pero ¡cuan raramente! la traducción de alguna carta revela la presencia de un espíritu superior. Las preguntas de una madre inquieta y la demanda de instrucciones de un obrero concienzudo y modesto, torpemente trazadas al dorso de una hoja de papiro ya utilizada, son también testimonios interesantes de un determinado período de la historia y de la civilización. En estas cartas apenas se alude a problemas internos como los tan minuciosamente analizados en los epistolarios modernos. Aquí no se divaga, sino que se va al grano, preocupándose solamente por cosas naturales y exteriores. Ni siquiera los enamorados se andan por las ramas. Se vive de cara a tierra y no se siente la necesidad de emplear palabras altisonantes para expresar una sublimidad a la que son más que indiferentes, totalmente ajenos. Todo es hablar de pescado, de frutas, de especias, de vestiduras y de bestias de carga; de cómo se debe tratar a los grandes personajes y de la manera de soslayar alguna dificultad, lo cual no es óbice para que semejante correspondencia sea a veces para nosotros, nacidos tantos siglos más tarde, de una divertida actualidad.

Es del dominio público el gracioso incidente que provocó el descubrimiento de los archivos oficiales de la residencia faraónica de Amarna y puso en manos de los investigadores la correspondencia diplomática de Amenofis III y de su hijo Ecnaton con los príncipes orientales del segundo milenio antes de J. C., con los soberanos de Babel, de Asur, de Mitani y de los Hititas.

Los ladrones de tumbas indígenas que hurgaban en las ruinas enarenadas del palacio de Amarna tropezaron con innumerables tablillas de barro cocido en las que estaba grabada en caracteres acadios cuneiformes la correspondencia dirigida por los reyes del Antiguo Oriente y por numerosos vasallos a los Hijos del Sol. Una campesina hostil a la curiosidad europea lanzó un día, a guisa de proyectil, una de aquellas tablillas a la cabeza de un visitante que resultó ser precisamente un egiptólogo, el cual gracias a un chichón se encontró de golpe y porrazo sobre la pista de un verdadero tesoro arqueológico.

Debemos convenir en que ni el desinterés ni la dignidad son las cualidades que campean en las cartas de los potentados asiáticos, y sólo el hecho de estar escritas la mayoría de ellas con una ingenuidad que desarma, hace olvidar que, en el fondo, todo es pura pedigüeñería. A menudo se trata en ellas de oro y de telas raras y preciosas, otras también de bodas con las cuales el faraón entiende afianzar el poderío y la influencia de Egipto allende las fronteras, pero advirtiendo al propio tiempo a los destinatarios que no hay que pensar en reciprocidad, puesto que no entra en sus cálculos el enviar a una princesa egipcia a ninguna de las cortes orientales. La retórica se pone al servicio de la política y se exageran continuamente las pruebas de amistad para ocultar en lo posible los verdaderos motivos de tal o cual gestión, objetivo que no siempre se consigue, pues más de una vez olvidando los magnates su dignidad no vacilan en regatear descaradamente.

He aquí en qué términos se dirigía una vez Burnaburiash, rey de Babilonia, al faraón Amenofis III:

“Se dice que en el país de mi hermano hay abundancia de todo y que él de nada carece. Lo mismo sucede aquí, pues tenemos de todo, y yo nada preciso. Sin embargo, te envío cuatro minas de lapislázuli y unos pares de caballos. No sería razonable aumentar la expedición, pues hace demasiado calor. Cuando el tiempo mejore algo, te enviaré otro mensajero con más presentes, y mientras tanto el rey puede ir pensando si deseare algo…”

Pero a poco descubre Burnaburiash sus verdaderas intenciones, pues de sus palabras se desprende que, en su opinión, se trata de un simple trueque en el que espera hacer un buen negocio. Para atender ciertos compromisos, sigue diciendo, necesita con urgencia “mucho oro y del bueno”. Pero para precaverse de posibles engaños y desengaños añade prudente:
“Aconsejo a mi amigo que cuando me remita el oro (!) no confíe en ninguno de sus funcionarios, sino antes bien que cuide por sí mismo de pesarlo, sellarlo y expedirlo, pues el oro que mi hermano envió tiempo atrás y que mi hermano no selló ni expidió personalmente, era de calidad inferior. Cuando fue llevado a la hornaza nos apercibimos de que no era de ley…”

Este mismo babilonio se queja amargamente en otro lugar de lo que él considera como un ultraje inferido a su persona. Según parece, durante su enfermedad no se recibió de la corte egipcia ninguna muestra de simpatía. El texto es interesante para el conocimiento de la etiqueta cortesana.

“Cuando llegó el propio de mi hermano, yo ya no me encontraba bien, y por eso a su enviado no se le permitió tomar alimento alguno ni beber vino en mi presencia. Todo eso podrá confirmártelo tu mensajero.”

“Cuando vi que a pesar de continuar enfermo, a mi hermano no se le ocurría consolarme, me enojé mucho con él y me dije: ¿Quizá ignore mi hermano mis achaques? Y si los conoce ¿por qué no trata de consolarme? Pero he aquí que el mensajero de mi hermano me dice entonces: El camino hasta Egipto no es corto, es decir: entre los dos países el trecho es largo, y si tu hermano hubiera sabido cómo te encuentras a no dudar te habría enviado sus respetos. ¿Cómo puedes suponer que tu hermano dejaría de enviarte un mensajero para interesarse por ti si conociera tu situación?”

El propio enviado del faraón confirma que Egipto está muy lejos, y esto parece calmar un poco a Burnaburiash, pero sólo un poco, pues claramente dice luego que los regalos que ofrece a Nofretete no son sino una mínima parte de los que le hubiera destinado si la reina se hubiera preocupado de preguntar por su estado de salud.

El estado enclave de Mitani-Naharina, situado en el Eufrates superior, desempeñaba a la sazón un gran papel en la política extranjera de Egipto. Su rey, que emparentó con la corte egipcia al ceder una de sus hermanas por esposa de Tutmosís IV, escribió a la muerte de Amenofis III una sentida carta de pésame a su sucesor Amenofis IV todavía en la infancia.

“Cuando me dijeron que mi hermano Nimuriya (Amenofis III) ya no era de este mundo, lloré amargamente día y noche; me quedé durante mucho tiempo afligido e inconsolable y exclamé: ¡Ojalá hubiera yo muerto en su lugar! Pero al enterarme de que Napkhururiya (Amenofis IV) hijo insigne de Nimuriya y de su ilustre esposa Teya le había sucedido en el trono, me dije: Nimuriya no ha muerto si Napkhururiya, hijo insigne suyo y de su gran esposa Teya ocupa su lugar ahora. No se apartará un ápice de lo dispuesto en vida por su padre. No, me dijo una voz dentro de lo más profundo de mi ser, Napkhururiya es mi hermano. Cuanto nos queríamos, su padre y yo, él lo sabrá bien, pues Teya, su madre, que era la esposa principal y la más querida de Nimuriya, vive todavía y le contará a su hijo cuan amigos éramos su esposo y yo.”

Es sumamente divertida la lectura de otra carta en la que el rey de Babilonia aborda sin rodeos el tema de la boda de una de sus hijas con el faraón, y se asombra de que se le niegue en cambio la mano de una princesa egipcia:
“Por lo que hace a la muchacha, mi hija, a la que quieres tomar en matrimonio, puedes mandar por ella cuando quieras, pues se ha desarrollado bien y ya es nubil. Pero me asombro de que cuando luego te escribí que deseaba yo también casarme con una de tus hijas, me respondieras negándomela con la excusa que jamás se había cedido a nadie una princesa egipcia.

” ¿Por qué dices esto? Tú que eres el rey puedes hacer lo que te guste, y si tú me la das ¿quién lo verá con malos ojos? Por otra parte, como en tu país abundan las muchachas nubiles y las mujeres hermosas, envíame una que sea de tu gusto… Y una vez aquí ¿quién podrá saber que no sea una verdadera princesa?”

Sigue a esta ingenua exposición de sus propósitos esponsalicios la inevitable demanda de grandes cantidades de oro—¡y del bueno!— Son tan numerosas las solicitudes dirigidas al faraón de este precioso metal, que no parece sino que el oro constituyera otro de los monopolios de Egipto.

Entre las epístolas más interesantes del Imperio Nuevo, bajo el punto de vista psicológico, mencionaremos una súplica de carácter privado que hacia el año 1300 antes de J. C. dejó un desgraciado viudo en la tumba de su esposa, convencido de que el espíritu de su irascible ex cónyuge le perseguía con sus maleficios. Colocó en la cripta la figurilla de madera de una sirvienta y de ella prendió un pequeño rollo de papiro en el que inscribió su patética queja. Su intención es apaciguar a la muerta, pero, por si acaso, de paso la amenaza:

“Al noble espíritu de Ankh-iri.”

“¿Qué te has propuesto contra mí que me encuentro en tan triste estado, en tan apurada situación? ¿Qué puedes achacarme? ¿Qué te he hecho yo para que levantes la mano sobre mí, sin que yo haya hecho nada malo contra ti? Desde el día de nuestra boda hasta hoy nada hice contra ti de lo que deba avergonzarme. ¡Ah, ya que me tratas de esta manera, vas a oírme! ¿Qué te he hecho? Intentaré un proceso ante los dioses de Occidente (los dioses de los muertos). Te pregunto otra vez: ¿Qué puedes echarme en cara? Me casé contigo cuando era joven y siempre permanecí a tu lado mientras desempeñé los altos cargos cerca del faraón — que los dioses guarden —. Jamás te repudié ni causé pena a tu corazón. Todo cuanto ganaba era para ti, y bien sabes que nunca guardé nada para mí. ¿No es verdad que yo te decía siempre: Haz con el dinero lo que quieras? Y he aquí que ahora por tu culpa languidece mi corazón. Por buenas o malas tendré que querellarme contigo para que se me haga justicia. Recuerda que cuando yo era oficial del ejército del faraón— ¡que dios guarde! —entre sus guerreros de los carros, hice que los jinetes se echasen a tus pies y te trajeran buenas cosas. Jamás te oculté nada mientras viviste ni nunca puedes decir que te engañara como el campesino que de noche se desliza en casa ajena… Y si debía ausentarme, antes te preparaba, como tenía por costumbre de hacer en casa, el aceite, el pan y tus vestidos… Nunca te fui infiel. Pero veo que tú no reconoces todo el bien que te he hecho. Y eso me mueve a escribirte para denunciar tu conducta. Durante tu enfermedad mandé por el mejor médico, quien te preparó buenos remedios y te obedeció en todo cada vez que le decías: Haz esto o lo otro.

“Y cuando encontrándome en las provincias del sur en el séquito del faraón—¡que dios guarde!—me enteré de tu última enfermedad y de tu subsiguiente muerte, estuve por lo menos ocho meses sin casi comer ni beber. Tan pronto obtuve permiso regresé a Menfis y me harté de llorar con los vecinos ante tu casa. He dado vestidos y telas para fajarte y no reparé en gastos por tu memoria.

“Mira como estos tres años he vivido solo sin casarme de nuevo, ni “he entrado en una casa”. Pero lo hice por ti, por ti que no sabes distinguir el bien del mal. Desde arriba nos juzgarán.

“Y otra cosa; no me he acercado desde entonces a ninguna de las mujeres de casa…”

Otra carta, también particular, que se remonta a la misma época y que ha sido comunicada recientemente por Schott, contiene una declaración amorosa aun cuando aparentemente sea otro el motivo de su autor:

“El escriba Mehi saluda al escriba Eje el joven y le desea vida, felicidad y salud, con la bendición de Amón-Ra, rey de reyes.

“¿Qué es de tu vida? ¿Cómo te encuentras? Deseo que estés tan bien como yo. Imploro a Amón, a Ptah, a Ra-Harakhti y a todos los dioses de la casa de Thot: ¡Velad por su salud! ¡Que vivas muchos años bajo la protección de Ptah, tu dueño y señor! Y les digo: Haced que sea bien dichoso, que la suerte le acompañe y que todos sus actos sean otros tantos motivos de alabanza.

“Otra cosa: Atiende al señor Merimés. Lo he enviado al príncipe para que tome el mando de los dos barcos que le ha confiado el faraón, ¡que dios guarde! Cuida de él mientras esté a tu lado, a fin de que no le suceda lo que a mí durante mi estancia en Menfis. ¿Recuerdas cómo arramblaste con la mitad de las vituallas para enriquecerte?

“Otra cosa: La cantante de Anión, Iset-Nofret (”La Bella Isis”) dice: ¿Cómo te va? ¡Cómo añoro verte de nuevo! ¡Tengo tantas ganas de verte que mis ojos son tan grandes como Menfis! Y pido a Thot y a todos los dioses de la casa de Thot que vivas en buena salud Y que todos tus actos sean dignos de alabanza.

Otra cosa: Te recomiendo de nuevo a Merimés. ¿Has comprendido bien las instrucciones que se ha dignado cursarte el jefe? Escribe cómo sigues y cómo va esa salud, que te deseo buena.

“Todavía algo más del escriba Mehi: Haz el favor de enviarme por conducto de Merimés rollos de papiro y tinta muy buena. Que no sea de mala calidad. Consérvate bien y no olvides de darme noticias de tu salud.”

En sus rasgos esenciales, el estilo epistolar del Imperio Nuevo y de la Época Tardía egipcia son similares al de los períodos ptolomaico y romano; sólo que durante el milenio comprendido entre la conquista de Egipto por Alejandro Magno y la victoria del Islam, la lengua griega suplanta gradualmente a la indígena en los millares de cartas y documentos que han aparecido entre los escombros de las ciudades antiguas. No se trata, ni mucho menos, del griego depurado de la literatura helénica clásica, sino de un griego vulgar, familiar, enriquecido y deformado a la vez por las exigencias de la vida práctica diaria, habiendo resultado un lenguaje más apto para la conversación que para la escritura, aun cuando haya terminado por tener acceso a los libros populares. Este dialecto internacional, este koine, se nos hace comprensible gracias a las cartas y documentos de procedencia egipcia redactados en griego, y es precisamente en ellos donde mejor podemos seguir su evolución a lo largo de diez siglos.

Las cartas escritas durante este período en el Valle del Nilo, y que por casualidad han llegado hasta nosotros — cartas de reyes, de funcionarios de todas las categorías, de generales, de sacerdotes, de comerciantes, de artesanos y de campesinos, en fin de todas las clases sociales — nos permiten hacernos una idea bastante cabal de la mezcla de razas que en aquella época poblaba no solamente Alejandría, el París de la antigüedad helénica, sino también las ciudades de provincias, particularmente del Egipto Medio e Inferior. Así vemos cómo se expresaba el arrogante macedonio, el griego cultivado, el romano y el italiano, y el semita junto al griego-egipcio representante de una comunidad abigarrada e indefinible, de costumbres y creencias heteróclitas.

Encabeza casi todas las cartas el nombre del expedidor, que va seguido del de su corresponsal, y luego el deseo “alegría” que corresponde a la fórmula tradicional griega de “alégrate”. Como en las cartas que ya hemos mencionado de la época faraónica, se empieza por pedir noticias de la salud del destinatario, y se termina con una fórmula estereotipada por la que se desea salud y larga vida. Al final se pone la fecha: primero el año del reino del rey o del emperador y luego el mes.

He aquí los nombres de los meses egipcios con sus correspondencias con el calendario moderno:

Thot del 29 de agosto al 27 de septiembre
Paofi del 28 de septiembre al 27 de octubre
Atir del 28 de octubre al 26 de noviembre
Choiak del 27 de noviembre al 26 de diciembre
Tibi del 27 de diciembre al 25 de enero
Mechir del 26 de enero al 24 de febrero
Famenot del 25 de febrero al 26 de marzo
Farmuti del 27 de marzo al 25 de abril
Pachons del 26 de abril al 25 de mayo
Payni del 26 de mayo al 24 de junio
Epifi del 25 de junio al 24 de julio
Mesori del 25 de julio al 23 de agosto

5 días suplementarios (epagómenos) del 24 de agosto al 28 de agosto.

Se encargaba de distribuir la correspondencia cualquier demandadero disponible al emprender algún viaje por el país. Parientes, amigos, conocidos, o sus respectivos servidores tomaban consigo las hojas dobladas de papiro sobre las cuales se había escrito la dirección más o menos larga y clara — a veces un simple apodo — y la entregaba al destinatario cuando se les presentaba ocasión para ello. Como se ve no se trataba de ningún servicio urgente. A menudo un mismo mensajero llevaba una gran cantidad de cartas y regresaba ya con las respuestas. Unicamente la administración estatal disponía de una especie de correo regular para comunicar sin demora a los servicios interesados de provincias las disposiciones oficiales.

Empezaremos la relación de algunas cartas características del período greco-romano con una dirigida por el rey Ptolomeo Filadelfo, hacia el año 250 antes de J. C., al alto funcionario Antioco. Esta carta lleva el sello de la dicción original y nos parece aún estar viendo al monarca, gran protector de las artes y de las letras, hijo y sucesor del fundador de la dinastía, paseando por su despacho mientras la dictaba al escriba.

“El rey Ptolomeo a Antioco: ¡alégrate!

“Respecto al acantonamiento de la tropa, nos hemos enterado de que se han producido disturbios y violencias, pues, según parece, los soldados no están conformes con los alojamientos que les han asignado sus jefes, penetran en las casas y se instalan en ellas después de haber arrojado de ellas a sus moradores.

“No quiero que esto vuelva a suceder y por lo tanto ordeno que en lo sucesivo las mismas tropas cuiden de preparar sus cuarteles. Y en el caso de que los intendentes deban asignarles viviendas, debéis cuidar de que éstas no sean en mayor número de las que necesiten. Cuando abandonen sus alojamientos éstos deben quedar en buen estado y abiertos hasta su regreso. Que no hagan como ahora que los alquilan, pero los sellan y se van. Sobre todo que los soldados que se dirijan hacia Apolinópolis respeten la colonia griega de Arsinoe y pasen de largo, sin detenerse hasta Apolinópolis, en donde podrán pernoctar e instalarse.

“Si les es indispensable detenerse en Arsinoe, que se construyan sus diversas barracas, igual que los que les precedieron. Salud.”

Diversos memoriales hallados se refieren a las gestiones realizadas por un homónimo del rey macedonio Ptolomeo, que tomó bajo su protección a las hijas de un militar griego amigo suyo residente en Egipto. El padre de las dos muchachas, a las que había dado nombres del país — Thaues y Taus — casó con una mujer egipcia llamada Nephoris, y habiendo sido amenazado por el amante de ésta, se tiró de cabeza al río muriendo más tarde. Como la esposa desleal y madre intrigante las había desposeído de la herencia, las muchachas se acogieron bajo la protección del amigo de su padre en el templo de Serapis, de Menfis, donde se les atribuyó el cargo religioso subalterno llamado de “las gemelas”, que principalmente tenía que ver con los bueyes Apis muertos. Pero incluso en aquel refugio las persiguió la envidia y la infamia de la madre desnaturalizada, y para ponerlas definitivamente a salvo de las persecuciones de que eran objeto, he aquí lo que escribió el amigo del muerto directamente al soberano egipcio que reinó de 181 a 146 antes de J. C.:

“Al rey Ptolomeo y a la reina Cleopatra, su hermana, a los dioses amantes, ¡alegría!

“Thaues y Taus, las hermanas gemelas que cuidan en el gran Serapeum de Menfis del culto de Osorapis (o sea: el buey Apis convertido en Osiris a su muerte), disponen las libaciones para vosotros y para vuestros hijos.

“Como repetidamente hemos sido objeto de malos tratos por parte de Nephoris y de su hijo, nos dirigimos a vosotros en demanda de protección. La llamada Nephoris vivía maritalmente con un tal Philipos de Menfis, al cual instigó para que preparase una emboscada a nuestro padre en la puerta misma de nuestra morada a orillas del río en el mercado egipcio. Nuestro padre adivinó al salir que se estaba tramando algo y se tiró de cabeza, al río, alcanzó con grandes esfuerzos una isla y fue recogido por un barco. No atreviéndose a regresar a casa donde su vida corría peligro, se instaló en la provincia de Heracleópolis, pero no pudiéndonos tener a su lado bien pronto sucumbió de pena.

“Sus hermanos recogieron el cadáver para enterrarlo por su cuenta en la necrópolis, y hasta este momento nada ha hecho Nephoris para asegurar al alma de su marido una tumba decente. Y no sólo eso: dilapidó la hacienda que nos corresponde por mitad a ella y a nosotras y vendió la casa por 7 talentos de cobre. Heredó además otros 60 talentos de cobre y cada mes cobra 1.400 dracmas de cobre de alquiler. Por si todo ello fuera poco, nos ha echado de casa y a punto estuvimos de morirnos de hambre. Entonces recurrimos a un buen amigo de nuestro padre… un tal Ptolomeo, quien se apiadó de nosotras y nos condujo al Serapeum donde nos encontramos ahora. Cuando falleció el buey Apis nos llevaron al santuario para honrar su memoria. Desgraciadamente, unos amigos de nuestra madre nos persuadieron para que acogiéramos con nosotras a su hijo que estaba deseando ayudarnos, según decía. Lo que hizo fue permanecer cierto tiempo con nosotras espiándonos, y luego escapó un buen día llevándose la orden de asignación de la cantidad de aceite que nos atribuyen a los servidores de dios; se lo hizo entregar y nos despojó además de las monedas de cobre que poseíamos, hecho todo lo cual regresó a la casa de su madre.

“Venimos a rogaros que tengáis a bien hacer llegar nuestra súplica al estratega Dionisios que tiene influencia cerca del rey, a fin de que ordene por escrito al administrador Apolonio y al secretario Dorion que en ningún caso entreguen a esa mujer el aceite ni nada de lo que nos corresponde y pertenece, y que se la obligue además a restituir los bienes de nuestro padre que retiene arbitrariamente. Sed felices.”

Una carta muy corta, escrita en estilo algo desgarbado y con ortografía muy poco segura, pero toda ella muy cariñosa, el 17 de junio del año uno antes de J. C., por un hombre llamado Hilarión a su esposa Alis, es un reflejo interesante de la psicología de la gente simple de la época. El marido tranquiliza a la esposa por si no regresa de Alejandría con sus compañeros de trabajo.

“Hilarión a su hermana Alis; mucha alegría, a mi ama Berus y a Apolinaris:
“Debes saber que todavía nos hallamos en Alejandría. No te inquietes si todos los demás regresan. Yo me quedo. Te exhorto a que cuides bien de la criatura. Tan pronto nos paguen te enviaré algo.

“Cuando, con la bendición de dios, des a luz, si es un niño, guárdalo; pero si es niña deshazte de ella. Me has mandado decir por Afrodisias: ¡No me olvides! ¿Cómo podría olvidarte? Así, pues, te niego que no te preocupes. Año 29 de César (Augusto), Payni 23.”

Hilarión por lo visto es de posición humilde y carece de recursos. No debemos, por consiguiente, ser demasiado severos con él si, probablemente de acuerdo con su mujer, no se muestra dispuesto a criar a la niña que pueda nacerle, pues seguramente nadie hubiera pensado en reprochárselo entonces, cuando tan arraigada estaba la costumbre de exponer a las muchachas.

En una carta muy graciosa escrita en el año dos de nuestra era por un sacerdote a uno de sus colegas, su autor procura persuadir al destinatario — quien, según se desprende, no tiene muy limpia la conciencia — de que no debe preocuparle la investigación que en breve realizará en su templo un administrador romano. El expedidor subraya que ha ganado la confianza del terrible funcionario imperial y da bien claramente a entender que no desairará a su amigo si éste cree que su recomendación merece adecuada recompensa:

“Ya te escribí otras cartas para solicitar de ti que me enviases los seis vestidos de Pyrros y los dos mantos, indicándome su precio y ahora vuelvo a escribirte a escape para que no pases cuidado, pues yo procuraré que no te suceda nada.

“Debes saber que ha llegado un administrador para proceder al inventario de los bienes del culto y pronto emprenderá el viaje a ésa para inspeccionar tu templo. Pero no te preocupes, que yo te sacaré de apuros. Si tienes tiempo pon tus libros al corriente y en debida regla, y ven a verme. Es un funcionario muy exigente, pero si vieres que puede complicarte la existencia, envíame las actas y te sacaré del atolladero. Me he granjeado su amistad y no creo que me rehuse nada. Si estás mal de dinero dímelo y veré de ayudarte como otras veces.

“Me apresuro a escribirte para que no te arriesgues presentándote en persona delante de él, pues antes de que llegue haré que te deje escapar. Debemos ir con tiento pues está autorizado a llevarse por la violencia ante el arcipreste a cualquiera que no esté en regla con la ley del culto. Mientras tanto habrás tenido tiempo de pensar en lo que te escribí que debías comprarme. Si ya tienes algo a mano, envíamelo en seguida; siempre será algo. ¡Que tu salud sea buena, queridísimo amigo!”

En una breve carta del año 118 después de J. C. redactada algo torpemente, pero con ternura, habla una egipcia a su dueño ausente de la nostalgia de los que se quedaron y esperan su regreso. Con toda seguridad pertenece a la casa del dueño, tal vez como aya o mujer de confianza. En todo caso no parece tratarse de una simple sirvienta:

“Tays a su amo, al estratega Apolonio, deseándole alegría.

“Ante todo, te saludo, señor mío y ruego siempre por tu salud. Mucho me sobresalté al enterarme de que habías estado enfermo y doy gracias a los dioses que te han conservado para nosotros. Por favor, dueño mío, cuando te venga bien te ruego que pienses en escribirnos también a nosotros, pues nos morimos de no poder contemplarte todos los días. ¡Quién tuviera alas para reunirse contigo! Tu ausencia nos preocupa continuamente. ¡Ea!, sé bueno con nosotros y escríbenos. Consérvate bien, señor. Aquí no hay novedad. Epifi 24.”

No es menos cariñosa la carta que por las mismas fechas dirigía una tal Alina a su marido. Lástima que el deplorable estado de conservación en que se halla la segunda mitad no permita su traducción. El estratega Apolonio, cuyo nombre ha llegado a sernos familiar debido a las innumerables cartas que le dirigieron los suyos, tuvo que hacer frente a un serio levantamiento judío y se vio precisado a intervenir con medidas drásticas más propias de un general que de un administrador civil. Los disturbios fueron ahogados en sangre por las tropas romanas. Según se desprende, el tal Apolonio era ambicioso y decidido. Su esposa le escribe desde su propiedad situada en la provincia de Hermópolis:

“Alina a su hermano Apolonio ¡que se alegre!

“Preocupada por tu suerte por los rumores que circulan y por que te ausentaste bruscamente, he perdido el gusto a la comida y a la bebida y paso las noches en blanco. Únicamente la solicitud de mi padre consigue volverme a la realidad. El primer día del año, pensando en ti, me hubiera acostado sin probar bocado si mi padre no me hubiera visitado y obligado a tomar algo. Te lo ruego, sé prudente y no te expongas sin escolta a los peligros, antes bien, sigue el ejemplo del estratega de nuestra ciudad que siempre halla la manera de que los altos funcionarios municipales le hagan todo el trabajo.

¡Toma ejemplo!”

Una carta breve de Penpamonthes a su hermano Pamonthes menciona los usos funerarios egipcios de la época. La vía fluvial fue utilizada desde siempre por vivos y muertos, y por el Nilo eran trasladadas las momias hacia las necrópolis y los santuarios. Así, los muertos ilustres del Imperio Medio y del Imperio Nuevo ya bogaban hacia Abidos para encomendarse especialmente a Osiris, juez de los muertos, “en su escalera”. Como las barcas transportaban a menudo varias momias a la vez y los sacerdotes y los funcionarios de los santuarios y de los cementerios necesitaban ciertas precisiones, se suspendía al cuello de las momias una tablilla de madera en la que se inscribía el nombre y el lugar de destino, y a veces también otras indicaciones. Completaban estos datos el colorido y el tocado del envoltorio de la momia y se acostumbraba a rodear con guirnaldas las máscaras faciales, a menudo maravillosamente esculpidas, de las muchachas y de las mujeres.

“Penpamonthes a su hermano Pamonthes, ¡alégrate!

“Por conducto de Gales — del padre Hierax — quien lo ha embarcado en su propio bote, te he enviado el cadáver embalsamado de mi madre Senyiris con una tablilla prendida al cuello. Ya he liquidado el precio del barcaje. Conocerás a la momia porque va envuelta en fajas de lienzo, por la corona de rosas y por el nombre inscrito sobre el vientre. Te deseo buena salud, hermano mío. Año 3, Thot 11.”

Pero casi aseguraríamos que ninguna carta de la antigüedad ha despertado tanto interés y ha sido tantas veces mencionada y traducida como la que en el siglo II o III después de J. C. dirigió un indignado rapaz griego llamado Theón, natural de Egipto, a su padre y homónimo. Las circunstancias del suceso son fáciles de reconstruir. El padre se llevó al hijo hasta la primera etapa de su viaje, pero ocultándole su intención de abandonarlo allí para continuar solo el camino hasta la capital. Para consolarlo se limitó a dejar a su vástago un puñado de vulgares golosinas.

Nos imaginamos cual sería la sorpresa del padre al recibir en la próxima etapa la sarta de reproches del pequeño Theón y ver cómo éste le amenazaba, si no regresaba inmediatamente a buscarlo, con romper con él toda relación, privándole en lo sucesivo y por todos los días de su vida del cariño y de los servicios que un buen padre tiene derecho a exigir de su hijo.

He aquí el texto que casi veinte siglos más tarde todavía tiene la virtud de llegarnos al corazón:

“Theón a su padre Theón. ¡Alegría!

“Estarás contento porque te has salido con la tuya abandonándome aquí en vez de llevarme contigo a la capital ¿verdad? Si no vienes a buscarme no volveré a escribirte en mi vida, ni jamás volveré a hablarte ni te desearé que tu salud sea buena. Sí te vas a Alejandría sin mi, jamás volveré a poner mi mano en la tuya, ni haré votos por tu felicidad. He aquí lo que sucederá si no me llevas contigo.

“Mamá dijo a Arquelao refiriéndose a mí: Este muchacho me revienta; ¡llévatelo! Tú te has encargado de ello, y para hacerme callar me has obsequiado a tu manera. Vaya regalos los tuyos; ¡un puñado de golosinas! Todos me mintieron cuando te hiciste a la vela el 12. Así es que o envías por mí, o de lo contrario ni como ni bebo más. Lo dicho, Consérvate bien. 18 Tibi.”
¡Vaya con el pequeño Theón! Aunque no conste en ninguno de los documentos hallados, es de suponer que las amenazas de éste enfant terrible no dejarían de surtir efecto en el ánimo del autor de sus días.